Un error a medida
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1.
Resulta más sencillo dar consejos que ponerlos en práctica. ¿La teoría? Muy fácil, chupada, tráeme más teoría que te la bordo. ¿Pero la práctica? Ay, la práctica… esa se nos escurre de entre los dedos.
También es más sencillo darte cuenta de cuando a alguien lo están mangoneando si es desde fuera. Y ese alguien puedes ser tú misma, claro… solo que para estar «fuera» te hacen falta unos cuantos meses. Años, en algunos casos más desafortunados.
Esto es lo que pienso mientras me preparo el primer café del día…
. Aunque sean casi las seis de la tarde, porque hoy en la oficina no hemos parado.
Ser la becaria es lo que tiene: te pagan fatal, haces más horas que nadie y luego no se te reconoce absolutamente nada.
Y eso que yo considero tener bastante suerte, dentro de lo que cabe: todas mis amigas de la carrera están peor.
Peor pagadas (y algunas ni eso), peor con sus jefes (la mía, dentro de lo que cabe, es maja) y echando aún más horas que yo.
El caso es que hoy no me ha dado tiempo ni a tomar café, y aunque es martes se siente como, por lo menos, jueves.
Hay unas licitaciones a las que la ONG donde estoy se quiere presentar y, como siempre, lo han pillado demasiado tarde.
Mi próximo proyecto, y ya he avisado a mi supervisora, es hacer una maldita tabla con los periodos de apertura de las convocatorias para que no nos veamos en estas cada dos semanas.
No obstante y mientras le doy el primer sorbo al café recalentado, que ya está bastante rancio después de llevar en la cafetera sus buenas ocho horas, mi mente está muy lejos del trabajo.
Estoy centrada en los errores que cometemos, en toda esa gente que parece que solamente entra en nuestra vida para hacernos caer.
Aprender, dirían algunos, pero yo estoy bastante harta de que me den lecciones que no había pedido.
Demasiadas clases de una materia que no me interesa, así que prefiero no sacarme el título, muchas gracias.
El hondo pozo de reflexión en el que estoy metida es culpa, casi al cien por cien, de mi amiga Blanca.
Una de esas amistades que aunque no llevan mucho tiempo, sabes que van a ser para toda la vida.
Nos conocimos en el baño de una discoteca, las dos borrachas como cubas.
No es que sea extraño para cualquier mujer el concepto de «amigas de baño» cuando sale de fiesta, pero sí que es rarísimo que una de esas amistades cuaje.
Normalmente, son momentos que aunque brillantes y divertidos, resultan fugaces en tu vida.
El parpadeo de una estrella o una extraña pasándote un pañuelo por debajo de la puerta porque ya no hay papel higiénico.
Ese día lo que sí había era mucha cola para usar el baño, ella estaba por delante de mí y nos pusimos a hablar.
Que si tienes la raya del ojo fatal, espera que te la arreglo, que si me sujetas la copa mientras me quito la chaqueta…
una conversación bastante normal para unas «amigas de baño», algo casi rutinario.
Pero cuando le tocó el turno y yo gemí porque mi vejiga estaba cercana a la implosión, se le cruzó el cable y me ofreció entrar con ella.
Que dirás: «Vaya marranada. Esa te quería hacer cosas cerdas».
Pues eso pensé yo también, pero mi vejiga habló más alto que mis reticencias y acepté. Ahí se me cruzó el cable a mí. Si nos hubiéramos rozado en ese momento, estoy convencida de que hubieran saltado chispas de tanto cable roto.
Me dejó hacer pis primero, y nunca he sido más veloz en la totalidad de mi existencia. Ella se dio la vuelta para dejarme intimidad (un poco absurdo en el punto en el que estábamos, pero bueno) con una naturalidad que me hizo pensar que llevábamos toda la vida siendo las mejores amigas del mundo.
—Gracias —le dije, escuetamente, antes de subirme las bragas y las medias negras.
El pequeño cubículo olía ya a pis antes de que entráramos, con lo que no me sentí mal por haber contribuido al tufo. Lo siguiente sería que se me hubiera escapado un pedo o algo, aunque ahora creo que si eso hubiera pasado de verdad y visto lo visto, yo ya estaría casada con Blanca.
Ella se recogió el pelo rubio en una coleta alta (tardé poco en descubrir que lo hacía siempre antes de usar el baño) y se puso en unas cuclillas admirables antes de que yo misma me diera la vuelta.
—Nada. Para eso estamos las amigas.
Y así, como si esa frase típica sacada de una película adolescente lo hubiera dictaminado, nos hicimos inseparables.
Salimos a bailar juntas, nos dimos los números y resultó que ninguna quería hacer cosas cerdas con la otra.
Aunque en cualquier otra circunstancia y si no la hubiera visto mear, a mí probablemente me hubiera entrado por el ojo, no lo voy a negar.
Y no se lo confesaré nunca porque estoy convencida de que no dejaría jamás de restregármelo por la cara.
De esa noche hace casi dos años. Y aunque tengo muchas amigas del instituto, de la infancia incluso, ahora mismo la considero a ella como mi mejor amiga. Porque es con la que más hablo, a la que más veo y la que mejor me comprende.
Y el caso es que mi flamante mejor amiga, está a punto de caer, otra vez, en uno de esos pozos de los que solo se sale empantanada y llena de mierda.
Ese pozo se llama Saúl, y es un tío tóxico de manual. De manual básico, además. De esos que pensábamos, las dos, que ya veíamos venir de lejos.
Lo jodido que tiene este tipo de tíos es que siempre nos topamos con algo, una sutileza, que hace que podamos agarrarnos a eso para asegurarnos, una y otra vez, que en esta ocasión es diferente.
