29 #2
Mientras combatía contra un adversario, que no empuñaba arma alguna más que su habilidad para esquivar los tajos de Damien, pensó en Holbrooke.
«¿Habría terminado el hechizo? ¿Vendría en algún momento?
¿Habría muerto?». El rostro de Olivia también destelló en su cabeza.
Un golpe cerrado le alcanzó en la mejilla, y sintió el metálico sabor de la sangre en tanto trastabillaba hacia atrás.
Cuando el nigromante intentó darle otro golpazo, Damien se valió de su posición y le clavó la fraxs que le quedaba en el ojo.
La daga se hundió tan profunda que tuvo que hacer un esfuerzo tremendo para sacarla de la cuenca vacía, tras lo que el nigromante se desplomó de espalda con una lágrima negra y espesa en la pálida mejilla.
Y entonces, en el fragor de la batalla, alguien rio.
—Eneas —murmuró Damien.
Eneas Mormont estaba a escasos metros de él.
Vestía el negro del cuello a los pies; su cabeza, de una tez tan blanca que parecía tallada con la nieve que cubría el campo, quedaba a la vista entre los combatientes de ambos bandos.
Gritaba órdenes a diestra y siniestra. De pronto, reparó en la fijación de Damien.
Sus ojos centellearon. La capa le ondeaba a la espalda como una sombra viva.
Avanzaron a su encuentro. Pero se detuvieron antes de acometerse uno al otro.
—Witheford —dijo Eneas, sonriente, sin alzar la voz (era uno de los trucos de los nigromantes)—. Tan lejos de casa.
—Lo mismo digo, Mormont. —Damien tampoco alzó la voz; sabía que el nigromante podía oírlo claramente con el bullicio de la batalla alrededor.
—¿Cómo supiste que era yo? No creo habernos conocido.
—Dabas órdenes.
—Oh, sí. —Eneas no pareció apenado. Sí divertido.
—¡Ríndete! —le espetó Damien en un arranque de ira.
—¿Que me rinda? —repitió Eneas Mormont—. Me decepcionas, Witheford. Esperaba que me dieras pelea antes. Mira a tu alrededor. Yo no diría que estás en posición de pedir mi rendición. Al contrario...
Damien miró. Una mesnada de hombres sombras cayó sobre un macho centauro que luchaba con lanza; Hugh Easton a duras penas podía combatir con una herida que le sangraba en el abdomen; Frank luchaba con ferocidad, y del mismo modo, Julius, pero lucían cada vez más agotados; Peter Westwick había sido herido en una pierna; Alistair Treddaway saltó sobre la coraza de un argón y lo apuñaló en el cuello carnoso; el muchacho tenía el rostro amoratado.
El resto de los seguidores de la luz del pueblo, a pesar de no tener el entrenamiento adecuado, peleaba con una entrega formidable: algunos morían, otros vivían lo suficiente para matar algún espectro o hijo de Isidora y, seguido, morir asesinados a manos de otro. Y...
Damien sintió que su corazón se detenía. John Richmond estaba muerto a escasos metros de él, desparramado en la nieve; su sangre era un charco creciente a su alrededor, negra como la luna del eclipse. En la oscuridad toda sangre era negra. Se volvió hacia Eneas.
—¿Ves? —soltó Mormont sonriente. A su espalda estaban los Grandes Amos ataviados de negro: una mujer pálida de melena oscura y ojos grises de mirada ávida; un hombre rubio de mandíbula gruesa y labios partidos; otro más bajo con el rostro tan enjuto como el de una calavera; el que estaba a su lado era más alto, de pecho ancho y tan peludo que tenía más pinta de oso que de hombre—.
Están muriendo, y no hay nada que puedas hacer al respecto.
—No. —Damien podría matar a Eneas y listo.
Y antes de que el eclipse acabara, su cabeza estaría en la puerta de la casa Oakwater para que la viese su esposa.
No tenía miedo de morir; temía no conocer a su hijo; temía no envejecer con Olivia; temía dejar el mundo demasiado pronto, sumido en la oscuridad.
Sintió un terrible calambre en la mano que sostenía el arma, y la fraxs se le cayó.
—Ya veo. —Eneas sonrió—. ¿Dónde está Ben Holbrooke?
—No aquí —espetó Damien; la voz le salió un poco trémula.
—¿Dónde?
Damien apretó los labios.
