Capítulo 14
Afonso
Mi cansancio se debía a la sesión doble que me había metido la noche anterior en el gimnasio.
Maria me preguntó hasta tres veces cómo me encontraba y me sugirió visitar a una fisioterapeuta experta en terapias integrativas para echarme un cable, pero me negué en redondo.
Valía más centrarme en las agujetas y en el dolor muscular que en las ganas locas de llamar a Henri Premoli para dar con la mujer misteriosa con la que había compartido aquella noche.
O peor aún: traspasar la línea roja profesional con mi propia secretaria.
Ver a esa mujer moverse por mi despacho a diario, eficiente, oliendo a gloria y con esa sonrisa capaz de hacerme sentir el tío con más suerte del planeta, convertía mi promesa de mantenerlo todo en un plano estrictamente laboral en una auténtica prueba de resistencia cotidiana.
Faltaban veinte minutos para las doce cuando me levanté de la mesa y me planté junto a la butaca donde estaba Maria, hablando por teléfono mientras tecleaba en la tableta. Esperé a que colgara para soltarle:
—Ya sé qué me va a levantar el ánimo hoy, Maria. —Tiré de tono desenfadado—: Comer. Un buen asador con barra libre de carne o una hamburguesería bien grasienta. Y te vienes conmigo.
—¡Qué barbaridad! —Arrugó la nariz y negó con la cabeza—: Justo esta semana que he conseguido ceñirme a la dieta, vienes tú a tentar a la suerte. Llévate a JP; conmigo no cuentes.
—¿Y qué vas a comer tú, señorita vida sana?
—¿Ya son las doce? —Miró la tableta y suspiró—: Me pediré algo rápido por la aplicación; tengo que rematar un informe y dos presupuestos que me pidió mi jefe. —Sonrió con guasa.
—De eso nada: te vienes conmigo, que tienes dos horas para comer.
—En serio, Afonso, estoy bien y esto urge, es para ti. —Maria me enseñó la pantalla.
—Si es para mí, cambio las prioridades. Primero se come y luego se curra. Puedes seguir mañana. —Le tendí la mano—: ¿Qué te apetece comer?
—Trabajo. —Me tocó a mí reparar en sus ojeras, en el cansancio acumulado en sus hombros y en el gesto cargado de agobio.
Dejé de discutir y pasé a la acción. Le quité los dispositivos de las manos, la ayudé a levantarse con delicadeza e incliné el torso a modo de reverencia, señalándole la puerta de mi despacho.
—Decías que me hacía falta una fisioterapeuta. Creo que prefiero a mi secretaria y una comida sin carne ni comida basura. Así que usted manda, Maria Gomes.
—Un sitio tranquilo, Afonso, sin agobios de gente. —Suspiró, dándose por vencida.
—Y que no te rompa la dieta. Sé lo que te gusta.
—De acuerdo. —Cogió el bolso del armario del rincón y se me plantó delante—: ¿Qué no me pedirás tú con una sonrisa que no haga yo llorando?
—¿Llorando? Pero si tú no eres nada dramática, Maria.
—No he dicho por dónde. —Se tapó la boca de golpe con los ojos como platos—: ¡Madre mía, qué mal ha sonado!
—Me tapó la cara con las manos en cuanto pillé el doble sentido y, de forma inevitable, el cuerpo me dio un vuelco—: ¡Olvídalo!
¡Qué horror! ¡Qué fuera de lugar! Mato a Nicole; es ella la que se pasa el día soltando estas burradas que luego se te quedan grabadas a fuego.
—¿Quién?
—Mi amiga; tiene un catálogo inagotable de segundas intenciones.
—¿Tan mal te hago pasarlo, Maria? —la piqué entre risas. Me apartó de un empujón y salió como un vendaval del despacho.
Necesité unos segundos para recomponerme.
No había sido más que una broma espontánea; no me estaba tirando los tejos.
No podía malinterpretar las señales y cargarme la complicidad que estábamos construyendo.
Un vínculo muchísimo más sólido y fiable que cualquier otro que hubiera tenido con una mujer.
Cogí las llaves del coche, la cartera y salí. Maria me esperaba junto al ascensor, sujetando la puerta y haciendo como si nada hubiera ocurrido. Me despedí de Estela, me cambié de lado con Maria y le cedí el paso para que entrara primero.
Evitaba mirarme, con las mejillas encendidas.
—¿Qué te pasa, Maria? —volví a picarla. Ella enderezó la espalda.
—Nada, Afonso Medeiros.
—Pues por eso mismo: no hay motivo para que pases un mal trago. Ya sé que no iba con segundas.
¡Aunque ojalá hubiera ido!
—Ya, se me ha ido la fuerza por la boca. Culpa mía, jefe.
