4.
El garito que le gusta a Teresa nos lo encontramos, como siempre, petado de gente.
Y de gente snob, para más inri. Estoy bastante convencida de que ahí no voy a conocer a nadie que me sirva para mi plan, pero tampoco lo tenía previsto.
Por mucho que tenga una estrategia, nada me impide disfrutar antes de un rato a mi bola.
De fondo se escucha la típica música de ascensor que yo creo honestamente y con la mano en el corazón que es imposible que guste de verdad a nadie, y tanto Teresa como Ana parecen incómodas. Como si el tener que estar tiesas manteniendo la pose les hubiera acabado doliendo.
«El palo por el culo acaba haciendo pupa» pienso para mí.
Blanca está contenta. Demasiado contenta, diría yo. Sobre todo para tener en la mano un roncola de nueve euros, porque lo normal es que esas cosas le duelan también a ella. Pero ha mirado el móvil hace un rato y ahora está sonriendo. Y sé a la perfección que esa sonrisa tiene un nombre: Saúl.
—¿Qué pasa, caraculo? ¿Te ha hablado el idiota ese?
—No le llames así —protesta Blanca, y agarra el móvil que tiene sobre la mesa en un gesto instintivo, como si así protegiera a su rollete—. Me ha dicho que igual salen por esta zona, y que si eso me escribe.
— Si eso te escribo , el gran mensaje de amor moderno —me mofo, poniendo los ojos en blanco.
La mirada que me dirige Blanca me deja claro que ahí está el límite, que una burla más y se cabreará. Ya la conozco lo suficiente como para detectar esas miradas peligrosas.
—Es lo de siempre, nena —le quita importancia con un gesto de la mano, intentando fomentar la paz—. Se hace el interesante pero me acaba escribiendo.
—No te vayas a largar antes de tiempo y a dejarnos plantadas, ¿eh?
—No, no. No te preocupes.
Me acerco para susurrarle al oído.
—Como me dejes sola con doñas palo-por-el-culo, te mato.
Las dos miramos disimuladamente a Teresa y a Ana, que están teniendo una conversación de ascensor que pega mucho con la música del sitio, con las espaldas bien rectas y las trenzas tan apretadas que parece que se las hayan hecho con el solo propósito de tensar sus rostros. No podemos evitar una risita.
—Desde luego, a veces no entiendo su definición de diversión —susurra Blanca, aunque las mira con cariño.
—Por eso te lanzaste a mis brazos en cuanto me viste.
—Por eso y porque intuía que tenías pañuelos y no quería tener que dar saltitos.
—Qué cosas más bonitas me dices.
Hay algo que me lleva molestando un rato: me he dado cuenta de que si estamos aquí, si Blanca ha aceptado el plan de postureo de su compañera de piso, es porque Saúl le debía haber dicho ya que iba a salir por esta zona.
Y esto me revienta por dos motivos: uno, porque a nadie le mola demasiado que tu amiga te vaya a plantar a la mínima que un tío le diga de verse y dos, porque demuestra que Blanca está aún peor de lo que pensaba.
¿Dónde quedó aquella tía empoderada que le dijo a su ex que lo dejaba porque no le prestaba la atención que ella merecía? Echo de menos a esa Blanca y estoy segura de que ella, a ratos, también.
Me reafirmo en que debo hacer lo que sea necesario para sacarla de ahí. Da igual lo que me pase a mí en el proceso.
Nah , la verdad es que eso ha sonado muy desinteresado y para nada.
Vale, no quiero perder a mi amiga, y muchísimo menos por un tío asqueroso que no la trata bien.
Tengo que reconocer que tampoco estaría muy feliz si la perdiera por el hombre más maravilloso sobre la faz de la Tierra, pero al menos tendría que hacer acopio de toda mi bondad (esté donde esté) y reconocer que bueno, es lo que toca.
El idiota de Saúl me da la oportunidad de acaparar a mi amiga como una obsesa y además sentirme bien por ello.
Si es que encima le voy a tener que dar las gracias y todo.
Hago un ruido infernal con la pajita para tratar de aprovechar hasta las últimas gotas de la copa y entonces Blanca abre el bolso, saca disimuladamente una pequeña botella de ginebra y me la vierte en el vaso.
—Eh, ¿de dónde has sacado esto, perra? —le pregunto, maravillada.
—Del bar—Se encoge de hombros—. Podemos llevárnoslos sin problema. Si no nos ve el jefe, claro.
Blanca es camarera desde hace bastantes años. Empezó una carrera que aborreció y se metió a lo que realmente le apasionaba: la gente. Con estar en medio de un mogollón, es feliz. Y yo lo soy si además me trae botellitas de alcohol gratis.
—¿Tienes ron para ti?
—¿Por qué crees que me ha durado tanto la copa?
—Chica lista…
«Para unas cosas» no puedo evitar corregirme mentalmente. Pero me muerdo el labio para que esas palabras no salgan de mi boca. Tengo que acordarme de que hay un plan en marcha y que no puedo perder a Blanca antes de eso.
