Un embarazo inesperado Capítulo 8
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Capítulo 8

Maria

Por poco me tropiezo con mis propios pies al salir de Medeiros Emprendimientos en el minuto exacto en que terminó mi jornada.

La sensación del roce de Afonso en mi muñeca todavía me abrasaba la piel, pero la urgencia por verme con las únicas mujeres que me conocían de verdad pesaba mucho más.

Mi cabeza era un hervidero de pensamientos de lo más indecentes.

Toda mi estabilidad emocional, armada con tanto mimo durante los meses posteriores al divorcio, parecía haberse venido abajo en cuestión de horas por culpa de dos hombres diametralmente opuestos, pero peligrosamente fascinantes.

El grupo de WhatsApp echaba humo mucho antes de que yo lograse cruzar la recepción del edificio. El mensaje enigmático y apresurado que les había mandado antes había dejado a Nicole y a Claudia al borde de un ataque de nervios.

Cuando atravesé las puertas acristaladas de la pequeña y acogedora cafetería donde solía ir Claudia, el ambiente íntimo y la terraza con vistas a la avenida no hicieron más que avivar la tormenta de sensaciones que me bullía por dentro.

Nicole ya me hacía señas enérgicas desde el rincón más apartado, con dos capuchinos recién servidos e intactos sobre la mesa.

Claudia estaba a su lado; le quedaba medio cruasán en el plato e intentaba mantener la compostura, pero el brillo de curiosidad en sus ojos la delataba: estaba a un pelo de sufrir un ataque de ansiedad.

—Como me salgas con que tanta urgencia es porque has pedido la cuenta en el curro, te juro que te llevo de una oreja a un psiquiátrico y te dejo ingresada —me espetó Nicole sin anestesia nada más verme llegar, encañonándome con la taza humeante como si fuera una pistola—.

Ojalá pudiera pensar que es un embarazo sorpresa, pero como tú no te acostarías con nadie sin contárnoslo, no se me ocurre qué coño te puede haber pasado, Maria. ¡Desembucha ya!

—Sigo en mi puesto y no estoy embarazada, por desgracia. —Me dejé caer en la silla de golpe, solté el bolso y lo acomodé a mi lado—. Es todo tan surrealista... Jamás me imaginé tener acceso a algo tan...

—¡Venga, suéltalo ya, mujer! —la cortó Claudia.

—Es que no sé ni por dónde empezar.

—Pues por el principio, Maria —terció Nicole, perdiendo la paciencia—. Nadie te va a juzgar. Con todo lo que hemos pasado juntas, ¿qué va a ser más disparatado que meternos en un grupo de búsqueda de embarazo sin tener pareja?

—Tú ni siquiera quieres tener hijos —le echó en cara Claudia.

—Ahí le has dado: soy el caso de estudio ideal para un psiquiatra.

Miré a mi alrededor con disimulo para asegurarme de que el murmullo de las otras mesas y el trajín de la calle bastaban para camuflar cualquier detalle de lo que íbamos a hablar. Apoyé los codos en la mesa y me incliné hacia adelante para hablar en un susurro.

—Hoy ha venido un hombre a Medeiros. Socio comercial y amigo íntimo de Afonso. Se llama Henri.

—¿Y? —alargó Nicole la vocal, montándose mil películas de las cuales ninguna daría en el clavo—. ¿Está tan bueno como tu jefe? ¿Te ha tirado la caña para salir?

—Es atractivo, pero con un punto peligroso. Es motero, del club Predadores.

—Yo ya me he acostado con un motero —soltó Nicole con una sonrisa picarona—. Tienen un viaje tremendo.

—Son unos guarros, unos sudorosos y unos descarados —puso cara de asco Claudia.

—Unos golfos en el buen sentido, tía —le devolvió Nicole la pulla a mi amiga antes de volverse hacia mí—. ¿Te ha invitado a subirte a su moto? Porque eso es una proposición de sexo sin compromiso de manual. Tírate a la piscina y déjate de tanto rodeo.

—En realidad va por otro lado. —Tomé aire, notando cómo una llamarada me subía desde los pies, me recorría el cuerpo y me estallaba en el cuello al recordar la crudeza y el descaro con los que Henri me había hablado—.

Está organizando un evento ultrasecreto para este fin de semana.

Algo muy restringido, con anonimato riguroso y pensado con un único y exclusivo propósito.

—¿Qué propósito? —A Claudia parecía habérsele cortado el aliento.

—El placer de la mujer —solté las palabras con un hilo de voz firme.

El silencio en nuestra mesa cayó a plomo. Nicole parpadeó dos veces, en shock absoluto, hasta que una sonrisa lenta, pícara y descaradamente fascinada se le dibujó de oreja a oreja. Claudia, por contra, se pegó al respaldo de la silla con los ojos como platos de la pura impresión.

