Un eclipse en el alma (Hechizo nocturno) 30
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BLOODISH

—Mi señora —dijo Fogrum—. Al fin la hemos encontrado.

—¿Dónde estaba? —preguntó Cateryna, la Gran Ama del clan Dur.

«El canalla de mi padre la ha mantenido oculta por muchos años para entregársela a su heredero cuando llegase el momento.

Maldito fuera —pensó. Hace quince años que el primogénito de Arrow Dur fue asesinado durante el eclipse rojo de Cletus, tras el cual su segundo hijo fue cazado y descuartizado por seguidores de la luz, en la llamada Cacería Sangrienta—.

Solo te quedaba yo; solo yo, padre. Y te negaste a darme lo que por derecho me corresponde».

Ojalá pudiera verla ahora, deseó. Durante años, Cateryna había insistido en que se la entregara, citando que era demasiado viejo para blandirla y que no tenía otros herederos.

Pero se negó, el muy imbécil. Y ahora estaba muerto.

«Y la espada es mía». Cateryna no pudo evitar sonreír.

—¿Dónde está ahora? —quiso saber.

—Hemos hecho lo que nos ha pedido, mi señora —dijo Broll, otro de sus sirvientes nigromantes; tenía una voz bobalicona.

—La hemos llevado a la Torre de Piedra, Gran Ama.

—La voz de Fogrum era tan solemne como su mirada.

Era alto y delgado, pero fuerte y ágil con acero en la mano.

Cateryna se lo había llevado a la cama un par de veces.

«Incluso en esos momentos me sirvió con solemnidad»—.

El Senescal nos aguarda para efectuar la ceremonia.

Mught y Sachwell lo llevaron a la Torre. Esperan su magnífica presencia.

—Bien —dijo la Gran Ama, satisfecha.

Cateryna se alejó de la ventana y fue por su túnica de tela basta negra como la noche.

El negro le sentaba bien a su piel pálida antinatural y el cabello rojo sangriento.

Había heredado de la familia de su padre pestañas pobladas que profundizaban su mirada, y el cabello rojo, y de la de su madre.

.. Nunca conoció a su madre. Ella y sus hermanos tuvieron madres diferentes: la de Gerald fue una joven nigromante del clan Esthon, que murió en la batalla de los Hermanos Sombríos poco después de alumbrarlo; las madres de Magnus y Cateryna fueron humanas comunes, a quienes Arrow Dur tomó a la fuerza y, tras el parto, entregó a sus argones para que se cebaran de ellas.

«Me quitó la espada, mis derechos y hasta mi madre».

Cada vez que pensaba en ello, se sentía más satisfecha por haber tramado aquel ataque a la baluarte de Dur con Charles Reedstter, y orquestar el engaño para culpar a los Hornwood del asalto que saldó la vida del otrora conocido como Flecha Veloz.

Era bien sabido que las guaridas de los grandes clanes nigromantes —como el de los Dur— eran difíciles de encontrar; permanecían ocultas de la vista humana y mágica gracias a encantamientos de una fuerza tanto antiquísima como oscura.

Podían ser encontradas, sí... Solo si alguien los guiaba hacia ellas.

Tal como hizo Cateryna con los seguidores que asesinaron a su padre.

En fin. No quería pensar en eso ahora. Se puso la capa negra y dejó la recámara.

Cateryna se apoderó de ese castillo despojando a punta de sangre y acero a sus anteriores ocupantes, los del clan Birome, que se negaron a someterse ante Helio Mormont.

«Ya es demasiado tarde para echarse atrás —había pensado—; están todos muertos».

Todas las fortalezas nigromantes tenían una Torre de Piedra, que era una recámara circular con paredes rebosantes de ventanas arqueadas donde se llevaban a cabo los rituales de conversión, enlaces matrimoniales oscuros y se oficiaban ceremonias para instaurar a un nuevo Gran Amo.

Su padre ocupó durante muchos años el puesto de honor, y la gran mayoría de los servidores de Dur no la aceptarían a ella en el dominio hasta que tuviera la espada y se oficiara la ceremonia.

Bloodish era como una especie de corona, una que se podía blandir en lugar de ponerse en la cabeza.

