Un embarazo inesperado Capítulo 18
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Capítulo 18

Afonso

La rabia y la desesperación se disputaban cada palmo de atención en mi cabeza, haciéndome temblar las manos sobre el volante mientras miraba de reojo el sobre blanco tirado en el asiento del copiloto.

Aquel papel doblado no era una simple carta de renuncia: era una puñalada trapera en toda regla, una huida sin darme margen a replicar para que se quedara a mi lado.

Apreté el botón de encendido con tanta rabia que pensé que reventaría el salpicadero. No pensaba tragar con aquello. No después de todo lo que había compartido con esa mujer, de todo a lo que había renunciado por alimentar un sentimiento platónico a sabiendas de que jamás sería correspondido.

No tenía derecho alguno a traspasar esa línea. Pero, me cago en mi vida, me habían quitado el suelo bajo los pies.

Mi hermano estaba saliendo con alguien. Mi hijo daba todas las señales de estar empezando a ilusionarse con otra persona. Todos seguían su camino y a mí me dejaban en la estacada: no solo mi familia, sino ella.

Maria.

Mi secretaria.

La mujer a la que jamás había besado pero a la que deseaba con toda mi alma.

El manos libres del coche dio tono por décima vez consecutiva.

«Su llamada está siendo desviada al buzón de voz...».

Sé de sobra que me había pedido unos días de margen, pero no me quedaba cordura para esperar ni un solo segundo; no cuando acababa de pedir la cuenta y de dinamitar de cuajo todos los lazos que nos unían.

—¡No te voy a dejar marchar, Maria! —Apreté el volante, escuchando cómo se cortaba la llamada otra vez.

Pisé el acelerador sin mirar atrás, abriéndome paso entre el tráfico de la capital.

La parte sensata de mi cerebro me gritaba que me fuera a casa, que me enfriara la cabeza y no cometiera ninguna locura, pero mis brazos parecían conducirse solos.

En el primer cruce pegué un volantazo brusco, cambié de carril y enfilé hacia su barrio.

Una zona residencial nueva, de calles anchas y apenas transitadas, donde la calma de las casas recién levantadas no hacía más que volver mi agitación más escandalosa.

Frené en seco frente a su verja; el motor aún rugía cuando apagué el contacto. Salté del coche, di un portazo rotundo y crucé la acera a zancadas hasta plantarme ante la cancela. Toqué el timbre; una pulsación larga, pero sin cebarme.

—¡Maria! —la llamé, con el alma en vilo.

No salía el menor ruido del porche ni del interior de la vivienda; su coche estaba aparcado allí. Respiré hondo: no hacía falta volver a llamar, solo me tocaba aguardar.

No era capaz.

—¡Maria, necesito verte!

Oí el tintineo de unas llaves y el chasquido de la cerradura.

Segundos después, la puerta principal se entreabrió despacio y alcancé a distinguirla a través de los barrotes.

Maria apareció envuelta en un vestido holgado, el pelo recogido en un moño deshecho y un cansancio que se le caía encima.

Avanzó a paso lento hacia la verja y un mazazo me partió el pecho al constatar lo evidente: estaba enferma y la iba a perder de la manera más cruel. Ni siquiera tendríamos una oportunidad.

¿Por qué demonios me había ido a enamorar de una mujer que no me quería? ¿Y que encima se estaba consumiendo?

—Afonso —susurró Maria con un hilo de voz, abriendo la puertecilla de la cancela para recibirme—. ¿Qué haces aquí?

—Has pedido la cuenta.

—No te tenía que haber llegado hoy. Le pedí a Estela que aguantara el sobre hasta la semana que viene. —Soltó una bocanada de aire y no esperé permiso: me eché hacia adelante y la envolví entre mis brazos. Se quedó rígida al primer contacto, pero al instante me devolvió el abrazo—. Ay, Afonso...

—Vamos a salir de esta juntos. Déjame ayudarte.

—Para el carro; no hagas planes antes de saber de qué va esto. —Señaló hacia la entrada—: Entremos, por favor.

—¿Por qué tienes esa cara de cera?

—Náuseas —murmuró, echando a andar delante. La seguí.

La casa era modesta pero muy acogedora. En el sofá había una manta y cojines descolocados, señal de que se había pasado allí las últimas horas.

