Un embarazo inesperado Capítulo 10
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Capítulo 10

Maria

Me deslicé las manos despacio por las piernas, extendiendo la crema hidratante con aroma a salvia y frutos silvestres, sin prisas, saboreando cada pasada como una caricia.

Mi piel absorbía la humedad al instante mientras el espejo del dormitorio me devolvía un reflejo que todavía me costaba asimilar como propio.

Toda mi vida, desde que pasé por el altar, se había articulado en torno a cuidar de los demás.

Cuidar de un matrimonio que se desmoronaba poco a poco ante mis ojos cerrados, estirar el presupuesto doméstico para que no faltase de nada, desvivirme por una suegra que se apagaba de pura vejez, solucionar los imprevistos de todo hijo de vecino...

mientras lo que yo deseaba quedaba relegado al último lugar.

Me había convertido en una consumada especialista en ser invisible para mí misma.

Pero esa noche todo era distinto; hasta el aire parecía más puro.

En mitad de la cama reposaba la caja negra, pesada y de acabado aterciopelado, que Henri Premoli me había hecho llegar a última hora de la tarde anterior.

Nicole y Claudia también habían recibido las suyas, y desde entonces nuestro grupo de WhatsApp echaba humo con fotos y comentarios en bucle: sabíamos que estábamos a las puertas de algo único para las tres.

Me acerqué al colchón y acaricié el tejido de seda del interior de la caja.

El conjunto de lencería elegido para mí era de un azul noche intensísimo, enteramente de encaje, con un patrón que ceñía la cintura y realzaba el escote con suma elegancia, sin caer en lo vulgar.

Tanga de hilo. Ni se me pasaba por la cabeza que, con mis kilos de más, pudiera ponerme algo así y encima verme tan favorecida.

Lo acompañaban un liguero exquisito, medias de cristal y unos zapatos de tacón que me calzaban a la perfección.

Al fondo descansaban una peluca peinada de melena oscura y un antifaz ornamentado con bordados en plata.

Tomé el antifaz entre los dedos y lo examiné durante unos segundos bajo la lámpara. Pasé la yema del pulgar por el fino encaje y, en un chispazo de absoluta lucidez, lo devolví al lecho junto a la peluca.

Eran opcionales y yo no pensaba esconderme.

Llevaba demasiados años agazapada detrás de la rutina, de la pulcritud de la oficina y de la invisibilidad de mis carencias afectivas.

Si esa noche iba de liberarme, de resucitar mi sensualidad aletargada y reclamar mi propio disfrute, lo haría a cara descubierta.

La mujer que cruzaría aquel umbral sería Maria: de una pieza y dueña de sus actos.

Aún no le había soltado a mi terapeuta lo que me traía entre manos; nuestra siguiente sesión prometía unas cuantas confesiones antológicas.

Me puse la lencería con calma, deleitándome con el roce fresco del encaje adaptándose a mis curvas con una precisión pasmosa.

Me enfundé el vestido de corte sobrio por encima, aseguré los broches del liguero, me calcé los tacones y me miré de arriba abajo en el espejo.

La mujer que me devolvía la mirada ya no parecía la divorciada con el corazón hecho trizas tras despedirse no solo de su marido, sino de toda una familia política a la que adoraba.

Tampoco recordaba a la asistente formal de Medeiros Emprendimientos, esa que cuadraba agendas y servía el café con semblante imperturbable.

Aquella era simplemente yo, Maria: una mujer de cuarenta años decidida a retomar las riendas de su propia vida.

Me sonó el móvil mientras me abrochaba los pendientes: era el chófer.

El coche contratado por Henri había llegado con puntualidad británica.

Cogí el bolso de mano, comprobé las ventanas y salí de casa, echando la llave a la puerta.

Mi barrio era de reciente construcción, tranquilo y con poco trasiego nocturno, lo que me permitió subir al vehículo con total discreción y a salvo de vecinos cotillas asomados a las ventanas.

—Buenas noches, señora Maria. ¿La temperatura del climatizador es de su agrado?

—Sí, perfecta, gracias. —El corazón me dio un vuelco al abrocharme el cinturón. Tapicería de cuero, aroma a coche recién salido del concesionario... Me sentía como una reina.

—¿Le apetece que ponga algo de música?

—Siempre que no me dé sueño, lo que quiera.

—Tengo el tema idóneo.

Nickelback – She Keeps Me Up

El chófer guardó una compostura impecable y no volvió a abrir la boca, dejándome a solas con un torbellino de pensamientos en la cabeza.

Cuando el coche frenó ante un edificio de oficinas de fachada imponente en pleno centro, divisé otra berlina idéntica aparcando justo a nuestra zaga.

Bajé casi al unísono con Claudia, y un instante después descendió Nicole del otro vehículo.

Nos reconocimos al vuelo y cruzamos sonrisas de complicidad al comprobar que ninguna de las tres había querido recurrir a la peluca ni al antifaz.

Nicole lucía despampanante con un vestido negro de vértigo, mientras que Claudia desprendía un magnetismo arrollador, enfundada en un diseño color caldero que realzaba maravillosamente su piel.