—Ya veo —repitió Eneas; de nuevo parecía divertido en vez de furioso—. En ese caso, muere.
—¡Sí, acabemos con esto de una vez! —bramó el nigromante de los labios partidos.
—Cuy, Aduar, Lisa, Qellon —añadió Mormont; la sonrisa que esbozó mientras decía aquellos nombres provocó una sensación de desasosiego a Damien—. Asesinen a los seguidores. A todos, ¡que no quede ninguno en pie! —Sus sombríos ojos se posaron en Damien—. De ti me encargo... —Se interrumpió.
Los servidores que avanzaban a cumplir la orden de Eneas se detuvieron en el acto.
Alzaron la vista como si buscaran el origen de algún extraño sonido que reverberaba sobre sus cabezas.
De hecho, Damien cayó en la cuenta tardíamente de que de eso se trataba: un sonido.
Más bien, una canción. Imitó a los nigromantes.
El cielo, el eclipse y el aire oscilante pronto se vieron plagados de insectos, enormes y opacos.
No eran los insectos los que cantaban, comprendió.
«No son insectos en absoluto». Eran hojas, de todas las formas, colores y tamaños de su haber.
Se desplegaron sobre la vasta superficie del cielo entonando el cántico del bosque.
Luego, descendieron de golpe en forma de torbellinos; de estos surgieron hombres de hojas, ataviados con túnicas de nieve y armados con lanzas.
—No puede ser —musitó Eneas. Parecía estupefacto.
El nigromante estaba distraído, absorto en el extraño evento mágico.
Damien vio en ese momento una oportunidad imperdible.
Raudo, tomó la fraxs que había dejado caer hace un instante, y avanzó hacia Eneas Mormont con ella en alto, dando zancadas largas y ágiles.
Estaba a cinco pasos de Mormont cuando sus ojos se encontraron, y Damien vio el terror en ellos.
.. Y, de súbito, alguien salió a sus espaldas y le puso una espada en el cuello, deteniéndolo en el acto.
Una áspera risita trepanó su oído derecho; conocía aquella voz.
—Lo he salvado, mi señor —dijo Charles Reedstter.
Cuando Ben llegó al campo de batalla, acompañado por Jaime Greystar, se encontró con una carnicería en pleno auge.
—Por los Primeros —musitó Ben.
—El eclipse —dijo Jaime—. Parece que está a punto de terminar.
«Eso parece». Ben observó el campo de batalla con el corazón acelerado.
Entrecerró los ojos para enfocar la distancia, los cuerpos caídos sobre la nieve, y al reconocerlos, el ritmo de sus latidos se redujo durante un largo instante de tristeza y conmoción.
John Richmond estaba tendido boca abajo sobre un charco de sangre, que se extendía negra sobre la nieve; la cabeza ladeada en dirección a Ben parecía devolverle la mirada.
Había más de una docena de muertos del bando de la luz; la mayoría eran seguidores.
Pero también habían caído dos centauros.
Lejos, una forma negra humeaba en la nieve; parecía un cuerpo chamuscado.
Muchos otros estaban seccionados: una pierna por aquí, una cabeza por allá, un brazo acá.
.. El número de cadáveres de nigromantes, argones y lobos Fenrir era tal que no llegaba a contarlos todos.
«Una dicha entre tanta tragedia», habría dicho la tía Marcia.
—¿Qué son esos? —señaló Jaime con el dedo.
Ben y Jaime estaban ubicados a buen trecho del campo de batalla, escondidos entre las espesas sombras de un conjunto de olmos grises y desprovistos de hojas. Nadie o nada podía verlos (eso esperaba Ben).
—Ecos del Bosque —dijo Ben—. Una hueste compuesta por hombres hechos de hojas.
Ambos miraron fascinados cómo los Ecos se batían a duelo con los hijos de Isidora. Jaime parecía inmerso en la escena. Esa no era la primera vez que Ben admiraba una tropa de guerreros del bosque; la última vez fue hace quince años en la última batalla de la Guerra del Eclipse Rojo.
—Hazlo ahora —le dijo Jaime—. ¡Portae aperta!
—Espera. Aún no lo veo.
—¿Quién?
—Eneas... —Entonces lo vio. El hijo de Helio llevaba una larga capa oscura que le ondeaba a la espalda.
Frente a él, Damien Witheford estaba inmovilizado por Charles Reedstter, que le apretaba la hoja de una espada contra la garganta.
