Un eclipse en el alma (Hechizo nocturno) 26
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HEREDERO DE NADA

Yllian Spicer era un nigromante monstruosamente alto, recio y musculoso; y si Eneas daba crédito a lo que había escuchado, aquello era poco comparado con lo despiadado que podía llegar a ser.

Yllian había asesinado a su hermano mayor para hacerse con el dominio del clan Spicer, y decapitó a la mitad de sus servidores por anteponerse en su camino hacia el poder.

Asimismo, dio muerte a sus dos sobrinos, de once y trece años, sin vacilación alguna, en previsión de que en un futuro ellos no intentaran vengar a su padre.

—Mormont —dijo Cuy, la mano derecha del Gran Amo Spicer—. Hasta este lejano lugar se ha escuchado aquel poderoso nombre. Lamentamos la caída del Amo Cletus. Se dice que su hijo se ha alzado de entre las cenizas de su padre para vengar la derrota de los Mormont... ¿Tú eres dicho hijo, mi señor?

—No —dijo Eneas—. Mi nombre es Eneas Mormont, último vástago superviviente de Helio IV Mormont, quien es el hijo y legítimo heredero de mi abuelo, Cletus II Mormont.

—Es un honor recibirlo. —Cuy sonrió, mostrando unos dientes de madera corroídos. Era grotesco—. Acompáñeme.

Eneas asintió y lo siguió.

Yllian Spicer, el Gran Amo, estaba sentado al final del salón, como había previsto al entrar a la estancia.

El sitial, en el que se encontraba Spicer, era de madera con un respaldo altísimo y sin talladuras, llano, como si de una enorme silla de comedor se tratara; lo único señorial de aquel asiento de honor era el tamaño, que parecía casar a la medida con un hombre de gran volumen como Yllian.

En los flancos, un séquito de servidores, ataviados con sencillos trajes negros y grises, miraba con embeleso al recién llegado.

Spicer vestía de negro de los pies a la cintura; llevaba dorso y brazos descubiertos, que al mismo tiempo cubría una maraña de vellos negros como de alambre quemado.

Era calvo, de nariz gruesa, mejillas redondas; una espesa barba negra recorría su mentón y pequeños ojos sombríos, hundidos en el pétreo rostro, destilaban plena desconfianza hacia el foráneo.

—Huele la sangre, Cuy —dijo el Gran Amo cuando Eneas Mormont estuvo ante él; frunció aún más el poblado ceño, y su rostro se cubrió de sombras distorsionadas—. No es un aroma grato.

—Mi señor —se adelantó Cuy solemne—. Este es Eneas Mormont, hijo del actual Gran Amo del clan Mormont.

—Huele la sangre —repitió Yllian.

—En efecto, Amo. —Cuy miró de soslayo a los acompañantes de Eneas—. Ellos no son nigromantes, sino humanos, mi señor; no se pueden beber o asesinar; pertenecen a su señoría Mormont.

—Entonces serán obsequios. —Spicer crispó los labios—.

Salvo que Mormont quiera negármelos en mi propio asentamiento.

Hasta hoy, no había visto el efecto del conjuro que ata a los humanos al poder de un nigromante.

Solo hemos oído de los Subordinados. ¿Para qué querría uno un sirviente humano del que no se puede beber? Es una mierda.

—Se sorprendería de qué tan útiles pueden llegar a ser, mi señor —dijo Eneas—. Los subordinados son de lealtad inquebrantable, no se doblegan, no suscitan la traición, no piensan por voluntad propia. Los servidores nigromantes, en cambio, conservan aquello que llaman libre albedrío .

Si Todd o Yett, a los lados de Eneas, temían acabar como regalos para el Gran Amo Spicer, no lo demostraban. «Son míos —pensó Eneas—, y siempre lo serán». Al menos mientras estuvieran vivos.

—Sin embargo, para demostrar mis intenciones de darme a buenas con el Gran Amo Spicer y su clan, accederé a entregarles a mis subordinados como obsequios —dijo solemne Eneas—. Y le aseguro que no tendrá en la vida un par de sirvientes más leales.

—Ya veremos. —Spicer esbozó una mueca terrorífica que intentaba pasar por sonrisa.

El salón era amplio, aunque no tanto como la sala de audiencias en la fortaleza de su padre.

«Y, por mucho, menos oscura». Todo estaba bien iluminado; cada sector, rincón, esquina estaba imbuido por un brillo tenue y cálido a la vista.

Arriba, pendían candelabros de hierro y madera a la vieja usanza, cubiertos por cientos de velas que despedían un destello fastuoso.

Abajo, lámparas de gas flanqueaban la amplia estancia; las sombras bailaban cada vez que alguno de los presentes se movía ante la luz.

—La nieve apenas ha rozado mis predios —siguió el Gran Amo Spicer con ese vozarrón digno de su nombre—. Empero, lo que sí ha llegado han sido rumores..., y creo saber quién los sopla. —Levantó una ceja.

«¿Es eso una insinuación?», pensó Eneas.

—Soy culpable de aquel viento —reconoció—. He sido yo, Gran Señor. —Sonrió, y un murmullo de risas acompañó la suya—. Su siervo, Cuy, ha dicho que a estas tierras llegó la terrible historia de la caída de mi clan, los Mormont, hace quince años en la llamada Guerra del Eclipse Rojo.