—¿Vosotras también habéis mandado el disfraz a paseo? —les pregunté, acercándome a abrazarlas en el silencio fresco de la acera.

—Cariño, para vivir una experiencia de este calibre, cualquier trasto de esos estorba más que ayuda.

—Nicole me guiñó un ojo mientras se recolocaba el escote con una risa contenida y contagiosa—.

Nada de jugar al escondite ni de teatrillos.

El afortunado que me toque se lo va a llevar todo por delante.

—A mí por poco me da un parraque tres veces por el camino; estuve a punto de rogarle al conductor que diera media vuelta —confesó Claudia, soltando un resoplido y apretándome los dedos para aplacar el temblor—.

Pero tenéis toda la razón: hay que saborear el momento y mandar los prejuicios a la porra.

Os agradezco en el alma que insistierais tanto para que viniera.

—Os quiero muchísimo —les solté, y me envolvieron en un abrazo a tres bandas.

Accedimos por el discreto vestíbulo del inmueble: ni un solo rótulo, placa o indicio delataba la actividad en el interior.

El zaguán estaba bañado por una luz muy tenue y un perfume envolvente que recordaba a esas tiendas de ropa de cama de lujo, con un regusto dulce que olía a pura lujuria. No había más clientes, solo nosotras.

—Muy bienvenidas. Por favor, dejen aquí sus bolsos y sus teléfonos a buen recaudo; se los devolveremos al finalizar la sesión —nos indicó una chica muy agradable, peinada con un moño tirante y vestida con un diseño entallado de cuello vuelto.

—Ya me figuraba yo que no me ibais a dejar hacerme un selfi —bromeó Nicole.

—No creo que le quede tiempo libre para pensar en eso.

—Huy... —le seguí el juego, y las cuatro compartimos unas risitas sofocadas.

—Y los hombres... estarán con los ojos vendados de verdad, ¿no? —quiso corroborar Claudia, y la azafata asintió con la cabeza.

—Rigurosamente. Ninguno sabrá quiénes son ustedes a menos que lo autoricen.

Entregamos nuestras pertenencias y le mostramos las invitaciones. Comprobó cada pase en el lector y acto seguido nos acompañó al ascensor, activando una planta privada con su tarjeta magnética sin que nosotras tuviéramos que tocar ningún botón.

El silencio en el interior de la cabina mientras ascendíamos a velocidad constante me disparó las pulsaciones en el pecho.

—Elegid vosotras primero. Yo me quedo con el que sobre; hoy no me he levantado nada tiquismiquis —rompió Nicole el hielo para aflojar los nervios.

—¿Y esa generosidad de dónde sale? —le solté, sorprendida.

—Viene en el ADN de alguna bruja de mi estirpe que acabó en la hoguera hace unos cuantos siglos.

—¡Madre mía! —Claudia abrió los ojos de par en par, atando cabos mentales a toda velocidad.

—Yo todavía no tengo muy claro cómo voy a reaccionar en cuanto tenga a uno delante —reconocí, contemplando el cuadro luminoso que marcaba las plantas—.

Pero pase lo que pase ahí dentro, quiero que luego nos reunamos a tomar una copa en la zona de relax que Henri nos ha dejado reservada.

Aunque cada una exprima la velada a su antojo, nos volvemos juntas a casa.

—Totalmente de acuerdo. —Nicole se ajustó el vestido a las caderas.

—Trato hecho. —Claudia nos miró con auténtico cariño.

—Si alguna se siente fuera de lugar o agobiada en cualquier momento, se echa para atrás y me busca. Cero reproches, cero exigencias y sin prisas. Nos cuidamos entre nosotras.

—Como siempre. Aunque la más cuerda de este trío sigo siendo yo —remató Nicole con sorna.

Las puertas del ascensor se abrieron con un deslizamiento suave y nos topamos de frente con Henri.

Lejos de la vestimenta motera discreta de la tarde anterior, llevaba un chaleco de cuero sobre el torso desnudo y los vaqueros ceñidos muy abajo en las caderas, dejando en el aire la duda de si llevaba calzoncillos o no.

—Sean ustedes muy bienvenidas, señoritas —nos recibió, inclinando levemente la cabeza con una cortesía intachable—.

El espacio es vuestro esta noche. La regla de oro es una: consentimiento.

Los hombres que han aceptado estar con los ojos vendados a la espera de que los elijáis saben perfectamente que pueden acabar o no en un dormitorio para continuar el encuentro.

Solo se despojarán de la venda si vosotras dais el visto bueno.

Vosotras tenéis el control absoluto; marcáis el compás y la intensidad.

Esto es la Fiesta de la Lujuria: un terreno vedado para hacer realidad vuestras fantasías y disfrutar al máximo.

—Muchas gracias —atiné a decir.

—¿Tú eres uno de los tres? —soltó Nicole, con una chispa de descaro.

Henri le clavó una mirada penetrante, midiéndola de arriba abajo antes de replicar:

—Yo estoy disponible para otra ocasión, por si te van los tíos rudos, con las manos sucias y un punto conflictivo.

