Un eclipse en el alma (Hechizo nocturno) 31
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TRIUNFO DE LA LUZ

Silas ya podía caminar, aunque cojeando.

—¿Crees que algún día podré volver a combatir? —le preguntó a Aida.

—Como antes, no. —Aida siempre era franca, quizá por su sangre hadúna—. Cojearás por el resto de tu vida, Silas el Patizambo. Llegará el día en el que tendrás que usar un bastón, y unos años después de eso, puede que tu pierna ya no soporte más tu peso.

—Vaya. —Silas esbozó una lánguida sonrisa—. Te gusta infundirme temor. En lo que a mí respecta, no tengo miedo a envejecer. Vivir más de la cuenta tiene más desventajas que preeminencias.

Silas intentaba seguirle el paso a Aida por el corredor, pero la hadúna caminaba con premura.

—Deberías volver a la cama —dijo ella sin parar el paso.

—No tengo sueño.

—No te pregunté si tenías sueño. Pero, ya en éstas, deberías dormir.

«No eres mi madre», quiso decirle Silas en tono jocoso. Se quedó de pie en su lugar y la vio partir. De todos modos, no iba a poder alcanzarla cuando tuviera que bajar las escaleras de la entrada más adelante. Volvió al estudio, cojeando. «Silas el Patizambo», pensó con amargura.

—Quizá algún día me acostumbre.

Dentro, el estudio estaba bañado por la luz dorada que entraba a raudales por los ventanales frontales.

Sobre el formidable escritorio de roble oscuro, se encontraba un montón de páginas arremangadas que se habían acumulado con el paso de los días, puede que semanas.

Silas había valido todo este tiempo a seguir con el registro de los últimos sucesos en el pueblo.

Una labor que hacía tanto por gusto como porque creía que era su deber con la historia mágica.

Así pues, disfrutaba del aire fresco de la mañana y el silencio de la noche para llevarlo a cabo.

Eso le dejaba unas pocas horas de sueño entre el mediodía y el atardecer (salvo cuando le vencía el cansancio, o su querida hermana se empeñaba en que tomara un debido descanso nocturno por su propio bien; «o se lo haré saber a la señorita Aida»).

A veces Rachel insistía en que los acompañara a ella y su esposo a dar un paseo por el vasto jardín de la propiedad.

«Aida tiene razón —convino para sus adentros—.

Debo dormir al menos una noche entera, o mi corazón podría detenerse cuando menos lo espere, sin haber terminado mi trabajo».

Eso hizo aquella noche. Durmió.

A la mañana siguiente se sentía más lúcido y preparado para otro tanto de escritura.

En ese momento estaba escribiendo sobre la incursión que hizo con Aida, Kedr y Vallery Atwood para despertar a los Guerreros de la Madre.

Fue idea de Aida, que tras tener un sueño revelador (o al menos así había decidido ella llamarlo; Silas no estaba seguro) sobre la inminente victoria de los oscuros y la destrucción del pueblo, acudió a la mansión Katterblack para pedir su ayuda.

—¿Qué podría hacer yo? —había preguntado Silas; se refería a su condición.

—Necesitamos alguien que nos cubra las espaldas —dijo Aida.

—Sí, señor —secundó Kedr.

—No hay tiempo que perder —añadió Vallery—. Probablemente no haya ningún peligro adonde vamos, Silas, pero necesitamos a un combatiente que nos respalde en caso de que sea necesario. No podemos fallar. La vida de las personas de River Town depende de esto.

—¿Qué? —quiso saber Silas. Entonces no le habían dicho todavía lo que planeaban hacer en el bosque.

—Los Ecos del Bosque —dijo la Líder.

Se trataba de una legión de guerreros casi indetenible que solo se podía invocar una vez cada cincuenta años.

Silas nunca había estado en presencia de algo parecido en su vida, aunque había escuchado historias, y la idea lo maravilló tremendamente.

Una o dos horas después caminaban hacia la profundidad del bosque, una zona que no había sido tocada por el invierno, cargada con una fuerza mágica inconmensurable.

Vallery, Aida y Kedr hicieron el llamado, y la Madre respondió enviando una fuerte ráfaga de viento que llevaba un mar de hojas de todas las tonalidades de verdes y amarillas hacia el campo de batalla.

Y los Ecos del Bosque se alzaron. Y cantaron. Y lucharon.

«Llegaron demasiado tarde para algunos —pensó Silas, en tanto ponía las palabras sobre el papel—. Los Guerreros forzaron a los nigromantes a retroceder e hicieron que el combate se emparejara entre ambos bandos...»

Para entonces, un nigromante había asesinado a su amigo John Richmond; Bernard había sido quemado antes de comenzar la contienda; Hardin fue masacrado por un lobo Fenrir cuando salía de la iglesia Saint Peter con Ben y Jaime, y tantos más también murieron durante la contienda en pleno eclipse.

