10.
Hace tiempo que aprendí que con Blanca nunca se sabe.
Que si te propone tomar un café eso puede convertirse en acabar en una fiesta clandestina en una casa okupa hasta las diez de la mañana .
Así que siempre que surgen este tipo de planes informales, yo aún así me pongo mona.
Por si acaso. Para que las stories de Instagram salgan decentes, más que nada.
Que conste que Blanca también dice que es culpa mía. Lo de que nos liemos, digo. Yo defiendo que un día acabé saliendo con mallas de deporte y sudadera y que eso no lo haría a propósito jamás. Pero ella iba en chanclas así que siempre que hemos sacado el tema, no hemos llegado a ninguna conclusión.
De modo que me decido por ese look informal pero elegante que siempre me cuesta tanto esfuerzo.
Una blusa roja que podría ponerme perfectamente en el trabajo, pero un labial granate que desde luego no llevaría.
Un poco de rímel y los rizos recogidos en una coleta alta.
Y ya está: podría decirse que no he tardado las dos horas que he tardado en elegir qué narices me pongo.
Subo una story a Instagram en el espejo, mencionando a Blanca y anunciando cita de mejores amiga s, porque me siento guapa y quiero que todo el mundo lo vea. Y bueno, hay un par de personas que no estaría mal que no se olvidaran de mi existencia.
Cuando llego a Sol, Blanca me está esperando con una sonrisa de oreja a oreja y los ojos azules pintados con un ahumado negro que hace que se te claven hasta en el alma. Qué guapa es la jodida. Qué guapas son todas mis amigas en general y cómo las quiero.
—Hola, perrilla —Me da un abrazo—. ¿No ibamos a tomar un café?
—Eso digo yo. Tú no tienes pinta de café.
—Es que según ha ido pasando el día he dicho… Oye, pues una clarita de limón me la bebía.
—Una clarita de limón… qué peligro tienes.
Nos dirigimos, sin necesidad de decirnos nada, al Malaspina, un bar a apenas cien metros de Sol que lleva acogiéndonos ya muchos meses. Desde que nos hicimos mejores amigas, más o menos.
Por el camino, Blanca me cuenta su odisea con la resaca: los sábados siempre tiene comida con sus padres, a los que no les hace ninguna gracia que su hija sea una fiestera, así que siempre se las ve y se las desea para intentar que no se den cuenta ni de la hora a la que ha llegado (que siempre se acaban enterando, de alguna manera, casi como si tuvieran cámaras en su piso de alquiler) ni de las condiciones en las que acaba.
—Y claro, ha sido como en las películas esas en las que la prota intenta disimular que va a vomitar, ¿sabes?
Me miraba mi madre y yo erguida como un palo de escoba —Pone la espalda recta y esboza una sonrisa exagerada—, y sonriendo como si me fuera la vida en ello.
Se giraba y —Se arquea del todo— otra vez la chepa y la cara de morirme.
—El Escondite Inglés de la resaca —bromeo, de buen humor.
Cuando entramos al pequeño bar, la camarera tras la barra nos recibe con una gran sonrisa.
La saludamos a gritos (como siempre) y nos ofrece que escojamos mesa.
Es una de las cosas que más nos gusta de quedar tan pronto un sábado: si llegas antes de las nueve a cualquier bar, tienes sitio.
Y si eres lista, mantienes ese sitio a muerte hasta que llegue el momento, si es que llega, de pirarse a la discoteca a menear el culo y bajar ese alcohol que has acumulado en vena.
—Este sí que es un buen plan —se me escapa, y sonrío un poco en disculpa.
Blanca se quita el abrigo y lo cuelga en el perchero que tenemos a la izquierda, en la pared, y me mira con falso reproche en los ojos.
—Teresa y Ana son majísimas.
—¿He dicho yo que no? Pero los sitios a los que nos obligan a ir son horrendos. Y carísimos.
—Ahí tienes razón.
