Un eclipse en el alma (Hechizo nocturno) 25
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LECCIONES DE HISTORIA HADÚNA

—Te ves mejor —observó Aida—. Estoy segura de que pronto volverás a caminar.

—Entonces me llamarán Silas el Patizambo —dijo Silas; rio con amargura aunque hizo el esfuerzo por ocultar su desazón—. Usaré muletillas y ya no podré combatir con mis compañeros en lo que está por venir. —Y eso era lo que más le dolía.

—Pero lucharás batallas mucho más importantes, hermano —dijo Rachel, sentada a su lado—.

Ya no podrás escapar de un lugar a otro.

Y, aunque desafortunadamente, gracias a eso por fin podrás sentar cabeza.

Como Simon y yo. —Su hermana echó un vistazo risueño a su prometido, que contemplaba enajenado por la ventana mientras se sostenía la mano mutilada con la buena.

Silas se preguntó qué estaría pensando—. ¿Tú qué crees, Simon?

Simon se volvió, parpadeando repetidamente.

—¿Qué...? ¿Sobre qué? —dijo desconcertado.

—Soñabas despierto —apuntó Silas.

Rachel no pareció contenta.

—Sobre la pierna —dijo un poco enojada—. A Silas le preocupa no volver a combatir.

—Aún conservas ambas manos. ¿Por qué no ibas a combatir con ellas? —Simon se miró la mano incompleta—. Yo, por otro lado...

—Podrías usar la derecha —apuntó Silas. Aida se rio, aunque hizo el intento de contenerse; esta era la mujer hadúna que había tratado incansablemente la herida que le provocó Julius en la pierna a Silas, a la altura de la rodilla derecha—.

Yo aprenderé a solo dar patadas con el pie izquierdo.

—Silas hacía bromas sobre su condición, pero la realidad era que lo entristecía mucho no poder combatir de nuevo.

Aida había intentado sanar la herida con su hada-sanación .

Sin embargo, el arma que utilizó Julius aquella noche estaba cubierta por conjuros oscuros que repelían la magia de sanación hadúna.

—Pero estás vivo —lo consoló Rachel. Se apartó un mechón de cabello del rostro con una mano y, con la otra, le acarició la mejilla a su hermano mayor con infinita dulzura.

Lo cuidaba día y noche desde el incidente.

«También Aida»—. Ambos lo están. —Miró fugazmente a su prometido y luego volvió su suave mirada hacia Silas—.

No sé qué sería de mí si te hubiera pasado algo, Silas. Tú me has protegido toda la vida.

—Cumplía con mi deber de hermano, sí. —Silas le sonrió con ternura—. Pero serás una mujer casada muy pronto. De nuevo. Ya no necesitarás de mis cuidados, pequeña Rachel.

Los ojos de su hermana se humedecieron.

—Oh, Silas, shhh... —Se levantó y salió con premura de la habitación. Simon lo hizo en pos de ella.

Entonces solo quedaron Aida y Silas.

—¿Estás seguro de que por sus venas no corre sangre hadúna? —preguntó ella con sarcasmo—. Quiero decir, tu querida hermana es muy sentimental. Y optimista.

—Y tú eres un poco fría.

Tenía razón. Aida no era como los demás de su clase; no sonreía todo el tiempo ni se reía de las bromas absurdas, ni siquiera se sonrojaba cuando alguien la miraba con detenimiento.

Silas no había visto nunca a una hadúna como ella.

Aparte del magistrado Wyllas. Kedr, el hermano de Aida, era uno de sus sirvientes, y era el encargado de llevarle suministros a Ben al salón de los Viejos Conjuros.

Kedr siempre reía, hacía bromas sin sentido (incluso para otros seres hadúnos) y cotilleaba sobre cosas baladíes todo el tiempo.

Pero Aida no. Ella era taimada, reservada, y nunca la había visto sonreír más de lo debido.

—¿Por eso los echaron del Reino de Escarcha?

—preguntó Silas, jocoso, mientras ella le acomodaba la almohada que le hacía de respaldo.

Estaba sentado en la gran cama de su dormitorio, vistiendo únicamente una camisola blanca.

Las sábanas color melocotón lo cubrían de la cintura para abajo, dejando la pierna lastimada por fuera.

Aida había envuelto su pierna con vendas de lino y algodón, y limpió el corte con hierbajos extraños traídos de Cohada, uno de los nueve reinos hadúnos.

Aida se volvió en redondo, con el ceño fruncido.

Había estado todo ese tiempo en un extremo de la habitación, preparando un ungüento de hierbas.

Silas advirtió que la pregunta le había causado menos gracia que cualquiera de los comentarios humorísticos que había proferido antes.

Aida era hermosa: la piel tan pálida como la leche, tan alta y delgada como un palo con curvas en los lugares donde debían de estarlo.

