Un eclipse en el alma (Hechizo nocturno) 28
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VÍSPERA DE LA BATALLA

El sol y la luna ascendían a su encuentro.

Olivia estaba junto a la ventana, admirando el exterior con nostalgia y aprensión.

Damien lo notaba; había aprendido a conocerla bien en el poco tiempo que llevaban casados.

Le bastaba con oír su respiración y ver sus movimientos, el modo en el que cambiaba el peso de su cuerpo de una pierna a la otra tan seguido.

Damien le echaba vistazos mientras se armaba.

—¿Qué sucede? —quiso saber él. Como si no supiera la respuesta. Estaba sentado en el borde de la cama, inclinado hacia adelante, atándose un par de nuxus a la altura de los tobillos.

—Nada. —Olivia ni siquiera hizo el esfuerzo de sonar convincente; cruzaba los brazos sobre el pecho.

Tras un profundo suspiro, se volvió. Sus ojos delataron lo que le estaba sucediendo antes de que ella se lo confesara, con voz vacilante, por su propia voluntad, en tanto le sostenía la mirada a su esposo—. Tengo... miedo.

—Lo sé —asintió Damien—. Yo también. Pero a esto hemos venido, ¿no?

—Sí —vaciló su esposa.

—No pareces segura. —Damien cogió el último par de nuxus de la cama y se puso en pie—. Aún me sigue sorprendiendo que tomaras la decisión de venir sabiendo los peligros que esta misión entrañaba.

Olivia lo miró. El cielo, tras ella, brillaba opacamente; era una extraña mezcolanza entre gris y púrpura claro. El eclipse pronto empezaría. Damien metió las dagas restantes en las vainas de los costados del cinturón de cuero que le ceñía la cintura. Llevaba al menos tres pares.

—Lo sé. —Olivia bajó la vista—. Admito que a mí también me tomó por sorpresa. No era algo que tuviera premeditado. Creo que una parte de mí quería cerciorarse de que los asesinos de Jason pagaran por su muerte. La otra parte..., para estar contigo el mayor tiempo posible.

Damien sintió un alivio abrumador al oír aquellas palabras. Sonrió, conteniendo el impulso de tomar a Olivia por la cintura y besarla, con entrega, allí mismo (sabía que el tiempo apremiaba). Ladeó la cabeza. En la cama había un par de fraxs que también tenía planeado llevarse consigo. Las tomó.

—Así que, ¿por mí? —Damien se metió las fraxs en la parte trasera del cinturón. Después se acercó a su esposa, que seguía con la vista baja, los ojos brillantes. Cogió el suave mentón de Olivia con sus dedos, y vislumbró su alma a través de una intensa mirada el uno al otro.

—Quería conocerte más —dijo Olivia, por fin—. No llevamos un año de casados, y pensaba que te amaba. Me pregunté muchas veces cómo había podido enamorarme de alguien en tan poco tiempo, ¿cómo pude enamorarme de ti? Digo, nos conocimos un día antes del enlace.

Damien sonrió. Olivia estaba sonrojada y al borde de las lágrimas.

—¿ Pensabas que me amabas? —le dijo a su esposa—. ¿Ya no...?

—Sí —se adelantó Olivia, riendo—. Es extraño. Pero te amo. Nunca he amado a nadie que no llevara mi sangre. Nunca creí hacerlo. La oscuridad me arrebató a Jason, y tuve miedo de que tú también me fueras arrebatado... —Lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas.

—Descuida. —Damien la estrechó para que sus lágrimas se vertieran en su camisa.

Aspiró el aroma de sus cabellos para infundirse valor ante lo que estaba por venir, y funcionó un poco.

Damien también la amaba. Y, claro, temía por lo que pudiera pasar.

Nunca había temido a la muerte hasta que Olivia entró en su vida y, ahora, el bebé que esta llevaba en el vientre—.

Shhh... —susurró mientras le acariciaba el cabello—. Todo estará bien.

—¿Me lo prometes? —rogó Olivia. Alzó la mirada.

«Ojalá pudiera».

Tocaron la puerta. Como salvando a Damien de hacer su promesa. Olivia enjugó las lágrimas en su rostro con una mano mientras se apartaba de su esposo y, esta vez, hacía un mínimo esfuerzo por parecer templada. Al otro lado de la puerta, la voz de Jaime dio el aviso.

—¡Ha llegado la hora!

—Jaime... —murmuró Olivia. Se volvió hacia su esposo, con ojos suplicantes—. Por favor, Damien. Protégelo. No puedo perder a otro hermano. No lo soportaría. Por favor...

—Te lo prometo —dijo él, y la besó en los labios con el sabor de las lágrimas aún en ellos—. Debes confiar en Jaime; él ya no es un niño. Además, Hardin no permitirá que le pase nada al esposo de su hermana. Con lo difícil que fue para Philip Blackfell encontrar al hombre indicado para su Rose...

Minutos después, Damien se reunió con sus compañeros en el salón de estar de la casa Oakwater.

La única ausencia era Silas Katterblack, que, tras haber sufrido aquella herida durante la batalla para emancipar a Julius, estaba incapacitado para combatir.

Así que, a fin de hacerlo parte, Richmond tuvo una idea para implicarlo en la acción de otra forma.

—Silas ha ido a reunirse con los Hijos del Bosque —comunicó John—.

Los últimos días las bestias de Isidora han estado rondando los predios del bosque de River Town.

