Capítulo 17
Maria
Mis amigas guardaron silencio. Yo también necesitaba asimilar en voz alta lo que acababa de soltar. No era una situación sencilla; no pensaba eludir mi responsabilidad, pero tampoco pensaba cargar con una culpa que no me pertenecía.
—¿Y quién dice que tengas que decírselo? —rompió Nicole el mutismo. Agarró el informe y contempló la imagen de la ecografía con una sonrisa tierna—. Voy a ser tita. Nosotras cuidaremos de este crío; seremos el padre que le falte.
—Las cosas no funcionan así. —Claudia levantó la vista al techo y se recolocó en el sofá.
—Habló la que está buscando ser madre soltera por elección. ¿El padre de tu futuro hijo va a pintar algo en tu vida?
—Es distinto: yo no me he acostado con un hombre.
—Pues podrías. Hasta te daría más gusto y se te agriaría menos el carácter.
—No discutáis, por favor. —Respiré hondo. Ellas dos estaban tranquilas; la que estaba dramatizando era yo—. Sería infinitamente más fácil tener al bebé y no decirle nada a Afonso. Pero no está bien. No voy a tener un segundo de paz mientras cargue con este secreto a cuestas.
—Tú no puedes llevarte disgustos ni sobresaltos. —Claudia me acarició la espalda con una sonrisa afable—. A lo mejor, después de que nazca, la presión afloja.
—¿Y privar a un padre de vivir el embarazo?
—¿De verdad crees que se lo va a tomar bien?
—A lo mejor me odia. Pero ya tiene un hijo adulto, es un padrazo y tiene un corazón de oro. Trabajar a su lado es...
—Maravilloso. Lo repites cada vez que tienes ocasión. —Nicole me dio un toquecito cómplice en la espinilla y sonrió—: Estás colada por el tío con el que solo te has acostado y al que solo has besado una noche.
—Y qué noche. —Suspiré, y las dos me hicieron coro—. Jamás habíamos vuelto a sacar el tema de aquel día. Ahora sí me siento preparada. Gracias por no tratarme como a la peor persona del mundo.
—¿Humana? Sí. ¿Zumbada? Desde luego. Se va a pensar que le estás haciendo la del bombo para sacarle los cuartos.
—¿Tú crees? —Me llevé la mano al pecho—. No me hace falta su dinero, ni tampoco el sueldo. Casi que prefiero pedir la cuenta.
—Y no decirle ni media.
—Tienes que decírselo, por supuesto —se impuso Claudia—. Pero cuando estés más tranquila, a partir de la semana treinta y cinco de gestación.
—Suéltaselo a Afonso y verás cómo el jefe modélico muta en el peor enemigo sobre la faz de la tierra. ¿No es más sano conservar el buen recuerdo intacto? —Nicole estiró las piernas en la alfombra.
—Eso es un autoengaño, porque estaría viviendo una mentira. No quiero eso, no pienso actuar así. —Me recosté en el respaldo y busqué a Claudia; me dio la razón con la mirada—. Se lo voy a contar; en eso no hay discusión.
—Pues más le vale encajar bien la noticia y que el mosqueo le dure lo justo, porque como se pase de la raya le pateo los huevos. —Nicole se puso en pie de un salto—. ¿Tienes algo de alcohol por aquí?
—Nada, no suelo beber.
—¡Pues yo necesito un trago, que voy a ser tita! —Alzó los brazos al aire con euforia, como si no acabara de amenazar a Afonso hace dos segundos—. Voy a rebuscar. ¿Queréis vosotras?
—Yo voy en coche —atajó Claudia—. Y tú también. Prepáranos un zumo de frutas o lo que pilles por la cocina de Maria.
—Qué mandona eres.
—Si prefieres, voy yo.
—Déjalo, déjalo, solo quería que constara en acta. —Nicole me miró fijamente—: Te lo voy a poner todo patas arriba.
Me encogí de hombros.
—Estás en tu casa; ya recogeré luego.
—Tú descansas y ya recojo yo. —Claudia volvió a coger la ecografía para examinar los datos. Nicole enfiló hacia la cocina dando saltitos alegres—. Maria... un bebé.
—Sí.
—¿Y cómo te sientes por dentro?
—Segura —admití, esbozando una sonrisa franca—. No tengo otra preocupación en la cabeza que no sea mi salud. Voy a pedir segundas opiniones médicas, seguir una dieta estricta e ir más a menudo al psicólogo.
