28 #2
—Claro que no. Maldito traidor. Has venido aquí para apuñalarnos por la espalda. Tu asquerosa lealtad solo pertenece a Mormont.
Julius se le acercó y lo tomó por el otro brazo.
—Frank —intentó tranquilizarlo—. Ya habrá tiempo para comprobar lo que dice Charles. Después de la batalla.
El hombre se sacudió, sin dejar de mirar a Reedstter, en tanto Damien y Julius cedían el agarre.
—A la menor muestra de traición, te mataré —advirtió Hornwood.
—Pues bien —dijo John Richmond con una sonrisa nerviosa—, aclarado el asunto, pongámonos en marcha. El eclipse está casi sobre nosotros.
—Sí —secundaron los demás y enfilaron la salida.
—Jaime —llamó Damien a su cuñado.
El joven se volvió, confundido. Y, como era natural, Hardin permaneció a su lado.
—Tengo una misión para ti. —Vio a Blackfell—. Para los dos, quiero decir. Vayan a la iglesia Saint Peter. Necesito que se aseguren de que Holbrooke llegue sano y salvo a la batalla. Con o sin el hechizo terminado, vamos a necesitarlo.
—Pero... —Jaime no parecía contento—. ¿Por qué? Dijiste que Ben nos alcanzaría cuando... —Suspiró y bajó la mirada; una sombra atravesó su rostro. Hardin, a su lado, seguía mudo y con el ceño fruncido—. Lo haces por Olivia.
Damien no respondió.
Jaime profirió un suspiro resignado antes de enfilar la puerta. Enseguida, Hardin y Damien lo siguieron.
Richmond se valió de su potestad como alcalde de River Town para declarar toque de queda a los pobladores con la promesa de que pondría fin al asesino al que habían motejado como «El Destripador» una vez terminara.
El grupo de hombres caminaba por un sendero enlodado, medio helado, adosado de nieve.
En el aire se percibían los aromas del hielo, la tierra, el metal, corteza y estiércol, y, sutilmente, el del hollín de los servidores de la oscuridad.
«Están cerca —pensó Damien—. Bien». Habían decidido adelantarse al encuentro con los oscuros para impedir su entrada al pueblo y salvaguardar a los inocentes del caos inminente.
Hornwood, ceñudo, avanzaba tras Charles sin quitarle la vista de encima.
Damien miraba con cierta diversión esta escena cada que echaba una ojeada sobre el hombro.
A su lado, Julius Startclyde caminaba en silencio, la vista al frente.
El frío era violento. Alrededor, los hombres del bando de la luz tiritaban sin cesar; Damien incluido, si bien hacía un tremendo esfuerzo por contener la mandíbula.
—¿Adónde enviaste a Greystar y a Blackfell? —preguntó Julius.
—Con Ben.
—¿Crees que el hechizo estará listo a tiempo?
—No lo sé. No se ha visto nada como eso antes. —Damien se remetió las manos en las axilas; los dientes le castañeaban. «El combate me proveerá calor». Eso esperaba—. Ben parecía seguro de conseguirlo. Yo confío.
—Ha pasado una semana desde que lo vimos por última vez —dijo Julius—. Si no ha podido terminarlo en todo este tiempo, dudo que pueda hacerlo el día de la batalla. Salvo que ocurra un milagro.
—Un milagro —repitió Damien. ¿Acaso existían?
—Puede que haya muerto de inanición.
Julius era pesimista. No obstante, Damien debía reconocer que a lo mejor tenía algo de razón.
—En ese caso, Jaime y Hardin se reunirán con nosotros más pronto de lo esperado para comunicarnos la trágica noticia.
—Damien no quería ser pesimista. Pero, ¿quién sabía?
Ben no iba a completar la conjugación del hechizo en cuestión de una semana.
Eurana, la Gran Conjuradora, tardó veinticuatro años en crear su más famoso hechizo: uhunett , que neutralizaba el canto hipnótico de las banshees.
Uno de los ancestros de Ben, Louis Holbrooke, tardó casi lo mismo en elaborar el primer encantamiento de protección, e hicieron falta dos generaciones de su familia para acabar los refuerzos.
Mientras más poderoso fuera el hechizo, más tiempo llevaba hacer su conjugación.
Ben estaba haciendo algo sin precedentes.
Algo que otros habían intentado y fallado.
Parecía imposible, más para un solo hombre o un seguidor de la luz. Y tal vez lo fuera: imposible.
—¿Aún no has recibido respuesta de tu padre?
—Sí —dijo Julius, y amagó una sonrisa—. Dice que mi hermano mayor ha vuelto a casa y que espera pronto mi regreso también. Pero...
Se calló abruptamente. Como si le apenara decir lo que venía después.
