32 #2
—Un diario —dijo Marie—. Will tenía planeado entregárselos en persona cuando todo acabara.
Entregué el de John a Tanya, que llegado el momento se lo dará al pequeño Michael.
Mañana visitaré la mansión Katterblack para entregarle el suyo a Silas y al joven Blackfell.
Will dejó un par para Damien y Olivia, y uno más para Frank Hornwood.
Según había escuchado, Frank, como varios de los seguidores de la luz que llegaron al pueblo con la misión de detener los planes de Mormont, había decidido establecerse permanentemente en River Town tras los sucesos del eclipse.
Hornwood, asimismo, no perdió el tiempo: se casó con la hija del difunto propietario del hostal en el centro del pueblo (que ahora regentaba bajo su nombre) y, a decir de Val, la pareja ya había encargado a la cigüeña.
Ben bajó la mirada. Pasó las yemas de los dedos por la suave superficie del cuero que envolvía el diario mientras pensaba en su amigo. En lo mucho que lo extrañaba. Ladeó el fino volumen para leer la inscripción en el lomo: DIARIO DE BEN HOLbrOOKE , rezaba en letras doradas.
En aquel momento, Ben se fijó en la chiquilla que sostenía Marie, que empezaba a despertar.
—¿Te gustaría sostenerla? —preguntó Marie con una sonrisa.
Ben la miró estupefacto.
—¿Yo?
—Sí, vamos, no tengas miedo —instó Marie, tendiéndole a la tierna pequeña que se desperezaba. Al final no despertó—. Sigue dormida. Maguie suele dormir largo y tendido después de la merienda.
«¿Maguie? —pensó Ben, absorto, al tiempo que tomaba a la pequeña en sus brazos—. ¿Acaso...?» Miró a Marie.
No hizo falta que hiciera la pregunta. Al parecer, la joven Belwolf no era la única que podía leer sus pensamientos ese día.
Ben suspiró. No sabría decir cuánto tiempo llevaba mirando la noche. Daba igual. Había llegado el momento que había estado esperando todo el día. Y lo había estado esperando con ansias.
Fue hasta el final del pasillo y subió los peldaños hacia el ático.
Hacía frío. Ben olvidó ponerse su bata de tela basta para dormir y sintió los rigores en cuanto se adentró por completo en aquel lugar sombrío, lleno de polvo, destinado a albergar sus secretos, su pasado.
Allí, asimismo, almacenaba los muebles y libros que fueron su única compañía durante su breve estadía en el salón de los Viejos Conjuros.
Claro está, eso incluía el espejo aparentemente corriente que estaba reclinado contra una de las paredes y cubierto por una frisa blanca que le confería la apariencia de un fantasma.
Lo descubrió. Cuando la cegadora luz se disipó, lo mismo que el frío despiadado que regía hace un instante en el ático, Tarrik hizo acto de presencia.
Como era habitual, no pareció sorprendido ni mucho menos, si bien se fijó en que arqueaba levemente una de sus pobladas cejas azules.
También notó el extraño silencio del oráculo.
Saltó a la vista que conocía de antemano sus intenciones.
—He venido aquí por ella —dijo Ben.
Tarrik esbozó una sonrisa.
—Lo sé.
—¿De verdad? —repuso Ben—. Creí que dijiste que solo podías ver el pasado.
—En efecto. Lo supe por tu mirada llena de decisión. Es la misma que vi en tus ojos cuando me pediste que te llevara con Phil.
—Entonces, llévame con ella.
El oráculo asintió.
—Pero recuerda...
—Lo sé —repuso Ben. Suspiró hondo—. Sé que terminará antes del amanecer.
El oráculo volvió a asentir y extendió una mano fuera del espejo. Ben la aceptó y lo siguió...
Y, de pronto, el mundo fue envuelto por un halo de luz nacarado; el campo visual de Ben se anegó del blanco más absoluto, y una sensación de alivio se extendió por su cuerpo con una intensidad abrumadora.
El frío venció de nuevo al calor. El brillo cesó.
Un instante estaba en el ático de la casa Holbrooke.
Al otro, en la residencia Wolfgang. Ben se encontraba, como hace más de un año, en el palco mirando el baile en pleno apogeo.
Escuchó las fuertes risotadas de lord Wolfgang, acompañado por los señores Blackfell y Witheford.
Frotó sus manos en un intento por mitigar el frío. «¿Dónde está? —pensó—. ¿Dónde?»
—Señor Holbrooke —la voz de una mujer vino de atrás.
Ben se dio vuelta, el corazón latiendo con apuro en su pecho.
Allí estaba Margaret. Su Margaret. Lucía, tan hermosa como la recordaba, con aquel vestido rosa con encaje.
Su cabello, radiante como oro batido, recogido en un regio tocado que acentuaba la forma de su rostro y el tamaño y color de sus ojos.
Su sonrisa le quitó el aliento. Quiso besarla allí mismo.
—Señorita Treddaway —dijo Ben.
Tardío, hizo una reverencia. Margaret, con una sonrisa, le correspondió.
—Has escupido sobre el nombre de mi padre al no haber asistido a su ceremonia de nombramiento. Eso, al menos, es lo que él dice.
—Sé que el nuevo duque me estima —repuso Ben—. Y, ciertamente, me ha perdonado osadías peores.
—Mi padre y yo sabemos que no eres hombre de galas, Ben.
—Margaret sonrió. Luego se situó a su lado en el palco que daba hacia el salón del baile.
Al mismo tiempo, los músicos empezaron a tocar una melodía austera—.
Y tienes razón. Ya te ha perdonado, si bien no de manera oficial.
Él espera que nos visites en nuestro nuevo asentamiento. Pronto.
—¿Realmente se trata de su padre? ¿O acaso también se anteponen sus deseos, señorita Treddaway?
Margaret sonrió.
Unas risas atrajeron la atención de Ben hacia otro de los palcos.
Allí donde estaba el hombre de traje negro, refulgente cabello dorado y ojos de un gris tan claro que, desde aquella distancia, parecían tan blancos como nieve recién caída.
Como la luz que envolvió el mundo hace un instante y lo llevó de vuelta a ella.
—Ben —dijo Margaret—. ¿Qué estás mirando?
Ben apartó la vista del hombre de negro y la fijó en Margaret. Esta vez la elegiría a ella. Siempre.