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Mentiría si dijera que me acuerdo de todo, porque después del paseo y un poco de cháchara sin mucho sentido, Marco me invitó a otro chupito y yo ya iba…

demasiado borracha. Aunque claro, si juntamos todas las veces que me he emborrachado en mi vida, no creo que pudiera encontrar ninguna en la que considere que me emborraché lo justo .

Siempre es demasiado, lo cual supongo que debería decirme algo.

Acabamos en su casa y lo agradecí, porque mi compañera de piso es probable que estuviera allí con su novio y no me apetecía escuchar su sermón pasivo-agresivo la mañana siguiente sobre el ruido que hacíamos y que esperaba que lo hubiera pasado bien (y que por debajo se escuchara para haberme despertado así, cacho perra ).

Resultó que vivía solo, con lo que me anoté preguntarle a qué se dedicaba.

Hasta ahora no parece que tengamos demasiados temas de conversación, así que no viene mal ir guardándose algunos.

Al fin y al cabo, es una situación delicada: me tiene que durar lo suficiente como para que se vuelva tóxico, pero la verdad es que el chico me importa entre nada y menos.

Así que me toca fingir al menos un poco de interés.

En cuanto traspasamos el umbral, me besó.

Fue un beso bastante normal, creo. Creo porque no lo recuerdo bien, pero sí que es verdad que si hubiese sido una mierda, de eso sí que me acordaría.

Lo que sí recuerdo a la perfección fue que me encendió, porque me empotró contra una pared del salón en la que, gracias a Dios, no había ningún cuadro con el que hubiera podido partirme la crisma.

Que no sería la primera vez que en medio de un arranque de pasión, algún tío me clava su foto de comunión en el cogote.

Después, todo borroso. Tengo en la memoria, y porque me obligo siempre a ello, los momentos clave: tenía un miembro bastante decente, se puso el condón sin siquiera tener que mencionarlo (lo cual oye, hace que gane medio punto de persona decente, que la triste realidad es que casi todos los tíos se hacen los locos cuando toca ponérselo) y tardó bastante en correrse.

Bueno, la verdad es que, que yo recuerde, no se corrió nadie. Y no porque no lo intentáramos. Supongo que nos quedamos sobados una vez decidimos rendirnos ante la evidencia.

Cuando despierto, parpadeo varias veces intentando enfocar la vista.

«Vale, Elena, estás en una cama que no es la tuya. Está claro que lo de volverte a tu casa después de aquel polvo reguleras fue un sueño y no sucedió en realidad. No pasa nada, es sábado, averiguas dónde estás y te piras lo antes posible».

Noto calor a la espalda, lo que no es del todo desagradable ya que en la habitación hace bastante frío. Mediados de enero en Madrid, como definición de temperatura.

Me giro con cuidado para mirar de reojo si está despierto, pero su respiración profunda y sus ojos cerrados me confirman que no. Se me escapa un suspiro de alivio: creo que si me lo hubiera encontrado mirándome fijamente me habría dado un infarto aquí mismo.

Termino de volverme, hasta quedar bocarriba, y aprovecho esos segundos para darle un buen repaso.

Siempre es curioso lo que hacen las luces de la noche con nuestro aspecto, y a la mañana siguiente es casi como despertarse con una persona totalmente distinta.

Está tumbado bocabajo, con la mano metida bajo la almohada blanca.

Los rizos castaños despeinados cayéndole sobre la frente, los ojos cerrados enmarcados por unas pestañas gruesas que no había notado hasta ese momento. Y tiene pecas. Qué fuerte.

No lleva camiseta y el edredón le tapa hasta la mitad de la espalda, así que me imagino que tampoco habrá nada debajo. Suspiro al darme cuenta de que yo también estoy desnuda: ¿hago como en las películas, tiro de la sábana y la uso para cubrirme modestamente el cuerpo?

Solo que si me diera por hacer eso, es probable que lo acabara tirando de la cama. Se me escapa una risita al imaginármelo.

«Si ya me lo ha visto todo…» resuelvo, y me levanto con cuidado de no despertarle.

Tengo unos instantes, mientras localizo mi ropa desperdigada por toda la habitación, para pensar en mi estrategia.

Es la primera vez que el chico no se despierta primero.

De hecho, si alguna noche me he quedado a dormir (siempre sin intención) en casa de algún ligue, lo más habitual es que me despierte respirándome en la oreja o para una segunda ronda.

