Un eclipse en el alma (Hechizo nocturno) 27 #2
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—Hechizos tan poderosos como este tardan años en ser conjugados correctamente —dijo Julius.

—Ben lo conseguirá. —Era la primera vez que Hardin hablaba—. No se me ocurre nadie mejor para hacerlo.

«Esperemos —pensó Damien—, esperemos».

La batalla era inminente. Damien pensó en Will, que no conocería a sus mellizos.

La oscuridad lo había arrebatado demasiado pronto de su familia, como solía suceder con los seguidores de la luz.

Damien odiaría sufrir el mismo destino que Oakwater en lo que estaba por venir.

Así que, ese mismo día más tarde, cuando Damien se metió en el lecho con Olivia y la estrechó entre sus brazos, en tanto aspiraba el dulce aroma de sus cabellos, decidió que era el momento adecuado para seguir el consejo que días atrás le había dado Will.

—Marie tardó tres meses en decirme acerca del pequeño Ben —le había confesado éste—.

Yo no sospechaba, su vientre estaba tan plano como cuando nos casamos; eso sí, tenía terribles cambios de humor y manías a medianoche.

Así pues, acudí con nuestra buena amiga Vallery Atwood, que me abrió los ojos. —Sonrió.

—¿Cómo le hiciste? —le preguntó Damien.

—Esperé una semana. Para darle una oportunidad. Entonces la ayudé a decirme la verdad.

—¿Cómo?

—Al cabo de la semana, mientras estábamos en nuestro lecho, puse mi mano en su vientre y dije que quería que nuestro primogénito se llamara Ben —fue la respuesta de Will, con una sonrisa ante el recuerdo.

Más tarde, Julius acudió a un encuentro que llevaba días demorando. Y que con gusto habría demorado indefinidamente si hubiera tenido elección.

—Dicen que te has vuelto un hombre silencioso —dijo Charles Reedstter.

Su voz destilaba el mismo ácido de siempre—.

Tu hermana me dijo en una ocasión que si alguna vez lograbas mantener la boca cerrada mucho tiempo, te ahogarías con tu propia lengua, que eres todo un locuaz.

—Se rascó la maraña de pelo negro que le crecía en las patillas—.

El silencio va contra tu naturaleza, ¿no, Julius?

Julius lo contempló en silencio. «Cierra la maldita boca de una vez —pensó airado.

¿Cuánto más iba a soportar su parloteo?—.

No hables de Jane como si la hubieras conocido tan bien como yo».

Charles era perverso, de ingenio despierto, sonrisa y mirada afiladas.

Como su padre. Jane nunca debió casarse con él, le había dicho Julius a su padre en varias ocasiones.

«Eso no importa ahora».

—¿Cómo está tu prometida? —Charles se acercó a la chimenea de ladrillo ennegrecido—. Lilian; tan joven, bella... y fértil, por lo que escuché.

«¿De qué está hablando?» Julius apenas podía contenerse.

—Julius, Julius —sonrió Charles—. ¿Cómo sé que eres tú en realidad? Según oí, Rastus poseyó tu cuerpo y te hizo su ramera. ¿Es eso verdad?

«Me está provocando».

Charles se echó a reír.

—Vamos, cuñado mío —dijo—. No es cortés que guardes silencio cuando te están hablando.

Tu padre, Nestor Startclyde, ha estado sufriendo por la pérdida de su retoño desde aquella noche en la residencia Wolfgang.

Es de mal gusto dejar un arma de gran valor como la Sohorogrys botada por ahí.

—Sonrió—. Pero, claro, no tenías más opción.

«No la tenía».

—Vamos, Julius —apremió Charles—. Cuéntame sobre tu experiencia siendo un oscuro.

—Mejor cuéntame tú —soltó Julius; no pudo más—. ¿Desde cuándo los Reedstter llevan traicionando a su gente, los seguidores de la luz? No he olvidado lo que vieron mis ojos mientras Rastus Mormont controlaba mi mente y mi cuerpo. Lo recuerdo todo.

Una sombra de fascinación cruzó el rostro de Charles Reedstter. Julius apenas la vislumbró. «Te he pillado desprevenido, ya ves». El hombre que fue su cuñado vaciló un instante con la mirada. Sus labios se crisparon antes de esbozar una sonrisa ladina.

—¿Qué crees saber? —preguntó, al cabo, Charles.

—Más bien, qué sé —corrigió Julius—. Porque estoy seguro de lo que vi. Y lo que vi fue al señor Reedstter y su primogénito en el salón de audiencias de la fortaleza Mormont. Lo recuerdo muy bien.

