Un eclipse en el alma (Hechizo nocturno) 23
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LA FLECHA QUEbrADA

Cateryna Dur, ocupando el lugar de su padre en la mesa del Gran Salón de Mormont, empezaba a impacientarse por la dilatada espera que ya rondaba la media hora.

De pronto, uno de los sirvientes de la fortaleza entró en la estancia e informó que la reunión se llevaría a cabo en el salón de audiencias.

—Algo terrible ha de haber ocurrido —auspició Barion Quarlac, sentado del lado derecho de la mesa frente a Cateryna; había media docena de grandes amos nigromantes en el salón en ese momento.

—Siempre adelantándote a los hechos, Quarlac —dijo Linch Blackburn.

Silentes, los grandes amos dejaron sus cómodos asientos y siguieron al sirviente, que los condujo hasta el salón de audiencias como si ellos no conocieran el camino.

Naturalmente, la estancia en la que aguardaba el Gran Amo Mormont estaba iluminada por una luz mortecina que formaba un charco más impetuoso en el sitial de honor.

Era más amplia que el Gran Salón, pero no mucho más gloriosa.

Allí, todo era oscuro, frío, y oculto por las sombras, salvo por el majestuoso trono de Mormont.

Este parecía emitir su propio fulgor, uno sombrío.

Sus brazos eran cuervos de bronce de ojos mortíferos.

En el cabezal, con forma de arco, podía leerse un grabado en la lengua mancillada del pueblo hadúno: «Suya es la gloria que proyecta su penumbra sobre el mundo».

Lámparas de gas iluminaban desde los lados con un brillo lóbrego y parpadeante.

Cateryna se caló la capucha de la túnica negra y, como si imitaran su movimiento, lo mismo hicieron los Grandes Amos que la acompañaban.

Cateryna elevó la mirada. El Gran Amo Mormont, en su trono, hizo conato de bajarse la capucha.

Pero se contuvo. En cambio, se reclinó contra el respaldo y colocó sus brazos en los reposabrazos, sus manos sobre los cuervos de bronce.

Alrededor, los grandes amos nigromantes leales a Mormont aguardaban expectantes.

Rodilla en suelo, los primeros suplicantes se encontraban en el centro del salón. «Quizá Quarlac no se ha equivocado —pensó Cateryna al verlos y percibir una especie de sensación sobrecogedora en el pecho—. Quizá algo terrible sí ha sucedido después de todo».

Con la venia del amo, uno de ellos se bajó la capucha. El otro lo imitó casi al instante.

—Gran Amo —dijo exaltada la mujer de la mata de cabellos rojizos—. Han asesinado a mi señor esposo, uno de sus más fieles servidores. Doren Thudor ha muerto por la espada de uno de los hombres de Hornwood.

«Doren Thudor». Eso quería decir que aquella mujer era Myrna Thudor, y el joven de cabello cobrizo que estaba a su lado, era Allon, el único hijo vivo del Amo Thudor.

Cateryna hubiera sentido escalofrío de ser una humana común.

A continuación, Myrna empezó a narrar los hechos que llevaron a la caída de la fortaleza de los Thudor, el combate entre servidores de la oscuridad y seguidores de la luz, la muerte del amo del clan Thudor a manos de uno de los hombres de Hornwood, y su huida con el único descendiente de la estirpe de Thudor.

—¿Por qué estás tan segura de que ha sido una empresa del viejo Hornwood? —preguntó el Amo Noray a la viuda.

Fue Allon Thudor quien contestó.

—El seguidor que cortó el cuello a mi padre tuvo la cortesía de decírnoslo cuando madre le preguntó quién dio la orden —dijo.

Tenía dieciséis años, todavía joven para hacerse con el Conjuro Negro, que lo convertiría en un servidor de la oscuridad propiamente dicho, como su padre y su abuelo antes que él; Cateryna podía sentir la luz en él—.

“Hornwood envía saludos”, dijo el seguidor antes de abrirle la garganta con una nuxus .

Los Hornwood tenían una deuda de sangre con Cateryna.

Uno de ellos asesinó a su hermano —su querido Magnus— en la llamada «Cacería Sangrienta».

Fue hace quince años, tras la Guerra del Eclipse Rojo, en Escocia.