—¿Es la Fiesta de la Lujuria? —casi chilló Nicole, con un agudo que me heló la sangre.

—No lo sé, tengo que confirmarlo. —Fruncí el ceño ante su aplomo—. ¿Tú sabes de qué va ese rollo?

—Hombre, claro, pero nunca he podido ir porque jamás me han invitado. Y tú... tú tienes que ir por cojones. Maria, por lo que más quieras en este mundo: ve y luego nos lo cuentas todo con pelos y señales.

—¿Pero eso no será un club de intercambio de parejas o algo turbio? —desconfió Claudia.

—Sí, pero nada que ver con lo que te estás imaginando en tu cabeza de monja. Es... otra dimensión. —Nicole se revolvió en el asiento, entusiasmada—. Maria, ¿te plantan una invitación para una fiesta secreta de libertinaje y morbo en mitad de tu jornada laboral y te guardas el bombazo hasta ahora?

—Porque solo pienso ir si vosotras venís conmigo. —Me mordí el labio, rezando porque las dos se sumaran al plan—. Me lo propuso a mí, y yo le dije que aceptaba si podía llevaros. Henri ha dicho que sí y está esperando mi respuesta.

—¿Y a mí por qué me metes en este embolado? —Claudia se cruzó de brazos, mosqueada—. ¿Tú sabes los marrones que pueden surgir en un tugurio así?

—Sé que no tenemos motivos para fiarnos de ese tío, pero algo en su forma de hablar, en el discurso que me ha soltado, sonaba auténtico. No seré yo la más indicada para calar el fondo de la gente, pero Afonso no tendría una amistad tan estrecha con él si fuera un indeseable.

—¡Vaya, vaya! ¿Ahora resulta que ponemos la mano en el fuego por el jefe macizorro? —se mofó Nicole.

—Después de ver cómo trata a su hijo, a su hermano y a su sobrino, la verdad es que sí. Afonso es una aguja en un pajar comparado con los tíos que conocemos.

—Venga, suelta prenda, quiero detalles. ¿Hay un protocolo o qué?

—Seremos seis personas contadas: tres hombres y tres mujeres. Los tíos se pasan todo el tiempo con los ojos vendados, sentados como si fueran esculturas en una exposición. Las mujeres llevamos antifaces y pelucas para que el anonimato sea absoluto, aunque entre nosotras tres dé igual.

—¡Yo me apunto de cabeza! —Nicole sacudió a Claudia por el hombro—. Tú también te vienes.

—A mí no me metáis en líos. Deja que termine de hablar —se cerró en banda Claudia, dándoselas de dura.

—Nosotras somos las únicas que elegimos.

Podemos acariciar, oler, besar... No hay límite de tiempo ni obligación de pasar a mayores.

Si nos apetece quedarnos solo mirando, charlar o jugar un poco, perfecto.

Y si salta la chispa y el cuerpo te pide fiesta...

hay una habitación privada reservada para cada una.

—¿Y al tío no se le puede quitar el antifaz? —Claudia soltó una bocanada de aire y descruzó los brazos. Negué con la cabeza—. ¿Pero qué clase de hombre se presta a que lo usen como a un trapo?

—Pues los que entienden lo jodido que es hacer disfrutar de verdad a una mujer y que, con solo prestarse al servicio, se corren de gusto mentalmente. —Nicole pataleaba por debajo de la mesa, eufórica—. ¡Que sí, coño! Yo pago lo que haga falta, contad conmigo.

—¿Pagar? —Arrugué la nariz al darme cuenta de que ese cabo se me había quedado suelto—. Me acabas de cortar todo el rollo. Yo daba por hecho que era gratis.

—Yo no pienso pagar por follar —sentenció Claudia con rotundidad.

—Salimos de dudas ahora mismo. —Saqué el móvil del bolso junto con la tarjeta y marqué el número. Prefería tirar de mensajes, pero no estaba para esperar a que le diera la gana responder—. ¿Henri?

—Dígame, ¿quién es? —contestó con ese tono impecable y formal de las distancias cortas. Mis amigas se comían las uñas delante de mí.

—Soy Maria, la asistente de Afonso Medeiros. Hemos hablado antes.

—¡Ah, qué alegría! —Se le notó la sonrisa en la voz—. ¿Le mando a mi chófer para que la recoja a la hora prevista? ¿Necesita que le busque vestuario?

—Uf, me parece a mí que eso se me sale un poco de presupuesto.

—Solo lo mejor para mi invitada de honor.

—Ese es el tema, Henri: ¿cuánto me va a costar la broma?

—No le he hablado de cifras porque no tiene que pagar un solo céntimo. Los hombres costean el evento; las mujeres disfrutan.

—Pues ahora sí que no me cuadra nada. Ellos no eligen. ¿Y si la chica no les entra por el ojo?

—Por eso no entra cualquiera por esa puerta. Yo la he seleccionado a usted porque encaja al milímetro con las preferencias de uno de los tres que van a asistir.