«Yo habría muerto si no estuviera patizambo».

Julius luchó bravamente con la Tehlus y asesinó al traidor Charles Reedstter dándole una estocada en el corazón.

Al menos fue eso lo que contaron a Silas.

Este, tras llamar a los Ecos del Bosque, regresó a casa para que Aida le cambiara las vendas de la herida que se le había abierto ante el esfuerzo de la caminata.

Ben Holbrooke tuvo la participación decisiva; eso también le habían dicho.

Ben abrió por primera vez en la historia las puertas del Submundo; según habían contado varios de los seguidores de la luz presentes, el suelo comenzó a temblar, el cielo púrpura se fragmentó en varios agujeros negros mientras restallaban relámpagos estridentes y, un instante después, los nigromantes empezaron a ascender hacia ellos.

Eneas Mormont fue el primero en despegar sus pies del suelo; no paró de gritar hasta que se perdió de vista.

Los hijos de Isidora huyeron cuando advirtieron que todo estaba perdido para ellos; el cielo fue surcado por un arco ascendente de flechas y lanzas, y la muerte alcanzó a algunos.

Dicen que aún se escuchan sus gritos de dolor en el campo que alguna vez fue blanco; allí, donde se libró la contienda.

No lo sé, quizá así sea. Espero no tener que comprobarlo nunca.

Silas y Ben habían sido convocados por el Alto Gremio para contar todo lo ocurrido. Regresaron hace una semana. Entonces las hojas con sus registros habían empezado a amontonarse en su escritorio, tanto en la superficie como a sus pies.

—Mi señor, si usted lo desea, yo podría organizar su escritorio... —se ofreció Sutr; el mayordomo sabía encubrir su sorpresa cada tanto veía el escritorio de su señor, pero su constante ofrecimiento delataba su horror.

—No —respondía Silas—. Gracias, Sutr. Ya conoces mis mañas. No pasará más de un día hasta que todo regrese a su santo lugar. Por favor, hazle saber a tu hermano que deseo que corte una jirafa con el alto arbusto que se encuentra junto al estanque de la ninfa de agua, ¿sí?

—Como ordene, mi señor.

—Y, por favor, tráeme algo de comer.

Sutr asintió, notablemente complacido; eso no era algo que escuchaba a menudo.

El mayordomo era tío de Aida y Kedr, y no eran los únicos familiares de estos dos que Silas había acogido como su servidumbre: Ludmilla, una prima, era su cocinera; Gers, otro tío, el jardinero; Boris, un medio hermano, y Giinet, otra prima, eran los criados personales de Rachel y su esposo.

«Y continúan llegando». Varias familias de mujeres ninfas se habían mudado al conjunto de residencias al oeste del pueblo; lo mismo que varias familias hadúnas y, en menor medida, de seguidores de la luz.

Entre ellas, los Witheford, Damien y Olivia, que decidieron establecerse en el pueblo tras haber completado la misión que los llevó a cruzar el Atlántico en primer lugar; Alistair Treddaway, recién casado con Emily Westwick; Julius Startclyde, que acababa de reencontrarse con su prometida.

.. y su hijo. Y así, la población de River Town había empezado a crecer considerablemente con los meses.

... Y Peter Westwick fue elegido como el alcalde...

Aún quedaba mucho por escribir, y tenía una vida entera para seguir escribiendo y seguir viviendo.

Cuando Sutr apareció con la comida, Silas estaba dormitando sobre una pila de papeles que le hacía de almohada.

Comió. Más tarde, Sutr lo acompañó a sus aposentos.

Silas se acostó en el enorme camastro y cerró los ojos pensando en qué escribiría mañana.

Tras hacer el amor, Julius y Lilian fueron pillados por el llanto estridente de un bebé. Cruzaron una mirada y se echaron a reír a bocajarro. Lilian apartó la sábana e hizo ademán de salir de la cama. Julius la detuvo.

—Yo voy —se ofreció.

Los ojos dorados de Lilian titilaron con ternura.

—Tiene que comer, Julius —le dijo.

—Yo puedo... —Calló, avergonzado. ¿Cómo iba a alimentar al bebé si no tenía...?

—Quizá la próxima vez yo podría extraer un poco de leche y llenar un recipiente, así podrías hacerlo tú. —Lilian arqueó una ceja; hablaba en serio.

Julius, sorprendido, tardó un instante en responder.

—Sí, la próxima vez será.

Lilian salió de la habitación. Al cabo de un minuto, el llanto cesó.

Julius se dejó caer boca arriba. El sueño lo alcanzó de improviso.

No fue un sueño lo que acudió a su mente.

Sino un recuerdo, uno malo, oscuro, que esperaba borrar de su conciencia con el tiempo.

El rostro de Charles Reedstter emergió de una nube de humo tan negra como la noche.

