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Me he bebido ya media copa y casi no hemos hablado.

El chico se limita a mirarme con una gran sonrisa, como si eso ya contara como conversación.

Y es perfecto, realmente. Ha dejado tiradísimo a su amigo por estar conmigo, otra buena señal de tío idiota que solo busca follar.

Y no ha despegado sus ojos de mi escote en un solo momento.

«Es como si me hubiera tocado la lotería de los tóxicos» me regodeo mentalmente.

—¿De dónde dices que eres? —le pregunto, antes de darle otro sorbo a la copa.

Que por cierto, eso que me he llevado ya, el ahorrarme pagar una copa híper cara en esta discoteca pija.

—De Roma —Se lleva la mano a la barbilla para mesarse la barba de tres días que, estoy segura, está planeada hasta el último pelo.

Tiene el cabello castaño y rizado, hasta las orejas, y una mandíbula por la que tengo ganas de deslizar la lengua desde el primer momento en el que me fijé en ella.

Los ojos, que asumo verdes (pero que teniendo en cuenta la luz que hay en la discoteca podrían ser hasta amarillos y reptilianos) se entornan cuando sonríe, que es a menudo. Todo sonrisas, todo amabilidad.

Una trampa perfecta.

Y yo estoy más que dispuesta a caer dentro haciendo la bomba.

—Qué típico, ¿no? —bromeo, ladeando la cabeza y sonriendo también.

—¿Y tú de dónde eres?

Pam. En la yugular.

—De Madrid —reconozco con la boca pequeña.

—Ah. Qué típico, ¿no?

—Ja, ja.

Le doy un breve puñetazo amistoso en el hombro y él pretende que le he hecho daño, protestando y frotándoselo.

«Si te quisiera hacer daño, te lo habría hecho, créeme» pienso. Pero decido dejar de pensar tanto y seguir con mi interrogatorio:

—¿Y cuántos años tienes?

—¿Cuántos crees que tengo?

—Sesenta y dos.

Mi respuesta lo deja un tanto descolocado y casi le veo dudar de su manejo del español, así que no puedo menos que reírme.

—Odio adivinar edades —reconozco—. No me gustan esos juegos.

—¿Y si te digo que tengo sesenta y dos de verdad?

—Te diría que te conservas muy bien y que me des el teléfono de tu cirujano plástico.

—Igual estoy escondiendo una picha arrugada y vieja.

Se me escapa una carcajada, oírle decir «picha» con ese acento italiano tan marcado me ha resultado demasiado gracioso.

Me doy cuenta en ese momento que he pensado mucho sobre cómo tiene que ser el tóxico que elija, pero no he reflexionado nada sobre la actitud que tengo que tener yo para dejarme hacer.

Digamos que tampoco puedo estar muy agresiva porque igual lo asusto y me quedo sin tóxico.

Con lo que me ha costado encontrar uno así de perfecto.

Así que decido ponérselo un poco más fácil de lo normal:

—Eso habría que comprobarlo, entonces.

Mi comentario le toma un poco por sorpresa, pero le encanta. Lo grita su sonrisa, que se hace paso otra vez por sus mejillas y le invade el rostro. Tiene unos hoyuelos adorables (por supuesto) y en ese momento, alguien me agarra del brazo.

Me giro con rapidez, dispuesta a hacerle una llave samurai (aunque no tenga ni idea de lo que es una llave samurai) a cualquier tío que haya tenido los cojones de agarrarme sin mi consentimiento, antes de darme cuenta de que es Blanca.

Le sonrío a mi amiga, que me mira con seriedad en el gesto universal de ¿Te salvo?

—¿Todo bien? —me pregunta en susurros, con la mirada clavada en ese chico del que aún no sé ni el nombre.

—Genial tía, ¿a que es guapo?

—Es alto —bromea ella, y luego me mira. En sus ojos hay tanto cariño que se me estremece el alma—. Y es guapo, sí. Pero ten cuidado.

«Si tú supieras que no voy a tener ninguno...».

—Va, ahora voy.

Blanca se despide de mí con un apretón y del chico, que ha asistido a toda la escena sin inmutarse, con un gesto de la mano.

—¿Tu amiga se preocupa por ti?

—Claro. Por si resultas ser un cabrón —Sonrío de medio lado.

Me acerco a él para ponerme a su lado y apoyar un cachete del culo en la silla alta que tiene a su derecha, con expresión despreocupada. La intención es que él desee acabar siendo la silla, por supuesto.

Una tiene que explotar sus encantos, y siempre me han dicho cosas muy bonitas (o muy fuertes) de mi culo. De hecho, la mayoría de esas cosas bonitas me las he dicho yo, y no me escondo. Son muchas sentadillas que amortizar.

—¿Por si te parto el corazón?

—¿Quién ha dicho que yo tenga de eso?

—Creo que tienes un corazón muy grande, y peligroso.

—¿Peligroso?

Se le escapa una risita entre dientes, antes de sentarse él también en la silla que tiene detrás. Son de estas negras, típicas de barra de bar que acaban resultando más incómodas que estar de pie, pero no parece importarle.

—Peligroso porque parece adictivo.

—¿Me conoces de media hora y ya me consideras adictiva?

—¿Ha sido media hora? Para mí se ha sentido como apenas unos segundos.

Mi corazón, ese del que llevamos un rato hablando, se salta un latido, pero no sé si es por la moñada o porque el chico está demostrando por segundos ser el candidato perfecto. Mi cuerpo está en alerta, mi mente también: «Este chico te puede hacer mucho daño, Elena» parecen decirme mis alarmas.

Y es perfecto porque si lo sé, puedo afrontarlo de otra manera. Protegerme y acabar así protegiendo a mi amiga. Pero antes de eso… es necesario caer.

—No me has dicho tu nombre —le cambio de tema, como si me diera vergüenza seguir por ahí.

—Marco. ¿El tuyo?

—Elena.

—Como Helena de Troya, ¿no?

—Depende, ¿me vas a raptar?

—No te voy a hacer nada que tú no quieras…

«Dios, vaya gilipollas. Es genial».

Reprimo los ojos en blanco y lo que hago es sonreír y negar con la cabeza, como si no me pudiera creer lo que acaba de decir. El hecho es que no solo me lo creo, sino que me lo veía venir de lejos. Y me flipa. Está siendo muy divertido.

Bajo la mirada por su camisa blanca (otro tópico, es como si lo hubieran hecho a medida para la situación) con varios botones desabrochados, que dejan al descubierto un pecho moreno, sin pelo. Eso no me gusta demasiado (prefiero un poco de pelo, la verdad) pero no tiene mala pinta.

—Oye, aquí hay mucho ruido, ¿qué te parece si damos una vuelta? —me propone de pronto, y alza el brazo para colocarlo distraídamente encima de la barra, justo tras mi espalda— Así me puedes contar más sobre el tipo de guerras que te gusta empezar…

—¿Y tu amigo? —le pregunto, inocente.

—Lo entenderá.

«Pasando del amigo por irse a follar. El plan maquiavélico está en marcha».

—Déjame avisar a las mías, y vamos.