Cateryna comenzó a subir la escalera caracol hacia la cima de la torre con Fogrum y Broll pisándole los talones.

En la recámara la aguardaban Mught y Sachwell, a cada lado del Senescal; un hombre de nariz gruesa, calva brillante y ojos hundidos, ataviado con una túnica parda.

Cateryna reparó de inmediato en ella; sobre la mesa circular del centro, reposaba la legendaria espada de su familia.

— Bloodish —musitó Cateryna, fascinada; esta era la primera vez que la admiraba en persona, pero había escuchado tanto de ella que creyó que podía tocarla en sus sueños. «Y es mucho mejor de lo que soñé». Se acercó despacio, como quien no quiere asustar a un animalillo.

—Es magnífica, mi señora —oyó decir a Sachwell, el más alto en la estancia—. Nunca había visto nada igual.

—Por supuesto que no —replicó Mught—. Tus ojos nunca han sido dignos de tal magnificencia.

—Callen, bocazas —espetó Fogrum.

El Senescal se adelantó cuando Cateryna hizo ademán de extender sus manos para tomar la espada. Apenas llegó a rozar el frío tacto del puño cuando el hombre calvo la irrumpió con su voz tronadora.

—Antes debe pronunciar las palabras, mi señora —le dijo el Senescal.

Cateryna estaba tan absorta en la espada que se había olvidado de que no era la única persona allí.

«Se dice que la espada se caló con la sangre de la luz de muchos héroes Seguidores, entre ellos varios Holbrooke —le había contado Magnus, su hermano favorito, cuando ella apenas era una muchachita—.

Erasmo Dur cercenó el cuello de Louis Holbrooke en el asalto a Borrasca».

Y procedía a contarle dicha historia. Cateryna parpadeó.

—Sí —dijo mientras se bajaba la capucha—.

Hagamos lo que tengamos que hacer ya; quiero que sea mía cuanto antes.

—Rodeó la mesa circular y se arrodilló ante el Senescal, que a continuación derramó sobre sus cabellos rojizos un aceite aromático que le mojó la mitad del rostro y le bajó por entre los senos—. ¿Qué demonios es eso?

—Aceite de ricino, mi señora —contestó Broll—. ¿Acaso su padre no le habló de él?

«No, idiota —le habría dicho—. Claro que no me habló de esto. Ni de nada que tuviera que ver con esta ceremonia».

—Mi padre nunca creyó que este momento llegaría —dijo ella.

«Ni siquiera cuando recibió la noticia de la muerte de Magnus —pensó—.

Mi padre quería tres varones en lugar de dos».

Cómo lo odiaba, ¡cómo lo odiaba! Deseó con todas sus fuerzas que se estuviera ahogando en algún abismo del Submundo y que así fuese por toda la eternidad.

Al terminar la ceremonia, Cateryna quiso saber dónde se hizo el hallazgo.

—Su padre ocultó la espada en las criptas bajo el baluarte de Dur, que ahora es custodiado por los seguidores del viejo Hornwood —dijo Fogrum—. Bartog la halló en una de las tumbas, como dijo mi señora. Estaba en el mausoleo de la difunta Alisa Esthon.

«La madre de Gerald». Tal y como había supuesto.

Su padre había ordenado que enterraran los restos de su primera mujer en las criptas de su fortaleza, lugar de descanso destinado exclusivamente para los nigromantes del clan Dur.

Cateryna siempre lo había sospechado, pero nunca se atrevió a hacer nada mientras su padre estuviera vivo.

—¿Dónde está Bartog? —Cateryna no se había fijado en su ausencia hasta ese momento.

—Bartog fue herido de gravedad cuando los hombres de Hornwood lo descubrieron, mi señora —explicó—. Al final murió, pero trajo la espada.

—Lástima. —Si hubiera estado allí, Cateryna se habría llevado al leal Bartog a la cama al terminar la noche—. Entierren su cuerpo en las criptas de Birome, que reciba los mayores honores fúnebres.

—Sí, mi señora —asintió Fogrum.