Y con lo revuelto que tengo el estómago… no estoy yo para segundas rondas.

Cuando consigo pescar el top de encima de la cómoda, me encuentro con mi reflejo en un gran espejo de marco de madera.

Me devuelve mi imagen de cintura para arriba: los pechos de pezones grandes, la piel pálida, los hombros fuertes y…

el absoluto cuadro que es mi cara. Suelto otra risita mientras me froto la boca: parezco un payaso por culpa del pintalabios ese que promete ser permanente y nunca lo es.

Es tan fiable como esas promesas de amor eterno que se hacen de madrugada.

La máscara de pestañas también ha decidido dejar de oponer resistencia al sudor y a la gravedad, porque me encharca las ojeras de manera que parezco una psicópata.

«Tengo que encontrar el baño» decido, y en ese momento me entran unas ganas enormes de hacer pis.

Recuerdo haber usado el servicio después del sexo, porque tengo bien metido en la cabeza que después de follar hay que mear, para prevenir infecciones y eso. Así que si no me equivoco… está a la derecha del cuarto.

Salgo y efectivamente, en una puerta pegada a la habitación encuentro el aseo. Lo cual representa el horror, claro.

«Esto está súper cerca, ¿y si le despierto con el chorro? O peor, ¿y si se me escapa un pedo y se sobresalta con el sonido?»

Me pongo roja de vergüenza solo de pensar en esa posibilidad.

El baño es bastante nuevo, como si lo hubieran reformado hace poco.

Es pequeñito, con una ducha al fondo, y el lavabo y el váter pegados a la pared que comunica con la habitación.

Bendita mi suerte. No sé a qué arquitecto se le ocurrió pegar el baño a la habitación como buena idea, pero desde luego debe ser el mismo que construyó medio Madrid.

Ya me imagino al pavo contándole la historieta a sus amiguetes: «Pues resulta que me tiré a una española anoche y bueno, el polvo ni tan mal pero es que por la mañana me despertó del pedazo de cuesco que se tiró en el baño. Al principio pensaba que era un terremoto…»

No queda otra que rezar que haya suficiente papel higiénico como para realizar la táctica del colchón de papel, y después rezar aún más porque su cadena tenga la suficiente entereza como para dejarlo todo como nuevo.

Estas dos cosas no se suelen dar en la mayoría de ocasiones, pero esta vez mi suerte decide darme un respiro y se me alinean los astros.

Cojo aire con alivio y me acerco al lavabo para proceder a intentar retirarme el máximo posible de maquillaje.

En ese momento me vienen a la mente esas películas donde las chicas se despiertan perfectamente maquilladas al día siguiente de una noche loca, o que se ponen el despertador diez minutos antes que el chico para ponerse una base de maquillaje y seguir con el engaño de no tener poros en la piel.

Me da pereza solo pensarlo así que imagínate, es algo que yo no haría jamás.

Si no le gusto así… bueno, pues siguiente.

Me costará encontrar a otro italiano (porque ya se me ha metido en la cabeza que es la característica que busco) pero lo acabaré apañando, como todo. El fin último es ayudar a Blanca.

Cuando salgo del baño y vuelvo a entrar en la habitación, en bragas y top, él está revisando su móvil, boca arriba ya. Tiene la barbilla pegada al pecho y se ha bajado el edredón hasta el abdomen, y tengo que darme una palmadita mental en la espalda: el chico está bastante bueno.

No está mazado como un gymbro de gimnasio pero sí un poco marcado.

Lo suficiente como para saber dónde empiezan sus pectorales y acaba mi uso de la razón.

Me viene un flash de mí misma anoche, gimiendo al toquetear su pecho y otro en el que los gemidos provienen de su propia garganta, al agarrar con fuerza los míos.

Me pongo inesperadamente cachonda. Mi cuerpo se debate entre las ganas de hacerle marranadas y las ganas de vomitar, una sensación de lo más contradictoria pero que desde luego no es fuera de lo habitual en mis mañanas de resaca.

«Eres una salida» me acuso.

—¿Ya te has despertado? —digo con despreocupación, aunque de repente me da cierta vergüenza estar delante de él, de pie y en bragas, sin saber qué hacer.

No tengo ni idea de si debería acercarme o hacer por largarme lo antes posible, así que espero que él me dé alguna pista. Marco me sonríe al alzar la vista y, como me temía, me revisa de arriba abajo.

