24
MAÑANA
Julius Startclyde se miró en el largo espejo que se erguía en una esquina de la alcoba.
Tenía el cabello, otrora rojo intenso, opaco y quebradizo; los ojos vidriosos, distantes; sus finos labios formaban una línea estrecha en su cara lechosa, y ojeras moradas caían como bolsas sobre sus mejillas.
Y, como si el aspecto de su rostro no fuera lo suficientemente aciago, llevaba puestas las ropas del hombre que asesinó con sus propias manos.
Al despertar, a la mañana siguiente de la batalla en el pueblo, los recuerdos habían estallado en su cabeza como olas del mar contra las erosionadas rocas de alguna costa.
Había asesinado a Will..., a su amigo. Fue su mano la que empuñó el arma que acabó con la vida de un inocente.
«Pero no era yo mismo —se decía—. No hacía mi propia voluntad».
Entonces, ¿por qué veía sus manos llenas de sangre cada vez que bajaba la mirada?
Aquello no le servía de consuelo. Debió tomar un cuchillo y pasar el roce por su cuello en cuanto tuvo la oportunidad.
Y tuvo varias, por breves instantes, cuando la magia oscura que anclaba la conciencia de Rastus a la suya fluctuaba y empezaba una batalla mental que el alma del nigromante acababa ganando cada vez.
«Era demasiado fuerte —pensaba Julius; la rabia ardía en su pecho—.
Demasiado fuerte». Percibió el sabor amargo de sus lágrimas en los labios y, rápidamente, las enjugó con el dorso de su mano.
Su dormitorio era acogedor, cálido, silencioso, y oscuro.
.., en tanto no abriera la basta cortina.
Una criada de piel oscura le llevaba la comida caliente cada cinco horas, y le cambiaba las sábanas del amplio lecho cada tres días.
Nadine, la hermana de Marie, había cuidado de él mientras estuvo inconsciente, o eso le había dicho la señora Oakwater.
Pero Damien le contó que el esposo de Nadine no soportaba el hecho de que el asesino de Will viviera bajo el techo familiar, y que seguía siendo un peligro. Quizá tuviera razón.
Esta noche estaba resultando terrible. Como las anteriores, desde que recuperó la consciencia y voluntad de su cuerpo por completo.
Despertaba exaltado tras soñar con Liana, su antigua prometida, que lloraba lágrimas de sangre en medio de la oscuridad, mientras una hendidura se abría en su vientre como una segunda boca, y empezaba a manar más sangre; ella pedía auxilio a gritos.
Julius quiso acudir, pero una mano se aferró a su rodilla cuando intentó ir hacia ella.
Una mano pálida parecía salir del suelo, donde había un charco creciente de.
.. ¿brea? No, no era eso. «Sangre», pensó.
El corazón se le heló por un segundo al saber la respuesta.
William se alzaba hacia la superficie profiriendo una honda exhalación.
En noches previas, había soñado con el hijo de un tal Westwick, con el propietario del hostal y hasta con el difunto barbero del pueblo, en cuya muerte no tuvo ninguna participación.
En realidad, en la de ninguno de ellos. En algunos solo presenció sus muertes a manos de Cicero y de Bos Kado.
Su único crimen fue el de William. Fuera, la pequeña Lucy lloraba con un vozarrón impropio del de una niña de su edad y tamaño.
Aquello era lo que más le afligía. Los hijos de William.
Julius había dejado a tres niños huérfanos de padre, y otros dos venían en camino.
«Nunca lo conocerán». Se frotó las manos tan frías y pálidas que parecían esculpidas en hielo.
Se dio vuelta y se sentó en la cama. Después, se recostó de espalda, con las manos tras la cabeza.
En el raso de techo de madera emergió el rostro de su difunta hermana, Jane, y el del pequeño que había quedado huérfano antes de abrir los ojos. Nigel, su sobrino.
—No ha sido tu culpa, Julius —le dijo la señora Oakwater—. Te puedo asegurar que Will estaría de acuerdo conmigo. Espero que algún día tú también lo estés.
Si dejaba la casa Oakwater, ¿adónde iría?
¿Cómo pagaría un pasaje que lo llevara a su hogar, a los brazos de Lilian?
¿Cómo? Julius no fue capaz de decir una sola palabra; se había mantenido en silencio desde que despertó; ni siquiera habló cuando Damien y su esposa entraron a la habitación para saber cómo estaba.
Gracias a los Witheford, supo de la reciente llegada de los hermanos Sienna y Charles Reedstter a River Town.
Julius tenía vagos recuerdos del señor Reedstter rindiendo pleitesía al Amo Mormont en su salón de audiencias, en la fortaleza de Mormont.
Sin embargo, el mero recuerdo era difuso y parecía tan lejano como un sueño.
Por ello, de momento, no mencionaría nada sobre la traición de los Reedstter.
Antes se encontraría cara a cara con Charles.
Eneas planeaba atacar tanto a Ben como al pueblo; eso lo sabía con seguridad; Cicero se lo había comentado a su hermano, y Julius recordaba.
