Un eclipse en el alma (Hechizo nocturno) 29
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EL ECLIPSE PÚRPURA

velh umbrathio, mors in corruptione

abyssus in tenebris spiritum

ex tenebris...

de nocte ad mortem

de corruptione viscera terrae

ex tenebris...

Era todo lo que tenía Ben. Un instante, la puerta se abría. Al otro, se cerraba.

Profirió una maldición entre dientes. Aquella conjugación debería, al menos, hacer vibrar el suelo bajo sus pies.

Ni siquiera eso era capaz de conseguir. Estaba exhausto, frustrado y lleno de rabia, y con la devastadora sensación de haber perdido todo este tiempo en un cometido inútil.

Se levantó, barrió el escritorio en un arranque de furia y volvió a sentarse en la cama con las manos en la cabeza.

Contrajo la cara, a punto de echarse a llorar.

Entonces fue cuando se le ocurrió.

Su única esperanza. El oráculo estaba oculto en uno de los infinitos abismos laterales del salón de los Viejos Conjuros.

Allí no llegaba la luz, ninguna luz. El suelo era de mármol cubierto de polvo.

No hacía frío ni calor. Era como caminar en la nada.

Ben intentó evocar el recuerdo de la última vez que había invocado a Tarrik , pero solo acudió a su mente el día que lo hizo para Will.

El cristal ovalado parecía flotar en la oscuridad, emitiendo tenuemente un fulgor fantasmal de los bordes.

Cuando Ben se acercó, observó su propio reflejo.

Estaba demacrado, claro. La barba le había comenzado a crecer copiosa en torno a la barbilla y en las patillas.

Bolsas moradas le caían de los ojos; resecos eran sus labios; vidriosos, sus sombríos ojos marrones.

¿Era él? ¿Qué diría Margaret si lo viera de esa forma?

«Si estuvieras aquí, ya tendría la respuesta que busco —pensó—.

¿Por qué no me dijiste sobre nuestro hijo?

¿Por qué callaste? ¿Acaso lo merecía?». Tuvo que hacer un auténtico esfuerzo para contener una vez más las lágrimas.

Su mano tocó la fría superficie del cristal.

«¿Por qué callaste?» El calor manó desde su interior y, después, de su cuerpo.

La cegadora luz blanquecina bañó la oscuridad por un instante mientras el oráculo hacia acto de presencia.

Tarrik , de cabello azul y piel blanca inmaculada, nunca parecía sorprendido al verlo.

Como si llevara largo rato esperándolo. Ben se había preguntado muchas veces cuánto tiempo llevaba encerrado en el espejo, ¿cuántos Holbrooke habrían acudido a él desde entonces?

¿Acaso había sido en otra vida un Holbrooke?

¿Por qué solo los Holbrooke podían invocarlo?

Probablemente nunca sabría las respuestas; el oráculo guardaba silencio ante esas interrogantes.

—He estado esperando por ti, Ben —dijo el muchacho en el espejo.

Extraño, pensó Ben; su voz casi había sonado paternal.

—¿Ahora puedes ver el futuro? —preguntó Ben.

Tarrik suspiró.

—No; el hermano Orah sigue siendo el único que puede, ya lo sabes —respondió el oráculo—. Ha pasado mucho desde la última vez que me invocaste para que te llevara con tu hermano.

Entonces Ben lo recordó. «Sí —pensó, y una ligera sonrisa asomó en sus labios sin que se diera cuenta—. Ha pasado mucho».

—Margaret está muerta —dijo Ben—. Pero eso ya lo sabes. Olvidé mencionártelo cuando vine con Will; no sé por qué lo hago ahora. Y Will también ha muerto...

—Lo sé, y lo lamento.

— Orah no me habló de sus muertes aquella noche en la mansión Wolfgang —dijo Ben; hizo un esfuerzo para que no sonara como un reclamo, pero aún estaba dolido por ello—. ¿Por qué?

—No. —La voz de Tarrik sonaba apacible—. El futuro tiene formas misteriosas de presentarse ante Orah ; él mismo te lo dijo. Cada hombre forja su propio destino. Por eso creo que es tan difícil ver a través de los entresijos del tiempo: nada está del todo establecido, Ben. Salvo la profecía.

—¿La profecía? —repitió Ben, y al mismo tiempo pensó: «El Liberador nacerá de la luz y la oscuridad...».

—Sí.

—¿A qué se refería con ella?

—Ojalá pudiera saberlo, Ben. —El oráculo sonrió apacible—. Recuerda que yo solo veo el pasado.

—Sí, eso ya lo sé. —«Por desgracia», dijo Ben para sus adentros—. Eso es lo que necesito de ti ahora.

—¿Quieres ver a Margaret? —preguntó el oráculo.

«¿Quiero?» No necesitaba recordar a Margaret; su recuerdo seguía vívido en su pensamiento, y su corazón todavía latía por ella. Con Phil era diferente. Su hermano mellizo había muerto hace más de quince años, y sus padres, incluso mucho antes. A veces también le pedía a Tarrik que se los mostrara.

—No —dijo Ben—. Quiero ver... —¿Qué quería ver? ¿Qué hecho del pasado lo ayudaría a terminar el hechizo?

