9.
El pensamiento recurrente que tengo todas y cada una de las mañanas de Ibuprofeno que siguen a las noches de desenfreno (mírame, parezco mi madre hablando) es que no me merece la pena el estado físico en el que me encuentro después de las noches de fiestas.
Bueno, no es solo cómo se me queda el cuerpo y la sensación de ir a tener que amorrarme al váter en cualquier momento, sino también la parte mental.
En mi cabeza se cuece una sensación como de culpa que me corroe por dentro, y nunca soy capaz ni de identificar el por qué me siento culpable. Creo que eso es la peor parte.
No obstante y de alguna manera, parece que esos pensamientos y esas sensaciones se me olvidan por completo en apenas unos días, cuando me proponen salir otra vez y siempre acabo aceptando.
Así que sé que por mucho que ahora mismo esté convencida de no beber nunca más, acabaré traicionándome, como de costumbre. A veces me odio un poquito.
Mi compañera de piso, Patricia, no está, y eso me alivia. Significa que ese finde le toca pasarlo en casa del novio, supongo. Son como dos lapas, a veces pienso que no me extrañaría nada descubrir que van a hacer pis juntos y a la vez. Eso sí, no querría saber la metodología.
No es que Patricia me caiga mal, eh. Sé que lo puede parecer por cómo hablo de ella, pero ni mucho menos.
A estas alturas de mi vida, he compartido piso con demasiados personajes horrendos como para quejarme lo más mínimo de ella.
Es ordenada, es respetuosa y aunque protesta a veces de malas maneras, en general la convivencia es buena.
Y eso es extremadamente difícil de conseguir.
Solo es que no somos amigas, y no lo seremos nunca.
Y creo que hay un momento en la vida de cada una en la que aprendemos a aceptar que eso puede pasar y que no es problema de nadie.
Superar la etapa en la que todo el mundo tiene que ser tu amigo es algo maravilloso y desde luego, te deja más espacio para respirar.
Pues eso, que no me cae mal, pero me alegro de que no esté para contemplarme en mi máximo esplendor del paseo de la vergüenza. Me tiro en la cama boca abajo, como si fuese un árbol al que acaban de talar, y ni me pongo el pijama ni nada antes de quedarme profundamente dormida.
Me despierto tres horas más tarde, casi a mediodía (el tal Marco no vive lejos, pero las conexiones son malísimas hasta mi casa) y con la boca tan seca que creo que la lengua podría lijarme el paladar sin problemas.
Me desperezo, me quito el top y los pantalones de dos patadas y me pongo unos de chándal grises y una sudadera negra, sin nada debajo.
He pasado frío derribada encima de mi cama y pretendo hacerme una albóndiga de ropa el resto del día.
Salgo de mi cuarto y al entrar en la pequeña cocina del piso, recuerdo que esta semana me toca limpiarla a mí y farfullo entre dientes.
Odio limpiar. Mi meta en la vida es llegar algún día a ganar el suficiente dinero como para poder contratar a alguien que lo haga por mí.
Aunque soy plenamente consciente de que trabajar en ONGs no es el mejor método para ello, ni de lejos.
Suspirando, me sirvo un vaso de zumo de melocotón (del brick que tengo reservado específicamente para las resacas) y pongo el otro brazo en jarras. Miro a mi alrededor: más me vale ponerme a limpiar hoy, así cuando Patricia vuelva mañana no podrá quejarse de mí.
Acabo el zumo, dejo el vaso en el fregadero y me arremango la sudadera XL negra, "regalo" de mi ex.
Y digo "regalo" porque realmente fue un préstamo que nunca devolví.
Pero soy de las que opinan que tras una ruptura, lo mínimo con lo que te tienen que dejar es con una sudadera para estar por casa. Corazón roto y sudadera van en pack.
Me pongo música mientras limpio la cocina y mi mente no para de vagar entre la culpabilidad y, en cierto punto, el hambre.
No sé si hambre de algo grasiento en lo que empapar el alcohol de anoche o más hambre de acabar lo empezado con Marco.
Al fin y al cabo, da hasta rabia tirarse a un tío a medias, ¿no?
Contarle en esa lista imaginaria de tíos a los que te has zumbado para que al final no se corra ninguno de los dos.
Por el resto, creo que no estaba mal… y tengo la sensación de que, al menos, él también se ha quedado con las ganas de hacerlo bien.
Si no estuviera en medio de una misión y de un plan, es probable que mañana le hablara yo.
Hace tiempo que me cansé de los jueguecitos de hacerme la difícil o de no ir con la verdad por delante.
Más o menos cuando me di cuenta de que no llegaban a nada.
Pero si quiero que Marco actúe como el tóxico que estoy convencida que es, tengo que darle las pautas de siempre.
Y en las pautas de siempre, el chico es el que insiste al principio.
Tengo que hacerme la interesante para mantener ese interés que necesitan los capullos, ese interés que les hace esforzarse y que me dará la información necesaria para decirle a Blanca que me he enamorado, que este tío es diferente y que me trata genial. Justo como hizo ella con Saúl.