—¡Ja! —rio uno de los sirvientes del Amo Spicer, de los que estaban a su izquierda.

Eneas tomó nota mental—. ¿A eso le llaman Guerra ?

Fue una carnicería, de lo más deplorable e inútil.

Los seguidores de la luz los aplastaron como excremento de caballo.

Holbrooke asesinó a tu abuelo y a tu hermano.

Si estás aquí es porque eres un cobarde y huiste cuando todo pareció perdido, ¿no?

«Tú morirás primero», juró Eneas para sus adentros.

El nigromante hizo ademán de continuar, pero su amo lo interrumpió.

—¡Cierra la boca, Stuart! —ordenó Yllian Spicer, fulminándolo con un ceño de horror—. A menos que quieras que te arranque la lengua con mis propias manos y se la dé de comer a los sabuesos.

—No, él tiene razón —afirmó Eneas—. Escapé, sí.

Hice lo que mi padre me ordenó; ya mi hermano había muerto, pero no por la mano de un Holbrooke.

También murió mi hermana, que fue asesinada, y tampoco fue obra de un Holbrooke.

Sin embargo, Holbrooke es la razón por la que hoy me presento ante ustedes.

—Sí, ya sé por qué estás aquí —gruñó Yllian—.

He recibido informes que aseguran que te has ganado el favor del Gran Amo Mikel, el Gran Amo Swift, el Gran Amo Deem y que te metiste en la cama de la Gran Ama Lisa Pult y despertaste con todos sus servidores en tu bando.

¿Todo para qué? Para atacar una pequeña villa de seguidores de la luz en Georgia, ¿es así?

Ellos son escoria, diría mi primo Stuart; menos que nada.

¿Por qué pondría a mis servidores a tu servicio?

¿Por qué rendiría algún tipo de pleitesía al hijo cobarde de un cobarde?

Eneas sintió todas las miradas del salón puestas en él.

«Eso te hace heredero de nada, primo. Y no tengo porqué obedecerte», le había dicho Cicero antes de morir.

Y tenía razón, vaya que la tenía. Eneas dejaría la sombra de su padre y se haría una propia, más larga y oscura.

Asesinaría a Ben Holbrooke; daba igual el maldito espejo del pasado; los asesinaría a todos, y se convertiría en el Gran Amo de su propio dominio, que tendría como asentamiento ese lugar llamado River Town.

Los servidores de Mikel, Swift, Deem y Pult se someterían a él y tomaría a Lisa Pult como su consorte nigromante.

Finn Goreen, su amante, podría convertirse en su segundo al mando. Un nuevo mundo, una nueva era.

Su padre podía gobernar a sus sirvientes al otro lado del mundo si quería; Eneas se labraría su propio dominio con la sangre de sus enemigos. «Mía será la gloria que proyecte su penumbra sobre el mundo», se dijo.

—Yllian Spicer es orgulloso. Y un tozudo, lo cual no es ninguna sorpresa —le había dicho Lisa Pult cuando estuvieron en el mismo lecho—.

No te dará a sus sirvientes, no se rendirá ante ti por llevar el nombre Mormont.

Él es feroz, y acabará echándote de su asentamiento en cuanto le hayas expuesto tus intenciones.

Con lo que le acababa de decir Spicer, Eneas comprobó las afirmaciones de Lisa. Asintió y esbozó su sonrisa más solemne y fiable con sus pálidos labios. «Eso te hace heredero de nada...». Eneas ya había pensado en algo.

—Tiene razón, Gran Señor —dijo—. No tiene por qué rendirme pleitesía.

Soy el hijo de un Gran Amo, que a su vez fue hijo del más Grande Amo Nigromante que haya existido jamás.

—Suspiró—. Pero imagine que algún día llega un seguidor de la luz, de la fuerza y astucia de un Holbrooke, con el único fin de acabar con el dominio de los Spicer. .. ¿Qué hará con dicha amenaza?

—Mi padre se enfrentó a un seguidor poderoso —dijo Yllian—.

Oliver Westwood, se llamaba. —Sonrió con amargura—.

Mi padre lo asesinó. Acogió a su único hijo, un bebé por entonces, y con el tiempo este se convirtió en uno de los servidores de la oscuridad más temidos de estas tierras después de mí.

Ahora responde al nombre de Mahlon West. En fin —bostezó—, lo aludo porque un Spicer fue capaz de apagar aquella flama con los dedos.

Lo mismo haré yo si tal amenaza llamada Holbrooke se presenta en mi morada.

—Entonces llegará la perdición —aseguró Eneas—. Para ti y tu clan. Tal y como llegó a los Mormont.

—Los Mormont eran cobardes. ¡Cobardes! —gritó Stuart—. No así los Spicer.

«Ya lo veremos».

—Todd, Yett —llamó Eneas a sus subordinados una vez finalizó su petitoria al Amo Spicer, lo cual ocurrió después de que Eneas propusiera a Yllian unir sus clanes a través de un matrimonio entre el propio Eneas y Ellyana, la hija de Yllian, a lo que este respondió con un «no» rotundo—.

Nos vamos —añadió de mala gana. Giró sobre sus talones y avanzó algunos pasos hacia la salida antes de que el vozarrón de Spicer lo detuviera.

—No —profirió el Gran Amo—. Ellos se quedan conmigo. Son obsequios, ¿no?

Eneas miró a sus subordinados fijamente.

—Lo son —dijo antes de marcharse.