Capítulo 7
Maria
—Henri, esto es tan...
—Es la puta hostia, Maria. Y me estoy conteniendo solo de imaginar que te preocupa nuestro disfrute.
—Apartó la mirada de la mía—. Lo que significa que jamás has pensado en ti, que nunca te has puesto en primer lugar.
Me entran unas ganas tremendas de demostrarte que, cuando tu propio placer pasa a ser la prioridad absoluta, el sexo deja de ser simplemente bueno: trasciende cualquier sensación que conozcas. Y el tío que consiga eso contigo...
—¡Madre mía! —Me faltó el aire. Tuve que ponerme en pie y dar vueltas de un lado a otro, abanicándome la cara con la mano, sintiendo cómo una llamarada me recorría el cuerpo entero con solo escucharlo.
Me mantuve a una distancia prudencial de aquel desconocido que manejaba las palabras con una puntería letal para seducir, sin tener claro si todo aquello era una bendición o una locura—.
Y pretendes que yo sea una de esas mujeres: elegir a un hombre con los ojos vendados y tener un revolcón salvaje.
—En algún momento de la historia a nuestra sociedad le dio por catalogar esto como una conducta promiscua, indecente para una mujer, cuando los hombres han hecho esto o barbaridades peores desde tiempos inmemoriales, sin importarles un pimiento quién se metía en su cama.
El tablero ha dado la vuelta y ahora la partida es bastante más... interesante.
—Henri... —Me tapé la boca con una mano, apoyé la otra en la cadera y lo miré anonadada. ¿Esto iba en serio o era una cámara oculta? ¿Cómo demonios iba a plantearme mi placer teniendo trabajo por sacar adelante? Cuando no tenía a nadie... nadie más que a mí misma a quien atender.
—No hace falta que me des el sí hoy. Piénsatelo con calma y, cuando te apetezca, si es que te apetece, solo tienes que darme un toque. —Se levantó y extrajo una tarjeta del bolsillo trasero del pantalón—. Toma.
—Decías que el anonimato era innegociable. —La cogí con la mano temblorosa, descubriendo una solitaria línea numérica en mitad del cartón—. Me sentiría bastante más arropada si pudiera ir con mis dos amigas.
—A lo mejor te corta un poco tener cerca a alguien conocido presenciando lo que harías si nadie estuviera mirando.
—Para eso ya tengo a Nicole; y, si hace falta, me tomo un chupito de tequila.
—Cero alcohol, Maria. Nadie debe exponerse a estar más vulnerable de la cuenta.
—¿Ni siquiera si lo necesito para soltarme la melena? —Me crucé de brazos y arqueé una ceja—. La situación en la que me colocas ya de por sí es bastante expuesta. ¿Qué daño hace una copa? ¿O es que no puedes garantizar mi seguridad?
—Si es lo que necesitas para estar tranquila, cuenta con ello. Recopilaré más detalles sobre el tema y lo ataré todo en corto para que la velada esté pensada exclusivamente para tu disfrute.
Parpadeé varias veces seguidas; mi cabeza echaba humo sopesando riesgos, analizando pros y contras y preocupándome más de lo debido en vez de dar rienda suelta a la curiosidad. ¿Y si la cosa salía mal? ¿Y si salía de cine?
De golpe caí en la cuenta, la sangre me subió a las mejillas y un fogonazo de pura excitación volvió a encenderme el cuerpo.
Si Henri estaba allí proponiéndome semejante disparate, era porque Afonso Medeiros se movía por ese ambiente.
¿Estaría él entre los hombres con los ojos vendados?
¿Sería posible hacer realidad mi fantasía secreta y seguir currando en esta empresa como si no hubiera pasado nada?
Al menos, si el encuentro resultaba un chasco, me quitaría de la cabeza las obsesiones con mi jefe y podríamos ceñirnos a una simple relación de amistad.
¿O no?
—Tú no eres el típico motero de manual —tuve que soltarle.
Él soltó una carcajada y metió las manos en los bolsillos delanteros de sus gastados vaqueros.
—No soy muchas cosas. A veces me gustaría serlas todas. Soy un tipo complicado.
La proposición era osada, temeraria... e increíblemente liberadora. Tras años encallada en un matrimonio tibio, asfixiada por la monotonía y por la manía de suplir carencias ajenas en vez de ocuparme de las mías, la perspectiva de tener la sartén por el mango se antojaba irresistible.
Experimentaría sensaciones intensas, desconocidas, libre de etiquetas y del temor al rechazo, porque nadie sabría quién era yo.
—¿El anonimato está garantizado al cien por cien?
—Si decides venir con tus amigas, solo vosotras lo sabréis.
