Capítulo 13
Maria
Me pasé el fin de semana entero dándole vueltas a la cabeza.
Emociones, suposiciones y decisiones que debía tomar antes de volver a plantarme delante de Afonso.
Pedir consejo a mis amigas era inviable, puesto que las dos seguían noqueadas por la sobredosis de libertad sexual vivida en la Fiesta de la Lujuria.
Llegué a sopesar llamar a Henri, pero habría sido injusto soltarle la verdad a él antes de confesársela a Afonso, que era a quien le correspondía en primer lugar.
Crucé la recepción de Medeiros Emprendimientos con la mente en blanco, encomendándome a mi fe.
Me ajusté la cinturilla del pantalón, me aferré con fuerza al bolso, saludé a Estela y me dirigí al despacho de Afonso.
Empujé la puerta sin llamar porque había llegado con bastante antelación y, por lo que se veía, el dueño de la empresa también.
¡Maldita sea!
Estaba de pie, mirando por el ventanal, con los brazos cruzados y las mangas de la camisa remangadas hasta los codos. Era imponente, irresistible, y jamás volvería a probarlo. Respiré hondo y apoyé los pies con fuerza para que mis pasos sonaran en el suelo.
—Buenos días, Afonso —saludé, manteniendo mi habitual tono templado.
Se dio la vuelta y dejó a la vista unas ligeras ojeras bajo su mirada intensa. El porte algo tenso, como el de un hombre que andaba pisando huevos en su propio territorio, me generó un vuelco en el estómago. ¿Era por mi culpa o por la suya propia a raíz de la llamada? ¿Y si me reconocía?
—Buenos días, Maria —respondió con sequedad, carraspeando a continuación—. ¿Has llamado a la puerta antes de entrar?
—Disculpa, Afonso. Como todavía no eran ni las ocho, di por hecho que no habrías llegado. Una mala costumbre; no volverá a ocurrir.
—No pasa nada, es que ando despistado. No es un reproche.
—Pero es una puntualización muy válida viniendo de mi jefe. Mi labor es facilitarte el trabajo. —Intenté ignorar los latidos desbocados de mi corazón y señalé hacia la puerta—: ¿Te apetece un café?
—Por favor, un tazón grande.
—Enseguida te lo traigo; con permiso.
Ni una sola alusión a la madrugada del sábado. Ni una mirada sostenida, ni media sonrisa. Le preparé el café y despachamos los asuntos con frialdad, guardando una distancia física y emocional que a punto estuvo de dispararme la tensión arterial.
Nos pasamos la mañana entera sumidos en un trato estrictamente impersonal que echaba por tierra toda la confianza ganada en la oficina. Me parecía injusto que mi sola presencia provocara semejante ambiente; me apasionaba mi trabajo, pero no pensaba quedarme en un sitio donde no me sintiera a gusto.
Salí a comer sola a un restaurante cercano. Después asistí a tres reuniones rápidas, anotando los puntos clave y haciendo sondeos de precios para entregárselos a Afonso en un informe a última hora del día.
Sentada en una de las butacas, tocaba la pantalla de la tableta, abría y cerraba la aplicación, pero el acta de la reunión se negaba a guardarse.
Solté un gruñido entre dientes, atacada de los nervios, sin percatarme de que Afonso me estaba observando.
Se acercó por detrás y se inclinó junto a mi cabeza; su perfume me encendió al instante el cuerpo.
—¿Has probado a forzar la detención de la aplicación?
—¿Cómo? —Giré la cara; nuestras miradas se clavaron y se me subieron los colores a las mejillas. Esos labios tentadores, esas manos que me habían recorrido... Podríamos repetir en ese mismo despacho todo lo que habíamos hecho en la Fiesta de la Lujuria.
¡No!
—Así. —Pasó el brazo por encima del mío, cogió la tableta y toqueteó la pantalla sin darme tiempo a ver lo que hacía.
Me deleité con su porte, me lo imaginé con un bebé en brazos y me dio un vuelco el corazón. ¿Por qué demonios seguía haciéndome ilusiones con algo que, en cuanto saliera a la luz, solo serviría para que me despreciara?
Afonso me devolvió la tableta con total calma. Abrí el sistema, vinculé el acta a la reunión de la jornada y... se guardó.
—Muchas gracias. Tendré que aprender a forzar la detención esa.
—Maria. —Rodeó la mesa, se colocó frente a mí y se puso en cuclillas, apoyando las manos en los reposabrazos para quedar a mi altura.
¿Cómo podía comportarse con semejante naturalidad cuando yo estaba al borde de gemir y suplicarle que me hiciera suya sobre la moqueta?
—. Siento mucho haberme puesto borde esta mañana. De verdad que estoy en Babia.
—Faltaría más, Afonso, no te preocupes. Por favor, llámame la atención siempre que haga algo que te moleste.
—Le toqué el antebrazo y el calor entre nuestras pieles me provocó un escalofrío.
Me humedecí los labios y suspiré; la culpable era yo, no él—.
Si alguien tiene que poner las cosas en su sitio, soy yo. Aquella noche...