—¿Qué tal con Saúl al final?
No sé si he sacado el tema demasiado pronto, pero la verdad es que quiero quitármelo de encima.
Porque es una pregunta que, si no hago, es como si estuviera evitando el tema.
Tampoco es cómodo hacerla, para ninguna de las dos, pero al menos sigue el protocolo de "mejores amigas que se lo cuentan todo", así que con eso me vale.
Carraspea y agarra la cerveza que nos acaban de traer, dándole golpecitos con el anillo que lleva en el dedo índice.
—Bien, fui hasta donde estaba con sus colegas y nada, luego nos fuimos a su casa.
—¿Dormiste allí?
Cabecea un poco, un instante de indecisión que reconozco perfectamente. Ese no querer reconocérmelo porque no se lo quiere reconocer a sí misma.
—No, porque tenía que hacer no se qué cosa hoy por la mañana y no podía. Otro día —Sonríe, aunque es una sonrisa débil.
Es una sonrisa débil en mi amiga fuerte, y no lo soporto. Tengo que respirar hondo para no ponerme a gritar allí mismo como una energúmena.
—¿Y tú qué? —Blanca se apresura a redirigirme la pelota, seguro que para evitar lo mismo que estoy tratando de evitar yo— ¿Qué tal con el pavo ese? ¿Nombre, edad, profesión…?
—Marco, no tengo ni idea y no tengo ni idea —Me río, pasándome las manos por la cara—. Es italiano. Y tiene una polla muy bonita.
—¡Elena!
—¿Qué? Es un dato importante. De las pollas bonitas una se enamora.
—Eso, tú.
—Vamos, que Saúl tiene una polla fea y arrugada, ya veo…
Me da un golpe en el hombro que a punto está de derramar mi propia cerveza. Me aferro a la jarra con ambas manos, muerta de la risa.
—Pero en serio, tía. Muy guay. El sexo regular pero es que íbamos los dos muy pedo, ya sabes. Me dijo que me quedara para repetir pero… me moría de gases, tía.
Se une a mis risas.
—Joder, esos gases de borrachera. Qué mal.
—Fatal. Y tiene el baño pegado a la habitación, que seguro que lo hubiera escuchado todo. Paso. Quedamos otro día y así veo… no sé, cómo es fuera de la discoteca.
Intento encogerme de hombros de manera casual, pero veo que Blanca empieza a fruncir el ceño. Me inspecciona de manera exagerada, comiéndome con los ojos, moviendo la cabeza de lado a lado para cubrir toda mi cara.
—¡Qué haces, loca! ¿Tengo un moco? —protesto, llevándome las manos a la cara para inspeccionar.
—No, lerda. Estoy viendo qué narices te pasa. Hacía años que no te veía ilusionada con nadie. Ni tíos ni tías. Mucho menos tíos, que después de lo de Nando…
Le dirijo una mirada de advertencia que pretende decir «No menciones a satanás en esta mesa» y lo pilla al instante, alzando ambas manos en señal de disculpa.
—Perdona, es solo que… no sé, tía, me alegro. No me fío una mierda del italiano ese, pero me alegra que no le quieras despachar al día siguiente como a los últimos.
Por un instante su expresión de plena felicidad me produce un nudo en el estómago.
Como si la estuviera traicionando de alguna manera.
Luego, pienso que Saúl le ha puesto una excusa para no dormir con ella y que probablemente se haya sentido mal a las tantas de la mañana, después de echar un mal polvo y sabiendo que no puede reconocérselo a nadie porque se va a sentir peor.
Y entonces mi firmeza vuelve. Vuelve con todas las ganas del mundo.
Carraspeo.
—Bueno, bueno, no nos adelantemos. Que aún puede ser un capullo… o yo pasar de su culo. Ya me conoces.
—De sobra. Como a la palma de mi mano.
—Pues espero que no sea con la que haces las pajas…
—Tía, en serio… No tienes remedio.