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Lo mejor de este plan es que cumple un propósito triple: ayudar a Blanca, pasármelo increíblemente bien en el proceso y echar un buen polvo… Que ya me viene haciendo falta.

Otra ventaja estupenda es que me resulta una excusa para salir de fiesta, que es una de mis pasiones. Me encanta tomarme unas copas con Blanca y algunas amigas y luego sudar el alcohol bailando en algún garito de mala muerte.

Organizar el plan no resulta demasiado difícil: basta con adaptarse a las exigencias de Teresa, una amiga de Blanca bastante repipi y que siempre se olvida que es la única del grupo que tiene un contrato en lugar de una beca y por tanto, a nosotras nos duele pagar ocho euros por cada copa en lugar de los cinco que solemos encontrar por ahí.

Muchas veces le hago la envolvente a Blanca y consigo que salgamos las dos solas y dejemos tiradas a sus amigas, pero en esta ocasión necesito más gente.

Necesito refuerzos para que se queden con ella y yo pueda ligar por ahí.

Porque a ver, ya he establecido que soy un poco arpía, pero para mí Blanca es sagrada y no soy de esas que dejan a su amiga sola en la discoteca mientras se encaraman a algún maromo.

A mí me lo han hecho miles de veces y no es nada agradable.

Me preparo escuchando a Shakira. Puede que no pegue mucho con el top negro escotado, el pantalón también negro y las botas altas marrones, ni con la raya del ojo que me llega casi hasta las orejas, pero Shakira es de lo que más me motiva cuando vamos a salir.

He quedado con Blanca (y sus amigas, pero yo me coordino con Blanca y ella es quien se encarga del resto) a las diez en algún punto de la Castellana que aún tengo que buscar en Google Maps y como siempre, voy sobrada de tiempo.

Es bastante probable que me acabe teniendo que pasar más de media hora viendo TikToks con el móvil cargando, ya vestida y maquillada, pero prefiero eso a ir con prisas. Siempre he sido un poco maniática.

Cuando desbloqueo la pantalla, justo tras dejarme las cuerdas vocales con Hips Don't Lie , tengo un mensaje de Blanca y otro de Curro. Leo primero el de mi mejor amiga:

¡¡Hoy llego puntual, lo juro!!

Sonrío ante tamaña mentira. Me imagino que hasta ella misma se habrá sentido mal al escribir eso, cuando sabe de sobras que no lo va a cumplir: siempre le pasa algo que hace que llegue, como mínimo, diez minutos tarde.

Menos mal que lo tengo en cuenta en mis cálculos. El de Curro es un poco más interesante:

¿Cómo va el plan maquiavélico?

Chasqueo la lengua. Le he dicho ya cien veces que eso de llamarle "plan maquiavélico" es cutrísimo, pero él se ha limitado a encogerse de hombros y no hacerme el más mínimo caso.

Los planes no empiezan tan temprano un viernes.

Empiezan bien temprano los sábados, ¿no? Si acabáis comiendo churros, acuérdate de mí.

No quieras que empiece a relacionarte con los churros…

Acaba la conversación con una serie de emoticonos riéndose y yo vuelvo a la faena de la raya del ojo, con una sonrisa.

La verdad es que un poco maquiavélico sí es.

Aunque sea en la parte de que «el fin justifica los medios», ¿no?

¿No dijo eso Maquiavelo? Ya no recuerdo nada de la carrera, maldita sea.

La verdad es que no sé si maquiavélico, pero un poco maternalista sí es. Como un «nena, mírame a mí que te voy a enseñar lo que estás haciendo». Como esas nuevas madres que están obsesionadas por educar a sus hijos sin que éstos se den cuenta de que lo están haciendo.

No se lo reconoceré a nadie. Lo tengo decidido.

Esto será un secreto entre Curro, yo y el maromo que decidiera hacer parte de mi experimento.

Eso, si decido contárselo a éste último, porque lo más probable es que no me haga ni falta.

Los tíos así, además de olerse a leguas (normalmente huelen a One Million, siendo más específica), no necesitan excusa para comportarse como lo hacen.

Les sale natural. Lo peor es que es probable que sea la propia sociedad en la que vivimos la que les enseña, sin que se den cuenta, que así se salen con la suya solo llevándose lo bueno.

Lo malo sería tener responsabilidad emocional, claro. Que parece que cuesta un mundo.

Una cara en concreto aparece en mi mente durante un instante, lo que tardo en sacudir la cabeza en la vida real para deshacerme de ella.

Cuando era una cría y tenía pesadillas, mi madre me dijo que si sacudía la cabeza, se irían.

Y es un hábito que me ha quedado desde entonces.

Pensamiento que tengo que quiero eliminar, sacudida de cabeza que se lleva.

Me pinto los morros de rojo, canturreo los últimos versos de la canción y apago el reproductor.

Luego miro el reloj y decido que estoy tan nerviosa por esta noche que no puedo quedarme simplemente haciendo tiempo. Voy a ir a dar un paseo y así rebajo un poco de energía. De esa que luego me voy a insuflar a base de gintonics .