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ANTES DEL AMANECER
El deshielo había convertido la tierra en un amasijo de lodo, pasto y escarcha disuelta; el cielo vestía su mejor azul mientras el sol continuaba su ascenso, y podía escucharse el cantar de pajarillos en los árboles cercanos.
Ben, no obstante, a duras penas prestaba atención a esta sublime escena: sus ojos no se habían apartado de la hermosa morada, pintada de blanco, desde que bajó del carruaje hace unos minutos.
—Es lindísima —musitó Berenice. Ben ladeó la mirada. Vio que los ojos azules de la joven centellearon al volver la vista hacia él—. De verdad, Ben —añadió.
—¿Lo crees?
—Sí.
—Los maestros de obra la acabaron más pronto de lo que pensaba.
—«Dile, Ben. Dile que tuviste que apartarte de todos cuando la viste erigida por primera vez y que te entraron ganas de llorar como un crío —le espoleó su consciente—.
Vamos, dile». Apretó los labios, volvió la mirada hacia la casa Holbrooke.
—Me encantaría verla por dentro. —La sonrisa se amplió en el rostro acorazonado de Berenice Belwolf.
Ben apenas pudo encubrir su sorpresa ante el entusiasmo de la joven.
—Por supuesto —dijo.
Le ofreció su brazo y ella lo aceptó.
Entraron. Recorrieron la casa. Ben le mostró todas las habitaciones, salvo el ático, sin evitar fijarse en que la sonrisa de la joven Belwolf se mantenía intacta durante todo el recorrido.
Al terminar, la sonrisa aún sin flaquear, Berenice se sentó en una de las sillas de madera con cabezal alto del salón de estar.
La vio suspirar. Ben no había podido quitarle la vista de encima desde que entraron, y cada vez que ella lo pillaba, él enrojecía como un niño timorato.
«¿Qué diría ella? —se preguntaba Ben—. ¿Estaría de acuerdo con esto? »
Ibon entró en el salón con una escudilla metálica y una tetera chapada, que despedía una fina cortina de humo.
—Aquí están las tartaletas —anunció el ama de llaves al dejar la escudilla con los postres en la mesa de centro—. Espero le guste.
—Así será —replicó Ben.
Ibon sonrió.
—No me refería a usted.
Ben frunció el ceño y miró a Berenice.
—Huele delicioso —comentó la joven. Cogió un trozo con la servilleta y se lo llevó a la boca. Su rostro se mantuvo inescrutable un instante luego de probar el manjar de Ibon. Después, se iluminó—. Está delicioso.
Ben soltó una carcajada.
Ibon se sonrojó como una manzana. ¿Quién lo diría?
—Es una receta familiar —dijo—. Mi bisabuela fue la nana de Lucas, el tatarabuelo de Ben; su hija sirvió a los Holbrooke después, y luego la hija de esta.
Y yo he estado aquí, cuidando del joven Benny y hasta de su padre, Alfred, desde que mi madre dejó el mundo de los vivos.
Generaciones de servicio que acabarán conmigo.
—Dicho lo cual, el ama de llaves se retiró sin añadir más.
Berenice dio otro bocado a la tartaleta. Bufó complacida. Ben sonrió en tanto hacía lo propio.
—¿Así que este será un nuevo comienzo? —comentó la joven Belwolf.
—Sí —asintió Ben después de tragar el primer bocado—. Un nuevo comienzo. —Las palabras le salieron desganadas, carentes de convicción, tristes.
—No pareces muy contento.
«Habría querido que este nuevo comienzo fuera con ella».
—Lo entiendo —repuso Berenice—. Tiene que ver con Margaret. Habrías preferido que ella estuviera viviendo aquí contigo, comiendo estas deliciosas tartaletas de Ibon.
« ¿ Acaso ha escuchado mis pensamientos?».
—Yo... —empezó Ben.
—La muerte de Bernard ha afectado profundamente a mi padre.
—Berenice casi parecía leer su pensamiento, sí, anticiparse a sus palabras, y no pudo evitar pensar en el donum lucis de la familia Treddaway: la doble vista.
Al mismo tiempo había ternura y compasión en su voz, en sus ojos.
Salvo Margaret, nadie más lo había visto de aquel modo—.
Como si hubiese perdido una parte de su alma. Tienes la misma mirada que padre, Ben.
Ben quiso decirle algo; las palabras no acudieron a su boca.
Es decir, ninguna que fuese verdad. «No quiero mentirle —pensó—.
No quiero negar lo que salta a la vista.
No hace falta el donum lucis para verlo».
La verdad era lo único que le quedaba. Ben se inclinó hacia delante y puso una mano sobre las de ella.
Sus miradas se encontraron. «No te rindas, Ben.
Sé valiente». Berenice lo observó, sin vacilar, con sus ojos azules profundos.
—Ben.
El ama de llaves entró a la estancia. Ben ladeó la mirada, aunque llegó a advertir lo colorada que se pusieron las mejillas de la joven Belwolf. Ibon no pareció haber notado que había interrumpido algo, lo que fuera.
—La señora Oakwater —avisó el ama de llaves—. Acaba de llegar. Y quiere verlo.
—¿Marie? —se sorprendió Ben.
—Sí, Ben.
