Un eclipse en el alma (Hechizo nocturno) 24 #2
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—Pero aún no me has contestado —insistió Berenice; tenía la vista al frente, hacia el altar.

—¿Qué?

—Si eres creyente.

—No sabía que era una pregunta.

—Ahora lo sabes.

Ben asintió con un amago de sonrisa.

—Antes sí —respondió—. Mi madre lo era, y a mí me gustaba creer todas las cosas buenas que representaba. Pero después... —Suspiró—. ¿Qué me dices de los Belwolf? ¿También son creyentes?

—No. —Berenice sonrió, y cuando volvió la mirada hacia Ben, sus ojos parecieron fulgurar un leve destello—. Mi padre es devoto de los Primeros. Nos deja venir aquí para que no haya habladurías; no está bien visto que una familia rinda honor a dioses que nadie conoce.

—Tu padre, dices —atajó Ben—. Pero, ¿y tú, en qué crees?

Berenice abrió y cerró la boca.

—Es difícil creer en una gran verdad cuando el mundo está lleno de infinitas posibilidades —dijo por fin.

«Vaya», pensó Ben. No sabía por qué aquello lo tomaba por sorpresa. Quizá porque eso era justo lo que había esperado escuchar.

—Supongo que ni Barbara o Louise no tienen ninguna posibilidad con el gran Ben Holbrooke —siguió Berenice Belwolf—. Es decir, la joven que te acompaña es muy hermosa y, por lo que he visto, tienen una relación bastante íntima.

—Sienna —repuso Ben con una sonrisa—. Así se llama.

—Sienna es tu...

«Mi amante», estuvo a punto de decir. Sonaba deshonroso incluso en su mente.

Además, debía admitir que Sienna se había convertido en más que eso en los últimos días.

¿Qué era, entonces? Ben aún no había contestado a la propuesta de matrimonio, la cual era poco común.

Aunque evocó el origen de su anterior compromiso, que era tan poco común como el que le ofrecía Robert Reedstter.

No obstante, Ben no podía confiar plenamente en Sienna.

Había algo que no le había dicho, cosas que sabía pero que daba muestras de no querer compartir.

«Y, sin embargo, me ama». De eso sí que tenía certeza.

—Sienna es mi... compañera. —¿Qué otra cosa podría decir?

—Oh, ya veo. —Berenice no pareció convencida con su respuesta; Ben lo notó en sus ojos—. Ella no te mira como una compañera, Ben. Sino con anhelo, como un sueño que acaba de alcanzar, con amor. Lo vi aquella tarde en la casa Oakwater, en el funeral de William, ¿recuerdas?

Ben había visto a las jóvenes Belwolf aquel día, sí.

—Lo recuerdo —asintió—. Sienna me ama, me lo ha dicho.

—Pero tú aún amas a Margaret —dijo Berenice, con voz tan dulce que Ben sintió un pinchazo en el corazón.

—¿Cómo es que...?

—Yo estaba en la mansión Katterblack cuando ocurrió.

—La joven Belwolf le puso una mano en el hombro—.

Vi al hombre grandulón de ojos dispares mientras huía tras haber cometido aquel acto tan terrible.

—Suspiró—. Mi padre dijo que fue asesinado por el joven que se hospeda con los Richmonds, el prometido de Rachel Katterblack.

En efecto. De nuevo, Ben recordó haber regresado al salón de Katterblack, aquella trágica noche, y encontrar a Alistair llorando con su ya fallecida hermana en el regazo.

La sangre se extendía por el mármol del suelo; Margaret tenía los ojos abiertos cuando Ben se alzó ante ella.

«Pero ya estaba muerta, y pálida, y...» La cogió entre sus brazos, le cerró los ojos y se echó a llorar sobre su dorada cabellera.

Minutos después, la dejó junto a Alistair y fue por Bos Kado.

El combate entre el subordinado y Simon tuvo lugar en el jardín postrero de la mansión Katterblack en tanto Ben desahogaba su pena ante la vista de medio pueblo; para cuando llegó, Bos estaba muerto y Simon Blackfell se sostenía la mano mutilada.

Hasta para eso había llegado tarde, se decía.

—Lo lamento —dijo Berenice, con tono afligido—. No debí... —Se puso en pie—. Perdón.

Ben también se levantó.

—No. —Fue en pos de la joven, que ya caminaba por el pasillo entre los bancos hacia la salida—. Gracias —murmuró. Ella no alcanzó a escucharlo; ya había subido al carruaje con sus hermanos.

Más tarde ese día, en la oscuridad, una vela titilaba.

Un montón de documentos, libros y páginas desprendidas colmaban el escritorio.

Ben no lograba concentrarse en su investigación; había pasado todo el día y parte de la tarde pensando en las palabras de Berenice Belwolf, en Will, en Margaret, en Marcia, en Philip, en sus padres.

.. Y en Sienna. En ella más que en nadie.

Por primera vez desde que colocaron el escritorio, Ben rindió los últimos minutos de la tarde en organizar el desastre que había en él.

«Les di la espalda —pensaba de vez en cuando—. Ahora están muertos. Todos ellos».

Una vez terminó, Ben, satisfecho, dejó el salón de los Viejos Conjuros y se encausó al pueblo.

Ya era entrada la noche cuando llegó al hostal.

Sienna estaba acurrucada en un mar de sábanas blancas en el mismo lecho enjuto que, meses atrás, Ben compartió con Margaret.

Se quedó mirando a Sienna largo rato, como había hecho con su amada. Las horas pasaron.

—¿Ben?

Sienna se incorporó en un codo, el rostro contraído por el sueño.

—Sí, soy yo —dijo Ben. Permaneció de pie, junto a la puerta, los brazos cruzados sobre el pecho.

—Ven a la cama, Ben —le pidió ella, soñolienta.

«Si le doy la espalda, también morirá».

—Sí.

Cerró la puerta a su espalda e hizo lo que ella le pidió.

Se acostó a su lado, con la melena oscura sobre su pecho y el dulce susurro de su respiración en la piel desnuda de su antebrazo.

Le apartó los mechones que le caían sobre el rostro, y cerró los ojos.

Se prometió que mañana le daría la respuesta que había ido a buscar. Por la que había recorrido medio mundo.

«Mañana».