—No, sigo dormido —bromea—. Porque son las siete de la mañana de un sábado y no sé por qué debería estar despierto.

—Sigue durmiendo —le devuelvo la sonrisa, algo incómoda—. Yo cojo mis pantalones y me piro.

Él deja el móvil en la mesita de noche y se apoya en los antebrazos para alzar el torso. Me mira con el ceño alzado.

—Puedes quedarte a dormir un rato aquí, sin problema.

— Nah , prefiero dormir en mi cama, la verdad —Hago un gesto con la mano como restándole importancia.

—¿Nos veremos otro día?

Ahí está, primer tironcillo del hilo. Evito sonreír a modo de victoria aunque es lo que lucha por salirme de dentro. Me pongo los pantalones negros dando saltos para hacer tiempo antes de pensar en una respuesta. Venga, Elena, ¿qué dirías si el chaval te gustara mucho?

Pues probablemente me haría un poco la interesante pero me aseguraría de que tuviera una forma de contactarme lo antes posible.

—Va, por mí guay —digo con todo distraído— ¿Te di mi número?

—¿No lo sabes?

Su tono es de vacile y hace que levante la vista hasta él. Pesco mi bolso de la silla y de él saco el móvil, al tiempo que aprovecho para tantear con la yema de los dedos que mi cartera sigue en su sitio. Nunca se sabe.

—No recuerdo buena parte de la noche después del chupito de tequila.

Me acerco a la cama y me siento en el borde revisando mis mensajes. Hay muchos que tengo que leer después, pero ninguno suyo ni de ningún número que no tenga guardado, por lo que sigo sin saber si nos intercambiamos los teléfonos.

—¿No te acuerdas… de nada?

Echa el trasero hacia atrás y el edredón se le resbala un poco más, dejando al descubierto el principio de algo que a estas alturas ya conozco bastante bien y que vuelve a removerme esa dualidad en mi estómago: calor en ambos sentidos, uno bueno y uno malo.

—Me acuerdo de lo suficiente como para querer repetir y acabar lo que empezamos —Le guiño un ojo y él se ríe.

—Dios, no acabamos ninguno. Qué vergüenza. Eso no se puede permitir.

—Estábamos muy borrachos. Lo raro es que acertáramos a hacer algo parecido a follar. No te rayes.

—Vas a tener que quedar conmigo otra vez para que lo hagamos bien, entonces.

La idea no suena mal, desde luego. Chasqueo la lengua.

—Te repito que vale, pero no me has dicho si tienes mi número.

—Yo tampoco me acuerdo —Y esboza una sonrisa de oreja a oreja que llena todo su rostro.

Se le empequeñecen los ojos y le salen hoyuelos, lo que tengo que reconocer que me parece un tanto adorable.

—Míralo, el chulito. Venga, pues apunta…

Coge su móvil y me guarda diligentemente, aprovechando para ponerme un escueto Hola en WhatsApp para que yo también tenga su contacto.

—Y dicho esto… —Me ayudo con ambas manos para levantarme de la cama.

Él echa los brazos hacia delante para agarrarme de los hombros y tirar de mí hacia su posición.

—Venga, si te quedas un rato igual no tenemos que quedar otro día… —ronronea.

«Ahí lo tienes Elena. Si puede correrse hoy, no tiene por qué volver a llamarte. Es el tóxico de tus sueños».

Me zafo de su agarre y del beso que pretende plantarme con una risita de disculpa. Qué adorable soy cuando quiero.

—Que no, de verdad. Que estoy hecha una mierda. Mejor en otro momento.

Le doy un pico rápido en los labios y me aparto, atusándome el pelo.

—Como quieras —cede él, aunque visiblemente decepcionado—. Te acompaño a la puerta.

Se levanta, desnudo, y mis ojos se van sin querer a su bonita erección mañanera. Se me suben los calores y carraspeo.

—No me vas a convencer, eh —aviso.

—No era la intención, pero está bien saber que podría ser un argumento a favor.

Me guiña el ojo antes de pasarme el brazo por la espalda y llevarme hasta la puerta.

—Hasta pronto, Helena de Troya —me dice antes de besarme en la mejilla.

—Hasta pronto, Marco Polo… —murmuro antes de darme la vuelta.

Cuando la puerta se cierra a mi espalda, me doy cuenta de que no tengo ni la más remota idea de dónde narices estoy.

Buen trabajo, Elena.