—Te equivocas, Julius —afirmó Charles. Cruzó la estancia en penumbras, dándole la espalda con miras a la ventana. Tenía en la mano un vaso con licor, que alzó y bebió antes de volverse de nuevo hacia Julius—. Si crees que somos unos traidores, eso quiere decir que hemos hecho bien nuestro trabajo.

«¿De qué está hablando?», pensó Julius.

—Explícate —exigió este.

—Mi padre —dijo Charles— es lo que llaman un «doble partidario».

—Eso no lo pongo en duda. —Julius rio, hosco—. Conservo recuerdos de Rastus. Tu padre estuvo en el salón de audiencias de Mormont exigiendo su recompensa por un trabajo que sus hijos hicieron. ¿Qué trabajo?

Si Charles se inmutó ante sus palabras —la gravedad de su afirmación—, no dio muestras de ello.

—Mi padre le ha hecho creer al Gran Amo Mormont que es su más fiel Seguidor —explicó Reedstter—.

Una farsa. Mi padre solo ha logrado ganarse una pizca de la confianza de Mormont para obtener información valiosa en su contra.

Por ejemplo, ha averiguado la ubicación de las guaridas de los clanes nigromantes que sirven a Mormont.

Me ordenó que le enviara una carta a Elijah Witheford sobre el plan de Mormont para atacar la sede de los Altos Seguidores tras capturar a Holbrooke y, a su vez, hacerse con los espejos del destino.

Mi padre ha estado este último año fraguando un plan con el viejo Hornwood para atacar por debajo de cuerda a Mormont y a sus servidores y minar sus fuerzas a fin de impedir otra guerra como la del Eclipse Rojo. O peor.

—No te creo.

—Da igual. —Charles encogió un hombro—. Tarde o temprano, la verdad caerá por su propio peso.

—¿Qué trabajo hicieron tú y tus hermanos para Mormont? —preguntó Julius.

—Seducir a los Raystar —reveló—. Ellos son los verdaderos traidores.

Casamos a nuestro hermano Froy con la joven Mildred Raystar con el fin de descubrir su doble traición.

Nuestro trabajo para el Amo era hacerles creer que estábamos reuniendo seguidores traidores para su causa. Esa verdad también está por caer.

—Sí. Y pronto —convino Julius—. ¿Qué hacen aquí, en verdad?

—Vigilar los pasos de Eneas —dijo Charles sin más.

—¿Dónde está él ahora?

—De camino hacia River Town. Lo sigue una hueste de nigromantes. Pero eso ya lo sabes.

—¿Fuiste tú quien le contó la verdad a Ben? —se oyó decir Julius.

—No fui yo. —Charles parecía... sincero—. Tenía pensado decirle. Para ganarme su confianza. Pero mi querida hermana se me adelantó.

—¿Cicero está con él? —Julius no estaba seguro de por qué quería saberlo. Aunque en el fondo tenía una idea próxima.

—Asesiné a Cicero —dijo Charles—. Lo hice después de que Eneas partiera hacia el norte para reunir fuerzas para la venidera batalla.

Encargó a Cicero quedarse en el pueblo para seguir horrorizando a su gente.

Pero ordenó la muerte de mi hermana, para evitar que interfiriera en sus planes.

Sienna es otra desde que está con Holbrooke.

Cuando lo supe, lo asesiné. Cicero ya no es un peligro para nadie.

«No debo creerle. Es un vil mentiroso. Un traidor a dos bandas».

Julius bajó la mirada, inmerso en sus propios debates mentales.

Tenía que recordar que Charles había abandonado al pequeño Nigel, a quien acusaba de la muerte de su madre durante el parto.

Cruel y calculador. Y un mentiroso de primera.

Pero, ¿por qué sonaba tan auténtico en ese momento? Daba igual. No podía creerle.

Suspiró.

—¿Qué pasaría si le dijera la verdad a Witheford o a Ben? —preguntó, por fin, Julius.

—Lo arruinarías todo. —Charles casi pareció exaltado—.

Si Eneas descubre que le hemos engañado a él y a su padre, los Reedstter pagarán las consecuencias.

Entonces se descubrirá la alianza entre mi padre y Hornwood.

Y muchos morirán antes de que las fuerzas de Mormont queden reducidas. ¿Eso es lo que quieres?

«Por supuesto que no, imbécil». Julius apretó los labios como los puños a los lados. También podía jugar el juego de Charles.

