26 #2
«Eso te hace heredero de nada —pensó—. Los subordinados están vinculados a mí.
Son míos, y siempre lo serán. ¿Acaso Yllian no lo ha comprendido?
—Subió a su corcel negro llamado Eynon , y comenzó a galopar hacia la negrura con los ojos del clan Spicer a su espalda—.
Por supuesto que no —añadió, más tarde, para sus adentros—.
Es como Bos Kado: tiene más músculos que sesos».
Lejos, en un bosque penumbroso en los límites más septentrionales del clan Spicer, esperaban los servidores del clan Deem.
Al parecer, habían levantado una enorme tienda de campaña en su ausencia en el centro de un claro densamente poblado de árboles.
Dentro, la luz de las velas era opaca y un intenso frío reinaba en el aire.
En torno a la mesa redonda de madera estaban el Gran Amo Aduar Deem y la Gran Ama Lisa Pult.
—Te lo dije —repuso ésta—. Yllian no aceptaría nada de ti bajo ninguna condición. Nada.
«Pero sí lo hizo —quiso decir Eneas—. Se ha quedado con mis subordinados».
—Cree que soy un cobarde.
—Y seguramente te lo ha dicho a la cara —dijo Aduar—. ¿Qué se puede esperar de un bruto como ese?
—Nosotros, en cambio, no somos brutos —replicó Eneas—. Y el Gran Amo Spicer no tardará en darse cuenta.
Lisa se pasó la mano por la cabellera negra y se apartó un mechón de la frente.
Su rostro era anguloso como su cuerpo; sus labios, rollizos, y ojos grises compensaban la separación que había entre sus dientes frontales.
Fue la más fácil de convencer de todos; solo tuvo que llevársela a la cama (mientras pensaba en Finn) y jurarle que sería la Gran Ama de un Gran Amo.
«¿Qué pasará cuando padre se entere de esto?
» No pasaría nada, claro. Cuando el Gran Helio Mormont descubriera que su hijo le había dado la espalda, rebelándose, mandaría a uno de los Goreen o los Dur para asesinarlo por traición.
«Y yo estaré esperando». Ojalá fuera Cateryna Dur, la Flecha Quebrada, quien acudiera en su busca.
—¿Seguro que tus subordinados harán su parte? —inquirió el Amo Deem.
—Lo harán —aseguró Eneas.
A la mañana siguiente, el sol se asomó sombríamente entre las espesas copas de los árboles.
La noche anterior había sido cerrada, silenciosa, y había nevado levemente sobre el campamento.
Ese día, en cambio, estaba despejado y cubierto por el rocío de la mañana.
Olisqueó el aire cuando salió de la tienda, y hasta él llegó el olor del hielo, del frío, del hollín.
Lejos, también se percibía el fétido aroma de sangre putrefacta.
«Ya vienen», pensó satisfecho.
Lisa salió de la tienda, a su espalda, y se situó a su lado. Olió.
—Alguien viene —dijo alarmada.
—Lo sé —replicó Eneas, apacible y sonriente.
—Humanos.
—Subordinados —corrigió él.
Evocó a su primo Cicero, chillando después de que Yett le retorciera el brazo. «Eso te hace heredero de nada, primo». Debió dejarlo vivir, se dijo en ese momento; de ese modo habría podido ver con sus ojos lo que había logrado sin el amparo del nombre de su familia.
—Pareces ansioso —le dijo Lisa, mirándolo con el ceño fruncido—. ¿De verdad crees que se trata de ellos?
—Sí.
—¿Cómo?
—¿Acaso importa? Solo espera.
Eneas sabía que si Todd y Yett fallaban, él, los servidores de Aduar y Lisa tendrían que atacar al clan Spicer y asesinar por sus propios medios a aquella bestia peluda que era su Gran Amo. No fue así.
Las cabezas de Yllian y su primo, Stuart, rodaron por la mesa de madera cuando Yett vertió el contenido de los sacos que traía consigo.
—¡No puede ser! —soltó Lisa.
—¡Lo hicieron! —dijo Deem, sorprendido.
—Todd ha muerto, mi señor —anunció Yett con voz monótona—. Muerto del todo.
—Lástima —dijo Eneas, aunque satisfecho a ojos vistas—.
Pero en la guerra hay quienes viven y quienes mueren, y el alma de Todd ha sido liberada de mi poder para trascender al Submundo.
—Se giró hacia Aduar Deem—. Con Yllian y su primo muertos, ¿quién se hará con el dominio del clan Spicer? —preguntó.
Aduar no había apartado la vista de la cabeza decapitada y sanguinolenta del Amo Spicer, que conservaba los ojos abiertos, la espesa barba negra, impoluta.
—Yllian tuvo dos hijos varones además de la bella Ellyana —dijo, desviando sus ojos—. Son muy jóvenes y no se han hecho con el Conjuro Negro.
—¿Dónde están?
—Spicer los mandó lejos para mantenerlos a salvo de sus enemigos, aquellos que permanecieron leales a su hermano después de haberlo matado para hacerse con el dominio.
Nadie sabe adónde. Solo que los acompaña un nigromante llamado Mahlon West. —Aduar suspiró; luego, volvió a llevar la vista hacia la mesa, esta vez hacia la cabeza decapitada de Stuart—.
Como dije, aún son muy jóvenes y no son nigromantes.
Todavía. Cuy Pech, su mano derecha, ocupará el cargo hasta que el mayor de los descendientes de Yllian se vuelva servidor de la oscuridad.
—¿Cómo se llama el primogénito? —Así esperaría la venganza de una sombra con nombre cuando llegara el momento.
—No sé su nombre, mi señor —dijo Aduar Deem—.
Pero sus oradores lo han comenzado a llamar Spyder.
Dicen que es un muchacho feroz, sanguinario como su padre.
Se dice que cuando nació, Yllian estuvo a punto de asesinarlo; de esa forma, el muchacho, ya en edad, no intentaría hacerse con su dominio tal como lo hizo él con su padre y con su hermano.
En su lugar, lo encerró durante dos años en una habitación a oscuras para obligarlo a emparentarse con las sombras, y someterlo a su voluntad.
—Como sea —dijo Eneas—. Basta de hablar de los vástagos de Yllian. Lisa, llama a uno de tus servidores y diles que vayan al asentamiento de Spicer para pactar un encuentro con Cuy Pech.
—Cuy aceptará —dijo Lisa—, pero querrá algo a cambio.
—¿Qué podría ser? —Eneas no tenía tiempo para regatear con un idiota; el día del eclipse ya se acercaba.
—A mí —dijo Lisa.
—¿A ti?
—El fofo de Cuy siempre ha estado enamorado de mí —explicó Lisa—. Aceptaría de buena gana unirse a nuestra causa si me comprometiera con él; sin embargo, ya he sido prometida para ser la consorte de otro Gran Amo. —Miró a Eneas—. ¿No es así?
—En efecto —reconoció él—. Pero, mi querida Lisa, nunca te dije a qué Gran Amo desposarías.