Capítulo 6
Maria
La rutina en Medeiros Emprendimientos se había encauzado en cuestión de pocas semanas.
Si el primer día el volumen de trabajo me pareció abrumador, ahora dominaba la oficina y la logística familiar de mi jefe con total soltura, incluidos algunos recados personales del hijo de treinta y dos años de Afonso, JP.
Se había marchado de viaje y fui yo quien gestionó todas las reservas y el itinerario de sus vacaciones.
Disfrutaba con mi trabajo, pero, por encima de todo, me fascinaba el efecto que Afonso provocaba en mí.
Sintiéndome casi una delincuente con las manos en la masa, alimentaba fantasías, imágenes y sensaciones con mi jefe, por muy inapropiado que resultara.
Nadie podía hurgar en mi cabeza... ni mis amigas iban a pedirme cuentas por fantasear con semejante bombón.
Afonso Medeiros me ponía del revés de una forma exquisita, algo que llevaba años sin experimentar.
Cada vez que se remangaba la camisa o cuando sus dedos rozaban los míos al pasarme la taza de café, se me daba la vuelta el estómago.
Era un deseo silencioso, un secreto exclusivamente mío.
Y Afonso me correspondía con atenciones sutiles —aunque no sabía si de forma consciente o involuntaria—: rellenándome la botella de agua, asegurándose siempre de que saliera a mi hora para comer y vigilando que no me quedara haciendo horas extra. Aquel jueguecito era fascinante.
Pasaban de las dos de la tarde cuando se abrieron las puertas del ascensor.
Como Afonso había salido a una gestión en la que no requería mi presencia y volvería enseguida, yo estaba en la recepción con Estela, charlando sobre tintes de pelo.
Jamás me había teñido, pero me lo estaba planteando muy en serio; me apetecía mimar más mi imagen, no limitarme a machacarme en la cinta del gimnasio.
El hombre que cruzó la recepción no se parecía en nada a los empresarios que había visto por allí. Tenía unos brazos imponentes, vaqueros desgastados y una camiseta negra pegada al cuerpo con un emblema peculiar en la pechera, hacia el hombro izquierdo.
—Predadores Moto Clube —leyó en voz alta lo que yo intentaba descifrar. Forcé una sonrisa amable para no parecer maleducada—. Eres nueva por aquí. —Me tendió la mano.
—Hola, señor Henri —lo saludó Estela; saltaba a la vista que era un viejo conocido—. Ella es Maria, la secretaria de dirección de Afonso.
—Mucho gusto. —Me estrechó la mano con una firmeza que me hizo dar un respingo por dentro. Aunque era notablemente más joven que yo, resultaba casi intimidante la soltura con la que desprendía una sensualidad peligrosa—. Me llamó Afonso para que me pasara. Somos socios desde hace tiempo.
—Y amigos. Está en su casa. —Estela se mostraba muy relajada con él, así que tomé la iniciativa.
—No tardará en volver. —Miré de la recepcionista al visitante—. ¿Prefiere esperar en su despacho? ¿Le ofrezco agua o café?
—Café, sin azúcar. —Echó a andar el primero, conocedor del terreno, y yo lo seguí—. No das el perfil habitual de las secretarias que suele contratar Afonso.
—No, desde luego que no. —Abrí la puerta; él entró y le señalé la butaca. De algún modo su comentario me picó el amor propio, aunque no sabría precisar por qué—. Enseguida vuelvo con el café.
Fui al office con el corazón desbocado. Le serví el café tal como se lo preparaba a Afonso y regresé, plantando una sonrisa que de natural no tenía nada.
Me costaba hilar los pensamientos; las palabras de Henri habían despertado todos esos fantasmas e inseguridades que tanto me esforzaba por silenciar tras el divorcio.
—¿Tienes algo urgente entre manos ahora mismo? —preguntó mientras le daba un sorbo a la taza.
—No. ¿Necesita algo, señor?
—Siéntate un momento. —Me señaló la otra butaca y tomé asiento, rígida como un palo—. Juraría que has malinterpretado mis palabras. No era un comentario despectivo; todo lo contrario, era un halago.
—No se preocupe, señor, no me lo he tomado por ningún lado. ¿Desea alguna otra cosa? —Entrelacé las manos sobre el regazo, nerviosa. Deseaba salir corriendo de allí, pero aquel era mi puesto de trabajo y pensaba mantener el tipo.
—Mirada despierta, aplomo y discreción. Tienes madera de protagonista, no de secundaria; a eso me refería.
—Torció el gesto al ver que yo seguía impasible—.
Mira, a la mierda: estoy midiendo cada palabra con pies de plomo porque acabo de plantarme delante de una mujer que está que te cagas. Me siento como un crío en el instituto.
Madre mía. Había mandado a paseo la cortesía impostada para mostrarse... tal cual era.
—¿Perdón?
