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—Pues que pase ella de él.

Se me escapa una carcajada. Los tíos siempre tan categóricos.

Tan simples. Todo es blanco o negro, todo es fácil o demasiado difícil, y merece la pena o se deja escapar.

Quizás es eso: nosotras nos negamos a aceptar que si notamos desinterés, es porque lo hay.

Queremos hacer a la gente más complicada de lo que realmente es.

Curro es un buen chico. Y eso que yo no soy la típica persona que tiene esperanza en la humanidad y mucho menos, en los tíos.

Si por mi fuera, si fuese una elección que se pudiera tomar de manera consciente, sería lesbiana y punto.

Pero me ha tocado ser bisexual en esta vida y como se suele decir por TikTok  «los hombres me atraen, pero eso no significa que me gusten».

Por experiencias propias y estando muy quemada con ellos, conocer a uno para mí es a día de hoy como encontrarme con un depredador.

Se tiene cuidadito y no se le pierde de vista en ningún momento.

De hecho, hasta el propio Curro me costó al principio.

Aunque tiene la típica pinta de friki de la informática, que adereza con unos polos que parecen heredados de su abuelo y unas gafas de pasta gigantescas, la amplia sonrisa de medio lado y el sentido del humor ácido me pusieron en alerta desde el primer momento.

«También los hay malos con pinta de buenos» es otro de mis lemas.

No obstante, hace ya un par de meses y unas cuantas salidas de cañas con el resto de becarios que he tenido que reconocer que es de fiar.

Un par de comentarios feministas, una anécdota sobre algo que le hace vulnerable y ya comenzó a ablandarme.

Y el caso es que a  día de hoy, no me ha demostrado nada que no sea bueno.

—¿Por qué me miras como si estuviera pirado? —protesta en ese momento, dejando caer la jarra de cerveza sobre la mesa de madera del bar de al lado de la oficina, al que ya somos asiduos— Si alguien te trata mal, pasas. Sencillo, ¿no?

—Joder, si fuera sencillo creo que nadie sufriría en este mundo. También hay tías tóxicas, ¿nunca te has encontrado con ninguna?

—Tendría que pensarlo.

Se lleva la mano a la barbilla, como si de verdad fuera a reflexionar activamente sobre el tema, y yo sonrío de nuevo. Decido intentar ayudar a refrescarle la memoria:

—Una de esas tías que te dice que te adora, que ojalá encontrara a un chico como tú, que hace como si fuera tu novia pero luego no quiere nada contigo…

—Oh —parece comprender, abriendo los ojos—. Claro, de esas, a patadas.

—Es que es la forma femenina de ser tóxica —Carraspeo, y llevo la mano hacia su brazo. Luego pongo mi mejor voz dulce y pestañeo varias veces—  Ay, Curro, es que eres genial… Cualquier chica tendría taaaaaanta suerte de estar contigo…

Le acaricio cerca del codo, con un dedo juguetón, y me muerdo el labio, clavando los ojos en los suyos. Curro se pone violentamente colorado en apenas un segundo y se aparta de golpe.

—¡Tía! ¡Qué haces! Para, joder, que me das mal rollo.

«¿Te da mal rollo... o es que te ha gustado?» pienso, pero lo dejo pasar.

Hay una parte de mí que cree que a Curro le atraigo.

No me refiero a que piense que soy la mujer de su vida, pero sé que si algún día nos pasáramos de copas…

bueno, no creo que me resultara muy complicado llevármelo a la cama.

No obstante y como ya he dicho, Curro es un buen tío.

Y yo no soy una tía tóxica. Lo máximo que me permito, cuando percibo que puede que le guste a algún chico que a mí no me interesa, son momentos como este.

Recupero la compostura con una risotada para eliminar cualquier tipo de tensión sexual que hubiera podido crear.

—Te has puesto rojo —me mofo, dando palmas.

—¡Porque me has asustado!

—Porque te ha gustado, no mientas.

Alzo una ceja, interrogante.

«Ya está, Elena, aquí es donde cortas».

—Yo…

—Llevas demasiado tiempo sin mojar el churro, Curro. Oh, mira. Debería cambiarte yo también el nombre. "Churro" te va que ni pintado.

—Ni se te ocurra —advierte.

—Te debo un mote.

—Melena es un mote precioso. Churro es una puta mierda.

Llega el camarero con otras dos cervezas.

No las hemos pedido pero a estas alturas saben que, mínimo, siempre hay una segunda ronda.

Es una gozada tener un sitio donde ya te consideren de la familia.

Las agradecemos con un gesto de la mano y en ese momento, un grupo de tíos que tienen pinta de venir de un Colegio Mayor irrumpe en el bar, llenándolo todo con sus ruidos.

—Entonces, si no va a pasar de él, ¿qué va a hacer tu amiga?

La pregunta me pilla un poco desprevenida, porque mi mente estaba vagando entre churros y el tiempo que yo misma llevaba sin probar uno (de ninguno de los tipos), así que ladeo la cabeza y tengo que emplear un segundo en recordar de lo que estábamos hablando.

«Concéntrate, pedazo de marrana» me recrimino mentalmente.

—A ver, en un mundo ideal sí, pasaría de él. Donde las dan, las toman —Me encojo de hombros—. Pero el corazón no funciona así, y las adicciones menos. Así que lo que deduzco es que él le seguirá dando largas hasta que ella se rinda, al no recibir nada por su parte.

—Tiene lógica.

Se aparta el cabello negro de los ojos y se frota uno de ellos por detrás de las gafas de pasta transparente. Una elección de montura bastante hortera pero que, he de reconocer, a él le queda bastante bien. Contribuye a la imagen de niño bueno que está claro que se esfuerza en conseguir.

—Pero espera, que no acaba ahí. Cuando ella ya piense haberle superado, él reaparecerá. Con un te echo de menos o alguna mierda de ese palo. Y quedarán otra vez, y todo parecerá muy bonito y después él volverá a perder interés y a pasar.

Curro gruñe, pero no dice nada. Se limita a fruncir el ceño, como si esa afirmación le hubiera molestado a nivel personal.

—Y puede que haya dos o hasta tres recaídas. Le calculo unos seis meses más a toda esta situación —concluyo, suspirando de la manera más dramática posible.

—Joder. ¿Y no hay manera de reducir ese tiempo? Yo qué sé, encerrando al tipo en una cueva o algo así.

—No es mala idea. Ojalá fuera legal, o factible.

Pero no, cuando estás tan metida en esa mierda…

es que no lo ves. Osea, si me pasara a mí, por ejemplo, te aseguro que Blanca estaría ahora mismo haciéndome una intervención y tendría clarísimo que debo pasar de ese tío.

Pero claro, es mucho más fácil dar consejos desde fuera.

Desde ahí, se ve todo mucho mejor y las decisiones son sencillas.

—Pues nada, coges al primer tío macarra que te encuentres, te lo zumbas y luego, cuando se vuelva tóxico, se lo vas contando a Blanca. Cuando ella vea que a ti te están haciendo lo mismo, se dará cuenta de su propia situación. Es un plan infalible.

Bam.

¿Sabéis esos momentos en los que el mundo se para y tienes una revelación?

Yo siempre lo he achacado al alcohol, pero en este momento apenas llevo jarra y media de cerveza entre pecho y espalda.

Curro lo ha dicho de broma. Eso es evidente. Pero a veces, los planes más absurdos son los que funcionan, ¿no?

—Tío, ¡eres un genio!

—Pero, ¿qué cojones…?