Un embarazo inesperado Capítulo 12
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Capítulo 12

Maria

La tenue luz ambarina de aquella salita íntima concebida a modo de bar desprendía una calidez reconfortante, en absoluto contraste con el vendaval de emociones que acababa de arrasarme en la sala principal.

Disponía de una mesa alta con taburetes muy cómodos, un sofá de piel mullida en un rincón y una barra bien surtida de botellas selectas, copas de cristal y fuentes pequeñas con algo de picoteo.

Me acerqué a la barra con las piernas flojas y las manos todavía temblorosas por lo que acababa de hacer.

Me serví un vaso de agua y dejé que el líquido helado me bajara por la garganta seca para despejarla.

Apoyé las palmas en la encimera y cerré los ojos unos segundos, intentando frenar el ritmo desbocado de mi corazón.

Mi piel aún retenía el ardor de los dedos de Afonso; mi nariz seguía impregnada de su fragancia, y en mis oídos reverberaba aquel coro de suspiros ahogados y notas envolventes.

Habría revivido ese instante una y mil veces, y ni aun así me habría parecido suficiente.

Tenía que recomponerme y asimilar la locura que acababa de cometer antes de enfrentarme al mundo exterior.

El leve chasquido de la puerta al abrirse me hizo girar la cabeza.

Claudia entró arrastrando los pasos, sosteniendo los tacones contra el pecho como si fueran un escudo.

Tenía la mirada algo perdida, fija en un punto indeterminado del suelo.

Al descubrirme allí, arrimada a la barra, se detuvo en seco.

Conservaba su porte elegante de siempre, pero en sus ojos asomaba una vacilación inaudita, como si ella también estuviera bregando por poner orden en su propio caos.

Avanzó dos pasos más, enderezó los hombros y levantó una mano en el aire antes siquiera de que a mí me diera tiempo a abrir la boca.

—Estoy bien, solo que la experiencia me ha dejado traspuesta. No estoy preparada para hablar de ello —soltó Claudia con firmeza, aunque su respiración entrecortada delataba el temblor que llevaba por dentro.

Tragué saliva, sintiendo un alivio inmediato mezclado con el nudo que me atenazaba la garganta.

—Yo tampoco —respondí, asintiendo con la cabeza y dedicándole un gesto de absoluta complicidad.

Claudia no se sirvió el agua en un vaso: agarró la botella y bebió a morro, tragando sin parar hasta vaciarla por completo. Se relamió los labios de forma casi involuntaria, como si buscara rescatar por última vez el regusto del hombre que acababa de probar.

Madre mía, y qué regusto.

La puerta volvió a abrirse. Nicole entró atropelladamente, por poco tropezando con sus propios tacones mientras se recolocaba el escote del vestido negro, que se empeñaba en resbalarle por el hombro.

Llevaba su melena oscura completamente alborotada, cayéndole en ondas deshechas por la espalda, y del carmín rojo solo le quedaba un borrón difuso en la comisura.

Se plantó en mitad del salón, nos miró a las dos y nos regaló una sonrisa de oreja a oreja.

Abrió la boca, pero no le salieron las palabras; debía de estar procesando no solo lo que acababa de vivir en sus propias carnes, sino las caras con las que nos habíamos quedado Claudia y yo.

Nicole soltó un suspiro hondo que le vació los pulmones de golpe y echó la cabeza un poco hacia atrás.

—Chicas... no estoy preparada para hablar de ello —sentenció Nicole, alisándose la falda con las palmas de las manos, sin rastro alguno de su habitual retintín.

Las tres nos quedamos mirándonos durante unos segundos que parecieron eternos en aquella salita. Se instaló un pacto tácito en el aire: cero preguntas, cero conjeturas, nada de detalles ni juicios de valor. El escudo protector que habíamos forjado antes de subir seguía en pie, intacto.

—¿Nos vamos? —propuse.

—Por favor —se adelantó Claudia hacia el interfono.

Habló con recepción, y nos dieron instrucciones para bajar por el ascensor privado directas al aparcamiento; los chóferes custodiaban nuestras pertenencias. Una de las hojas se abrió dando a un descansillo diminuto, y en cuestión de segundos el ascensor llegó a nuestra planta.

Descendimos en riguroso silencio. Mi coche ya me aguardaba en el garaje con el mismo conductor al volante.

Nos despedimos entre nosotras con un simple ademán cariñoso.

