11.
A estas alturas, puede que alguien se esté preguntando si no he intentando hablar con mi mejor amiga, sinceramente y cara a cara.
Expresarle mis dudas sobre Saúl e intentar hacerle entender que lo que ella está viviendo, desde fuera se está malviviendo.
Que hace tiempo que él dejó de ser ese chico dulce y atento para ser un pavo que solo queda con ella para follar y le pone excusas para todo lo demás, pero que de vez en cuando le suelta algo bonito para mantenerla enganchada.
Pues claro que lo he intentado. Mil millones de veces. Que, en términos reales, han sido tres. A la tercera tuvimos tal bronca que ella estuvo sin hablarme una semana. Y yo casi no lo sobrevivo.
Si bien hace unos cuantos años que dejé de intentar caerle bien a todo el mundo, algo que en la adolescencia me trajo un montón de quebraderos de cabeza y muchísimas noches sin dormir, no puedo soportar que la gente que más me importa no me hable.
Aunque piense que yo tengo razón, aunque esté convencidísima, aunque su punto de vista sea lo peor del mundo…
hay una voz dentro de mi cabeza repitiéndome una y otra vez que les voy a perder, y no lo soporto.
Por suerte, duró solo una semana. Pero fue suficiente como para prometerme a mí misma que no iba a tocar ese tema, al menos no de la misma manera.
Al final, la noche del sábado fue increíble.
No fuimos a ninguna discoteca después, pero nos quedamos hasta las dos de la mañana en el bar, nos hicimos amigas de un grupo de tíos que tenían un equipo de fútbol amateur y acabamos jugando al Yo nunca con ellos.
No bebimos mucho (a ninguna nos apetecía repetir la resaca con la que habíamos amanecido ese día) y rechazamos varias invitaciones de copas, pero fue divertidísimo.
No recuerdo haberme reído tanto en mucho tiempo.
Echaba de menos a Blanca, siendo tal cual ella es. Libre, alegre, espontánea. Empoderada.
Hasta le dijo a uno de los tíos que ni se atreviese a acercarse a ella.
Que no le había dado permiso para tocarla.
En ese momento, la hubiera cubierto de besos.
Y también fue nuestra señal para irnos a casa.
El Malaspina estaba chapando y creo que la camarera ya no sabía cómo decirnos de manera sutil que nos largáramos de allí.
Compartimos taxi hasta su casa y luego yo me fui andando a la mía, como de costumbre. Nos dimos tal abrazo al despedirnos que aún lo siento en los huesos.
Una amiga así hay que cuidarla a toda costa. Se merece ser feliz, y que no venga ningún gilipollas a tenerla pendiente del móvil o del tiempo que quiera pasar con ella. No… en ese reino se vive muy mal. Está siempre en guerra y le faltan soldados.
Amanece el domingo más domingo del mundo.
De reflexiones, melancolía y no disfrutar un día libre porque al día siguiente es lunes.
Y las licitaciones en la ONG siguen ahí, acechándome, pasando inadvertidas de las jefazas hasta que llega la semana anterior a la fecha de entrega y me las arrojan vilmente a la cara.
En esos domingos en los que me recreo en la filosofía, como si algo de lo que pasar por mi cabeza tuviera un mínimo de sentido, parece hasta que hay menos luz.
Sé que Patricia volverá de un momento a otro (suele reaparecer sobre las siete de la tarde en casa si no pasa el finde aquí, porque su curro está en nuestra misma calle y no le cunde ir desde casa de su churri), así que me aparto del sofá y me llevo mi inmovilidad a la cama.
Mi cuarto me gusta. Y eso es raro, después de tantos años de compartir piso con gente desconocida y aprender que mi habitación no es un hogar, sino un sitio donde dormir.
El almacén de mis cosas, le llamo mentalmente.
No obstante, en esta ocasión y tras llevar ya más de dos años en la misma, he conseguido hacerle algunos apaños que hacen que la sienta más como mía.
He comprado una cama de matrimonio (con mis escasos ahorros y la ayuda de la liquidación de una tienda de hogar) que ocupa casi toda la estancia y que me sirve de base de operaciones (y para follar cómodamente, no lo vamos a negar) y también me he hecho con unas lucecitas monas de un bazar que enciendo en momentos como este, cuando no me apetece que me dé la luz en toda la jeta pero sí poder verme aunque sea las uñas de los pies.
Me pongo una serie en el móvil y me recuesto, usando de respaldo el gran peluche de pingüino con el que duermo (soy una bruja fría con un corazón de hierro, pero necesito dormir abrazada a algo, ¿algún problema?) y en ese momento, una notificación de WhatsApp aparece en la parte superior de la pantalla.
Es Marco.
«Ya era hora, señorito» pienso con tal sonrisa de satisfacción que me hace daño físico en las comisuras de los labios.
Es alucinante lo estándar del comportamiento de este tipo de chicos.
No te habla al día siguiente de follar, porque parecería necesitado, sino ya el domingo después de comer, como si hubiese estado ocupado en sus temas súper guays y no hubiese tenido tiempo de pensar en ti hasta ahora.
Ya, claro. Y yo me lo creo. Pero no me voy a quejar porque precisamente esto es lo que necesito de él.
Hola, Helena de Troya, ¿cómo te va?
Carraspeo de forma dramática, como si alguien me estuviera observando, antes de hacer una captura de pantalla de la conversación y reenviársela a Blanca, con un emocionado «¡¡Me ha hablado!!».
Empieza el juego.