12.
Curro se ha cambiado de gafas. Creo. ¿Llevaba unas transparentes o lo recuerdo mal?
Ahora son negras y me perturba un poco. También le perturbo yo a él al mirarle tan fijamente, o eso deduzco por la cara que pone delante de la taza humeante.
Arquea las cejas como si fuera un pobre animalillo atrapado en un zoo y forzado a ser atracción de feria.
Nos hemos escapado, los dos, a hacer la pausa para el café, porque ha insistido en que le tengo que contar qué tal va mi plan maquiavélico, a lo que me he reído y le he confirmado que hasta yo misma empiezo ya a llamarle así.
Los otros becarios (Paula y José) suelen venirse con nosotros, pero en ocasiones como esta, de chismorreos específicos, nos vamos solos.
—Me estás mirando como si me hubiera crecido una segunda nariz —protesta Curro, aunque con una media sonrisa.
—Te has cambiado de gafas —Y suena un poco a pregunta, porque ya he dicho que no estoy segura.
—Llevo estas la mitad de los días. Tienes que fijarte más en la peña que te rodea.
—Bueno, pero el otro día no las llevabas.
—El otro día llevaba las otras, sí. Y no hemos venido aquí a hablar de gafas. Cuéntame, ¿cómo va la cosa?
Procedo a contarle mis avances hasta la fecha, sin escatimar en detalles.
Siempre me ha gustado tener anécdotas que contar, me hace sentir una persona interesante.
En cuanto llego a la parte en la que voy al baño y tengo miedo de que se despierte de un pedo, Curro se echa a reír de tal manera que acaba teniendo que limpiarse las lágrimas con el dorso de la mano, apartando esas gafas que dice que usa la mitad de los días.
¿Quién tiene dos pares de gafas que usa regularmente? Este tío es rarísimo.
—Joder, Mele, eres de lo que no hay.
—Espero que eso sea un piropo.
—Lo voy a dejar a tu imaginación. Pero vaya, que has encontrado a tu tóxico.
Le doy vueltas a la cucharita dentro de mi café, y levanto las cejas dos veces alzando la mirada.
—Tóxico de manual, enfilado y listo para el ataque.
—A ver, según lo que me has dicho, enfilar no te enfiló mucho…
Le lanzo la galleta que venía con el café, y él se ríe antes de recogerla del suelo y volverla a dejar sobre su propio platito.
—Esa parte tiene remedio. O eso espero —Sonrío—. Me habló ayer, como buen tóxico estándar, y hemos quedado mañana.
—¿Un martes? Eso también es de tóxico, ¿no?
Frunzo el ceño.
—¿En plan?
Él resopla y cruza los brazos sobre el pecho, pensativo.
—A ver, no sé. La experta eres tú. Pero puestos a quedar con una piba que te gusta, yo quedaría un finde, por si la cosa se lía o por… yo qué sé, poder pasar más tiempo conociéndola, ¿no?
Se me escapa una sonrisa sincera. La verdad es que Curro es muchas cosas, para empezar raro de narices, pero es verdad que es un gran tipo.
—Claro. Eso, tú, que eres buena gente y un chico de estos de presentar a los padres un domingo después de misa.
—Pues eso. Quedar un martes es de tóxico, queda establecido.
—O igual es que tiene tantas ganas de verme —Entrelazo los dedos y pestañeo con aire soñador—, que no puede aguantar ni un día más.
—O que el miércoles tiene fútbol, el jueves crossfit y el finde va a jugar al FIFA con los colegas mientras se fuma unos canutos.
—¿Esos son los planes que tienen los tóxicos, en tu cabeza?
—Claro. Típicos planes de machito.
—Entiendo… y supongo que tú estás muy alejado de todos esos planes tan superficiales…
—Exactamente. Yo tengo la semana completa entre salvar gatitos, recitar poesía y abrir mi corazón para expresar mis sentimientos.
Se pone la palma de la mano en el pecho de manera dramática, y los dos estallamos en carcajadas automáticamente.
—Qué payaso. Venga, vamos, que mi jefa tiene que estar a punto de sufrir un ictus.
—Qué harían las empresas sin becarios…