—Está bien —dijo—. No diré una sola palabra. A menos que cumplas con mis condiciones.

—¿Condiciones? —Julius advirtió la incredulidad de Charles en su tono de voz; su rostro componía una mueca diferente: divertida.

—Dos —le dijo Julius—. La primera, lucharás de nuestro lado cuando Eneas llegue con los suyos.

De esa forma demostrarás tu lealtad a la luz.

Con Eneas muerto, al igual que sus contrapartes, nadie revelará la verdad sobre tu traición hacia los servidores de la oscuridad.

Por supuesto —añadió, esbozando una sonrisa—, antes debes asegurarte de que Eneas muera.

Charles parpadeó, perplejo; luego, asintió.

—Y segundo —continuó Julius—. Me entregarás a Nigel cuando todo esto acabe. Yo seré su padre a partir de ahora. No quiero que el hijo de mi fallecida hermana crezca entre mentirosos y farsantes.

—¡Pero es mi hijo! —protestó Charles; no sonó muy convincente.

—¿Ah, sí? —Julius sonrió del mismo modo que lo había hecho Charles momentos antes—. Eso no evitó que lo entregaras a mi tío Edmund y a su esposa Daphne, que es tu amante. ¿Aceptas o no, Reedstter? Recuerda que la supervivencia de tu familia y muchas vidas inocentes dependen de esta elección.

Charles bajó la mirada, sombría e iracunda, el ceño fruncido. Se cruzó de brazos y soltó un resoplido gutural (una maldición, tal vez). Finalmente, cuando alzó la vista hacia Julius, sus ojos centellearon de odio. «Le he ganado en su propio juego». Julius contuvo una sonrisa.

Charles dijo:

—Me gustabas más cuando no hablabas.

Sin responder, Julius dejó la habitación del hostal donde se hospedaba Reedstter.

Una hora más tarde, de vuelta a la casa Oakwater, Julius percibió el silencio que reinaba en el ambiente apenas cruzó la puerta.

—Ya nacieron, Julius —le dijo Jaime Greystar en cuanto lo vio en el recibidor—. Dos niñas rosadas con cabellos tan delicados como hebras de seda. La mayor a duras penas lloró al nacer; la menor, hace unos minutos que dejó de hacerlo.

—Jaime, deja que Julius termine de entrar —dijo Olivia a su hermano—. Parece agotado.

«Agotado —pensó Julius—. Y triunfante».

—Estoy bien —aseguró.

Olivia y Damien estaban sentados uno junto al otro en un banco de madera cerca de la ventana del salón de estar.

Olivia llevaba en brazos un arrumaco de tela blanca, con el bebé dentro, bien cubierto.

Los niños, Ben y Jeremiah, estaban ante ella, mirando a su hermana recién nacida como embelesados.

Hardin Blackfell se encontraba en el otro extremo de la estancia, jugando con la pequeña Lucy.

—Ven, Julius.

Damien le hizo señas para que se acercara.

Olivia se puso en pie; los niños recularon como autómatas al instante.

Damien, con una amplia sonrisa, permaneció sentado en el banco entre cojines pomposos de seda.

Olivia se acercó a él con el bebé en brazos.

Julius quiso retroceder —echar a correr—, pero sus pies no atendieron a sus deseos.

«No debería —dijo para sus adentros—. Le he quitado a su padre».

Al sostener al bebé en sus brazos, todo eso quedó en el olvido.

«Si hubiera podido elegir...». Julius admiró aquel rostro pequeño, circular y sonrosado, y el corazón se le encogió como una pasa.

Recordó la primera vez que sostuvo a Nigel; había tenido la misma sensación de tristeza y felicidad.

Alzó la vista hacia Olivia.

—¿Cómo está Marie? —preguntó Julius.

—Bien —contestó—. Cansada, por supuesto. Pero Val dice que mejorará pronto. Es una mujer fuerte.

—¿Y la otra pequeña?

—Margaret se ha quedado dormida junto a su madre —dijo Olivia.

—¿Margaret? —repitió Julius. Y pensó en Ben.

—Sí —sonrió Damien—. Así le ha puesto Marie.

Julius bajó la vista hacia la rosada bebé que llevaba en brazos.

—¿Y ella, cómo se llama? —preguntó.

—Hyacinth —dijo Jaime, ansioso—. Como la hermana de Will.

—Hyacinth —murmuró Julius—. Un nombre hermoso.

En aquel momento, como si lo hubiese entendido, la pequeña cerró con fuerza su manita en el dedo de Julius.