Un embarazo inesperado Capítulo 11
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Capítulo 11

Maria

Debí de quedarme embobada mirando, en shock ante la idea de que pudiera transformar una fantasía en realidad, tanto que no me percaté de que Nicole y Claudia se acercaban al hombre que tanto deseaba.

Me subí la falda del vestido, apreté el paso y llegué la primera, haciendo aspavientos con las manos para llamar su atención.

Nicole abrió los brazos como preguntándome qué me pasaba. Claudia frunció el ceño y levantó la barbilla. Moví los labios muy despacio y señalé hacia Afonso: mi jefe.

Las dos lo pillaron al vuelo y abrieron la boca de par en par, atónitas. Descarada como ella sola, Nicole se acercó a él, le agarró el pantalón y se lo abrió sin darme tiempo a reaccionar.

—¡Joder! —soltó Afonso, tenso y con la respiración entrecortada, confirmándome sin género de dudas que se trataba de mi jefe.

Mi amiga más joven levantó el pulgar en señal de aprobación tras haberle tanteado el miembro y haber comprobado que prometía. Me ardió el cuerpo entero, en una mezcla de celos y rabia, mientras ella se partía de risa a mandíbula batiente.

Claudia agarró del brazo a Nicole y tiró de ella para apartarla de los hombres.

—¿Le has tocado el paquete al jefe de Maria? —susurró Claudia, haciéndome enrojecer todavía más.

—Pues claro. Están ahí para eso. Tocad, besad, experimentad. ¡Dejad de remilgos justo en el momento en que toca desmelenarse!

—¡Pero es mío! —reclamé, y acto seguido me tapé la boca con la mano; las dos me miraron con sorpresa—. Ay, madre, qué lío... No sé...

—Venga, ya tienes al tuyo fichado. Voy a ayudar a Claudia a escoger el suyo y yo me monto en el tercero. —La más lanzada enarcó las cejas con picardía y regresó junto a ellos.

Eché a andar despacio hacia Afonso. La música marcaba el compás exacto de los latidos desbocados de mi corazón.

Falling In Reverse, Marilyn Manson – God Is A Wepon

Me olvidé por completo de mis amigas y me concentré únicamente en el hombre sentado frente a mí, entregado a mi placer.

Tardé unos instantes en tocarlo; empecé por el pelo y no sabría explicarlo, pero su suavidad contra mi palma resultaba tan...

sensual. Lo apreté entre los dedos, Afonso gimió y cerré los ojos, extasiada.

No sabía si era solo el roce, la música, la atmósfera o la mezcla de todo lo que transformaba aquel simple gesto en puro morbo a flor de piel.

Me agaché detrás de él, pegué los labios a su oreja e hice algo que siempre había considerado excitante y que jamás me habían valorado: gemí, suspirando entrecortadamente junto a su oído, y la reacción de Afonso fue removerse en el sillón, totalmente descolocado.

—Me cago en la puta... —susurró entre jadeos, fuera de sí. Quizá tuviera prohibido hablar, pero lo hacía porque yo lo estaba llevando al límite.

Le apreté los hombros y me puse en pie; deslicé las manos por sus brazos y presioné el pecho contra su nuca. Cerré los ojos y me moví con cadencia sugerente.

Un gemido sonoro a mi lado me distrajo: Nicole estaba subida a horcajadas sobre uno de ellos, balanceando las caderas, con el vestido remangado hasta la cintura mientras se besaban con auténtico fervor.

Claudia y el tercer hombre ya no estaban en la sala; debían de haberse ido a una de las habitaciones.

—No pares —murmuró Afonso—. Por favor.

¿Cómo negarme a su súplica? Yo ni siquiera necesitaba preliminares; estaba al borde de la ebullición.

Rodeé el asiento, me arrodillé delante de él y, con las manos temblorosas, le acaricié la entrepierna por encima del calzoncillo.

Firme, imponente, reclamando atenciones.

Algo tan elemental en una pareja que yo había olvidado tras años de rutina matrimonial.

Hacía una eternidad que no disfrutaba de esa anticipación, del poder del roce, de la desnudez de lo simple.

La mano de Afonso se movió con vacilación y se detuvo sobre su muslo.

El corazón me dio un vuelco: ¿pretendía tocarse o guiarme a mí?

Agarré su mano, la posé sobre la mía y la corriente eléctrica nos erizó la piel a los dos al unísono.

Gemimos a la vez; le apreté los dedos, implorándole en silencio que lo comprendiera.

No podía articular palabra si no quería que descubriera mi identidad.

Guio mi mano, marcando un compás pausado que me encendió la piel. Apreté los muslos, presa de una necesidad tan urgente como la suya.

De pronto me sujetó por los brazos y me atrajo hacia él, haciéndome caer sobre su regazo. Mi respiración se desbocó al compás de la suya, con los labios rozándose a escasos milímetros.