—Mi señora. —Sachwell se adelantó hacia ella e hizo ademán de inclinar la rodilla, pero Cateryna lo impidió con un gesto de la mano. El servidor se mantuvo de pie cuanto alto era, y dijo—: Ha llegado un mensaje de la fortaleza Mormont. Demanda reunirse pronto con usted.

—¿Qué querrá el Gran Señor? —se preguntó Cateryna.

El bobalicón de Broll respondió:

—Quizá quiere darle las enhorabuenas.

—Idiota. —Mught le dio un porrazo en la cabezota—. El Gran Amo nunca da enhorabuenas.

—No —dijo Cateryna—. Mormont quiere que le rinda pleitesía.

—¿Cómo se enteró tan rápido? —inquirió Fogrum.

—Las sombras. Ellas están en todas partes.

La fortaleza de Mormont era una estructura formidable, magnífica, tanto por dentro como por fuera.

«Cosas atroces han sucedido en este lugar.

Se dice que está maldita, que Cletus I asesinó al Gran Amo Groom para apoderarse de ella poco después de convertirse en nigromante en el siglo XVI, y la ha mantenido como su asentamiento desde entonces», le había contado Magnus.

Cateryna había adorado escuchar las historias de su hermano.

Dejó a sus dos sirvientes, Fogrum y Sachwell, en el pasillo que precedía al salón de audiencias.

Cuando Cateryna entró, descubrió que no era la única de los Grandes Amos en la inmensidad del salón.

Una isla de luz espectral iluminaba el estrado y el alto trono de acero y bronce de Helio Mormont; el resto permanecía en la penumbra.

Frente al estrado había una figura negra ataviada con una túnica magenta escarchada.

—Cateryna. —El Amo alzó la cabeza; su voz serena llenaba cada rincón—. Ven, acércate.

Ella obedeció. La túnica magenta ni se inmutó cuando Helio Mormont la llamó. La nigromante se acercó precavidamente; una capa magenta solo puede significar una cosa, pensó. Un hadúno. Cuando estuvo ante el amo, Cateryna se hincó y agachó la cabeza.

—Levántate, Gran Ama del clan Dur —ordenó Mormont.

—Sí, mi señor. —Cateryna se levantó. Miró de reojo a la mujer de capa magenta, que estaba justo a su lado. Era una mujer, sí; Cateryna alcanzaba a distinguir marcados rasgos femeninos bajo la sombra de la capucha. «Hollín —olisqueó Cateryna—. Es una nigromante».

—Volveremos a reunirnos —dijo el Gran Amo a la mujer de la capa magenta—. Por ahora, tengo otro asunto que atender.

La desconocida asintió y se volvió para salir del salón de audiencias. Cateryna la siguió con la mirada hasta que hubo atravesado la puerta. Había algo extraño en esa mujer, algo que le era raramente conocido. «¿Por qué viste con ropa hadúna?» Se volvió hacia el Gran Amo y bajó la vista, solemne.

—Mi señor.

—Cateryna —dijo Mormont, con una voz casi melodiosa—. He solicitado tu presencia para hacerte partícipe de lo ocurrido en aquel lejano lugar llamado River Town. Mi hijo Eneas me ha traicionado y se ha alzado en armas en contra de mi voluntad. Pero ha pagado con su propia vida.

—¿Está muerto? —soltó Cateryna; estaba sorprendida por lo repentino de la noticia, no porque lo fuera a echar de menos—. ¿Cómo, mi señor? —tuvo que preguntar para que su desasosiego fuera creíble.

—Fue Holbrooke. Eneas reunió una hueste de nigromantes y oscuros para darle muerte a Ben y todos los demás que colaboraban con él. —Suspiró, aunque parecía en absoluto airado ante la tragedia—. Además, el viejo Hornwood y Robert Reedstter han vuelto a atacar a otro de los míos.

—¿Quién ha sido, mi señor?

—Noray.

—¿El Amo...?

—Vive —ultimó Mormont—. No por mucho, quizá. Hornwood lo tiene cautivo, y a pie enjuto está siendo torturado.

—¿Qué sucederá con Holbrooke, mi señor?