Que el problema somos nosotras. Cualquier hilo de atención que nos presten, nos aferramos a él y tiramos con todas nuestras fuerzas mientras nos repetimos que las alarmas que nos suenan en la cabeza nos las estamos inventando.
Lo que pasa es que en esta ocasión, a mí me está volviendo loca que Blanca no se dé cuenta. O que finja con tanta fuerza no hacerlo.
Se lo he intentado hacer comprender, de manera más o menos sutil (y yo no soy sutil, ojo, yo tengo la sutileza de una apisonadora, solo que por la gente que quiero hago mi mejor intento), pero está totalmente ciega.
Ciega como solo lo puedes estar cuando te pillas hasta las trancas de un tío que has conocido en una discoteca de mala muerte y que durante las primeras tres citas, parecía el hombre de tu vida.
Veintiocho años, trabajo estable, manos grandes y cálidas como su sonrisa.
Atento, cariñoso, espontáneo hasta decir basta.
Así lo describe ella, con ojos soñadores.
Y, como ya hemos dicho, las primeras tres citas fueron perfectas.
Tanto, que hasta a mí me ha costado darme cuenta de que la cosa ha cambiado.
Suele suceder de esa manera: al principio, todo va tan bien que te cuesta asumir que en algún momento el interés se ha desvanecido y que aunque él tirara más que tú las primeras veces (cosa que nos suele encantar y hacer sentir seguras), ahora eres la única a las riendas de un carro que se va a despeñar por un acantilado.
Saúl parecía tener claro que Blanca era la mujer de su vida.
Le decía que nunca había conocido a nadie como ella, que jamás había sentido tanta conexión con una mujer, le escribía mensajes a todas horas y planeaba la siguiente cita antes siquiera de que a ella le diera tiempo de pensarlo.
Y Blanca se relajó, claro. Como pasa en estos casos, cuando ves que la otra persona te asegura ese interés, te relajas y comienzas a mostrarlo tú también sin reparos.
Ahí fue donde apareció el problema. Donde está siempre, supongo. Cuando ya ganas, no quieres seguir jugando. Y Saúl se cansó de jugar, aunque no fue algo drástico. Gotita a gotita, fue vaciando el vaso de atenciones que le dedicaba a Blanca.
Al principio, yo misma le defendí. Tampoco es que nunca sea fácil asegurarle a tu amiga «bua, qué putada, está empezando a pasar de ti», y se mezclaba con esa esperanza tan fuerte que a veces tenemos de que nuestro propio instinto se equivoque.
Al principio, no dices nada. Te muerdes la lengua como puedes.
Lo duro de eso es que después, cuando te empiezas a sentir culpable por no intervenir, te resulta complicado cambiar de postura, pasar a intentar abrir los ojos a tu amiga. Y es que además Blanca es…
No se le pueden decir las cosas así como así. Más de una vez me ha pegado un corte por una tontería, así que me imagino lo que puede pasar si intento hablar con ella en serio de esto.
Apuro el café y le paso un agua a la taza, demasiado vaga como para lavarla a fondo. La dejo boca abajo en el escurreplatos pensando que si alguien decide robármela (la compré yo al empezar las prácticas) pues se merecerá que no esté limpia del todo.
Salgo de la cocina a oscuras, como siempre que me quedo hasta tan tarde. No me sorprendo al cruzarme con Curro, el becario del departamento de gestión económica al que le suele tocar pringar tanto como a mí.
—Elena —me saluda, con una sonrisa resignada.
—Curro, ¿tú eres un tío tóxico?
Mi pregunta le descoloca, pero no tanto como lo hubiera hecho hace unos meses, cuando nos conocimos. Ya empieza a acostumbrarse a mis rarezas y eso me genera algo parecido a la ternura.
Se apoya en el marco de la puerta de la cocina; supongo que él también irá a por un último café antes de irse.
—El petróleo está especialmente malo hoy —continúo, refiriéndome al café, antes de que le dé tiempo a contestar.
—No esperaba menos —replica, cruzándose de brazos— ¿Qué es un tío tóxico?
Pongo los ojos en blanco y me aliso la americana con ambas palmas, intentando parecer distraída.
—Venga ya. Como si no lo supieras. Esos tíos que al principio te lo dan todo pero después pasan ampliamente. Que te atrapan en ese refuerzo intermitente y al final te acaban volviendo loca.
—¿Estás teniendo problemas con algún capullo, Mele?
Sonrío ante ese mote, que me hace especial gracia.
Se le ocurrió hace un tiempo hacer una mezcla entre mi nombre, Elena, y la gran mata de pelo indomable que llevo casi siempre recogida en una trenza.
Así nació "Melena", o "Mele", para abreviar.
Y lo peor es que de un tiempo a esta parte, al comentárselo a mis amigos, se han empeñado en hacerle honor y me he encontrado con que ya todo el mundo me llama así.
Tiene sentido, la verdad. Lo primero que suele llamar la atención de mí es precisamente eso: los bucles castaños que me caen hasta casi el trasero y que cuido más de lo que me gustaría admitir.
Es probable que gaste más dinero en acondicionador que en comida. Bueno, más que probable es algo seguro.
—Yo no —aclaro—. Una amiga.
—Claro, una amiga. Siempre es una amiga —se burla.
—Oye, esta vez va en serio. Si no, te lo diría. Ya hay confianza.
—Ser los becarios pringados une mucho. ¿Te apetece una caña, y me cuentas?
—¿No ibas a por petróleo?
—Es que si lo sigues llamando así… como comprenderás, se me quitan las ganas.
Le sonrío antes de asentir. Después de una jornada tan larga de trabajo que ha estado interrumpida por los quejidos de Blanca por mensaje, en la que he tenido que hacer multitasking entre papeleo y consejera emocional, lo que mejor me puede venir es una cerveza. O dos.