Cuando salimos del local, casi arrastrando a Teresa y a Ana (sigo sin entender por qué no quieren irse, si ni siquiera se lo están pasando bien y ya han subido suficientes stories a Instagram) hemos pagado dos copas cada una pero nos hemos bebido el equivalente a otras dos de la mano de las botellitas de Blanca.
Quién iba a decir que en un bolso tan pequeño pudiera caber tanto.
Entramos en la discoteca de moda del momento, aunque hemos sido lo suficientemente listas como para tirar de contactos con relaciones públicas y conseguir un reservado con botella por un precio que no dan ganas de tirarse por un puente de carretera y dejarse arrollar por todos los coches que pasen por la M30.
Cuando entramos, mirando con cierta lástima a las chicas que hacen cola a la entrada (lástima y comprensión, porque esas éramos nosotras hace apenas dos años, antes de volvernos unas señoras) la música nos invade los oídos.
Y esta vez, aunque no es mi Shakira, al menos es música con letra.
Bailable. Así que no puedo reprimir un grito de júbilo mientras empujo a Teresa para que se dé algo de prisa.
Cuando nos sentamos Blanca me queda lejos, pero yo ya solo me necesito a mí misma para pasármelo bien.
El alcohol me recorre las venas de esa forma que me energiza pero que sé que mañana voy a pagar, bien pegada a la taza del váter.
Nos traen la botella y los refrescos y en menos que canta un gallo tenemos cada una una buena copa en la mano, lo único que nos hace falta a estas alturas para rematar ese puntillo y que se convierta en punto y coma.
Hasta Teresa y Ana han cambiado el chip, y no quiero decirles que se nota a leguas que están mucho más cómodas aquí, mucho más relajadas, que en su propio plan. Ya tengo bastante con lo mío.
Las luces de la discoteca parpadean tanto en mis ojos como en mi cabeza.
Todo empieza a dar vueltas y en ese momento, me pongo en modo espía.
Una parte de mi mente se centra en lo que nos ha llevado ahí (aparte del taxi que pagamos entre las cuatro): conseguir un tío tóxico.
Uno que sea tan evidentemente malo que Blanca se vea obligada a darme consejos para que me aleje de él, y así se dé cuenta ella misma de que en mí lo ve tan claro mientras que en ella…
A la una de la mañana con una cantidad nada desdeñable de ginebra en el organismo, me parece directamente el plan perfecto.
Nos levantamos a bailar, y Teresa y Ana se ponen a perrearse mutuamente de una manera que hace que hasta me caigan bien.
Qué digo bien, ¡súper bien! De pronto, me parecen las tías más increíbles del universo.
Me uno al perreo y acabamos las tres por los suelos, entre risas y maldiciones de Teresa, a la que se le ha derramado media copa por encima del vestido.
Yo me incorporo como puedo, con la elegancia de un perezoso apaleado, y me doy cuenta de que Blanca está aún sentada en el enorme sillón del reservado, con la vista puesta en su móvil.
Frunzo el ceño y me siento a su lado, intentando ser cauta con mis palabras. Spoiler: eso nunca me sale nada bien.
—¿Te ha hablado y te largas? —casi escupo, y me arrepiento al instante del tono que he empleado.
Por suerte, Blanca no parece estar demasiado centrada.
—Qué va. Le he dicho… bueno, que tengo ganas de verle, y me ha dejado en leído. A ver, supongo que estará con sus amigos y que estará igual de pedo que nosotras y tal… no pasa nada, no tiene que estar todo el día pegado el móvil para responderme, pero yo qué sé.
—Tú qué sabes, pero yo sí sé —le aseguro, pasándole el brazo por el hombro—. Yo sé que estás en una discoteca con tus amigas y en lugar de pasártelo bien, te veo con el culo pegado al asiento esperando que te conteste a un mensaje. Blanca, tía, tú no te mereces eso…
—Joder Mele, estás pesadita últimamente con el tema, ¿no? No todos los tíos son asquerosos, ¿sabes? Algunos sienten de manera diferente a nosotras y punto, joder. Que es que tú a la mínima crucificas a cualquiera.
Se levanta, refunfuñando, y una parte de mí se alegra de que al menos la haya animado a bailar. Aunque ese ánimo provenga de un profundo odio hacia mi persona, claro.
Se me revuelve el estómago. Hay un bicho dentro de mí que me repite, en esas situaciones, que igual es que soy mala.
Mala malísima. Y que no soporto ver a mi amiga feliz, o que mi amiga esté involucrada con un tío mientras yo ando más sola que la una.
Y oye, puede ser. Pero honestamente y tras días pensándolo, estoy convencida de que hay una razón más grande, que es salvar a mi amiga.
De ese pavo y de sí misma, en ese orden en específico.
Me echo hacia delante en el sillón y decido que ese es el momento perfecto para empezar mi misión. Veamos… ¿qué necesitas, Elena?
Tiene que ser guapo. Al menos de manera evidente, de esos que saben que lo son y que por eso creen que pueden hacer lo que quieran. Los tíos que tienen una belleza menos convencional tienden a ser mejor gente, porque la vida no se lo ha puesto todo tan fácil como a los otros.
Tiene que ser alto, porque sino no va a haber quien le cuele a Blanca que pierdo el culo por él.
Tiene que ser… ¿Cómo reconocer a un tóxico a propósito?