—Tus meteduras de pata no te definen, secretaria.
Le rocé la espalda, nuestras miradas volvieron a encontrarse y se selló un pacto tácito. Ninguno de los dos parecía dispuesto a sobrepasar la barrera de seguridad de nuestra relación profesional.
Nos subimos al coche, puse algo de música para destensar el ambiente y conduje hasta el restaurante vegano de un socio mío, que también era el dueño del gimnasio al que yo iba.
Cavo – Come Undone
El Vita Poke tenía una terraza en la primera planta, rodeada de vegetación y con una atmósfera comodísima. La luz natural y los acabados en madera, salpicados de guirnaldas y detalles de colores, le daban un aire muy fresco al entorno.
Nada más cruzar el umbral, me topé de bruces con el responsable de que estuviéramos allí.
—¡Petrus! —le grité. Se dio la vuelta; estaba charlando con la encargada. Se acercó sonriente y chocamos las palmas con un golpe seco antes de fundirnos en el típico abrazo con palmadas en la espalda—: Qué sorpresa pillarte lejos de las pesas.
—Prioridades, hermano. A mi mujer se le ha antojado algo de aquí y he venido a por ello en persona. —Remató un par de indicaciones con la empleada y ella se retiró.
—Prioridades... me suena de algo. —Miré a Maria y extendí el brazo para que se sumara a nosotros—: Maria, te presento a Petrus Carvalho, el dueño de Vita Poke y el culpable de que de Pascuas a Ramos coma algo saludable. Petrus, ella es Maria, mi secretaria de dirección.
—Un placer enorme, Maria —la saludó Petrus con exquisita educación, estrechándole la mano con firmeza y respeto—: Muy bienvenida a Vita Poke. Si Afonso te hace la vida imposible en el despacho, me das un toque y le recorto la ración de proteína del plato.
Maria soltó una carcajada limpia, aflojando los hombros y relajándose de golpe.
—¡Es un jefe estupendo, Petrus! No seas tan duro con él, que al final la que pringará con su mal genio seré yo —bromeó ella.
—¿Sabéis ya qué os vais a pedir?
—Todavía no; es la primera vez que vengo. Es precioso el local —comentó Maria.
—¿Os preparo el poke especial de la casa a los dos?
—Por mí perfecto —acepté, sabiendo que Petrus compartía mis gustos.
—Poneos cómodos. —Señaló hacia arriba—: Las mesas de la terraza son la mejor opción; hace una temperatura estupenda.
—Para allá vamos.
—Me alegro de verte, tío —se despidió Petrus con otro abrazo.
—Y yo a ti.
Le cogí la mano a Maria por puro acto reflejo y subimos la escalera con una familiaridad que traspasaba con creces los límites entre jefe y secretaria. No quería soltarla; fingir que aquel gesto era inocente habría sido la excusa ideal para cruzar la línea, pero no me podía permitir jugármela.
Estaba creando una dependencia emocional con Maria de padre y muy señor mío, y ni siquiera me importaba.
Había pocas mesas ocupadas; nos sentamos en la más pegada a la barandilla, con vistas al bullicio de la avenida.
—¿De verdad que nunca habías pisado este sitio? —le pregunté al sentarme frente a ella, estirando las piernas a propósito para rozar las suyas. Sonrió y frotó disimuladamente su tobillo contra el mío, lo bastante suave para hacerme saber que no le incomodaba el contacto.
—No tenía ni idea de qué era eso del poke. Pensaba que era rollo comida japonesa.
—Bueno, tiene su base, pero puedes combinar la ensalada con otras proteínas que no sean solo pescado.
—¿Y tu amigo tiene esos brazacos comiendo salmón?
—Vegano no es, que yo sepa. Pero se cuida la alimentación y el cuerpo como nadie porque vio la muerte de cerca. Tuvo un cáncer.
—¿En serio? —Abrió los ojos con admiración—: No solo salió adelante, sino que parece otro hombre.
Siempre he oído que una enfermedad grave puede convertirse en el motor de un cambio radical en la vida.
Pero... suena tan abstracto. No funciona como el manual de instrucciones de un programa informático.
—Cada persona tiene un botón que lo activa.
—Y no solo eso: depende de cómo reacciones cuando te tocan ese botón. —Apoyó el dedo índice en mi antebrazo sobre la mesa y se rio—: ¿Y a ti qué es lo que más te gusta comer, Afonso?
—¿Me vas a cocinar mi plato favorito, Maria?
—Por tu cumpleaños, a lo mejor. —Puso morritos con picardía—: Aunque depende: en los fogones me defiendo lo justo. Como me salgas con un risotto, te voy a defraudar.