—¿Y a quién narices le va a gustar semejante cuadro? —Claudia no pudo disimular el espanto, y yo me aguanté la carcajada—. Dime que me has guardado a un hombre normal en este tinglado.

—Descuida, lo hay; venid conmigo. —Sin darse por aludido, se adelantó hacia una puerta y la abrió. Al igual que en la entrada, la atmósfera estaba cargada de un perfume selecto, una penumbra calculada y acordes de fondo.

Henri nos guio sin prisa hacia el interior hasta dejarnos en una estancia diáfana, sin mobiliario en el centro y con rincones muy cuidados.

—A lo largo de este pasillo tenéis los dormitorios privados, con insonorización total y luz graduada, por si deseáis intimidad con vuestro elegido.

En aquel rincón disponéis de tres sillones donde los acomodaremos para que los catéis a vuestro antojo.

Y a la derecha, ocupando el espacio de la cocina, tenéis la barra para descansar o brindar al final de la fiesta, en exclusiva para vosotras tres.

Allí contáis con un interfono directo. Si os apetece dar por concluida la velada y marcharos en cualquier momento, basta con pulsar el botón.

Los coches os esperarán abajo en el garaje.

—¿Y si se nos hace de día aquí metidas? —curioseó Nicole.

—El tiempo que os plazca. Pero si no dais señales de vida para las doce de mañana, alguien subirá a comprobar que estéis bien.

—No, antes de que despunte el sol nos volvemos a casa —decreté con firmeza. Claudia asintió aliviada, mientras que Nicole puso los ojos en blanco.

—¿Cómo doy la voz de alarma si la cosa se tuerce? —Claudia recorría la estancia con la mirada y los brazos cruzados—. ¿Y si me siento incómoda o algo se sale de madre?

Henri le dedicó una sonrisa templada y profesional, destilando una seguridad tan aplastante que hasta a mí me serenó el pulso. A pesar de aquel atuendo tan provocador, desprendía un halo protector que invitaba a fiarse de él sin reservas.

—Basta con que cualquiera de vosotras pronuncie mi nombre en voz alta.

No hay cámaras de vigilancia, pero sí sensores que se activan con mi nombre.

Entraré al instante para frenar en seco lo que haga falta y acompañaros fuera.

Aunque os empeño mi palabra: no hará falta.

Los hombres seleccionados para esta noche son clientes veteranos; gente de negocios que acata a rajatabla el pacto de silencio, el anonimato y el espacio de cada mujer.

Saben perfectamente de qué va la Fiesta de la Lujuria y disfrutan jugando así.

Estáis en un entorno cien por cien seguro.

Asentí despacio, quitándome un peso colosal de encima.

—¿Alguna duda más?

—Luego te pego un toque —lo tentó Nicole poniendo morritos. Henri le devolvió un guiño cómplice de lo más sugerente.

Un tema musical distinto empezó a deslizarse por los altavoces y una azafata idéntica a la del vestíbulo apareció acompañando a un hombre con traje de tres piezas hacia uno de los sillones.

—Empieza la función —susurró Claudia.

—Chist, ni mu, no nos vayan a reconocer por la voz —la atajé por lo bajo, y las dos asintieron de inmediato.

Por muy resuelta que me sintiera, una sospecha me devoraba por dentro mientras los hombres iban ocupando sus asientos al fondo de la sala.

¿Estaría Afonso de verdad entre ellos? Si estaba allí, si la corazonada que me había reconcomido durante toda la semana daba en el clavo...

¿qué pasaría en cuanto me plantara delante de ese hombre a ciegas?

¿Sería capaz de reconocer la textura de su piel?

¿La envergadura de sus hombros? ¿Esa respiración honda y contenida que tantas veces le había escuchado en la calma de su despacho?

El último hombre avanzó con lentitud, dando pasos medidos, guiado únicamente por el roce sutil de los dedos de la azafata sobre su hombro. Todos vestían trajes oscuros de corte impecable y llevaban antifaces de seda negra ajustados con firmeza sobre los ojos, cerrando cualquier resquicio de visión.

La joven hizo una leve inclinación de cabeza y nos señaló a los tres sentados, invitándonos a servirnos a discreción.

En silencio.

Vulnerables.

Entregados a la oscuridad y al suspense del contacto.

Paseé la mirada con calma por los tres hombres, escrutando su porte, hasta que se me congeló de forma inevitable en el que ocupaba el sillón del rincón, el último.

Esa mandíbula... ese pelo... la anchura de sus hombros... Se me cortó la respiración en seco y tuve que entreabrir los labios para obligar al aire a entrar.

Las manos grandes apoyadas en los brazos de cuero del sillón, los antebrazos al aire con las mangas de la camisa remangadas hasta el codo y esa línea rotunda del mentón que me sabía de memoria tras tantas horas observándolo a hurtadillas en las reuniones no dejaban margen de error.

Aun sin verle los ojos y sin oírle la voz, su presencia encendía una alarma fluorescente en cada rincón de mi cuerpo.

Era Afonso Medeiros. Y tenía la oportunidad en bandeja de pasar una noche secreta con él.