La diferencia será que yo tendré los ojos bien abiertos, pero pretenderé cerrarlos.
Y cuando Marco comience a hacerme feos, se los contaré despreocupadamente a mi mejor amiga y ella…
Torcerá el morro, como siempre hace cuando alguien me trata mal.
Y me dirá que tengo que mandarle a la mierda y, con un poco de suerte, se dará cuenta de que ella misma está permitiendo eso que no puede soportar ver cómo me hacen a mí. Y será el fin de Saúl.
Cuanto más lo pienso, más me convence el plan. Sobre todo, ahora que he comprobado que, aunque no recuerde mucho del mediopolvo de anoche, Marco está lo suficientemente bien dotado como para darme una segunda ronda decente. Todo ventajas.
Vacío el cubo de la fregona en el fregadero y lo guardo en el pequeño armarito de utensilios de la limpieza.
Me siento sucia, una mezcla entre la noche que se me vino encima y toda la mierda que acabo de sacar de la cocina, así que me apresuro a despelotarme y a meterme en la ducha, no sin antes comprobar que sigo sola en casa.
No sería la primera vez que estoy a punto de corretear desnuda por ahí y me encuentro a Tito, el novio de Patricia, mirando su móvil en el pequeño salón por el que hay que pasar para ir al baño.
Nunca me ha llegado a ver nada que no debiera, por suerte, pero ha habido demasiadas alertas rojas como para no cerciorarme bien.
Bajo el chorro caliente de la ducha, todo parece mucho mejor.
Sobre todo, la perspectiva de este sábado en el que no tengo ningún plan.
Hace años me hubiera estresado: me sentía mal si algún fin de semana no tenía nada que hacer, como si hubiera fracasado socialmente.
Ahora mismo lo único que puedo pensar es en todo el tiempo que tengo para mí misma y casi ronroneo de manera audible.
No obstante, cuando salgo de la ducha tengo un mensaje de Blanca:
¿Y bien? ¿Estás viva? ¿Cuántos riñones te quedan?
Sonrío y me coloco bien la toalla del pelo, echándola hacia atrás. Seco mis dedos en el albornoz azul y procedo a teclear:
Después de las copas en el sitio pijo ese, no sabría decirte. Diría que tuvimos que pagar al menos con uno.
Muy graciosa. Con el tío alto ese, ¿bien?
«Empieza el juego» pienso para mí, y me paso la lengua por el labio inferior.
Ahora es muy importante lo que diga, porque necesito que Blanca se empiece a oler que me puedo pillar mucho de este chaval.
No recuerdo bien la última vez que sentí algo fuerte por nadie, así que intento hacer memoria para saber qué sacudía mi cuerpo por entonces.
Más allá de las hormonas, que subieron a su pico y desde ahí no han bajado ni un centímetro.
«Cuando conocí a Nando...» empiezo, pero como de costumbre, bloqueo ese pensamiento con una sacudida de cabeza. Prefiero pensar en otra cosa, cualquier otra cosa, antes que en él. Y he hecho un trabajo demasiado estupendo estos últimos años como para romperlo ahora.
Pero, ¿me lo puedo inventar? Si he considerado que esta estrategia es lo suficientemente importante como para implicarme al cien por cien… ¿no debería darlo todo de mí? ¿No es esa la idea…?
«Cuando conocí a Nando pensé que alguien lo había creado para mí» completo, a regañadientes.
Se me estremece el corazón. Un latido más fuerte que los demás que me derrumba el pecho.
Cojo aire con calma, porque sé que soy más resistente de lo que puedo llegar a pensar en este momento.
Que él nunca me acabó de hundir, y yo he sabido volver a salir a flote.
Me lo recuerdo y consigo detener ahí mi línea de pensamiento, aunque también ayuda el escribirle rápidamente a Blanca:
No sé, tía… muy muy bien. Es como… yo qué sé, como si alguien lo hubiera hecho para mí!!
Casi puedo oler la preocupación de Blanca desde aquí, y eso que vive a un par de paradas de metro de mi casa.
Si su preocupación fuera una persona, estaría ahora mismo en la línea 1 agarrada a la barra del tren en dirección a estamparse contra mi cara, de eso no me cabe duda.
Tras un par de escribiendo… que aparecen y desaparecen, llega su respuesta:
Joder, me lo tienes que contar todo. ¿Te hace un café esta tarde?
Hago balance mental: mi tarde tranquila viendo Netflix y poniéndome mascarillas faciales que no sirven para nada contra tomarme un café (que, vamos a ser sinceras, no va a acabar siendo solo un café) con mi mejor amiga. Es sábado. Supongo que para tener planes sola ya están los domingos, ¿no?
Además, así tengo oportunidad de preguntarle a Blanca qué tal con Saúl y, con suerte, sacarle algún trapo sucio que pueda intentar emular en mi recién estrenada relación tóxica.
Me quito la toalla del pelo, me la paso por la cara y escribo:
Venga, a las ocho en Sol.
Tú y yo tenemos definiciones distintas de lo que es por la tarde, pero venga.