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Después de media hora de charla y tres WhatsApps sin contestar de Blanca (a la que tendría que ir a buscar enseguida si no quiero que se cabree aún más conmigo) me doy cuenta de que no. No lo tengo.

Fran no es tóxico, ni mucho menos. Fran es pegajoso, pegajosísimo. Intenso, sí, pero no de esa manera intermitente que le envuelve en un halo de misterio. Tiene menos misterio que el mecanismo de un botijo: este tío quiere conocerme y hacerme feliz.

Y yo no estoy buscando a alguien que me haga feliz, sino todo lo contrario.

—Te puedo llevar al cine y después cenamos en algún sitio que te guste. No conozco mucho Madrid —me está diciendo en ese momento—. Seguro que sabes aconsejarme bien, pareces una chica lista. ¿A qué te dedicas?

«Tierra, trágame. A mí y a mis pocas ganas de lidiar con este tipo ahora mismo».

«Tú te has metido, tú te sales» suena la voz de Blanca en mi cabeza, y eso me aporta la solución que necesito.

—Trabajo en una ONG —contesto rápido, y luego apoyo la mano sobre su brazo— Oye, ¿te importa esperar un momento? Es que mi amiga está preocupada y tengo que ir a por ella.

—Claro, ¿quieres que te acompañe? —se ofrece, algo sorprendido.

—No, no te preocupes. Ya voy yo.

Y sin decir nada más me volatilizo de ahí de tal forma que bien podía haberse quedado una nube de humo con el hueco de mi silueta.

Vuelvo a zancadas apresuradas al reservado, donde me encuentro a Teresa y a Blanca hablando con unos chicos. Ana, más al fondo, baila de manera estrambótica con una desconocida, y siento otra de esas punzadas que me dicen que, con alcohol en sangre, esas chicas me parecen divertidísimas.

—Blanca —llamo, estirando el brazo para agarrarme a su cintura y abordarla.

Mi mejor amiga se gira ante el contacto y me mira, tardando un segundo en procesar. Si este es el nivel, me veo otra vez pagando la limpieza de la pota del taxi de vuelta. Y eso no es nada barato.

—¡Mele! —me abraza— Joder, tía, me habías preocupado.

Luego se acerca a mi oído y me susurra:

—Sálvame, hija de perra.

Reprimo una risa mezcla de diversión y alivio porque no esté enfadada conmigo, y dirijo una mirada evaluadora a la situación.

Teresa parece estar encantada con las atenciones del chico con el que habla, pero el que ahora mismo nos mira y que, supongo, es el que le ha tocado a mi amiga en el reparto, nos mira con expresión desconcertada.

Algo tímido, con una sonrisa más falsa que un billete de tres euros y los dedos rechonchos y rosados alrededor de un cubata vacío.

Visto así, da bastante mal rollo. No quiero saber cuánto tiempo lleva Blanca hablando con ese chaval, pero estoy segura de que ni un solo segundo ha sido por voluntad propia.

De hecho, es probable que el ochenta por ciento de su alma esté ahora mismo muerta de ganas de consultar el móvil para ver si Saúl le ha escrito.

—Te la robo, ¿vale? —Sonrío, y al chico parece que no, que no le vale. Que no le vale para nada.

Pero si en algo soy especialista es en ser la amiga borde que salva al resto de los babosos.

Esa que está con los brazos en jarras al lado de las chicas mientras el tío intenta quedarse a solas con ellas.

Todos y cada uno de los rechazados por mis amigas poseen un odio visceral, en sus entrañas, hacia mí.

Y yo mentiría si dijera que no me alimento de ese odio.

Si la magia oscura existiese en este mundo (que no descarto nada) yo sería la hechicera más poderosa, no me cabe duda.

Así que me llevo a Blanca, me regodeo un poco en el desprecio que ese chico siente hacia mí, y nos ponemos a bailar.

Ninguna conoce la canción (es probable que le tengamos que dedicar más horas a TikTok si queremos ponernos al día con el repertorio musical que está de moda) pero aún así tiene letra, tiene ritmo, y nosotras muchas ganas de vivir.

Vuelvo a ver a la Blanca libre, alegre, empoderada.

Que le da igual que se le salga media teta del vestido si es por hacer twerking de manera lamentable, con cero unidades de estilo o de dignidad.

Esa Blanca que no sale de fiesta para ligar, no va a los bares para ligar y no vive para ligar sino que vive para vivir, para estar con sus amigas y crear experiencias.

La agarro de la cintura, le doy media vuelta para pegar su espalda a mi pecho y bamboleo nuestras caderas al ritmo de la música, mientras con la otra mano me despego los rizos negros de la nuca.

Dos giros hacia un lado, uno hacia el otro y bajamos, cada centímetro de nuestro cuerpo pegado al de la otra.