—Apriétame donde sea si quieres que me detenga. Pero, por favor... no te detengas.

Deslizó las manos con lentitud por mi espalda, me acarició las caderas y me acomodó a horcajadas sobre él. Le sostuve el rostro con devoción; alzó la barbilla entreabriendo la boca: se moría por besarme, y yo a él.

Se me subió la falda y nuestras pieles se buscaron a través de la lencería mientras sus manos me devoraban los muslos.

—Joder... llevas liguero —rozó el elástico; sonreí contra su piel y él me devolvió la sonrisa—. Qué preciosidad.

Ay, si me vieras la cara, a lo mejor no opinarías lo mismo.

Miré de reojo: Nicole ya no estaba; nos habíamos quedado completamente solos en la sala.

Me quité el vestido por la cabeza sin miedo a que nos descubrieran.

Sus manos buscaron mi cintura, amoldándose a mis curvas, y me apretó contra su pecho con una devoción arrolladora.

Empezamos a movernos al unísono, encontrando un ritmo intuitivo, perfecto.

Me rendí por completo y sellé mi boca con la suya, descubriendo un sabor que se me quedaría grabado a fuego y una complicidad que trascendía lo físico. Nos besamos con desesperación, devorándonos sin reservas, dando rienda suelta a todo lo que llevábamos semanas conteniendo.

—Los preservativos están junto al sillón —consiguió susurrar Afonso cuando nos separamos un segundo para tomar aire. Estiró el brazo, cogió uno y me lo puso en la mano.

Parpadeé aturdida, embriagada por la lujuria y libre de cualquier atadura mental.

Una idea descabellada y audaz me atravesó el pensamiento.

¿Y si de aquel encuentro nacía el sueño de mi vida?

¿Y si el momento más intenso que había vivido jamás me convertía en madre?

Afonso era un hombre sano, fuerte, con una genética impecable.

¿Y si, por primera vez en cuarenta años, me ponía a mí misma en primer lugar y mandaba al diablo al resto del mundo?

Podía ser mi última oportunidad biológica.

Me sentí mezquina por concebirlo a sus espaldas, pero al mismo tiempo la ilusión de sostener una vida en mi vientre me nubló el juicio.

Cegada por una necesidad abrumadora de tomar el control, abrí el envoltorio, me quité disimuladamente un pendiente y perforé el látex. Aparté la tela que nos separaba y me uní a él en una sola caricia profunda y demoledora.

—¡Ah...! —gemimos al unísono.

Peligro.

Adrenalina pura.

Una transgresión absoluta.

Conducida por la urgencia, me entregué a un compás frenético, buscando su éxtasis y el mío, perdiendo la noción de dónde terminaba su cuerpo y empezaba el mío.

—Más despacio... no pienso correrme hasta que no te sienta temblar entre mis brazos.

Fueron sus palabras, o la ternura con la que me sujetaba contra su pecho...

Me perdí en su boca y el orgasmo me estalló por dentro, arrebatador, arrastrando consigo una oleada de dicha salvaje mezclada con un punzante sentimiento de culpa.

¿Qué le estaba haciendo? ¿Cómo podía traicionar la confianza de Henri?

—Oh... —murmuré, aferrándome a sus hombros con fuerza, incapaz de frenar el instante en que él se desbordaba por completo dentro de mí.

Dentro. De. Mí.

Cerré los ojos, esperando a que el corazón me volviera a un ritmo soportable. Afonso no solo me mimó la piel con caricias temblorosas, sino que me regaló palabras dulces al oído: que le encantaba mi sabor, que mi perfume se le había vuelto adictivo.

—¿Me dejas quitarme el antifaz? —preguntó.

Le apreté el brazo en silencio, negándome, y él asintió con resignación, visiblemente contrariado.

—Me acordaré de ti mucho tiempo. Ha sido... demoledor.

Le posé una mano en el pecho para indicarle que permaneciera sentado. Me incorporé despacio, retiré el preservativo y me limpié como pude. Recogí el vestido del suelo, eché un vistazo a mi alrededor y me escabullí hacia la zona reservada.

Por suerte encontré un aseo; tiré el látex a la papelera, me lavé bien las manos y me enfundé el vestido. Fui incapaz de sostenerme la mirada frente al espejo, pero tampoco conseguía apagar la chispa de esperanza que me encendía el vientre.

—Solo ha sido una noche. Caso cerrado —susurré hacia el techo, como si fuera una plegaria.

Si el destino me premiaba con un embarazo inesperado, asumiría todas y cada una de las consecuencias: los pinchazos diarios para combatir la trombofilia, la falta de lealtad a Henri... y la traición al hombre que me había devuelto las ganas de vivir.

Perdóname, Afonso.