Allí también había caído su hermano mayor, Gerald Dur.

Ella jamás olvidaría el nombre del miserable que puso fin a la oscura existencia de Magnus.

Frank Hornwood, se llamaba. Magnus fue su hermano favorito; le enseñó combate y conjugación, las disciplinas que se le daban mejor; además, hizo de su padrino en la ceremonia de descenso , donde recitó las palabras del Conjuro Negro, y luego había continuado aleccionándola en las artes de la nigromancia.

Mentiría si dijera que no lo lloraba, quince años después.

Frank Hornwood pagaría. A su debido momento.

Y, en vista de los recientes acontecimientos, era posible que el momento estuviera por llegar.

El clan Thudor se unía a la creciente terna de Mormont, que fueron acometidos por sorpresa en su baluarte en lo que iba de ese año.

Otros eran el clan Goreen, del cual Edwin y su cónyuge apenas lograron escapar con vida; Finn, el primo de Edwin, no corrió con tanta suerte.

Y antes de los Goreen, el clan Dur. «Aunque yo tomé parte en este último —dijo para sus adentros Cateryna—.

¿Habría tenido algo que ver Charles Reedstter en el asalto a los Goreen y los Thudor? »

Lo pensó un instante.

«No —concluyó—. ¿Por qué lo haría? No tiene motivos para avivar más el odio contra los ya enemigos conocidos de los Mormont. Además, Charles está a medio mundo de distancia, haciéndoles la vida imposible a Ben Holbrooke, William Oakwater y, por supuesto, a su propia hermana».

—Reedstter —profirió la viuda Thudor—. Los Reedstter nos han traicionado, mi señor.

—¿Por qué lo dices? —preguntó el Amo Quarlac.

—El más joven de sus hijos estaba luchando junto a los suyos —alegó Myrna—.

Froy Reedstter se lanzó a duelo contra mi hijo.

.. mi querido Murtagh..., y lo asesinó frente a mis ojos, mi señor.

—Más que afligida, la viuda parecía sobremanera rabiada.

En aquel instante se volvió hacia Mormont y se arrojó al suelo de mármol para hacer una reverencia de cuerpo entero.

Allon la imitó—. Nos han traicionado. Exigimos venganza.

Tal y como había supuesto Cateryna, Allon, que aún estaba a un par de años de convertirse en servidor de la oscuridad, era todo lo que quedaba del otrora poderoso linaje de Thudor.

¿Podría con esa carga sobre sus jóvenes y huesudos hombros?

Una carga que ella misma conocía bastante bien, pues también era la última de su linaje.

Como sea, le extrañaba la repentina traición de los Reedstter (es decir, los Reedstter eran conocidos traidores de los seguidores de la luz por debajo de cuerda desde hace un par de siglos).

El propio Charles Reedstter, hermano de Froy, la había asistido en la pantomima de ataque al baluarte de Dur, en el que (como se tenía fríamente previsto) resultó muerto su padre, el gran amo Arrow Dur.

Gracias a ello, Cateryna era la nueva líder del clan Dur.

—Fecha veloz —dijo Crag, uno de los antiguos secuaces de su padre, cuando supo de su ascenso (es decir, cuando lo supo propiamente dicho; Cateryna lo había puesto al tanto del plan para tomar el puesto de su padre días antes de efectuar el ataque)—.

Así se le conoció a tu padre durante su juventud.

Entonces era un seguidor de la luz abiertamente leal a la oscuridad.

—Y cuando comprendió el significado de morir —repuso Cateryna—, decidió hacerse con el Conjuro Negro. Pero ya era demasiado viejo, lento, gordo, y el conjuro no lo favoreció. Gobernó ciento doce años nuestro clan con las manos febriles de un anciano.

—Era tu padre.

—¿Y qué? Estoy segura de que no soy la primera, ni seré la última nigromante, en cometer parricidio para ascender en su clan. Recuerda que vivimos eternamente.

—Lo recuerdo. Aun así...

—Aun así —lo cortó Cateryna—, era mi padre. Lo sé.

—¿De verdad, lo sabes? Si no eres más que una flecha quebrada comparada con lo que fue Arrow Dur en sus buenos tiempos —osó decir Crag. Y por ello Cateryna dio la orden a sus fieles servidores de descuartizarlo un día después de sus alegatos.