—¡Henri! —Me tapé la cara con la mano libre, debatiéndome entre el sofoco y la emoción más pura—. ¿Afonso va a estar allí? —le susurré, incapaz de contenerme.

—Soy el presidente de Predadores Moto Clube, y mis asuntos con Afonso Medeiros son muchos.

—Madre del amor hermoso. Vale. —Miré a mis amigas; tenían los ojos como platos, con más ansiedad que yo—. Me da miedo mezclar lo profesional con lo personal. Yo no querría...

—¿O sí quiere, pero le da vergüenza reconocerlo?

—O sea, que él es uno de los tres.

—Solo lo sabrá si viene.

—Ya me tiene en el bote. —Se me escapó la risa tonta, ardiéndome la cara—. Estoy aquí con mis amigas.

—Pregúntale si es la Fiesta de la Lujuria —me sopló la benjamina del grupo por lo bajo.

—Henri, lo que organizas... ¿se llama la Fiesta de la Lujuria? —murmuré; él soltó una carcajada.

—Sí, pero yo no le había mencionado ese nombre. ¿De dónde se lo ha sacado?

—Una de mis amigas está puesta en el tema. —Asentí mirándola y Nicole dio palmas de alegría contenida.

—¡Yo me apunto! —gritó Nicole pegando la boca a mi móvil mientras Claudia negaba con la cabeza sin poder reprimir una sonrisa—. ¡Vamos las tres!

—Cuento con su más absoluta reserva sobre este asunto, Maria.

—Descuide, no tengo la menor intención de irme de la lengua con nadie más allá de estas dos que tengo enfrente.

—Perfecto. Pásame la dirección y las tallas de ropa de las tres. Os prepararé un atuendo a la altura, las invitaciones personalizadas y el transporte privado. Y dejaré reservada una suite para vosotras tres por si luego os apetece seguir la noche a vuestro aire con intimidad.

—No sé qué decir, Henri. Parece mentira que esto sea real.

—Tiene toda la fuerza de un sueño despierto.

—Muchísimas gracias. Hasta pronto.

Colgué la llamada y no pude evitar soltar un chillido sordo de emoción pura. Las dos me hicieron coro y me eché a reír con un desahogo tremendo, sintiéndome como si me hubiera tocado el gordo de la lotería, cuando en realidad solo era una cita que no tenía nada que ver con mi día a día.

—¿Y bien? —Nicole me apretó el antebrazo.

—Que le pase la dirección y nuestras tallas, porque nos manda el modelito y la entrada.

—A mí no me pidáis que me líe con un desconocido así como así. Os acompaño de carabina y ya está —se resistió Claudia.

—Con eso me basta, mil gracias. —Le apreté la mano con ternura—. Además, Henri ha dicho que tenemos una suite reservada para las tres por si la cosa no cuaja y queremos rematar la noche juntas. Es... la leche este tío.

—Hablad por vosotras, ¡porque yo pienso montarme a uno pero bien! —Nicole meneó los hombros y alzó los brazos—. Si supierais la de tiempo que llevo detrás de esta fiesta, no estaríais con tantas pegas. Es de fiar y una auténtica pasada.

—Ya lo comprobaremos. —Le di una friega cariñosa en el brazo a Claudia, que acabó sonriendo—. Sin prejuicios: una noche para nosotras.

—Se me hace rarísimo tratar a un hombre como si fuera un juguete.

—Pero es un juego consentido entre adultos. Sin agobios. —Cogí la taza de capuchino, le di un trago y torcí el morro—. Joé, se ha quedado helado.

—Pues aprovecha los calores que llevas encima para calentarlo —se choteó Nicole, y nos dio un ataque de risa a coro—. Cera, peluquería y manicura. Lo necesito para ayer.

—Ya somos dos.

—¡Tres! —Claudia rebañó la última miga del cruasán—. Cualquier excusa es buena para verse guapa. Y por muy zumbadas que estéis vosotras dos, reconozco que probar cosas nuevas —o quedarse de mirona— tampoco tiene nada de malo.

—¡Mírala, qué golfa nos ha salido la voyeur! —se burló Nicole, desatando otra oleada de carcajadas.

Una oleada descomunal de alivio, cariño y poderío me inundó el pecho.

Apuré el resto del capuchino aunque estuviera frío, dándole las gracias para mis adentros no solo a mi terapeuta, sino también a aquel grupo de fertilidad por haberme regalado semejante momento junto a dos mujeres tan dispares pero tan leales, cada una a su manera.

—Direcciones y tallas, que se las tengo que mandar a Henri antes de que se me vaya el santo al cielo —les advertí a las dos, que acabaron haciéndome apuntar no solo la talla del vestido, sino también la de la lencería y el número de pie.

Ahora solo nos quedaba templar los nervios hasta que llegase la noche señalada.