Su cabello era de un amarillo tan claro que casi parecía blanco.

Sus ojos, en cambio, eran grandes rocas azul jade que flotaban en su alargado rostro blanquecino.

—¿Quién te dijo que nos echaron? —dijo airada.

—Bueno... Kedr dijo... —empezó Silas.

— ¡Sheet! Kedr siempre habla de más —gruñó Aida—. Nuestros padres eran de Eos; padre era hijo del magistrado de la ciudad y madre era una criada de la reina de Eos, que falleció en un sueño poco antes de su huida.

—¿Huida? —Silas frunció el ceño, pero no demasiado.

—Ya te lo he dicho. —Aida se sentó a su lado y, con gesto inquisitivo, le examinó la mancha roja que asomaba en el blanco vendaje de la pierna lastimada—.

Mi padre y mi madre eran de estatus diferentes, un noble y una criada.

Vinieron al mundo exterior cuando empezaron los preparativos para la coronación de Hafryt I.

—Entonces fue hace mucho —repuso Silas. Hafryt ascendió al trono tras la muerte de su madre, la reina Syfrit III—. Pero, ¿tú y tu hermano nacieron aquí, en el mundo exterior?

—Sí. —Aida se levantó—. Debemos cambiar el vendaje.

—¿Cuántos años tienes? —preguntó Silas de repente.

—No es muy educado hacer dicha pregunta a una dama, incluso a una hadúna —dijo Aida—. Y lo sé bien, los seres hadúnos inventamos las normas de etiqueta de las que tanto presumen los humanos de sangre azul... eso hacen. En fin —suspiró—, no es de tu incumbencia.

—Quiero saberlo —insistió Silas.

Aida le daba la espalda; aplastaba algo en la mesa que tenía encima los hierbajos, ungüentos y pociones.

Si daba crédito a sus ojos, Aida tendría unos dieciocho años, y su hermano Kedr, dieciséis.

Según las lecciones de historia hadúna que recibió cuando era más joven, el ascenso del terrible Hafryt ocurrió hace más de cien años.

—¿Tus padres aún viven? —«Si sigues abriendo esa bocaza, la alejarás como hiciste con Jannette»—. Lo siento.

—Sí, ambos viven —contestó Aida, de espalda, sin alterarse demasiado; seguía aplastando algo con el mortero.

Hierbas, seguramente—. Volvieron al Reino de Escarcha, pero no a Eos.

Viven ahora en una casa solariega cerca del prado Myur, en Azur.

Kedr y yo nos quedamos aquí, en el mundo exterior.

Él no quiso dejarme, y yo no quise ir porque de antemano sabía que no encajaría.

—¿Los has vuelto a ver? —preguntó Silas.

—No, no desde la despedida. —Aida se volvió hacia él. Tenía un bol de madera en la mano—. Ahora levántate, tengo que desnudarte para untarte esto en todo el cuerpo.

—¿QUÉ? —Silas abrió mucho los ojos, sorprendido.

—Vamos, vamos.

—Rachel puede hacerlo... o... o yo mismo me lo puedo untar. Gracias. —No sabía qué era más humillante: que lo hiciera su hermana o aquella hermosa desconocida de la que estaba secretamente prendado (aunque incluso en su fuero interno se negaba a reconocerlo).

—Vamos —apuró Aida—. No es la primera vez que veo a un hombre desnudo. Vamos, vamos. —Se le acercó con el recipiente.

Silas estaba tan rojo como una manzana. Hizo el amago de quitarse la camisola, pero se detuvo al escuchar la estrepitosa carcajada porcina de Aida.

La miró con el ceño fruncido sin despojarse de la prenda.

«Pero ¿qué...?» Aida reía a todo pulmón con el rostro congestionado y los ojos llorosos.

Nunca la había visto así. Silas rio sin saber por qué.

—¿Qué... sucede? —preguntó él, riendo.

—Tu... tu rostro... —dijo Aida entre risa y risa—. Tenías que haber visto tu rostro en un espejo...

Silas sonrió al comprender que le había tomado el pelo.

—Eres... eres... —«Preciosa», quiso decir—. Insufrible.

Tocaron la puerta. La risa de Aida cesó casi de golpe. Como si estuvieran haciendo algo indecoroso. Silas sintió pena de que aquel sonido se desvaneciera tan pronto.

—Señor. —Era Sutr, el mayordomo, que entró a la habitación tras recibir la venia de Silas—. Fuera hay alguien que espera verlo.

—¿Quién?

—Creo... Creo que se trata del señor Hornwood —titubeó el mayordomo.

—No pareces muy seguro, Sutr. —Silas echó un vistazo a Aida, que se había acercado a la cómoda para dejar el recipiente con el ungüento.

—Lo siento, señor. —Sutr se aclaró la garganta—. Es que... por un momento creí que era otra persona.