Varias pequeñas escaramuzas tuvieron lugar, pero los Hijos del Bosque vencieron en cada una de ellas con el mínimo de bajas.

Su Líder, Loreen, accedió a que los centauros luchen de nuestro lado solo si su cabecilla aceptaba hacerlo.

Y Henna aceptó. —Ladeó la cabeza hacia una de las ventanas del salón, la que daba al jardín postrero; el cielo tenía un cariz sombrío, cada vez más oscuro—.

Sin embargo, los trolls, a pesar de la insistencia del cabecilla Ulloa, no se unirán a nosotros en la contienda.

Y como ellos, Loreen decidió que los ogros, gnomos, sátiras y demás especies de Hijos del Bosque no participarían en la contienda que está por ocurrir, en previsión de defender su territorio en caso de que no tengamos éxito.

Nadie hizo comentario al respecto. Si la líder del bosque prohibía a la mayoría de los Hijos luchar, no había discusión que valiera.

Además, era razonable que la mujer hadúna intentara proteger a los suyos.

Cumplía su deber. No obstante, pensó Damien, si la última información que recibieron sobre la hueste de Eneas resultaba ser cierta, los oscuros los superaban diez a uno, incluso con el apoyo de los centauros.

Entonces, como hace quince años en la Guerra del Eclipse Rojo, las esperanzas volvían a recaer en Holbrooke.

—Bernard se ofreció a hacer de oteador —comentó Hugh Easton, un hombre bajo de brazos fuertes y cabello rojizo como sus mejillas. Su familia era tan antigua en estas tierras como los Belwolf y los Richmonds—. Partió hace tres días hacia la ubicación del enemigo. Debió regresar anoche.

—Bah —bufó, arisco, Frank Hornwood—. Ya no regresará. Y es hora de ponernos en marcha.

—Estoy de acuerdo —secundó Hardin.

—Aguarden —dijo Alistair Treddaway—. ¿Qué hay de Ben?

—Ben nos alcanzará en el campo de batalla —dijo Damien, y pensó: «Crucemos los dedos para que entonces haya terminado el hechizo».

—¿ Portae aperta ? —inquirió Peter Westwick.

Damien se encogió de hombros. No fue capaz de verbalizar que no estaba seguro. No quería minar todavía más los ánimos de sus compañeros de batalla.

—Moriremos —sentenció Hornwood, sombrío—. Da igual si está terminado o no. Nada de lo que Holbrooke nos mostró es inequívoco. Puerta que se abre. Eso es una fantasía pueril sacada de los desvaríos de un pobre demente...

—Fantasía pueril, ¿dices? —lo interrumpió Julius.

Apretó los puños a los lados, aunque su rostro permaneció inexpresivo—.

Vivimos una fantasía. Magia corre por nuestras venas; luchamos contra nigromantes, contra sombras que se yerguen por sí solas y bestias invisibles para la gente común.

Los centauros nos respaldarán. Esgrimiremos nuestras armas mágicas contra los oscuros.

—Hizo una pausa para recobrar el temple que no dio muestras de haber perdido—. Acaso, ¿eso no te suena fantástico?

«Tiene razón», dijo Damien para sus adentros.

—¿De qué están hablando?

Sobrevino un silencio en el salón. Una voz desconocida. Todos ladearon la cabeza hacia el origen de aquella voz. El hombre, de pie en el umbral, esbozaba una amplia sonrisa. Era Charles Reedstter.

—En realidad estábamos a punto de poner rumbo a la batalla —respondió Julius. Y esbozó la que tal vez era su mejor sonrisa.

Una semana antes, el día que siguió al nacimiento de las gemelas Oakwater, Julius refirió a Damien los planes de los Reedstter, su traición solapada y su asociación con el viejo Hornwood para atacar a los servidores de Mormont.

«Mencionó a tu padre y una carta», le dijo Julius.

Damien sabía a qué carta se refería. En ella se contaba el plan de Mormont para arremeter contra el Alto Gremio en su sede.

Nadie la firmaba, y muy pocos estaban al tanto.

—¿Confías en él? —le preguntó Damien a Julius aquella noche.

—No. Y, sin embargo, no creo que todo lo que diga sea mentira.

Hornwood se adelantó furioso, dando empellones a Jaime y Damien para abrirse paso hacia Charles Reedstter. Damien lo tomó del brazo antes de que Frank se echara encima del recién llegado.

— ¿Qué diablos haces aquí? —bramó Hornwood.

—Ha venido a luchar de nuestro lado, Frank —dijo Julius.

Charles alzó una ceja y bosquejó una sonrisa de medio lado.

—Es cierto, Frank —dijo—. Vine a luchar con ustedes.

—Traidor —acusó Hornwood.

—¿A quién? —Reedstter pareció ligeramente ofendido—. No, estimado amigo. ¿Cuándo fue la última vez que hablaste con tu padre? Por lo que veo, no sabes nada.

—No soy tu amigo —gruñó Hornwood—. ¿Y qué tiene que ver mi padre en esto?

—Tu padre y el mío han unido fuerzas contra los servidores de Mormont —contestó Charles, impávido—. Hace unas semanas recibí la última carta de mi padre. Me contó sobre el ataque que perpetraron en conjunto con el clan Thudor.

—¡Mientes! —Hornwood empezó a debatirse en tanto Damien tensaba el agarre de su brazo; una vena gorda le palpitaba en el cuello a Frank—. Mi padre nunca se uniría a Reedstter.

—Después te mostraré la carta. Si quieres.