—Iba borracho y no debí haberte llamado. —Sonrió y me acarició la mano, disparando mis ganas de él—. Te hice preguntas y solté cosas que... en fin, bórralo, ¿vale? Vamos a dejarlo correr, como si el fin de semana no hubiera existido. Estoy andando con pies de plomo y no tiene ningún sentido.
—Estoy de acuerdo.
—Salvo que tú tengas algo que decirme. Seré el jefe, pero aquí puedes hablar con total libertad para que los dos estemos cómodos. Esto va en las dos direcciones, Maria.
La tensión en mis hombros empezó a aflojar, cediendo el paso a una irónica sensación de alivio.
—A mí tampoco me hace gracia verte incómodo en tu propia casa. —Esbocé una media sonrisa—. No me voy a ofender si te tomas a broma lo de la llamada de madrugada. Estabas con unas copas de más; me sentí halagada de que recurrieras a mí como alguien de confianza en un momento así.
—Lo eres. —Sonrió, se incorporó y dio un par de pasos por el despacho, visiblemente más aliviado—. ¿Cero rencores, entonces? ¿Sin malos rollos? ¿Entiendes de sobra que no quiero mezclar el trabajo con el pla... con temas personales?
—Por supuesto, Afonso. —Me puse en pie, forzando un gesto sereno para que mis palabras sonaran creíbles—. Además, si quisieras liarte con alguien, tendrías candidatas mucho más atractivas que una servidora.
—¿Cómo tú?
—Una tía entregada a su trabajo. —Tiré de ironía, levanté la tableta y le corté el paso antes de que pudiera replicar—: Que no pisa una discoteca, que prefiere una merienda tranquila a una cena de postín.
Soy más de sofá, peli y manta que de ir al cine.
Menuda suerte tienes de contar con mi mejor versión de secretaria.
—Menuda suerte la mía —bromeó, aunque con un deje que no sonaba del todo a guasa—. Qué aburrimiento: quedarse en casa, ver una peli en el sofá comiendo palomitas de microondas y, en cuanto entre el sueño, meterse en la cama a dormir cucharita.
—Yo prefiero el lado izquierdo de la cama.
—Y yo el der... —Sacudió la cabeza y me sostuvo la mirada en tono de desafío—: Jamás nos entenderíamos: yo también duermo en ese lado y no se lo cedo a nadie.
—Ni yo tampoco. —Bajé la vista a la tableta y repasé la agenda; necesitaba poner tierra de por medio y cortar ese tonteo que solo servía para juguetear con mis emociones y venderme castillos en el aire—.
En nada empieza la reunión con el letrado Valentini.
¿Quieres repasar algún punto antes de entrar?
—Sí. Necesito un par de contratos que están en el archivo. ¿Bajas a por ellos?
—¿Cuáles?
Afonso parecía mucho más sereno; me dedicó una sonrisa franca y cómplice que selló la tregua y renovó por completo el aire del despacho.
Salí de allí con un torbellino en el pecho, consciente de que no podía culpar a nadie más que a mí de semejante desaguisado.
Afonso podía sentirse atraído por mí, pero ese capricho jamás se impondría a la necesidad de tener a mano a una asistente eficaz.
Una vez más, mi utilidad pasaba por delante de todo lo demás.
Podía adaptarme a ese rol sin hacerme más daño del estrictamente necesario.
Aproveché para bajar por las escaleras y despejarme un poco. El móvil me vibró en el bolsillo; era Nicole, lo que me pilló por sorpresa, ya que siempre nos comunicábamos por mensajes o en persona, rara vez por teléfono.
—Dime —contesté con el nudo todavía en la garganta; mi voz resonó en el hueco de la escalera.
—Quiero repetir en la Fiesta de la Lujuria. ¿Nos apuntamos?
—¿Cómo? Pero si aún estoy asimilando lo del otro día... —intenté templar el tono al entrar en la planta del archivo.
—¿Tan mal fue?
—Mucho mejor que bien. Es solo que...
—Que no hay palabras para describirlo. Yo me lo pasé en grande. Pásame el número de Henri, que va a ser el siguiente.
—¿Estás segura?
—Ahora ya dudo. —Soltó una carcajada; se la notaba vacilante—: Lo disfruté un montón, pero también me entró culpa. ¿Tú crees que es normal?
—Casi mejor te paso el contacto de mi psicólogo antes que el de Henri. Pídele cita.
—¿Ya le has soltado lo que hicimos?
—Lo haré en la próxima sesión, si es que me atrevo.
—De cine, cuéntaselo y luego me invitas a tu siguiente cita.
—¡Págate tú tu terapia!
—¿No existe la terapia en grupo para amigas? —Se echó a reír y yo la acompañé—: ¿Te pillo liada? Me acabo de dar cuenta de que sigues en horario de oficina.
—Estoy en el archivo y tengo otra reunión ahora mismo.
—¿Te reconoció?
—No estoy preparada para hablar de ello.
—Vale, un beso, Maria.
—Otro, Nicole.