—Guiso de ternera con yuca. —Me moría por acariciarle la mano, pero me contuve y me crucé de brazos—: ¿Y a ti?
—Estofado —respondió con un suspiro nostálgico, y por un instante vi asomar una sombra en su mirada, que se desvió hacia el tráfico de la calle—: Mi madre solía prepararlo para mi cumpleaños. Es mi comida de reconforte.
Me quedé embobado contemplando los rasgos de su rostro.
Esa piel que hablaba de vivencias reales, la forma en que la luz del sol le acariciaba el pelo, la serenidad que me contagiaba con solo estar ahí.
Sin dobleces, sin caretas. Éramos dos adultos que disfrutaban de verdad de estar juntos.
Había una atracción innegable latente, cociéndose a fuego lento, pero la amistad y la complicidad que habíamos tejido en el día a día valían un potosí.
Ninguno estaba dispuesto a echarlo a perder.
El camarero nos sirvió los boles de poke. A Maria le entusiasmó y se pasó el resto de la comida elogiando la frescura de los ingredientes y el punto exacto del aliño.
Cuando dejamos los platos limpios y dimos cuenta del zumo detox, miré el reloj y luego a ella.
—¿Postre? —la reté. Los ojos le brillaron antes de templar el gesto.
—¿Estropear una comida tan sana con dulce?
—Tienen açaí con fruta fresca; nada de leche condensada ni chocolate. Sé de sobra que te encanta esa cosa con sabor a tierra.
—El açaí no sabe a tierra.
—A lo mejor el de este sitio te sorprende; Petrus es muy tiquismiquis.
—¿Y ni un poco de chocolate le ponen? —Se levantó de la silla—: Voy a pedirlo.
—¿Y qué fue de aquello de no arruinar la comida sana?
—Paga el jefe: la cara dura ha podido conmigo.
Se alejó meneando las caderas con descaro, hasta que pareció darse cuenta y enderezó el paso antes de desaparecer escaleras abajo. Me quedé clavado mirándole el culo, fantaseando con la idea de repetir estas comidas todos los días.
O cenas. O invitarla a casa. Llevarla a vernos jugar un partido de vóley-playa a los Medeiros.
Ni se te ocurra.
Me pasé las manos por el pelo y solté una bocanada de aire. No pude evitar sonreír: aquel limbo en el que me movía me hacía sentir de maravilla, pero a la vez me reconcomía por dentro. ¿Cuándo reuniría el valor para dejar de ver a la secretaria y apostar por la mujer?
Maria regresó con un cuenco rebosante de fruta. Se sentó enfrente, hundió la cuchara en el açaí y cerró los ojos con deleite.
—Pues la verdad es que este açaí es otro cantar —murmuró al abrir los párpados y pillarme in fraganti contemplándola.
Con un ademán pausado y desbordante de cariño, cargó bien la cuchara, asegurándose de coronarla con una uva bien jugosa, y me la extendió por encima de la mesa.
—Pruébalo.
—Estoy bien así, Maria.
—Es que tienes un concepto equivocado del açaí. Anda, toma, que sé que te gustan las uvas —insistió con voz dulce, sin apartar los ojos de los míos.
Se me encogió el pecho y una oleada de calor me bajó directa a donde no debía. Era un detalle simple, pero cargado de una intimidad que me pilló totalmente desprevenido. Miré la cuchara, la miré a ella y me incliné hacia adelante, aceptando el bocado directamente de su mano.
El contraste helado del açaí y el dulzor de la uva me estallaron en el paladar, pero lo que de verdad me nubló el juicio fue la mirada de Maria. Nos quedamos a escasos centímetros el uno del otro durante unos segundos que parecieron detener el tiempo.
¿A qué sabría fundir ese gusto con sus labios?
Ella sonrió, retiró la cuchara con lentitud y se llevó otra ración a la boca, rompiendo el hechizo con total naturalidad.
—¿Cuál es el veredicto? —preguntó, con las mejillas ligeramente sonrojadas.
—Insuperable —contesté, con la voz más ronca de lo que pretendía, limpiándome la comisura de los labios sin dejar de mirarla—: Sabe a uva.
—¿Solo a uva?
—Lo demás no he sabido descifrarlo. ¿Seguro que no se te ha caído un poco de tierra dentro?
Nos echamos a reír a coro, disolviendo la tensión romántica y devolviendo las aguas a ese cauce seguro y estrictamente profesional entre jefe y empleada.
Regresamos a la oficina con el ánimo renovado; Maria también parecía mucho más despejada.
Quizá nos hiciese falta una escapada como esa al menos una vez por semana para alimentar algo a lo que todavía no nos atrevíamos a ponerle nombre.
Y yo prefería no hacerlo, porque la idea de perderla me aterraba bastante más que la de defraudarla.