—Sé a dónde llevarte —soltó el oráculo, de pronto, al tiempo que extendía una mano fuera del espejo.

Ben quiso preguntarle cómo; sabía que solo perdería tiempo con eso, así que tomó la mano del muchacho y el mundo se tornó blanco, cálido, brillante...

... y entonces sintió el pasto entre sus dedos, una tenue brisa cosquilleándole en la nuca, los rayos del sol en su cara.

Se cubrió los ojos con el dorso del brazo, y se irguió, entrecerrando los párpados.

Era el campo verde de sus sueños. No recordaba haber estado allí antes.

Se levantó. La hierba verdosa le cosquilleó la planta de los pies y entre los dedos.

Sonrió. Tarrik no estaba junto a él; era extraño, siempre estaba con él en cada uno de sus viajes al pasado.

Como su guía. El aire soplaba fresco, vivificante, agitando las hojas de los árboles del bosque que estaban a su espalda.

«La Canción del Bosque». Ben aspiró una bocanada de aire y abrió los ojos.

Comenzó a bajar la colina hacia el bosque.

Se detuvo a mitad del trayecto cuando escuchó una voz.

Alzó la mirada. El cielo era del azul más perfecto, lleno de las nubes más pomposas.

El sol se ocultaba en el oeste, diluyéndose en tonos de rosado, naranja, dorado y, al final, un púrpura profuso.

Anochecía. Las ráfagas de viento murmuraban tras las orejas y el cabello largo le caía a la altura del cuello.

Prontamente, las estrellas empezaron a brillar en la cúpula celeste, titilantes como cientos de ojos que guiñaban en la vasta extensión de la noche.

Hermoso. Siguió avanzando colina abajo, olvidando la razón que lo había detenido.

«El tiempo corre». Tenía que darse prisa y encontrar lo que el oráculo quería mostrarle.

Entonces la oyó, la misma voz de hace un momento.

Ben se volvió.

—¿Quién eres tú? —la voz vino desde lejos.

Y allí estaba.

—¿Quién eres tú? —insistió en saber el chico de cabellos cobrizos, ojos marrones y piel tan clara como la leche.

Iba desnudo de la cintura para arriba. Una lágrima de sangre le corría por el abdomen; parecía salir de su pecho, pero no tenía herida alguna.

Se parecía mucho a Ben, mucho más de lo que en vida se pareció a su hermano mellizo: el mismo cabello, el mismo tono de piel, la línea del perfil, los pómulos.

Era como mirarse en un espejo y ver su propio reflejo, quince años atrás.

Y sus ojos..., oh, los ojos de aquel chico eran tal cual como los suyos.

—Soy Ben...

Los hombres sombras se alzaron del suelo en cuanto la luna cubrió el sol, adoptando la forma de un agujero negro suspendido sobre el campo de batalla.

«¡Esto es el colmo!». Damien combatía contra un nigromante de cabellos y ojos tan negros como sus ropas de cuero.

El chico tenía la apariencia de un mozo de, quizá, unos catorce o quince años, aunque peleaba con una habilidad equiparable a la de un hombre del doble de su edad.

Ciertamente, con los nigromantes (y con los seres hadúnos y algunos hijos del bosque), uno no se podía dejar llevar por las apariencias, puesto que envejecían lentamente, o no lo hacían.

El muchacho dio buena pelea hasta el final; Damien consiguió desarmarlo con una patada en la muñeca, lo puso de rodillas y le desgarró el cuello con su daga.

Perdió una de sus fraxs cuando una de las flechas proyectadas por los oscuros se la arrebató de la mano al poco de comenzar la contienda.

«Mejor la daga que la mano», se había consolado.

El eclipse había vertido sobre los combatientes la inmensa sombra de la luna, y tras los amantes celestiales, la superficie del cielo se tiñó de un púrpura ceniciento.

Al verlo, Damien sintió un intenso escalofrío.

Un hombre sombra se alzó a su encuentro.

Damien hendió la daga y pasó de largo mientras el espectro estallaba.

Sus compañeros estaban entregados al combate; también los centauros.

Aquella a la que llamaban Henna, su líder, había sido alcanzada en el hombro por una flecha.

Damien llegó a ver cómo cerraba la mano en el asta y se arrancaba de un tirón como quien se quita una espina de un dedo.

Atar, otra centaura, no tuvo tanta suerte.

Tres nigromantes la atacaron por la retaguardia, dándole una muerte despiadada a la arquera más hábil que Damien jamás había visto.

«Si no la hubieran detenido, a lo mejor hubiera salvado a Bernard asesinando al arquero que disparó la flecha en llamas».

Nunca lo sabrían. Las flechas proyectadas por Atar salvaron la vida de varios de sus compañeros al inicio de la batalla; Damien incluido. Ninguno lo olvidaría. Ni a ella.

Una nigromante avanzaba en ese momento hacia Damien.

Este giró con agilidad a la vez que alzaba la daga cuando ella estuvo lo suficientemente cerca para clavarle la punta en el cuello hasta el puño.

Hecho esto, retiró la daga, y un hilo de sangre negra empezó a manar a borbotones de su pecho agujereado.

Damien no llegó a verla caer, pues otro oscuro se lanzaba a su carga.