—Vas a tener que dejar el trabajo.
—Sí, eso ya lo tengo decidido también. Es imposible que nuestra relación no salte por los aires después de lo que he hecho. Podrá llegar a aborrecerme, pero un hijo le ablandará el corazón.
—¿No te estarás montando demasiadas películas?
—Puede ser. —Me pasé la mano por el vientre y bajé la vista—. También me toca darle la cara a Henri.
—Todo de golpe no, Maria. No te cargues con tanto.
—Es lo correcto.
—A ver, en realidad lo correcto habría sido follar con condón. —Me acarició el hombro, dulcificando la mirada—: No te estoy juzgando, cariño; solo te digo que lo hecho, hecho está. Y tu panorama es delicado.
—Mañana me pongo el primer pinchazo.
—Pinchazos de amor. —Posó también su mano sobre mi tripa y tomó aire despacio—. Este crío ya llega al mundo siendo queridísimo y bienvenido. Una noche loca como aquella no fue en balde.
—Por eso confío en que, por el bebé, Afonso dé su brazo a torcer.
—Aquella noche me removió muchas cosas por dentro, ¿sabes? —soltó Claudia, quedándose pensativa con los ojos clavados en la pared—. Conseguí acostarme con un completo desconocido, gozarlo y encima no dejar que se quitara el antifaz, por mucho empeño que le puso en convencerme.
—¿Qué te dijo?
—Que quería repetir conmigo, que jamás había probado a nadie con semejante sabor. —Puso los ojos en blanco y se le escapó una risita. Le di un empujoncito en el hombro, entusiasmada—: Anda ya, no te emociones: seguro que les suelta la misma milonga a todas.
—O no.
—Pues sí, o no. Jamás saldré de dudas. Porque no tuve la brillante idea de agujerear un condón para quedarme embarazada. —Me tapó la boca antes de que respondiera—: ¿Qué narices le vas a contar a tu hijo o a tu hija cuando te pregunte cómo fue la historia?
—Lo que pasa en la Fiesta de la Lujuria, se queda en la Fiesta de la Lujuria.
—Nicole apareció en el salón con tres copas de cristal que ni me acordaba de que tenía, rebosantes de zumo de uva oscuro que daba el pego como vino tinto—.
Ya me veo de tía tocapelotas diciéndole al chaval que me sé secretos suyos que él no sabrá en la vida.
—¿Chaval? —Sonreí con el corazón palpitándome deprisa—. ¿Tú crees que será niño?
—Dicen que el esperma masculino es el más rápido y resistente. Pura ley de probabilidades.
—Para no querer hijos, estás puesta en el tema como una experta.
—Por eso mismo: para saber a qué me enfrento. —Nicole alzó su copa—: ¡Un brindis por nuestro sobrinazgo, que ha ganado su primera gran batalla, que era ser concebido! Ahora le toca el turno a la mami.
—Y la siguiente en la lista eres tú, Claudia —chinché a mi amiga—. No hace falta que pierdas la cabeza como yo, pero anímate a tener a tu hijo.
—Oye, te haces tus analíticas y pagas una clínica. Aunque hacerlo a pelo es una gozada.
—Tú siempre tan fina, Nicole. —Claudia le dio un trago a su zumo—. Te estás juntando demasiado con los moteros del club Predadores.
—Qué va, solo de fiesta en fiesta. Me lié con uno y me apunto a los saraos. —Nicole le dio un codazo cariñoso—: Deberías venirte tú también.
—Vamos las tres.
—No, que Maria ahora tiene otras prioridades. Nosotras le traeremos las crónicas luego.
—Ten cuidado, Nicole, que a ver si la siguiente vas a ser tú —bromeé.
Pegó un grito y se santiguó a toda prisa.
—¡Lagarto, lagarto! Ni me lo mientes. Como esto sea contagioso, rompo nuestra amistad ahora mismito.
—Tú nos adoras. —Claudia cogió el móvil, tocó la pantalla y se puso de pie. Una melodía enérgica empezó a sonar por los altavoces—: Quédate quietecita ahí sentada, Maria; nosotras vamos a festejar a tu bebé y a mandarle las mejores vibraciones del mundo.
HEARTVOID – I Let You Fade
Se pusieron a bailar de mil maneras, brindaron con el zumo, cantaron a voz en grito y se lo pasaron en grande; y yo con ellas.