Se dejó caer en el asiento y me senté pegado a ella; le acuné el rostro entre las manos, examinándole los ojos, la nariz, los labios, fustigándome por haber tardado una eternidad en confesarle lo que sentía, por haber dejado enfriar este vínculo en lugar de lanzarme a por todas.

—Afonso... —susurró, con un deje mimoso.

No venía a cuento imaginarnos a los dos metidos en la cama, pero el pánico me hacía perder el norte por completo.

—¿Qué te pasa, Maria? No te voy a aceptar la renuncia; me niego en rotundo a dejarte tirada. —Le planté un beso en la frente y la estreché de nuevo; suspiró y me apartó con suavidad.

—No estoy en mi mejor momento, Afonso. Pero esto ya no admite más demora. Solo prométeme una cosa... Si me pongo peor, por lo que más quieras, no me guardes rencor; limítate a llevarme a un hospital.

—¿Pero qué estás diciendo, Maria? —La agarré por los brazos; se le pusieron los ojos en blanco y se quedó sin fuerzas, desplomándose hacia adelante—. ¿Maria?

—Estoy bien, solo floja. —Me apoyó la palma en el pecho y tomó aire despacio—. Dame unos minutos, media hora si acaso. No he pegado ojo.

—¿Maria? —Cualquier resto de timidez se esfumó y el pánico más absoluto se adueñó de mí. La vi tan débil y vulnerable que desoí sus palabras: la cogí en brazos, tanteé en el mueble hasta agarrar las llaves y el bolso, y me la llevé de allí.

Me costó horrores abrir la cancela; Maria farfullaba alguna que otra protesta, pero yo apenas la oía, no atinaba a ver con claridad. Tenía que plantarla en un hospital y que un médico en condiciones me diera respuestas claras.

—Maria, no te me duermas —le rogué, fuera de mí y en un susurro entrecortado mientras le abrochaba el cinturón en el asiento del copiloto.

—Eres un exagerado, Afonso... ¿Adónde vamos? Espera un segundo...

—Me necesitas.

Me senté al volante y conduje con la misma desesperación con la que me planté en el servicio de urgencias del Hospital WR.

Entré gritando que me atendieran y un celador acudió al momento con una silla de ruedas.

Sentamos a Maria, cogí su cartera y tramité el ingreso en el mostrador con la documentación que encontré dentro.

Me percaté de que había carpetas con pruebas médicas; ya le pediría cuentas sobre ellas más tarde.

Accedí a la sala de observación donde la estaban atendiendo; le estaban canalizando una vía intravenosa. Tumbada en la camilla, me miraba con una fragilidad que jamás le había visto.

—Perdóname, Afonso. Esto no tendría que haber pasado...

—Tranquilícese, ¿de acuerdo? —le indicó la enfermera con suma delicadeza—. Ya está atendida aquí en el hospital y su marido no se ha separado de su lado.

No me molesté en sacarla de su error. Me acerqué a la camilla, le tomé la mano a Maria y vi cómo apretaba los párpados con un gesto de amargura infinita.

—Le he dado mil vueltas y no sé cómo decírtelo sin soltártelo a bocajarro. —Maria me clavó una mirada profunda, desarmante—: Puedes odiarme todo lo que quieras, pero por favor... dale una oportunidad al bebé.

—¿Bebé? —Parpadeé, aturdido.

—Estoy embarazada, Afonso. —La cabeza se le venció hacia un lado—. Pero es un embarazo de alto riesgo; padezco trombofilia. Me estoy tratando, pero me han dado unas náuseas espantosas, llevo casi dos días sin tolerar la comida y...

—Y no me has pegado un toque; no me has pedido auxilio —le reproché con el alma rota, al caer en la cuenta de que Maria estaba esperando un hijo de otro hombre y que yo, en lugar de apartarme y dejarle vía libre, estaba mendigando las pocas migajas de cariño que le sobraran—.

Aquí me tienes; no me pienso mover de tu vera.

—No.

—Sí. Aunque... —Le apreté los dedos y cerré los ojos; si pretendía portarme como un hombre cabal, me tocaba mandar el orgullo al carajo—.

¿Quieres que localice al padre de la criatura?

¿O prefieres que no? —Una brizna de esperanza me prendió en el pecho.

Ya había criado a un hijo del corazón; lo querría con la misma devoción con la que crié a JP.

Llevado por el arrebato, en pleno torbellino emocional, estaba haciendo promesas de las que luego me podría arrepentir—.