Más tarde, tras caer la noche, Ben pensaría en su encuentro con la viuda de Will.
También en la partida de Berenice Belwolf, poco después de la aparición de Marie.
Haría repaso de estos recuerdos mientras contemplaba la noche estrellada desde la ventana de su recámara.
Ibon olvidó mencionar que la señora Oakwater no venía sola.
Los niños: Ben, luciendo unas gafas enormes; Jeremiah, que miraba la estancia como si se tratase de una antigua mazmorra; y Lucy, de casi tres años, que chupaba de su dedo con desgana en tanto agarraba las faldas de su madre con la otra mano, precedieron a Marie, que llevaba en brazos a los mellizos de seis meses.
Entonces, Ben pensó que no había vuelto a verla tras los días posteriores al eclipse, cuando asistió a los funerales de Richmond y los valientes seguidores que dieron su vida en la reciente batalla.
Ben no se acercó a Marie en esa ocasión.
Evitaba estar cerca de ella, y casi de cualquier otra persona.
Ese día se limitó a darle su pésame a la viuda antes de irse sin decir adiós.
Ni siquiera tuvo valor de conocer a los mellizos de Will. Cobarde. Eso era.
Berenice se despidió. Antes de dejar la estancia acompañada por Ibon —mientras Marie y los niños tomaban asiento—, Ben advirtió que ella se volvía y le dedicaba una última y prolongada mirada desde el umbral. Sus ojos, como profundos pozos azules, embebieron el reflejo de Ben.
—Ben —empezó Marie mientras los niños atacaban con voracidad las tartaletas que había sobre la bandeja; uno de los mellizos estaba sentado en el regazo del pequeño Ben, el otro en el de su madre—.
No has ido a visitarnos. Por un tiempo pensé que te habías ido del pueblo sin despedirte.
.. Eres la única persona que conoció a Will de toda su vida, la vida que tuvo antes de River Town.
Y eres como de nuestra familia. —El niño en sus brazos parecía estar dormitando.
Entonces reparó en que no era niño. Tampoco el que estaba con el pequeño Ben.
—Niños, ¿por qué no van a la cocina? —había dicho Ben al fijarse en Jeremiah chupándose el dulce de los dedos—. Ibon también ha preparado galletas de mantequilla. Son deliciosas.
Jeremiah dejó la estancia con sus hermanos pisándole los talones; el pequeño Ben llevaba a una de las más jóvenes del clan Oakwater en sus brazos con una pericia tanto impresionante como tierna. Entonces Marie, Ben y la chiquilla en los brazos de Marie fueron los únicos que quedaron en la estancia.
—Lo siento —dijo Ben.
—Disculpas aceptadas —repuso, enseguida, Marie. Y sonrió—. Ya han sucedido muchas desgracias en este pueblo. Muchas pérdidas. Me alegro de no contarte entre ellas, Ben.
Dicho lo cual, ambos se pusieron al corriente de sus vidas esos últimos seis meses.
Hablaron durante casi media hora antes de que Marie mencionara que había oído que fueron Berenice y él quienes invocaron el hechizo.
Según Marie, estaba en su alcoba con las niñas cuando el suelo comenzó a temblar.
Temió que la casa se le cayera encima. Jeremiah entró a la habitación llorando, y Ben, con una mirada asustadiza, no paraba de decir que el cielo se había quebrado.
Marie quiso comprobarlo con sus propios ojos, de modo que se acercó a la ventana mientras el suelo temblaba.
Cuando la alcanzó, vio que el cielo había adquirido un púrpura macilento, antinatural.
No parecía quebrado; la luna cubría el sol.
Y no fue hasta que regresó con los niños cuando notó que había dejado de temblar.
Ben recordaba aquel suceso como si hubiese acontecido hace unos días. Nunca lo olvidaría.
— Portae abyss aperta —repuso Ben—. «Puertas que se abren al abismo».
Así he llamado al hechizo. Wyllas quería que conservara el nombre anterior porque este se le hacía un poco truculento, pero creo que Will lo habría aprobado.
—Hizo una pausa—. Por cierto, hace unos días recibí un mensaje del magistrado de Azur para que le remitiera el material original de mi investigación y conjugación del hechizo a fin de transcribirlo en el Libro Blanco.
—¿El Libro Blanco? —repitió Marie, confundida—. Will mencionó que se había quemado en el incendio.
—Pues no fue así —dijo Ben—. Silas lo recuperó.
Estaba intacto, cubierto de hollín, entre las cenizas de todos los demás que no pudieron salvarse.
Will se lo entregó a Wyllas cuando vino para ayudarles con el asunto de Julius.
No hay lugar más seguro para un libro tan poderoso que la Gran Biblioteca de Azur.
—Will amaba los libros. —Marie bajó la mirada entristecida hacia la pequeña que seguía dormida.
—Sí —asintió Ben—. Pero amaba más a su familia. Me lo dijo un par de veces.
—Por cierto... —Tras una pausa, Marie añadió—: Will encargó esto para sus amigos una semana antes de su muerte. —La mujer lo sacó del bolso tejido que llevaba colgado del hombro: un libro de cubierta de cuero negro. Se lo tendió a Ben.
—¿Qué es? —preguntó él.