Me acomodé en el asiento pensando que me moriría de vergüenza por haberme prestado a semejante plan, pero en realidad solo sentía una tensión asfixiante.

Me había jugado el tipo persiguiendo un embarazo que muy bien podía volver a acarrearme dolor y desolación. Y lo que era peor: con una maniobra urdida a base de secretos, deslealtad y abuso de confianza.

¿En qué momento había pasado yo de víctima a verdugo?

El trayecto de regreso fue una mancha borrosa de farolas y asfalto oscuro al otro lado de la ventanilla de aquella lujosa berlina.

El mutismo del chófer y la ausencia de música me dieron el margen necesario para centrarme, aflojar los músculos y asumir que el pasado no admitía enmienda: ya me tocaría preocuparme por las consecuencias si la ocasión de verdad lo exigía.

Me apeé del coche con un agradecimiento comedido, entré en casa y respiré hondo.

Me descalcé en el vestíbulo y caminé a oscuras hasta el dormitorio.

Podía meterme directa a la ducha o concederme unos últimos instantes a solas con su aroma, con la huella ardiente de sus caricias en mi piel y sus fluidos en mi interior.

Estaba rematadamente mal y quería sentir remordimientos, pero solo me carcomía la culpa por haber traicionado su confianza, no por el hijo que pudiera engendrar.

Me despojé del vestido con cuidado, solté los enganches del liguero y me quedé únicamente en ropa interior. Me miré una vez más al espejo y las palabras de mi exmarido, en aquellas últimas discusiones previas al divorcio, volvieron a golpearme como una bofetada:

«Te pasas el día liada con cosas de la casa, no te cuidas nada, pesas el doble que cuando nos conocimos. Solo me abres la boca para hablar de mi madre, de las facturas o de las reformas. Estoy harto de esta rutina; tienes que espabilar, salir de ese pozo».

Yo tenía que cambiar.

Yo tenía que salir de ese pozo.

¿Y él?

Me tumbé en la cama y comprobé que aquellas palabras ya no me punzaban con el desconsuelo de antaño, sino con pura lucidez.

Por fin cobraba sentido todo lo que mi terapeuta me había explicado acerca de mi ruptura.

Yo no había hecho nada malo; el fracaso de mi matrimonio no obedecía a un fallo mío, sino a él y a unas expectativas inalcanzables porque nos habíamos desconectado por completo.

Reviví el instante en que perforé el preservativo, cegada por la obsesión de ser madre antes de que mi reloj biológico bajara la persiana. ¿Cómo había sido capaz de llegar a semejante extremo?

Estaba a punto de quedarme frita cuando el móvil empezó a sonar. Por las horas que eran di por hecho que sería alguna de las chicas y pegué un brinco en la cama en busca del aparato.

El corazón me dio un vuelco al leer el nombre en la pantalla: era Afonso. Dudé unos segundos antes de descolgar, pero acto seguido entró un mensaje y lo abrí con los dedos temblorosos. ¿Se habría dado cuenta de todo?

Afonso ¿Estás despierta?

Me quedé mirando la pantalla un buen rato, presa del pánico atroz de haber sido pillada con las manos en la masa en mi falta más imperdonable. En cierto modo lo era, y cuanto más demorase afrontarlo, más me reconcomería la conciencia.

Tecleé una contestación y me senté sobre el colchón.

Maria Sí, despierta. ¿Ha ocurrido algo?

A los pocos segundos la pantalla dio paso a una llamada entrante: era él. Se me acababa el parapeto del texto; me tocaba lidiar con su voz, evocar su olor y sostener el secreto que ahora se interponía entre nosotros, suponiendo que no lo hubiera descubierto ya.

—¿Dígame? —murmuré, forzando un tono profesional y entero.

—Maria... —su voz sonó al otro lado de la línea, pero sin su habitual desenvoltura.

Sonaba pastosa, densa, entrecortada por hondos resoplidos, propia de quien está muy tocado.

Había bebido, y bastante—. Perdóname... perdóname por llamarte a estas horas intempestivas.

Sé que es una estupidez. Es totalmente inapropiado, está fuera de lugar.

—¿Afonso? ¿Te encuentras bien? —pregunté, acomodándome en la cama, movida por mi instinto innato de cuidar de los demás.

—Estoy en el coche... en el garaje de mi casa. —Soltó una risa seca, sin pizca de humor. De fondo alcancé a distinguir una melodía que me resultó familiar... la misma que sonaba cuando estábamos juntos—.