¿Qué quieres que haga, Maria? Estoy aquí para ti.

—Perdóname —susurró, cogiendo aire muy hondo.

—No tienes nada que perdonarte. Empezamos de cero a partir de hoy. Te quiero con locura, Maria. Estoy dispuesto a... solo quiero estar a tu lado.

—Estoy de nueve semanas.

—Está en los comienzos, no pasa nada. Tenemos tiempo de sobra para organizarnos, decidirlo todo e ir sobre la marcha. —Giré la cabeza y le hice una seña a la enfermera—: Pedí que avisaran al mejor especialista del hospital; necesita que la miren a fondo.

—Ya he avisado al doctor Rael Lewis, el director médico. Vendrá junto con la ginecóloga de guardia para seguir con la atención y hacerle una ecografía.

—Excelente. —Le dediqué una sonrisa a la sanitaria y volví a mirarla a ella con la misma ternura—: ¿Ves?

El mejor. —Le besé el dorso de la mano; Maria intentó zafarse y dejé que la retirara—.

¿Qué ocurre? Ya sé que estoy siendo muy intenso, que a lo mejor me estoy pasando de frenada, pero te conozco lo bastante para saber que necesitas a alguien que tome el timón o no vas a dar tu brazo a torcer jamás.

—Afonso, escúchame bien —su tono se volvió tajante.

—Te estoy escuchando.

—Estoy embarazada de nueve semanas. ¿Qué pasó hace poco más de dos meses?

Apretó los labios, esperando a que las piezas encajaran en mi cabeza, y yo me resistía a pensar en la única mujer capaz de revolverme las entrañas tanto como Maria.

Pude haber movido cielo y tierra para dar con la desconocida con la que me acosté en la Fiesta de la Lujuria, pero había tomado una decisión consciente: yo quería algo tangible, quería a Maria.

—Una fiesta privada donde los hombres estábamos a ciegas y las mujeres elegíais a vuestro antojo —murmuró ella.

Di un paso atrás, asaltado primero por la culpa, hasta que comprendí que no estaba mirando la realidad por el prisma correcto—: La de aquella noche era yo.

Fui yo quien te eligió y... pinché el preservativo porque me moría por tener un hijo.

Di otro paso atrás; el derechazo me dio de lleno en la mandíbula, jamás me lo habría visto venir.

Había sido ella. La mujer sin rostro, el mejor polvo de mi existencia... había sido con Maria. Estaba colado por las dos y resultaba que eran la misma persona, solo que con un bebé de por medio.

Había dinamitado un entorno basado en la más estricta confianza solo para quedarse embarazada. Estela me había soltado que ser madre era la obsesión de Maria, y había sido capaz de todo, incluso de profanar un pacto que debía ser sagrado. Seguro. De absoluta libertad.

Sin pararse a pensar en el avispero en el que se habría metido si alguno de los socios de la Fiesta de la Lujuria, que no fuera yo, llegaba a destapar el secreto que había guardado durante todo este tiempo.

—Me has estado mintiendo —murmuré; ella asintió en silencio con la cabeza—. Te llamé aquella misma madrugada... Me acosté con una mujer pensando en ti y, a fin de cuentas... eras tú. Y después te presentas en la oficina como si aquí no hubiera pasado nada.

—Lo sé.

—Tú no sientes nada por mí.

—Te quiero, Afonso; jamás había sentido nada igual por nadie. —Se llevó la mano al vientre; yo estaba hecho fosfatina—. Y de la forma más disparatada posible, estoy esperando un hijo tuyo. Estás en tu pleno derecho de...

—Con permiso. —Dos médicos entraron en el box arrastrando un ecógrafo portátil. La doctora saludó a Maria con evidente familiaridad—: Vamos a echarle un vistazo a ese bebé, ¿le parece?

—Soy el doctor Rael Lewis. —Le estreché la mano por puro reflejo, clavando los ojos en Maria como si fuera una perfecta desconocida—. ¿Podemos hablar un momento fuera, señor Medeiros? La doctora Alyne se queda con la paciente para la ecografía.

—Perdóname, Afonso —soltó Maria por última vez antes de que yo me diera la media vuelta y me alejara de su camilla.

Lejos del box.

Lejos del episodio más surrealista e inexplicable al que me enfrentaría en toda mi vida.