.. recordaba más de la cuenta. Evocaba el momento en el que Marlon Wolfgang le arrancó la vida bajo la luz escarlata del eclipse rojo.
No a él, sino a Rastus. Si Charles estaba allí, entonces era probable que Eneas también lo estuviera.
Y cuando llegara el momento, asesinaría a Cicero y a Eneas, si tal cosa era posible.
Fue Eneas Mormont quien invocó el hechizo que trajo a Rastus del Submundo a través de él.
Eso también lo recordaba con seguridad. Julius había escrito una carta a su padre hace unos días, contándole lo ocurrido, aunque en pequeños rasgos; y del mismo modo le había escrito a Lilian.
Ojalá su padre no la hubiera casado con otro durante su ausencia.
.. Ojalá... Seguía sin recibir respuesta. «Qué iluso».
A la noche siguiente soñó con Eneas Mormont, quien, como una sombra aterradora, se paraba ante él y colocaba la punta de su espada entre sus cejas como años atrás el propio Julius hizo con su hermana.
—¿Tienes miedo de morir? —le preguntaba una y otra vez Eneas, y la fría risa que acompañaba sus palabras destilaba crueldad pura.
—No —respondía Julius. Pero la verdad era lo contrario.
Desde la sacristía, Ben escuchó sin mucho interés el sermón del reverendo Jensen y el canto del coro de niños.
Entre estos, estaban Michael Richmond, el hijo del alcalde; Rodrick, el más joven de los hijos de los Belwolf; Barbara y Maureen, sus hermanas, las mellizas de trece años; y, haciendo su debut aquel día, el pequeño Ben Oakwater.
Los seguidores de la luz no eran devotos de un dios en particular ni profesaban ninguna religión fundada por gente común.
Por supuesto, había excepciones, como todo: unos profesaban la fe católica, otros el judaísmo, pero la mayoría, como Ben, ninguna en absoluto.
También había seguidores que optaban por honrar a los Primeros Seguidores, a los que consideraban los fundadores de la magia y los primeros protectores del balance entre la luz y la oscuridad.
Ben había perdido toda fe cuando les fueron arrebatados su padre y su madre, y si le quedaba un poco de certidumbre, esta se desvaneció al ver el cadáver de su hermano.
«No creí albergar mayor dolor en mi corazón que ese día —pensó—.
Estaba equivocado. La vida se empeñó en demostrármelo.
De nuevo». Cuando se enteró de la muerte de Will, sintió que el alma se le caía a los pies, que una mano atravesaba su pecho y estrujaba su corazón con el puño, como si una enorme roca le cayera encima y le aplastara el pecho; las lágrimas no acudieron de inmediato, pero estuvieron a flor de piel hasta después del entierro, cuando les dio rienda suelta con el rostro hundido en el hueco del hombro de Sienna Reedstter.
«Les di la espalda; ahora están muertos». Alzó la vista y suspiró hondo.
Contempló el altar glorioso, anegado por la más bella y cálida luz que atravesaba los tragaluces del techo.
Cuando la misa hubo terminado, los feligreses comenzaron a desalojar la estancia.
Ben vio a Tanya Richmond tomar de la mano a su pequeño mientras salían por las enormes puertas de madera.
Poco a poco la iglesia se vació. Al final, solo quedaron el reverendo Jensen y algunos clérigos, Berenice Belwolf y sus hermanos pequeños, que formaban parte del coro.
Ben salió de las sombras, caminó por el pasillo junto al altar, y se sentó en uno de los bancos.
Advirtió cómo Barbara lo miraba, sonriendo, y tironeaba de la manga de su hermana.
Berenice se volvió hacia él, desconcertada y con el ceño fruncido.
Ben bajó la vista, juntó las manos como si fuera a rezar, y oyó un murmullo a la distancia.
Pasos que se acercaban hacia él, pero al cabo siguieron de largo.
La madera del banco gimió. Ben abrió los ojos, y encontró a Berenice Belwolf sentada a su lado.
—No creí que fueras creyente —dijo ella.
Ben ladeó la mirada; Jensen, que bebía de un cáliz dorado en el altar, se retiraba. Aparte del reverendo, no había más nadie a su alrededor, de modo que Ben y ella se hallaban a solas. El fulgor de la mañana se atenuó, y halos de opacas tonalidades se derramaron sobre ellos.
—¿Dónde...? —empezó Ben.
—Fuera. Esperan por mí. —Berenice era una joven alta y esbelta, de brazos gráciles y rostro más grácil aún, con forma de corazón.
Sus mejillas eran rosadas, y sus labios, apenas visibles.
Una redecilla blanca le cubría la vasta melena castaña, y sus ojos eran profundos pozos azules.
«Ella también tenía ojos azules. Y profundos», pensó Ben—.
Barbara y Louise, a quienes seguro debes recordar del funeral de William Oakwater, porque no te quitaban los ojos, están un poco enamoradas de ti; nunca las había visto tan entusiasmadas. Como si tuvieran alguna oportunidad.
Ben se limitó a asentir; nunca había disfrutado de la atención que recibía de las mujeres. Era de los que prefería no llamar la atención.