Un eclipse en el alma (Hechizo nocturno) 27
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PUERTAS QUE SE AbrEN

Frank Hornwood resopló impaciente.

—¿Dónde demonios está Holbrooke?

Con aquella lúgubre luz que se vertía sobre los reunidos en el salón de los Viejos Conjuros, Damien apenas lograba distar el austero entrecejo de Hornwood mientras caminaba de un lado a otro con la postura tensa, casi combativa, y sus labios crispados en una mueca airada.

También se hacía la misma pregunta respecto a Ben Holbrooke, que debió haberse reunido con ellos hace casi media hora.

—Calma, Hornwood —le dijo el alcalde Richmond—. Ben llegará.

—Si fuera importante —dijo Peter Westwick—, no nos habría hecho venir hoy a todos.

—Lo mismo pienso —secundó Bernard, que se había presentado en el salón en vez de su padre, Rudolf Belwolf, muy avanzado de edad.

Damien pensó en la última vez que había estado en aquel lugar.

«Will aún vivía». Había acudido a pedir ayuda a Ben para la misión que acabaría con su vida; había intentado hacerlo entrar en razón, dándole a saber que lo necesitaban.

Pero no resultó; Ben se limitó a darle la espalda e hizo como si no estuviera allí.

Aquello había sido otra decepción para Damien.

Como Frank. Damien había oído grandiosas historias de estos dos héroes de la Guerra del Eclipse Rojo.

Sin embargo, esos tiempos habían pasado: ahora solo quedaban sus sombras.

—Le daré cinco minutos. Ni uno más. —Hornwood cruzó los brazos y soltó otro resoplido.

—No tienes que aguardar más —dijo Ben, que salía de las sombras más lúcido que la última vez que lo vieron, en el funeral de Will.

La luz que entraba por los ventanales multicolores anegó su rostro recién afeitado y su cabello cobrizo, recién lavado.

Vestía ropa blanca un poco holgada y llevaba puestos zapatos marrones gastados.

Si Damien lo hubiera conocido en años anteriores, habría dicho que se trataba del Ben Holbrooke que venció a Cletus II Mormont.

—Ya era hora —bufó Frank.

—Lamento haberlos hecho esperar —se disculpó Ben con voz animada.

—No fue tanto —compensó Damien.

—Lo fue —replicó Frank Hornwood. Se volvió—. Y será mejor que empieces a hablar de una vez.

Damien advirtió que Jaime se inclinaba hacia Alistair Treddaway y le susurraba algo al oído, y reía.

Hardin, serio como siempre, parecía un centinela de piedra junto a su hermano.

Simon y Hardin compartían el mismo silencio.

Sin embargo, el segundo daba la impresión de que te daría un puñetazo si le decías una palabra.

Asimismo, callado, estaba Julius Startclyde junto a los hermanos Blackfell, los brazos cruzados sobre el pecho.

No había dicho una sola palabra desde que fue liberado del conjuro.

—Venga, Holbrooke, habla de una vez —apremió Peter Westwick—. Algunos sí tenemos una vida fuera.

—Eneas Mormont está aquí —enunció Ben; la sonrisa que hace un instante tenía lugar en su rostro desapareció tan repentinamente como una sombra pasajera.

Hasta entonces, Damien no se había fijado en el montón de hojas amarillentas que llevaba bajo el brazo—.

Ha llegado a estas tierras. Y viene por nosotros.

—¿Por nosotros? —Bernard soltó una carcajada amarga—. Por ti, querrás decir.

—Y por Will —gruñó Andrew Yellowfield—. Si estuviera vivo.

—Por tu culpa mi hijo está muerto —añadió Westwick, exaltado.

—Silencio, silencio —pidió el alcalde Richmond—. Déjenlo hablar.

Ben parecía menos seguro que antes.

—Bernard tiene razón —prosiguió—. El Amo Mormont ha enviado a su hijo para cobrar venganza de la caída de su padre y la muerte de sus hijos.

Quiere venganza por la derrota que sufrieron hace quince años en Escocia.

—Vio a Julius—. Hemos traído muerte a este lugar, pero ya es demasiado tarde para adjudicar culpabilidad.

No nos servirá de nada ahora. Ustedes, caballeros, no son los únicos que han sufrido pérdidas por los actos cometidos en mi pasado.

Perdí a la mujer que amaba y a mi mejor amigo.

Hemos perdido. Y, sin embargo, a algunos de ustedes aún les queda más por perder.

—¿Qué quieres decirnos, Ben? —dijo Richmond.

—Eneas Mormont atacará el pueblo durante el próximo eclipse.

—Ben miró a John con ojos temerosos, antes de enfocar al resto de los presentes—.

No tendrá compasión. No se limitará a Julius y a mí.

Viene por todos los seguidores de la luz y seres mágicos que habitan estas tierras.

River Town entero arderá, tal como ocurrió con la biblioteca de Will y la barbería de Abernathy.

—¿Cómo lo sabes? —quiso saber el viejo Yellowfield con el ceño fruncido a más no poder—. ¿Cómo?

—Tanto da —respondió Ben—. Eneas Mormont viene hacia acá con una hueste de nigromantes. En el camino, se ha hecho con el favor de algunos de los Grandes Amos de la región. Y caerán sobre nosotros tan pronto como empiece el eclipse.

—¿Qué haremos entonces? —preguntó Belwolf con ironía—. ¿Combatir?