El Gran Amo acarició las cabezas de bronce con forma de cuervos que eran los brazos de su trono. Cateryna sintió que las aves carroñeras la veían con ojos hambrientos.

—Tenemos la eternidad para hacernos con los Espejos del Destino —respondió, como si la ubicación de los oráculos hubiera sido la pregunta—. Dejemos que Holbrooke se consiga una esposa y procree; así tendremos más oportunidades en el futuro cuando no esté en este mundo.

—¿Le perdonará la vida? —Cateryna estaba boquiabierta—. Encerró a su padre en el Limbo...

—Lo sé —la cortó Helio desde su trono—. No veo el problema; su acto de valentía me ha hecho lo que soy ahora. Tú misma perdonaste fácilmente a los asesinos de tu padre. De hecho, te acostaste con uno de ellos. Y cada vez que mires un espejo, verás otro de sus asesinos en el reflejo.

Cateryna guardó silencio; no le sorprendía en absoluto que el Amo lo supiera. «Las sombras —le había dicho a Fogrum—. Ellas están en todas partes».

—Fuimos maldecidos con nuestros padres, Cateryna —siguió el Gran Amo—. Y, en mi caso, también fui maldito con mis hijos: Helio era despiadado e impulsivo; Casandra era vanidosa, y Eneas, demasiado ambicioso. —Inspiró hondo, de forma casi humana—. Todos están muertos.

—¿Y los vengaremos?

—Sí. A su debido tiempo.

—Mi señor, ¿por qué ha ordenado reunirnos tan privadamente en el salón? ¿Acaso los Grandes Amos...?

—Ellos ya están al tanto de lo que te he informado al principio —le interrumpió Mormont—. Todo, menos una cosa.

—¿Qué será, mi señor?

—Una misión —reveló el Amo—. Te enviaré a ti y a tus sirvientes a aquel lejano lugar llamado River Town para vigilar de cerca a los Holbrooke. Llegado el momento, nos reuniremos para fraguar nuestro próximo movimiento. Pongo mis esperanzas en ti, Cateryna.

—Y no fallaré, Amo —juró.

—Eso espero. Quiero que reúnas los restos de la hueste de mi hijo y te labres un nombre en el Nuevo Mundo. —Helio traspasó su alma con una profunda mirada—. Serás mi informante, el heraldo de mi llegada.

—Sí, Amo. —De pronto recordó algo—. ¿Qué sucedió con Charles?

—Los Reedstter nos traicionaron, Cateryna.

—Robert nos traicionó —dijo ella—; Charles no lo haría.

—Eso no importa ahora —replicó Helio Mormont—. Está muerto.

«Muerto». Esta palabra la acompañó mientras salía del salón de audiencias y se encontraba con sus sirvientes, que esperaban silenciosos en el pasillo que lo precedía.

Apenas daba crédito a lo que había oído: Charles estaba muerto, también Eneas, y ella tenía que marcharse.

Sintió como si se le hiciera un hueco en la boca del estómago.

—¿Sucede algo, mi señora? —preguntó Fogrum al verla.

—No —mintió ella.

Sachwell carraspeó.

—Por aquí pasó Styn Quarlac, mi señora —dijo—.

Y ha dejado esto para usted. —El nigromante le extendió la esfera de cristal que tenía en brazos.

No, no se trataba de una simple esfera; era un huevo de argón—.

Dijo que todo Gran Amo debe tener su leal mascota; dijo que el mismo Mormont tiene su propio criadero.

—Su primer argón debe tener un nombre, mi señora —comentó Fogrum—. ¿Está pensando en alguno?

Cateryna ya tenía uno en mente; de hecho, pensó en él en cuanto le fue entregado el huevo.

La superficie estaba llena de escamas de cristal con bordes cortantes y ennegrecidos, como lamidos por el fuego; parecía un armadillo.

«Uron era un nigromante feroz que, con la única ayuda de sus leales argones, se hizo con el legendario Imperio Umbrío —le había contado Magnus en una ocasión—.

Y Egon era el más fiel servidor de su amo; luego estaban Magon y Eynon . ..». Era todo lo que recordaba.

—Se llamará Egon —respondió—. Ejecutor.