¿Confías en ellas? Si es así, yo también lo haré.
La seguridad y el consentimiento mutuo son los cimientos sobre los que levanto todo esto —aseguró Henri con rotundidad—.
Nadie se salta las líneas rojas, pero el que lleva la batuta sigo siendo yo.
Nadie se queda desamparado si luego le asaltan dudas o remordimientos; me encargo en persona de hasta el último fleco.
—Vamos, que hay riesgos.
—Vivir ya es un riesgo. La diferencia radica en cómo nos manejamos y en quién depositamos la confianza.
—Y estás anteponiendo mi beneficio al tuyo propio.
Una sonrisa de sincera aprobación asomó a los labios de Henri.
—Estoy cumpliendo un deseo mío que, por azares del destino, encaja a la perfección con abrirle la puerta al placer que toda mujer debería saborear.
El chasquido del picaporte de madera interrumpió la charla. Afonso entró en el despacho con un maletín de cuero en la mano; la americana algo revuelta por el ajetreo de la calle delataba que venía a pie. Sus ojos buscaron los míos de inmediato, luego reparó en Henri y se detuvo en seco.
El cambio de actitud de Afonso fue instantáneo. Tensó la mandíbula al descubrir a Henri de cháchara conmigo y una sombra de recelo le oscureció la mirada.
—Henri —lo saludó Afonso con voz grave mientras avanzaba hacia la mesa—. Has llegado antes de lo previsto.
—Ya ves. Maria me ha puesto un café y ha sido un encanto. —Henri alzó la taza que reposaba sobre la mesa, con la misma calma que si no acabara de plantearme una propuesta íntima y demoledora—. ¿Te importaría ponerme otro? Gracias.
—Claro. —Me recompuse a toda prisa, cogí la taza y miré a Afonso, disimulando el torbellino que llevaba por dentro—. ¿Quieres uno tú también?
—Por favor, Maria. Y quédate unos minutos por allí antes de volver a pasar.
—Entendido. —Salí cabizbaja, con el pulso a mil por hora y la cabeza montándose mil películas.
Tal como me había pedido, fregué la taza, preparé café recién hecho y dejé correr más de diez minutos de reloj antes de asomarme de nuevo al despacho. Henri ya se había marchado.
—¿Va todo bien, Maria? —inquirió Afonso con suspicacia.
—Sí. Debo de haber tardado demasiado; tu visita se ha marchado sin probar el café. —Le alcancé la taza y me disponía a darme la media vuelta, pero Afonso me sujetó por la muñeca—. ¿Alguna otra cosa?
—¿Te ha dicho algo Henri? ¿Te ha hecho alguna insinuación o propuesta rara?
Tragué saliva sin saber discernir si el sofoco venía por la vergüenza de haber tenido semejante conversación con el motero o por la cercanía de aquel hombre, tocándome así, con ese poso tan posesivo.
Me humedecí los labios; la mirada de Afonso bajó directa hacia ellos y casi me fallan las piernas. Respiré hondo y forcé una sonrisa de compromiso; me había visto en tantas situaciones en las que tocaba maquillar la verdad sin soltar una mentira flagrante que esta no iba a ser la primera.
—El señor Henri ha sido sumamente correcto. Como lo he notado un poco tenso por algún tema, le he ofrecido café y le he preguntado por el parche de la camiseta, lo de Predadores Moto Clube. La verdad es que nunca había tratado con un motero como él.
—¿Y te ha contado a qué se dedica?
—¿A andar en moto y pasar de los trajes?
—Arrugué la nariz; aquello era fruto de mi deducción, no de lo que él me hubiera explicado.
¿Acaso Afonso temía que Henri se hubiera ido de la lengua con sus aficiones sexuales?
—. ¿Hay algún motivo de alarma? ¿No debería autorizarle la entrada la próxima vez?
—No, qué va, es un buen amigo y un socio de confianza. Es solo que... —Afonso soltó un bufido, me liberó la muñeca y se recostó en su asiento—. Me estoy emparanoiando yo solo. Me fío de que haya sido educado. No pienso consentir que nadie te falte al respeto aquí dentro.
—Te lo agradezco, pero sé cuidarme sola, Afonso.
—Aun así, cumpliré con mi parte como hombre que sabe dar la cara por una mujer.
—Voy a llevarme el otro café al office.
Salí del despacho, me apoyé un instante en la pared del pasillo y tomé una bocanada de aire para templar la garganta, la sonrisa y el vuelco de emociones.
Dios bendito: leía entre líneas que él también era de los que se preocupaban por el placer femenino, y la idea no hacía más que avivar mis ganas locas de meterme de lleno en esa fiesta.
¡Tenía que hablar con mis amigas ya de ya!