—Según yo —dijo Simon—, tú no sabes combatir, nunca en tu vida has utilizado un arma mágica; una daga nuxus ; un bastón illuminatus ... Tienes poca valía como seguidor de la luz en batalla, Bernard.

—Cierra la boca, tullido —gruñó Belwolf.

—¡Basta! —Damien estaba harto de escucharlos—. Mi familia y yo hemos venido a este lugar para advertirles a Ben y a Will sobre el peligro que se avecinaba. Sabíamos que Mormont vendría a por ellos tarde o temprano. La hora ha llegado. Si peleamos entre nosotros, estaremos perdidos.

—Damien tiene razón.

Sobrevino un súbito silencio. Y cómo no. Julius había dicho sus primeras palabras en semanas, quizá meses. Todas las miradas se fijaron en él, expectantes, sorprendidas, boquiabiertas. Julius estaba pálido, demacrado. Dio un paso al frente.

—Yo asesiné a William, que fue mi amigo, con mis propias manos —continuó—.

Vi cómo Cicero asesinaba a tu hijo, Westwick.

Después, vi cuando bebió la vida del dueño del hostal, y cómo manipulaba a la viuda del barbero para que prendiera fuego a la biblioteca.

Y no hice nada por evitarlo. Estaba atrapado en mi propio cuerpo y, aun así, era consciente.

Cada día que pasaba, mi alma se iba extinguiendo.

Una noche más atrapado, y quizá ya no quedaría nada de mí.

Entonces habría muerto con el alma de Rastus Mormont.

—Suspiró entrecortado—. Will..., oh, Will nunca se rindió.

Mis manos están llenas de sangre, ¡sangre de la luz!

Marie ha quedado viuda, y sus hijos, huérfanos de padre.

Y todo por mi culpa. —Una lágrima rodó por su mejilla izquierda; se la enjugó con el dorso de la mano con rapidez.

—Oh, mi Tommy —musitó Peter Westwick. Y comenzó a sollozar en silencio.

Damien pensó en Frida, la esposa del difunto Jason Greystar, su cuñado. Y en la pequeña Milla, hija de ambos. «No ha sido tu culpa, Julius —quiso decirle—; ha sido Mormont. Maldito sea». Gruñó para sus adentros. Se acercó a Julius y le puso una mano en el hombro.

—Lucharé contra Eneas Mormont —repuso Damien—.

Por eso hemos venido. Ben tiene razón: todos hemos perdido en esta eterna batalla entre la luz y la oscuridad.

Y siempre podemos sufrir una nueva pérdida; algunos aún tenemos qué perder si no luchamos.

Somos seguidores de la luz. Nacemos con un cometido: velar por el balance.

—Miró a Frank Hornwood, que hace rato no soltaba una sola palabra—.

Algunos nunca nos recuperaremos de aquello que hemos perdido, pero tenemos un deber con nuestros muertos.

Sobre todos los que han caído a manos de la oscuridad.

—Recorrió a todos los presentes con la mirada, dejando al último a Ben—. Y ese deber es combatir.

Hubo otro silencio en el salón de los Viejos Conjuros.

—Combatiremos —dijo Westwick, sorbiendo por la nariz.

—Combatiremos —secundó el alcalde Richmond.

—¡Combatiremos! —dijeron los hermanos Blackfell al unísono.

—¡Combatiremos! —rugieron todos en un coro unánime. Damien se sorprendió al ver que Frank y Andrew también se les unían—. ¡Combatiremos! ¡COMBATIREMOS!

Cuando el bullicio, las risas y los gritos cesaron, Holbrooke se adelantó al centro del círculo que conformaban los seguidores de la luz bajo el fulgor matizado y opaco que descendía de las amplias ventanas. Una tenue cortinilla de polvo se arremolinó a sus pies antes de detenerse.

—Pues bien —comentó con un amago de sonrisa—. Primero, debo mostrarles algo. —Mientras lo decía, fue entregando a cada uno de los presentes una de aquellas hojas amarillas que atesoraba bajo el brazo—. Lo llamo « Portae aperta ». Puerta que se abre.

Damien revisó el contenido, absorto. Se trataba de una maqueta de la conjugación de un hechizo que, al parecer, según leía Damien, estaba basado en otro sin terminar. Sonrió a más no poder. Alzó la vista hacia los demás. Vio el ceño fruncido de Frank Hornwood.

—¿Funcionará? —preguntó éste, nada convencido—. Quiero decir... esto es... parece una hazaña imposible.

—En efecto —dijo Simon Blackfell—; hace falta un gran poder para abrir una puerta que no existe.

—¿No existe? —Ben, sonriente, arqueó una ceja—. ¿Estás seguro?

—Sí. Quiero decir...

—Sé lo que quisiste decir —atajó Ben—. Yo también lo pensé.

Pero no. Ahí están. Parte de este hallazgo se lo debo a viejos documentos familiares que fueron guardados por error entre mis cosas cuando decidí venir aquí; también le debo eso a Will y a Rupert, y a sus descubrimientos, que trajeron a mí luego del incendio de la biblioteca.

—Está inconcluso —observó Andrew.

—Sí —dijo Ben—. Aún hay detalles por ultimar respecto a cierta conjugación en la última sección del hechizo.

—No entiendo. ¿De qué puerta están hablando? —preguntó Jaime.

—La del Submundo —contestó Damien, aún maravillado—. El infierno de los nigromantes.

—Imposible —se sorprendió Jaime.

—¿Estará listo para cuando el eclipse ocurra? —preguntó el alcalde Richmond a Ben.