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Pues probablemente uno de esos tíos que no bailan, que se dedican a apoyarse en la barra y a observar a las chicas como si estuvieran decidiendo entre un catálogo. Que salen de caza en lugar de a pasárselo bien.

Me basta un vistazo para darme cuenta de que hay unos cuantos y me sorprende en cierta medida porque en mi opinión, esos son de los que las chicas pasamos más.

En general, no conozco a muchas chavalas que salgan buscando ligar en concreto (aunque a una inmensa mayoría nos guste y nos suba la autoestima, porque así nos ha configurado la sociedad), sino que más bien es algo que sucede intrínsecamente.

Por lo que si nos fijamos en algún tío, tiene que haber algún motivo de peso.

Como que baile genial, que parezca estárselo pasando estupendamente o en mi caso, que mida más de uno noventa y se vea su cabeza por encima de las de los demás.

Es como si tuviera una línea imaginaria a partir de la cual, si asomas: me tienes.

El resto de ocasiones… bueno, si me abordas, estoy de humor y me pareces mono pues igual te doy una oportunidad.

Se me hace antinatural el buscarles, como si estuviera intentando encontrar una seta que fuera venenosa en un bosque lleno de setas comestibles, pero en cierto modo es hasta divertido. Cuando Blanca me fulmina con la mirada, perreando hasta al suelo con Teresa, me levanto, decidida.

Últimamente Blanca se enfada más conmigo que nunca, y es por Saúl. Lo sé. Está de malas porque él la trata mal, y la paga conmigo. Y sé que no es justo, que también debería enfadarme con mi amiga por eso, pero me resulta muchísimo más sencillo odiar a Saúl y punto.

Así que me decido a darme la putivuelta yo sola, a ver qué me encuentro.

Solo he avanzado cinco pasos hacia la barra cuando un chico me sujeta del brazo.

El tirón me hace estar instantáneamente de mal humor y recibirle, dándome la vuelta, con el ceño más fruncido sobre la faz de la Tierra.

No obstante y como de costumbre, el tío no parece ni enterarse.

¿Qué les pasa a los tíos, que no tienen ni un ápice de empatía?

—Eres muy guapa —babea él.

Lo evalúo de arriba abajo: es más feo que pegarle a un padre con un calcetín sudado.

Paso. No tengo tiempo ni para ser amable.

Y hace años que decidí que un desconocido que no respeta mi intimidad no se merece que sienta que debo ser amable.

Así que sin decir nada, doy media vuelta y sigo avanzando.

Hay un grupo bastante numeroso en la barra, y varios de ellos se giran hacia mí mientras me hago paso y me apoyo en la superficie con ambos codos, aupándome ligeramente como si estuviera buscando al camarero.

No tengo pensado pedir nada (no me sobra ninguno de los dos riñones, gracias) pero así tengo una excusa para acercarme y tantear el terreno.

—¿Se te ha perdido algo, morena? —dice uno de ellos.

«Tú podrías valerme» deduzco, girándome con una sonrisa que pretende ser tímida.

—Mis amigas, pero ya aparecerán —me excuso, apartándome el pelo de la cara.

El chico es alto, sin duda. Es probable que no llegue al metro noventa, pero puede dar el pego sin problemas. Es moreno, de cabello y de piel, y tiene una gran sonrisa blanca. No está nada mal. Ahora lo único que me queda por comprobar es si es lo suficientemente tóxico como para cumplir mi plan.

—Te puedes quedar un rato con nosotros mientras tanto —sugiere otro de sus amigos, uno bajito y con hoyuelos.

—No querría interrumpir vuestra conversación… —bromeo, y el chico alto me hace hueco para que me una al círculo.

Me hago oír por encima de la música de la discoteca, y no tengo demasiado problema para distinguir también sus voces, lo que casi me hace suspirar de alivio. Ya es suficiente con tener que hacer el paripé con ellos, si tuviera que forzar el oído sería insoportable.

—Nada, nena, estábamos hablando de lo normal. Tetas, fútbol y esas cosas.

Miro al chico alto con una sonrisa encantadora en la cara que no siento dentro del pecho.

Lo de nena me acaba de cortar el rollo hasta niveles insospechados.

De repente, es como si el pavo midiera cuarenta centímetros menos y se le cayera el moco por la nariz.

Pero cojo aire: al fin y al cabo, estoy aquí en una misión y lo único que quiero de él es un polvo, o unos cuantos. Y para eso no necesitamos hablar.

—Oh, tetas. Yo tengo de eso, ¿me puedo unir? —bromeo, coqueta.

Me doy un poquito de asco a mí misma ahora mismo y recuerdo por qué no suelo intentar ligar yo, sino que dejo que me liguen. Qué penita más grande, por favor.

—Genial, por ahora solo teníamos en el grupo las de Paco —dice otro, y le da una palmada a un amigo suyo, visiblemente más grande, que se ríe y niega con la cabeza.

—Ya te gustaría a ti tener mis tetas, tío.

Siento una simpatía instantánea hacia el tal Paco.

Probablemente, de todo ese grupo de hombres, sea el que me interese más.

¿Por qué? Porque hay pocas cosas más atractivas en alguien que poder reírse de sí mismo, y encajar las cosas con tanta naturalidad.

Además es guapo, muy guapo… Y tiene una mirada muy interesan-

«No, Elena, céntrate. No es guapo convencional, no es un Zac Efron, no es lo que hemos venido a buscar» me regaño mentalmente, aunque una parte de mí querría conocerle mejor.

Cuesta mucho convencer a mi parte más borracha de que lo deje estar, y me vuelvo a centrar en el chico alto con gran potencial tóxico. Le tiendo la mano.

—Elena, encantada.

—Fran —me dice, y se lleva la mano a los labios de manera sensual.

«Te tengo, Fran» ronroneo mentalmente.