Un embarazo inesperado Capítulo 4
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Capítulo 4

Maria

Meses antes...

Tanto buscar pertenecer a un lugar, tener la certeza de estar en el sitio adecuado, para descubrir con amarga decepción que ese lugar no era otro que el sillón frente a mi terapeuta.

Cuarenta años. Toda una vida levantada sobre un castillo de naipes a base de expectativas ajenas.

Dos test de farmacia con dos rayas que duraron apenas lo justo para grabarse en mi memoria, y la dolorosa constatación de que mi propio cuerpo guardaba un secreto que truncaba mi sueño: trombofilia.

—Tú no eres un objeto de usar y tirar, Maria —la voz pausada de Osvaldo quebró el silencio denso que se había instalado entre los dos—.

Cuidar de la madre de tu exmarido era tu forma de mendigar afecto, un patrón que aprendiste en la infancia: quien cuida, ama.

Si sigues metida en esa casa, limpiando y administrándole las pastillas a una mujer que ya ni se acuerda de tu nombre, te seguirás convenciendo a ti misma de que solo tienes derecho a ocupar un lugar en el mundo si resultas útil.

Tragué saliva mientras se me cerraba la garganta. El recuerdo de mi exmarido soltándome, en mitad de mi segundo aborto, aquello de «menos mal que no se lo habíamos contado a nadie; ya haremos otro», aún me quemaba por dentro como un hierro al rojo vivo.

Nunca más.

—¿Y qué se supone que debo hacer, Osvaldo?

—¿Qué es lo que a ti te gustaría hacer?

—Odio que me devuelvas la pregunta —rezongué en un susurro cansado—. Porque eso significa que me toca decidir a mí y cargar con las consecuencias.

—Lo que buscas es tomar las riendas de tu vida. Te está doliendo el trato que recibes de los demás. Aquí no hay una opción correcta; se trata de ver qué estás dispuesta a sobrellevar.

—Dejar en la estacada a mi suegra, que me cuidó como una madre... o seguir atendiéndola y tragar con que mi exmarido me trate como a su asistenta.

—Estás pasando por alto las consecuencias reales de ese paso, Maria. Cuando dejes de cuidar a tu suegra, cuando dejes de tapar el hueco de la madre que perdiste con una madre que ni siquiera te reconoce, se abrirá la oportunidad de sanar el vínculo con tu verdadera madre dentro de ti.

—Sé de sobra que lo estaba haciendo mal, que sustituí a mi madre por mi suegra. Mi madre murió; no es que pretenda borrar a una para poner a la otra, solo aprovechaba el vacío que dejó. Aunque ella no sepa quién soy, siento un lazo fortísimo.

—Porque es exactamente el mismo lazo que te une a tu madre fallecida. Ninguna de las dos te responde, ninguna de las dos te ve; con la diferencia de que tu suegra respira y está ahí delante.

Abrí y cerré la boca, superada por la emoción.

Las lágrimas me nublaron la vista; jamás lo había visto desde esa perspectiva hasta que él puso las palabras exactas.

Su mirada empática me dio el empujón que me faltaba para desmoronarme y no tragarme el llanto, una manía que arrastraba desde hacía años y de la que intentaba desprenderme.

—No es mi madre —constaté, con un desgarro aún mayor.

—No lo es. Pero eso no significa que no tengas madre o que te hayas quedado huérfana. Ella sigue viva en ti: en cómo pones la mesa para comer, en el estofado que preparas siguiendo su receta al pie de la letra.

—Sí... —sollocé, asumiendo con dolor que tenía toda la razón.

—El pánico a perder a otra persona crucial en tu vida te hace creer incapaz de cerrar etapas. Sin darte cuenta de que sigues viva. Perdiste a tu madre y sobreviviste. Perdiste a tu padre y saliste adelante.

—Perdí a mis bebés.

—Sí, a tus bebés y tu matrimonio. Y ahora tienes la oportunidad de cerrar un ciclo más y recomponerte. Las horas que inviertes en cuidar a tu suegra podrás dedicarlas a todo lo que te pautó el médico para mejorar tus opciones de quedarte embarazada.

—Para tener un hijo me hace falta un hombre. Y luego está la trombofilia... Son demasiadas cosas para asimilarlas de golpe, Osvaldo.

—Lo entiendo, claro que sí. ¿Por dónde quieres empezar?

—Por despedirme de mi suegra. Solo que hoy no... ni esta semana. Tiene cita con el especialista y sé que Milton no la va a llevar.

—A tu ritmo. —Me dedicó una media sonrisa enigmática. Esperaba que me llevara la contraria, pero, como de costumbre, acababa de tocar una tecla en mí de la que solo sería consciente con el paso de los días.

Como a mí me gustaba decir, los bofetones de realidad de Osvaldo siempre venían en cómodos plazos.

No fueron días ni semanas: me costó nueve meses poner punto final definitivo a la relación con mi suegra y con mi exmarido.

Ese mismo día acudí a un grupo de apoyo presencial para mujeres que buscan quedarse embarazadas, y allí conocí a Claudia, con su coraza de hierro frente a cualquier hombre, y a Nicole, con su sonrisa descarada de quien intenta descifrar qué narices se nos pasa por la cabeza a las que soñamos con dar a luz.

Allí, entre lágrimas y pullas llenas de ironía, me juré a mí misma que no renunciaría al sueño de ser madre.

Era lo único que hacía por y para mí, sin depender de un marido, sin tener que darle explicaciones a nadie.

Aquel fue el primer paso de mi verdadero renacer tras el divorcio. Conseguir trabajo fue el segundo, y estaba saboreando cada instante.