Un embarazo inesperado Capítulo 9
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Capítulo 9

Afonso

Me desabroché los dos primeros botones de la camisa y me remangué hasta la mitad de los antebrazos.

Nunca me había gustado la rigidez de la corbata fuera de las reuniones estrictamente formales; el traje a medida ya cumplía con creces su papel en el mundo de los negocios.

Frente al espejo del vestidor, sin embargo, mis ojos no prestaban la menor atención a cómo me sentaba la ropa, sino al recuerdo pertinaz de la tarde en que Henri se presentó en mi despacho.

Más en concreto, al instante exacto en que sujeté la muñeca de Maria, sintiendo la suavidad de su piel bajo mis yemas y viendo cómo se humedecía los labios con un nerviosismo casi imperceptible.

Aquel simple roce seguía quemándome en la palma como un tatuaje a fuego. Era el colmo de lo ridículo. Un hombre de cuarenta años, con un hijo adulto, al frente de un imperio corporativo, y perdiendo los papeles por culpa de su propia secretaria.

—Como sigas taladrando el espejo con esa cara de estar planeando el fin del mundo, vas a arrugar la camisa solo con la mirada —la voz grave y pausada de Augusto resonó desde el umbral.

Giré la cabeza y vi a mi hermano apoyado en la jamba.

Con una taza de café en la mano y ropa de andar por casa, estaba claro que pensaba pasar el fin de semana currando en el ordenador en vez de salir a despejarse.

Mi hermano mayor era demasiado reservado para percatarse de lo que se cocía en casa; era yo quien cuidaba de él y no al revés.

—¿Ha pasado algo? ¿O es que te ha dado ahora por meterte en mi vida?

—Solo constato un hecho: andas despistado, y en ti no es nada habitual.

—Únicamente me estoy vistiendo sin prisas —respondí a la pregunta implícita. Cogí el reloj de pulsera sobre la cómoda de madera y me ajusté la correa de cuero—. ¿Vas a currar hasta tarde? ¿Por qué no aceptas la invitación de los compañeros de la facultad y te vas con ellos de copas y fiesta?

—Ya no tengo edad para esos trotes.

—Ni yo tampoco, pero mírame: me da exactamente igual.

—¿JP no se va contigo?

—Acaba de llegar del viaje y está reventado. Se habrá pasado todos los días bebiendo y follando sin parar.

—Tu hijo no es como tú.

—Ni es como el tuyo. A Enzo también le vendría bien salir más; en esta casa el único Medeiros que exprime la vida de verdad soy yo.

—Que yo no lleve tu ritmo no significa que no disfrute de mis momentos. Estoy bien, Afonso.

—Yo también.

—No, te pasa algo. Si quieres desahogarte, aquí me tienes.

—Ya he dejado atrás esa etapa, hermano. Tú ocúpate de tu hijo y de tus alumnos; del resto ya me encargo yo.

—Sé de sobra que puedes con todo. Pero te cargas con demasiadas mochilas que no te tocan y no las compartes con nadie.

—¿A qué viene ahora tanta monserga?

—A que salta a la vista que algo ha cambiado. Si te apetece soltarlo, bien. Si no, que pases buena noche.

Solté un hondo suspiro, me pasé la mano por el pelo alborotándomelo un poco y me giré para encararlo.

—El ritmo de trabajo en Medeiros está siendo demoledor —murmuré, buscando zanjar la conversación y cediendo a la presión que mi hermano mayor ejercía sobre mí—. Y todavía me estoy adaptando a un cambio en la oficina. Eso es todo.

—¿Tiene que ver con la nueva asistente? —Augusto arqueó una ceja, con una media sonrisa serena y perspicaz dibujándosele en la comisura de los labios—.

Por lo que me contó JP, en dos semanas se ha hecho con la agenda de la empresa y con los horarios de la familia sin despeinarse.

Es eficiente, dedicada. Todo eso debería hacerte la vida más fácil, salvo que el problema lo tengas tú, Afonso.

Me ajusté los puños de la camisa, esquivando su mirada durante unos segundos. Augusto me conocía demasiado bien como para que intentara colarle una excusa barata; tampoco me hacía falta. Tenía un don innato para calar a la gente y sería el último en juzgarme.

—Es distinta —reconocí en voz baja, apoyándome en la cómoda—. Es una mujer fácil de tratar, templada, impecable en su trabajo. No tiene nada que ver con el perfil de tías con las que nos solemos cruzar de fiesta.

—Una mujer madura.

—Dicho así parece que tenga ochenta años.

—¿Nunca has estado con una mujer más mayor, Afonso?

—Tiene mi edad, cuarenta.

—¿Y solo por eso ya es diferente?

—No sabría explicarlo, pero los años desde luego marcan la diferencia. Es práctica, perspicaz...