«Flecha Quebrada —pensó Cateryna en tanto oía al nigromante chillando de dolor—. No era un nombre indigno. De hecho, todo lo contrario». Pero odiaba que se le hubiese ocurrido primero a Crag.

—Los Raystar también fueron traicionados por los Reedstter, mi señor —apuntó Edwin Goreen—.

Lester Raystar y su hijo fueron tomados prisioneros por seguidores de la luz cuando atacaron mi hogar.

Lester había ido a mis estancias a pedir la mano de mi hija, Kasla, para su hijo.

Me negué. De lo contrario, los seguidores habrían descubierto entonces que la familia entera es insidiosa.

Y, como siempre, los Weethaker lamiendo las botas a los Reedstter.

—Se ha sabido que la sobrina política de Robert Reedstter se uniría en matrimonio con el primogénito de Ronald Wolfgang —intervino el Gran Amo Noray—.

Reedstter nunca nos participó tal fragua con los Wolfgang.

Además, Sienna y Charles se encuentran en estos momentos acompañando a nuestro estimado Eneas en su empresa contra los enemigos del amo al otro lado del mundo, y puede que a él también lo traicionen.

—No sabemos con exactitud qué traman los Reedstter —señaló Edwin Goreen, sombrío—. Robert ha de haberse sentido ofendido luego de que se le negara su premio por el encargo infructuoso de sus hijos. Se han lavado las manos entregando a los Raystar, que eran sus aliados.

—Al menos eso creía Lester —masculló Styn, el hijo mayor del Amo Quarlac, junto a su padre.

—Lester es un confiado —replicó Lukas a su hermano en voz baja—. Y su hija se abrió de piernas para el hombre que le sentenció a muerte. —Rio—. La más terrible de las traiciones.

—Basta ya—exclamó su padre.

Los ojos de Styn Quarlac se encontraron un instante con los de Cateryna, y ella le dedicó una mirada enigmática y seductora.

«Es apuesto, gracioso, y el primogénito de su clan, todo lo contrario a su hermano —pensó—.

Y si aspira a convertirse algún día en Gran Amo, yo podría ayudarle».

Con una sonrisa sugerente, volvió la vista hacia el Amo Mormont.

Su silueta encapuchada parecía tan inamovible como los cuervos de bronce en los reposabrazos del trono.

—Corren tiempos oscuros —habló el Gran Amo. Todos los presentes guardaron silencio al mismo tiempo—. Hoy he recibido un mensaje de mi hijo Eneas. Con buenas noticias. —Alzó la voz—. William Oakwater ha muerto.

Un barullo de voces alegres recorrió el salón de audiencias; sonriéndose entre sí, los presentes se daban enhorabuena unos a otros como si hubieran tenido algo que ver en la muerte de Oakwater.

Edwin Goreen permaneció inmóvil, inexpresivo, las manos tomadas delante de la túnica; Allon y su madre se levantaron y se reunieron con el resto; el amo Quarlac y sus hijos farfullaron risitas y comentarios soeces; y el amo Noray profirió algo ininteligible.

—Eso no es todo —continuó, impasible, Mormont—.

Al parecer, en la contienda que puso fin a la vida de Oakwater, resultaron muertos mis sobrinos Cicero Mormont.

—Nadie musitó palabra ante la noticia; Cicero no era tan importante—.

Y Rastus, su hermano, ha vuelto a morir bajo el poder de un arma que devolvió a la normalidad a Julius Startclyde.

—¡¿Qué arma, señor?! —inquirió el Amo Blackburn. Parecía tan sorprendido como los demás.

—Eneas no lo mencionó —contestó Helio Mormont; alzó las manos y las holgadas mangas cayeron a los lados como alas negras; una luz plateada lo rodeó como el cenit de un lánguido amanecer.

Habló con voz alta e imperiosa—. Hemos sido traicionados; y los traidores pagarán, sin duda.

Como ha ocurrido con los Thudor, los Goreen, los Dur, ellos tampoco recibirán compasión.

Uno a uno, tendrán que retribuir a la oscuridad sus pérdidas.

Hornwood, Reedstter, Weethaker, Holbrooke.

.. Todos pagarán al final. Y si para ello es necesario arrasar con el mundo, pues lo haremos.