Bajamos cada vez más, cada vez más y cuando doy el impulso necesario para subirnos de nuevo, Blanca me lo impide, empeñándose en eso de "bajar hasta el suelo"... tanto que acabamos cayendo de culo sobre él.

Las risas lo envuelven todo, los noooo y los ¿estás bien? . La felicidad se mezcla con el alcohol en mi torrente sanguíneo para darme el subidón que realmente necesitaba. Ahí está: mi amiga. Mi felicidad. Ahí está…

Mirando el móvil. Otra vez. Con el ceño fruncido.

—Tía, Blanca…

—Elena, ¡que aquí no hay cobertura! —Alza los ojos hacia mí, pálida— Joder, con razón no se subían ni las stories . No me acordaba de que en este sitio no hay cobertura. Voy un momento a la puerta a ver si cojo algo, ¿vale?

—Pero tía…

—Un segundo, en serio. Ahora vuelvo.

No se me ocurre nada que replicarle. Al fin y al cabo, yo misma acabo de desaparecer media hora sin siquiera darle explicaciones.

Y no es como si me debiera nada, ¿no? Pero sí que es como si la felicidad que había sentido bailando con ella se fuera tras su rastro mientras se abre paso entre la gente en dirección a la entrada del local.

«Vaya mierda» pienso, repentinamente triste.

El alcohol es lo que tiene: lo magnifica todo. Si estás feliz, eres la más feliz del mundo y si estás triste… bueno. Que tiemble Fran Perea, que vienen mis pensamientos.

Teresa está bailando con el chico de antes, y Ana enrollándose con la desconocida, apoyadas ambas en un pilar de la discoteca. Yo estoy sola ahí, plantada en el medio de la pista de baile, rodeada de peña que no conozco y que, honestamente, me tira de un pie, pensando en qué hacer.

Y entonces se chocan conmigo. Alguien me empuja con bastante fuerza y pierdo el equilibrio por un momento, teniendo que patear con el pie dos veces para recuperarlo.

«Lo que me faltaba» pienso, cabreada, mientras me giro para encarar a quien sea que se ha atrevido a tocarme. Odio que me empujen, y puede que sea la última cosa que necesito para acabar de enfadarme de verdad.

—¡Oye, ten más cuidado!

— Scusi, scusi… —oigo, y tengo que girarme un poco más para ver quién me lo dice.

«Un segundo, este es...»

—Es que mi amigo, bueno, noi estábamos intentando ir hacia la barra. ¿Me perdonas?

Hace gestos con la mano para señalar a su colega, que parece estar desapareciendo entre el gentío al igual que acaba de hacer Blanca.

Parpadeo varias veces y clavo mi vista en unos ojos de color claro que coronan una sonrisa deslumbrante.

Pero esa luz que siento dentro no proviene de su sonrisa, por mucho que pudiera salir en algún anuncio de dentífrico, sino de una bombilla que se acaba de encender en mi mente.

«Un italiano. Es perfecto».

Que sí, que generalizar está mal. Que los tópicos son, en muchos casos, ofensivos y no se deberían usar. Pero que están basados en rasgos reales, eso es cierto. Y que en España se sabe que los italianos son unos ligones y unos Casanova empedernidos, también.

¿Cómo no se me había ocurrido antes? Blanco y en botella: italiano.

—Tendré que pensármelo —reacciono, antes de que mi silencio se vuelva extraño.

El chico, que es muy alto (otro punto a favor para mi plan) pone un puchero (otro minipunto, esos pucheros que hacen que parezcas un niño bueno cuando en el fondo solo vas a jugar con mis sentimientos y dejarme hecha pedazos) y junta ambas palmas, como si se dispusiera a rezar.

—Disculpa, señorita. ¿Me dejas invitarte a una copa para compensarte?

Tiene un marcado acento italiano, aunque su español es buenísimo.

De hecho, casi podría asegurar que las palabras en su idioma que se le han escapado antes han sido parte de su fachada, y que realmente no necesita chapurrear.

Me pregunto si se habrá quedado en España tras un Erasmus exitoso o, Dios no lo quiera, está actualmente en pleno Erasmus.

Lo que no quiero es un yogurín, a mis veinticinco tacos.

Que a mí me parecen muchos, vaya.  Y no sé qué ha pasado conmigo de un tiempo a esta parte, que de repente alguien de veintidós años me parece un bebote.

Le pondría el chupete y lo mandaría a echar la siesta en casa después de eructar, y alguna vez lo he hecho hasta literalmente.

Pero la verdad es que el chaval no parece tan joven. O eso me digo, porque quiero tener la solución delante de mis ojos y no verme obligada a seguir buscando.

—Me parece un precio justo —concuerdo y pestañeo de manera sensual, de esa forma que sé que trae locos a muchos hombres.

Acabo de tirar el anzuelo, solo me falta pescar a este tiburón para pretender que me devora entera. Y si de paso, folla bien, eso que me llevo, ¿no?