14.
No soy una persona que se ponga demasiado nerviosa en estas ocasiones.
Y mucho menos si el tío me importa tres pimientos.
Aunque tengo que admitir que ver aparecer a Marco con un abrigo largo negro y unos pitillos ajustados me produce algo ligeramente parecido al nerviosismo.
Lo achaco a que hay cierta parte entre mis piernas que es la que está vibrando con anticipación y descarto cualquier otro pensamiento en cuanto se inclina a darme dos besos.
—¿Qué tal? —le pregunto con mi mejor sonrisa encantadora.
—Ahora, mejor.
Me corresponde la sonrisa con un encanto peligroso, y ronroneo de pura satisfacción.
Pienso que, en realidad, a partir de ahí puedo permitirme disfrutar con más libertad.
Lo importante es la actitud que tenga después de este encuentro, lo que pase en él…
bueno, creo que soy lo suficientemente adorable (cuando quiero) como para que le apetezca una tercera ronda.
—¿Qué tal la vida sin mí estos días? —le pregunto, mientras echamos entramos dentro del bar que él ha sugerido por Tirso de Molina, convenientemente al lado de su casa.
—Difícil. Dura. Agotadora —dramatiza—. Supongo que igual que la tuya sin mí.
El sitio es bastante acogedor. Hasta podría calificarlo de cuqui , si no hubiera un grupo de adolescentes ocupando media barra y armando un jaleo de tres pares de narices.
Cómo echo de menos ser adolescente y poder armar jaleo a las ocho de la tarde de un martes sin que piensen que estoy loca.
Los observo con aire soñador y casi me pierdo a la camarera, que nos pregunta qué queremos tomar.
Pido un café y él una caña, y sí que es verdad que tengo que reconocerle como punto positivo que no se mete conmigo por no beber alcohol.
Ni siquiera menciona el hecho de que me esté tomando un café a las ocho de la tarde, cosa que suele desconcertar a la mayoría de la gente.
Pero a mí es que la cafeína hace tiempo que dejó de hacerme efecto.
Soy tan inmune como a los comentarios negativos de mi tía Pepi, que parece que ha sido puesta en este mundo para criticar a los demás.
—Y cuéntame, ¿a qué te dedicas?
Su pregunta me pilla por sorpresa, más que nada porque era una de las que tenía planeado hacerle yo, pero tardo poco en recomponerme.
—Trabajo en una ONG. Bueno, soy becaria en la parte de gestión de proyectos y hago un poco de todo…
—Sonrío. Hay pocas cosas que me den vergüenza, pero hablar de mi trabajo es una de ellas.
No me mola demasiado tener que justificar por qué hago lo que hago o que se me pongan con las milongas de todo eso que todo el mundo sabe sobre las ONGs como si yo no tuviera ni idea.
—Qué interesante. Una tía solidaria.
—Bueno, tampoco lo hago por amor al arte, ¿eh? Me gustaría que en algún momento me ofrecieran un sueldo digno con el que poder pagar las facturas sin tener que depender de que mis padres me echen una manita —Me encojo de hombros mientras acepto de buena gana el café que me tiende la camarera.
—Ah, ¿que en tu campo necesitáis comer?
—Y un techo bajo el que resguardarnos. Flipa.
Se ríe un poquito y vuelvo a ver esos hoyuelos que ya me llamaron la atención hace un par de días.
Lo peor es que parece simpático. Buena gente, de alguna manera.
Cómo engañan las apariencias: a los mayores depredadores la naturaleza les ha dado aspectos adorables.
Así no vamos a evolucionar nunca como especie.
—Y tú, ¿a qué te dedicas?
—Yo nada interesante. Trabajo en un banco —Le quita importancia con un ademán de la mano.
—¿Y eso no te gusta?
—Ah, no, está bien. Paga las facturas —Me guiña un ojo, y no sé si ofenderme o reírme.
—Igual eres uno de esos frustrados porque han hecho lo que querían papá y mamá y en el fondo lo que querían es ser artista.
—Yo en lo único en lo que soy artista… bueno, espero poder enseñártelo. El otro día tenía el pincel desentrenado.
La broma guarra me pilla tan por sorpresa que estoy a punto de atragantarme con el café, y cuando por fin consigo coger aire me río de una forma nada sexy. Me sujeto el abdomen mientras me echo un poco hacia atrás tratando de recuperar el aliento.
—Joder, vaya guarrada. No me lo esperaba.
—Te ha molado —afirma, y apoya la cara sobre la palma de su mano, reposando el codo en la superficie de la mesa.
Está tan tranquilo que hasta se me pega su calma, porque me relajo enseguida y suelto una risita final antes de ladear la cabeza.
—Venga, te voy a dar puntos por el elemento sorpresa.
—¿Hay puntos? ¿Y qué se gana?
—Poder mojar el pincel —le guiño el ojo, y esta vez es él quien ríe.
La luz de aquel bar es un tanto trampa. Es esta de final de la tarde que entra tímidamente por la ventana y que hace que todo el mundo parezca brillar.
A él le da de lleno en la cara y me doy cuenta de que tiene los ojos bastante verdes.
También es que su forma de mirar es… intensa, como si te estuviera analizando el alma o cada palabra que sale de tu boca.
Boca que no para de mirarme, por cierto.
«Espero no tener nada entre los dientes».
—Me parece bien. Cuando reúna los suficientes, dímelo y subimos a mi casa.
—Como si no hubiéramos quedado en esta zona precisamente por eso…
— Touché.
Otra sonrisa.
—Pero ahora en serio… Marco —Hago un esfuerzo por recordar su nombre que parece hacerle gracia—. ¿Pintas?
—Soy un negado para el arte. Cualquier cosa que se parezca mínimamente a algo artístico, me repele. Por desgracia, soy un chico de números. ¿Tú pintas?
—Como el culo.
—Nos vamos a llevar bien entonces.
«Mientras esto dure, espero que sí. No te me pases de tóxico» pero aún no es el momento de hacerle ningún comentario similar. Hay que tener cuidado de no espantarle.