—¿Pero...? —repitió Damien, tiritando, y un vaho blanco manó de su boca.
—No he recibido respuesta de mi prometida. Y padre no me dio noticias suyas en la carta. Probablemente se haya casado con ese Raystar.
—Lilian —repuso Damien.
—Sí. ¿Sabes algo de ella? —Julius lo miró esperanzado—. Digo, antes de venir aquí.
—La hermana mayor de Lilian, Anna, está casada con el hermano mayor de Olivia —caviló Damien en voz alta—. Hace menos de un año tuvieron a su primer retoño, al que llamaron Michael. Lilian... Lilian no se ha casado con nadie. Al menos no antes de venir aquí.
Julius asintió.
El grupo se llevó una sorpresa más adelante.
Nieve. El tramo del sendero por el que avanzaban estaba flanqueado por montículos de nieve abundantes y matorrales congelados y cubiertos de un tenue manto blanquecino.
Ninguno ocultó su impresión. Cruzaron miradas y risas temblorosas entre ellos sin parar el paso.
Gotas de sudor surgían de sus frentes y cuellos y se congelaban al instante en sus pieles.
Unos tenían caras rojizas, congestionadas, y se estremecían como ramas con cada soplo del viento.
El sol gris parecía estar a cinco metros de distancia de la negra luna.
En aquella parte del camino, el sendero serpenteante atravesaba el bosque.
Allí se reunieron con los centauros. Damien conoció a la imponente Henna, su cabecilla, y parte de su séquito.
Eran cerca de cincuenta centauros entre machos y hembras.
La luz, cada vez más opaca, se derramó sobre ellos cuando llegaron a un vasto campo blanco.
Un manto de nieve había cubierto la extensión hasta donde alcanzaba la vista, y se fundía en el horizonte con el despejado cielo gris latón.
En la distancia, se vislumbraba una cordillera de pequeñas colinas revestidas de más nieve nacarada de la que pronto empezaron a surgir siluetas negras a su largo.
De lejos parecían hormigas, hormigas letales, pensó Damien.
Marcharon casi en sincronía por el campo blanco antes de detenerse a doscientos del bando enemigo. Permanecieron quietos, formando una línea de rostros sombríos, miradas negras, armas afiladas y centelleantes. Se podía oír el gruñido de los argones como un rumor en el aire.
—¿Qué están esperando? —soltó Frank Hornwood.
Los seguidores de la luz también habían formado una línea a lo largo de la linde de árboles a su espalda, donde los centauros tensaban flechas.
John Richmond, feroz, alzó la espada que Silas había empuñado la noche que fue herido.
Tehlus . Le había pedido a Westwick que invocara su nombre para que cobrara vida.
El fulgor que despedía era de un púrpura espectral.
—Esperan por nosotros —dijo Richmond.
—No. —Julius, ceñudo, apuntó con una mano—. ¡Miren!
Un hombre desnudo cubierto con un engrudo oscuro (brea, tal vez) corría por el campo blanco dando tumbos sobre la nieve.
Cuando estuvo a unos doscientos pasos de distancia de los seguidores de la luz y los centauros, Damien consiguió reconocerlo.
Era Bernard Belwolf. Uno de los centauros alzó el arco listo para disparar.
—No —le gritó Richmond.
—Es Bernard —dijo Peter Westwick—. De los nuestros.
—Ya no —murmuró sombríamente la centaura llamada Atar, sin apartar la mirada del frente.
Damien se volvió. El tiempo pareció ralentizarse.
Una llamarada dorada surcaba el cielo, hilvanando un arco ascendente entre la separación exacta de la luna negra y el sol gris, antes de empezar a descender con rapidez.
La flecha acertó en el hombro de Bernard, y este prendió en llamas de inmediato.
Sus chillidos enloquecidos silenciaron el campo blanco.
Como si ambos bandos contuvieran el aliento.
Damien sintió que su corazón le martillaba el pecho, y quiso echar a correr hacia el hombre agonizante, pero sus pies —todo su cuerpo— estaban como engarrotados por el frío.
Finalmente, Bernard se tropezó y cayó dando tumbos en la nieve, gritando, retorciéndose...
—Debemos ir a por él —soltó, horrorizado, Peter Westwick—. Ahora, ¡vamos!
—Ya es tarde —murmuró Hugh Easton.
Era cierto. Bernard ya no se retorcía ni gritaba; las llamas seguían crepitando sobre su cuerpo inmóvil, allí donde había caído.
Una fuerte ráfaga de viento helado agitó las desnudas ramas de los árboles a espaldas de los seguidores de la luz y los centauros, silbando trémulamente.
El frío era impetuoso. De pronto, un aullido lobuno quebró el silencio.
Y, seguido, el grito de batalla.