Sonreía. A sus pies, Julius vislumbró el cadáver de su amigo.

La espada del caído centelleaba rojiza en la nieve inmaculada.

Ladeó la cabeza. «Lo he salvado, mi señor», decía el traidor.

La tierra comenzó a temblar. Julius cayó de bruces por la nieve; su mano se cerró en el puño de la espada de Katterblack, que empuñaba el cuerpo inerte de John Richmond.

El campo de batalla quedó en silencio, salvo por el rugido de la tierra en agitación.

Un nigromante hendió su sable, y la sangre de la luz se alzó en una salpicadura oscura bajo el eclipse.

Oyó un crujido, como si una enorme roca se fragmentara.

Por un instante creyó que el suelo se abría.

Ubicó al hijo de Mormont con la mirada. «El cielo.

Mira el cielo, Julius», decía en su cabeza la voz de su difunta hermana.

Eneas Mormont empezó a ascender hacia el cielo partido, profiriendo gritos espeluznantes.

El séquito de nigromantes que lo acompañaba no tardó en seguirlo.

Julius apenas le prestó atención al increíble acontecimiento.

Solo quería encontrar a Reedstter. La tierra temblaba; los oscuros, aullaban; las flechas zumbaron.

Entonces lo vio.

«¿Qué? ¿Qué...?», decía Reedstter, que se tambaleaba atónito, liberando a Witheford de su espada.

Julius se levantó, espada en mano. Escuchó la voz de su hermana que musitaba algo ininteligible mientras avanzaba hacia el traidor de Reedstter.

Cuando estuvo ante él, su pulso nunca fue más firme.

«¡Por Jane!», pensó, y le hundió la hoja por la espalda hasta el corazón.

.. De pronto, la tierra dejó de temblar.

—Julius... —la voz venía de arriba; el cielo púrpura, fragmentado, lo llamaba.

«Estoy aquí», quiso decirle Julius.

—Julius..., ¿dónde estás? —Era Lilian.

«Estoy aquí». Alzó la mirada. El cielo había vuelto a la normalidad; era tan blanco como la nieve a sus pies. Sombras inquietas se movían en la límpida y vacía imagen. Cuando despertó, encontró a Lilian sentada en el borde de la cama. Julius se irguió.

Nigel estaba sentado junto a Lilian, que mecía al bebé entre sus brazos.

—Te has dormido —dijo ella con una sonrisa.

—Te has dormido, tío —corroboró Nigel con entusiasmo.

—Me he quedado dormido, sí. —Julius sonrió con voz áspera.

El señor Reedstter había accedido a entregarle su nieto a Julius con la condición de que conservara el apellido de su auténtico padre.

«Lilian; tan joven, bella... y fértil, por lo que escuché», recordó que le dijo Charles.

No entendió en aquel momento a qué se había referido con fértil hasta que Lilian llegó finalmente a River Town con el pequeño Nigel tomado de una mano y al bebé Cyril arrullado en sus brazos.

Aquella imagen le hizo soltar algunas lágrimas.

—Cyril —susurró Julius con el niño en brazos.

Miró con una sonrisa a su sobrino, luego a su mujer.

—Por cierto, la señora Oakwater te envió un paquete. —Lilian extendió los brazos para que Julius le entregara el bebé—. Parece que es un libro.

—Diario —corrigió Julius.

—Sí, sí. Eso.

Tras la llegada de Lilian y los niños, se habían mudado a una casona que había sido construida por uno de los primeros colonos europeos y abandonada por sus dueños tras la muerte del patriarca mucho tiempo atrás.

Julius, con el capital que le envió su padre, encargó la restauración total de la propiedad.

Guarnecieron las habitaciones según el gusto de Lilian. Y en aquella casa había muchas.

El diario no fue lo único que llegó esa mañana.

También lo hizo una enorme valija, demasiado fina para resguardar ropaje y demasiado larga para la mayoría de objetos que pudieran cruzar la cabeza de Julius.

Este sopesó un instante el contenido mientras rozaba la cubierta de cuero negro con las yemas de los dedos.

No hacía falta acercar la nariz para oler el material; su aroma flotaba en el aire.

A instantes de abrirla, supo de qué se trataba.

Nigel tenía la boca abierta en una «o» expectante.

Lilian, con el bebé en brazos, veía la valija con una sonrisa de oreja a oreja.

«Ella también sabe lo que es». Julius no dio crédito a que fuera realmente el mandoble de su familia hasta que lo vio con sus ojos.

De niño, había deseado muchas veces que fuera suyo.

Pero sabía que estaba destinado a su hermano mayor.

Y, sin embargo, allí estaba. Julius sintió que su corazón empezaba a latir desbocado; se adelantó hacia ella y, al tomarla, su brillante hoja casi pareció devolverle la mirada.

— Sohorogrys —murmuró.