—¿Y no le molestan tus indirectas?

—Hay veces que ni las caza. —Se me escapó una risa al recordar los dobles sentidos que se habían quedado en el aire solo para mí—. O sabe disimular de maravilla.

—Una mujer con los pies en el suelo, con bagaje, que conoce su valor y a la que no se le vende humo con cuatro palabras bien dichas. Una mujer así exige a un hombre de verdad a su lado.

—En realidad, ella no se ve con los mismos ojos con los que la vemos nosotros y cualquier tío.

—¿Ha estado casada? ¿Tiene hijos?

—Divorciada, y por lo que cuenta, de un matrimonio de mierda.

—Alguien que quiere empezar de cero.

Guardé silencio para encajar el impacto de aquella verdad tan evidente. Maria no buscaba primeras veces superficiales, sino experiencias que calaran hondo.

—A veces me pregunto por qué ninguno de los dos ha sido capaz de consolidar un matrimonio de verdad a lo largo de estos años —comenté, cruzándome de brazos sobre el pecho—.

Hemos tenido rollos puntuales... pero nunca dimos el paso definitivo para formar una familia tradicional.

¿Será que ninguna mujer merecía la pena el riesgo de desnudarse por completo?

Augusto caminó despacio hacia el sillón del vestidor y se sentó, apoyando la taza en la rodilla. La mirada se le perdió en el vacío durante un instante, pensativo.

—¿Para nuestra generación, para nosotros dos?

Me temo que se nos pasó el arroz, Afonso.

Nos hemos acostumbrado en exceso a nuestro aislamiento, a una rutina cuadriculada y a un miedo atroz a perder el control.

La realidad es que nos blindamos tanto para proteger a nuestros hijos que perdimos la cintura necesaria para sostener un matrimonio a largo plazo.

Fin del trayecto. Ya no estamos para correr semejantes riesgos.

—¿De verdad piensas eso? —pregunté, sorprendido por su tono categórico.

—Lo pienso —asintió con serenidad—. Aunque mantengo la esperanza en nuestros chicos.

JP, Enzo... ellos crecen en un mundo distinto.

Tienen la oportunidad de aprender de nuestros tropiezos, de encontrar a las compañeras ideales y forjar relaciones auténticas, sin ese muro que levantamos nosotros.

¿Pero nosotros dos? Nos acomodamos en la soledad de criar a nuestros hijos en solitario.

Asentí en silencio, sintiendo el poso amargo de sus palabras. Tenía toda la razón del mundo. Y el temor visceral a perder el control cada vez que tenía a Maria cerca no era sino la confirmación palpable de lo que Augusto acababa de exponer.

No podía permitirme el disparate de liarme con mi asistente.

No podía enrarecer el ambiente de trabajo, pisotear su dignidad o dinamitar mi propia estabilidad profesional por culpa de una atracción que amenazaba con devorarme día a día.

Lo de esa tarde, los celos viscerales que me consumieron al ver a Henri tan a sus anchas en mi propio despacho, charlando y riéndose con ella, habían sido una bandera roja en toda regla.

Yo no tenía ningún derecho sobre Maria; era una mujer libre e independiente.

Para asegurarme de no cometer ninguna estupidez irreparable entre los dos, necesitaba arrancarme su imagen de la cabeza de raíz. O calmar esa urgencia por otra vía.

Me acerqué al aparador, cogí las llaves del coche y la cartera, y me las guardé en el bolsillo del pantalón.

—¿Adónde vas? —inquirió Augusto, incorporándose del sillón con la taza en la mano.

—A despejarme —solté con evasivas.

—Mañana no hay comida en casa, Eulália ha pedido el día libre. ¿Te apetece que nos acerquemos al centro comercial?

—No sé a qué hora volveré, no me esperes.

—Afonso —me llamó antes de que cruzase la puerta hacia el distribuidor. Me giré para mirarlo; me observaba con gesto severo, casi paternal—. Ten cuidado no vayas a solucionar un problema creándote otro peor.

—Tú tranquilo, profesor. —Forcé una media sonrisa de soslayo, impostando ese aire de bala perdida que en el fondo distaba mucho de ser—. Sé de sobra lo que me hago.

Crucé la casa, cerré la puerta principal y salí al garaje, donde la brisa fresca de la noche me recibió como un desafío. Ya dentro del coche, subí el volumen y dejé que los acordes sirvieran de preludio.

Crimson Vale – Burn Me Alive

Estaba a punto de adentrarme en un escenario de riguroso anonimato, en una penumbra donde las tornas se invertían y el deseo estallaba despojado de nombres y de rostros.

Si la Fiesta de la Lujuria de Henri Premoli servía de algo, sería para sofocar la tormenta de fantasías sucias que Maria me había desatado en la cabeza.