—Soy motero, Maria. Y no todo el mundo se toma a bien que le suelte a la cara que está tremenda.
—Quizá no sean el momento ni el lugar adecuados. —Eché un vistazo alrededor—. Estamos en una oficina; mi físico no debería llamar más la atención que mi valía profesional.
—Ahí está la gracia del asunto, joder: en que no tienes ni pajolera idea del poder que desprendes cuando se junta todo. Ahora me encajan las piezas.
—¿Qué piezas?
—Cosas del pasado. Una llamada. —Se bebió el café de un trago, posó la taza en la mesita auxiliar y se inclinó hacia adelante. Sin la pose de hombre de negocios, me sentía bastante más cómoda con él—. Al grano, Maria: tengo una propuesta para ti.
—No busco cambiar de trabajo, Henri. Estoy la mar de a gusto aquí.
—Ya lo imagino. —Soltó una carcajada limpia y juntó las manos.
Los ojos le chispearon en cuanto me escapé a sonreír; era imposible resistirse a aquel hombre cuando se mostraba sin dobleces—.
No hablo de curro, sino de un tema personal.
Adulto. ¿Estarías dispuesta a escucharme antes de juzgarme o sacar conclusiones?
El primer impulso fue mandarlo a paseo: decirme que ya no tenía edad para esas historias o que tenía líos en la cabeza.
Pero entonces me vino a la mente que no solo estaba soltera, sino que jamás en la vida había experimentado nada semejante y el destino me estaba poniendo una oportunidad en bandeja.
Era mi vida y no le debía explicaciones a nadie.
¿Que si quería escucharlo? La curiosidad me quemaba por dentro como para no seguirle el juego.
—¿Qué tiene en mente?
—Estoy organizando un evento muy particular para este fin de semana. Una experiencia única, pensada para un círculo reducido de adultos que buscan explorar sensaciones que solo la discreción y el anonimato absoluto pueden regalar.
Se me cortó la respiración. Sabía a la perfección a qué se refería, pero se me hacía inverosímil que estuviera invitando a alguien como yo.
—¿Un evento? —Le sostuve la mirada.
—Sí.
—¿Y me lo propone a mí?
—Exacto. Esa es mi propuesta.
—¿Para hacer de nota exótica entre mujeres que de verdad sean atractivas? ¿Para convertirme en el fetiche de algún desahogado?
—Ay, Maria... Al gilipollas que te destrozó la autoestima tendrían que dejarlo un rato a solas conmigo —su tono rezumó una empatía tan sincera que se me encogió el pecho—.
Lo que te ofrezco no tiene nada que ver con lo que hayas conocido.
Me dejo la piel para garantizar que sea un entorno seguro para todos, pero en especial para vosotras.
Porque cualquier tío puede procurarse placer con la punta de los dedos, pero una mujer...
vosotras tenéis que derribar un muro de barreras invisibles, justo como las que me acabas de poner delante sin darte cuenta.
Me parece tan injusto que no hace más que reafirmarme en mi empeño.
—¿Y cuál es su empeño?
—Que el placer de la mujer es prioritario.
Abrí la boca para rebatirle, pero me quedé muda.
Había tanta convicción en su mirada y tanta verdad en sus palabras que mis defensas se vinieron abajo una tras otra.
¿Quién era este tal Henri y de dónde salía para brindar un espacio seguro donde las mujeres pudieran disfrutar sin trabas?
Nicole encajaría como un guante en semejante plan; ella sabía disociar el sexo del amor con los ojos cerrados. Yo, en cambio, era otro cantar.
—¿Me permites explicarte cómo funciona la dinámica?
Asentí en silencio; tenía la certeza de que, si abría la boca, me traicionaría la voz delatando el impacto que me había causado. Me dedicó una sonrisa reconfortante y yo continué hipnotizada.
—Serán tres hombres y tres mujeres, bajo un anonimato total.
Los hombres estarán con los ojos vendados, sentados en un sillón.
Las mujeres llevarán antifaz y peluca, como más cómodas se sientan, y serán quienes tomen la iniciativa del contacto físico, de tantear el terreno.
Si no surge la chispa, no hay compromiso de pasar de unas caricias.
Si la cosa se enciende, hay una habitación privada para cada pareja o... bueno, donde surja.
—Con el hombre a ciegas.
—Exactamente.
—Sin saber quién es ella.
—Salvo que ella decida descubrirse; de lo contrario, el anonimato se mantiene hasta el final.
—¿O sea, que puedo usar al hombre como a un objeto para darme placer a mí misma? —Abrí los ojos de par en par.
Henri tragó saliva, mudó el semblante a uno mucho más serio y se revolvió en el sofá, tomando aire despacio.
El rumbo de aquella conversación me estaba dejando con más interrogantes que certezas. Y lo más delirante de todo era que la idea me estaba tentando de forma irresistible.