—Se te nota bastante alterado. ¿Te has dado un golpe con el coche?

—No he conducido borracho. Primero conduje, luego me puse a beber y ahora... ahora pretendo controlar lo que no me incumbe. No tengo ningún derecho.

—¿Quieres que avise a alguien para que te eche una mano?

—¡No! No, por favor, no llames a nadie —suplicó casi con un hilo de voz, quebrándosele las palabras—.

Solo... solo necesitaba escuchar a alguien con dos dedos de frente.

A alguien con sentido común, cabal. Necesitaba oír tu voz, Maria.

Tengo la cabeza hecha un cristo, se me ha ido la mano con la bebida y necesito que alguien me meta en cintura.

Me apreté el teléfono contra la oreja y cerré los ojos en mitad de la penumbra. Cada una de sus frases caía como una losa sobre mi maltrecha conciencia.

—¿Qué ha pasado para que te pongas así? —indagué en voz baja, sintiéndome aún más miserable, más traidora.

—Soy un caso perdido —masculló Afonso. Se me encogió el alma al percibir su desgarro y abrí los ojos; yo era la última persona con derecho a consolarlo—.

Trato de hacer las cosas bien, Maria. Intento mantenerlo todo atado, ser el pilar de mi hijo, el refugio de mi hermano, el que tira de la empresa...

pero soy un completo desastre en todo lo que toca a mi vida personal.

Voy detrás de un espejismo; me conformo con líos superficiales cuando en el fondo me muero por algo auténtico.

Aunque cuando estoy sereno nada de esto tiene sentido: salgo por patas de cualquier vínculo que me obligue a querer o a aborrecer a alguien.

—Todo el mundo necesita a alguien con quien compartir la vida.

—Y yo lo que quiero es poner a todo el mundo a salvo de mí.

Guardé un silencio sepulcral, apoyé la espalda contra el cabecero y suspiré; el torbellino interior me dejaba sin palabras.

¿Afonso se refería a mí? ¿Hablaba de otra persona?

¿De algún asunto relacionado con JP? Seguro que había acudido a esa fiesta buscando arrancarse de la cabeza la atracción que sentía por alguien, y ahora se estaba desahogando justo con la mujer que había intentado servirle de parche y no lo había conseguido.

Aquello volvía mi canallada todavía más imperdonable.

—Afonso, eres un hombre extraordinario. Educado, responsable, trabajador. Tu planta no es más que un añadido, pero si no la tuvieras, sobraría quien se desviviera por ganarse tu corazón.

—¿Y entre esas mujeres te cuentas tú?

—¿Yo? —Tragué saliva, con los ojos como platos.

—Sí, Maria. Tú. Joder, mujer, eres la hostia y ni te enteras. Me he vuelto loco; me lo estoy jugando todo a una carta.

—Pero...

—Y si no sientes lo mismo, olvídate de esta llamada y haz como si nada; sé encajar una negativa. No solo eres una secretaria impecable; me encanta tu compañía, me haces el día a día agradable.

«Estoy harto de esta rutina; tienes que espabilar, salir de ese pozo».

Aunque ya no me escociera, las palabras de Afonso volvieron a traer a mi mente aquello de lo que tanto huía: convertirme en una pieza más de un engranaje prescindible. El día en que dejara de serle útil me darían la patada, aunque al menos en este caso cobraría mi finiquito.

Pero un momento: ¿me estaba hablando como a su asistente o como a una mujer por la que sentía algo de verdad?

Estaba tan descolocada que el silencio al otro lado de la línea me sobresaltó. Miré la pantalla: la llamada se había cortado. Ni siquiera me había dado tiempo a articular palabra, y Afonso sin duda habría dado por hecho que no sentía nada por él.

—Madre de mi vida, era imposible liarla más... ¡y lo he conseguido!

Tiré el móvil a mi lado, me abracé a la almohada y me di la vuelta hacia la pared, buscando un mínimo consuelo. Aquel día tenía que terminar ya. Solo necesitaba dormir y confiar en que a la mañana siguiente las aguas volvieran a su cauce.

Creía ingenuamente que superada la veintena una ya no sufría por amor, pero lo cierto es que no hay edad que te libre de sentir, de empezar de cero y de cometer errores capaces de marcarte para los restos.

Callar, respirar hondo y tragar: eso era todo lo que me quedaba antes de reincorporarme al trabajo el lunes.