El móvil me sonó en algún momento, pero pasé de cogerlo y ninguna se dio cuenta.
Sabía de sobra que era algo del trabajo y me temía que fuera Afonso exigiendo explicaciones, justo cuando yo no tenía nada que decirle que fuera de su agrado.
Cuando mis amigas se marcharon, fregué los cuatro cacharros que quedaron en el fregadero, me di una ducha rápida y dejé el móvil cargando en la mesilla de noche. Miré la pantalla: allí empezaba mi segundo gran escollo en este embarazo.
Afonso ¿Cómo han ido las pruebas médicas?
Afonso ¿Seguro que estás bien?
Afonso Por favor, habla conmigo directamente. No quiero enterarme de tus cosas a través de Estela. Nuestra relación está por encima de eso.
Ay, si supiera que nuestro lazo, a partir de este instante, sería para toda la vida.
Maria Estoy bien, he aprovechado para quedarme descansando en casa.
Siento mucho no haber estado a la altura de lo previsto hoy, Afonso.
Ya me gustaría; te mereces mi mejor versión.
Pero... ahora mismo no la tengo. Necesito unos días de margen; luego te lo explico todo con calma. ¿Me los puedes dar?
Le di a enviar con el corazón en un puño. Tal como me temía, Afonso no tardó ni medio minuto en marcar mi número. Odiaba arreglar las cosas por mensaje. Habría sido un detalle maravilloso si no mediara un abismo insalvable entre nosotros.
—¿Cómo que unos días de margen? ¿Qué significa eso? —me espetó nada más descolgar, visiblemente herido.
—Hola, Afonso —le respondí con voz sosegada, muy dulce.
—Ah... hola —se desinfló de golpe, templándose al instante, y sentí un calorcito en el pecho. Ojalá fuera capaz de desarmarlo así en el futuro—. Es que estoy que me subo por las paredes y lo estoy pagando contigo. ¿Estás bien?
—Sí, estoy bien. Solo necesitaba descansar.
—¿Vas a venir mañana a la oficina?
—Preferiría no ir.
—¿Qué ha salido en las pruebas?
—Me gustaría tener unos días antes de contártelo.
—O sea, que es grave. Jo, Maria... déjame pasar a verte, ¿quieres? Yo... joder, sé que está fuera de lugar y que es una indiscreción tremenda por mi parte, pero necesito estar ahí contigo.
—Gracias —susurré, con el llanto a flor de piel. Habría sido la ocasión perfecta para soltarlo todo, pero estábamos al teléfono y prefería ponerme las primeras inyecciones y consultar con mi terapeuta antes de exponerme a un disgusto tan fuerte—. Eres un cielo de hombre.
—Deja de decirme esas cosas si luego no me permites demostrártelo, bajando a por tus medicinas o quedándome a velar tu sueño.
—Eres mi jefe, Afonso.
—Porque tú te empeñas en que solo sea eso. Podría ser muy distinto.
—Ese es el problema, Afonso: que no soy tan intachable como crees. En cuanto me conozcas de verdad, vas a cambiar de opinión.
—Lo dudo mucho —afirmó con una seguridad aplastante que me arrancó una media sonrisa mientras cerraba los ojos. Soltó un suspiro al notar mi silencio—: Quieres tiempo. ¿Cuánto?
—El que me puedas dar.
—¿Un día?
—Un poco más —pedí con suavidad. Resopló con fuerza.
—De acuerdo. Tómate los días que quieras del trabajo; pero de mí no vas a tener ni uno solo de margen. Me planto en tu casa.
—¡No! ¡Por favor, te lo digo en serio! —Me llevé la mano al pecho—: Te llamo yo la semana que viene. Por favor, espérate a que te llame yo.
—Está bien —accedió a regañadientes—. Jamás he hecho esto por nadie en mi vida, Maria. ¿Sabes lo que supone? ¿Tienes la menor idea de lo que se me está removiendo por dentro ahora mismo? ¿Del órdago que estoy dispuesto a jugarme contigo?
—Supone que te voy a decepcionar. Y lo siento en el alma. Hasta pronto.
Corté la llamada, tomé varias bocanadas de aire seguidas y solo me permití derrumbarme a llorar unos pocos segundos; porque no me arrepentía ni por un segundo de estar embarazada, y a mi bebé no le faltaría amor jamás, a pesar de la madre que había elegido para traerlo al mundo.