Recordó a Sienna diciéndole que no se fiara de su hermano antes de dejar el pueblo; cuando le preguntó por qué, si acaso Charles era un traidor, ella se limitó a besarlo en la mejilla y a darle la espalda.
Se trataba de su hermano, después de todo.
«Maldito traidor», pensó Ben. Jaime le puso una mano en el hombro y comenzó a zarandearlo.
—Lo va a matar —afirmó, horrorizado—. Debes hacerlo ahora.
—¡Espera! —espetó Ben.
Jaime se levantó y echó a correr al campo de batalla, a pesar de que Ben intentó detenerlo; habría ido tras él si eso no supusiera exponerse a la vista de los oscuros.
Debía mantener distancia para invocar el hechizo.
«Para abrir la puerta». El joven Greystar y su amigo, Hardin Blackfell, habían acudido a la iglesia para asegurarse de que Ben llegara sano y salvo a la cruzada; Ben se los encontró cuando iba de camino a la salida, pero fuera de la iglesia los aguardaba el peligro.
Un Fenrir, el más grande que hubiera visto Ben nunca.
Hardin acometió, decidido, y la bestia le abrió el pecho en canal con sus zarpas.
Ben pensó que a continuación el Fenrir iría a por él y a por Jaime.
Sin embargo, la bestia se desplomó profiriendo un alarido doliente.
El arma de Hardin le había abierto el estómago, y los intestinos se le estaban saliendo del interior.
¿Cuántos más tenían que morir?
«Les di la espalda. Ahora están muertos».
A su espalda se agitaron unas ramas; Ben se volvió, turbado.
El aire olía a hielo, tierra y azufre. El bosque parecía una boca negra e infinita a medida que la luna seguía su transcurso ante el sol.
El hombre emergió de la espesura. De haberse tratado de un nigromante, Ben lo habría olido antes que verlo.
En cambio, vio piel gris, ropas negras y ojos dispares.
—Matar —dijo el subordinado.
Ben se irguió a la vez que se llevaba una mano a la espalda para empuñar su daga.
El subordinado, bajo y corpulento, avanzó una zancada hacia él antes de detenerse de súbito.
Inmóvil, parpadeó. Su ojo, brillante como una estrella, y el otro, negro como un pozo; intentó bajar la mirada.
No pudo. La punta de una flecha le salía de la garganta, goteando sangre.
Cuando el subordinado se desplomó, Ben se encontró cara a cara con su salvadora.
—Eso estuvo cerca —dijo Berenice.
Ben seguía conmocionado. Tardó una eternidad (acaso tres segundos) en recobrar el habla.
—¿Cómo me...?
—No fue difícil. —Berenice sonrió—. Luego te cuento. Primero deberíamos ayudar a los demás.
Ben no pudo estar más de acuerdo. Había llegado el momento.
—Sí —dijo.
—Entonces, ¿qué esperas? —La joven hizo un gesto para que la siguiera al campo de batalla.
Ben la tomó de la mano, pero se quedó inmóvil.
—¿Qué sucede? —preguntó ella.
—Hay otra forma de ayudarles.
—¿Cuál?
—Necesito tomar tus manos. —«Ojalá fueran sus manos». Las manos de Margaret.
Berenice accedió de buena gana, sin más, tras colgarse el fino arco en el hombro. Su tacto era cálido, como si sus manos hubieran estado bajo el sol momentos antes de tocarlo; ni siquiera llevaba guantes. Ben zanjó no pensar más en su tacto, recordándose las palabras del hechizo.
Cerraron los ojos.
—Repite conmigo —le dijo a Berenice.
—Sí.
Durante un brevísimo momento hubo absoluto silencio.
— ex tenebris —entonó Ben en la lengua de los Primeros Seguidores—.
velh umbrathio. mors in corruptione. abyss in tenebris spiritum.
ex tenebris. de nocte ad mortem. de corruptione viscera terrae.
ex tenebris. loune et umbra. portae abyss aperta.
portae abyss aperta. portae abyss aperta.
portae abyss aperta. portae abyss aperta. ..
La joven repitió cada una de las palabras que dijo él con una voz apacible y tanta precisión, que casi parecía conocerlas de antemano.
Guardaron silencio un instante tras entonar el hechizo en aquel lugar ominoso e inmaculado sin que nada ocurriera.
.. Y, de pronto, el suelo comenzó a temblar bajo sus pies.