22
EL EMISARIO
—¿Adónde ha ido Reedstter? —preguntó Eneas.
Los subordinados cruzaron una mirada entre ellos. Ninguno respondió.
—Serán imbéciles, ¡imbéciles!
—Quizá ha ido al funeral de Oakwater —repuso Cicero, con gesto de dolencia—. Para contarnos los detalles más tarde. Y, puede también, uno que otro de cuando Julius le atravesó el pecho con...
—¿Julius? —lo cortó Eneas—. ¿Pensé que era Rastus? No puedo creer que hubieras deshecho todos mis esfuerzos en apenas una noche. Yett tiene tres veces más sesos que tú.
—No lo comprendo, primo —dijo Cicero, y señaló con el dedo al subordinado fornido y bajo que estaba junto a la chimenea de ladrillos—. Ya obtuvimos nuestro cometido: asesinar a William Oakwater. Rastus le clavó la adamantus en el pecho.
—¿Acaso te has olvidado de Holbrooke? —le recordó Eneas.
—Tu padre no quiere que le demos muerte —se excusó Cicero—. Lo quiere vivo para conseguir los espejos del destino. Sin Holbrooke, no podrá invocar al oráculo del pasado. Eso dijo.
—Se supone que Rastus llevaría a Ben Holbrooke ante mi padre, Cicero —replicó Eneas Mormont con tono moderado—. Se suponía, mejor dicho. También se suponía que esperarías nuestra llegada. Debería matarte, aquí y ahora.
—Inténtalo. —Cicero, desafiante, se puso en pie de un salto—. Vamos, ¡vamos!, ¡inténtalo!
Eneas miró a su primo de arriba abajo. Cicero no había legado el magnífico porte de los Mormont.
Era un primo segundón, hijo de una ninfa a la que Trius Mormont, el hijo menor de Cletus, había forzado en el jardín de algún lord europeo.
Eneas no dejaba de preguntarse por qué había tenido que morir Rastus, el hermano mellizo de Cicero (quien no solo había heredado el aspecto de su linaje paterno, además de un carácter mucho más taimado que el de su hermano), en vez del propio Cicero.
Como si no supiera la respuesta. Cicero era un cobarde de primera.
Había huido poco antes de que la Guerra del Eclipse Rojo se diera por perdida; huyó de su compromiso con una Blackburn; huyó del Gran Salón cuando se supo que se efectuaría la masacre en la mansión Wolfgang por temor a enfrentarse a Jason Greystar o, incluso, al mismísimo Ben Holbrooke.
Y si en aquel preciso momento estaba vivo, era porque había huido del combate en el que su hermano murió por segunda vez.
«Al menos Rastus se hubiera dignado a morir con honor, en batalla, las veces que fueran necesarias».
Como ya había sido demostrado, Rastus había luchado con valentía contra los seguidores de la luz bajo la rojiza noche del eclipse, donde murió a manos de Marlon Wolfgang poco después de que escapara su hermano.
—Si mal no recuerdo, Witheford te hirió.
No sería justo que yo terminara con el trabajo de otro.
—Eneas le sonrió amargamente. «Solo me haces frente porque ya no tienes nada que perder, ni siquiera la vergüenza»—.
Todd, tráeme una copa de sidra. Con especias.
—Se giró hacia Cicero, que seguía de pie, tenso, lleno de falso coraje—.
Y también para mi primo, que la necesita más que yo.
La estancia era lúgubre, colmada de sombras, telarañas aún habitadas, algunos muebles de madera aquí y allá; todo cubierto por una fina película de polvo grisáceo.
Olía a viejo, azufre, y sangre. Fuera, empezaba a llover.
La pálida luz diurna cruzaba la ventana cuadrada, anegando con su fulgor la mitad de la estancia; la otra mitad, aún yacía en penumbras, donde una fea chimenea de ladrillos desnudos a punto de derrumbarse, parecía la oscura boca de un Fenrir.
Paredes grises, techo de madera roído. Era una sorpresa, o un maldito milagro, que aquella pocilga que Cicero se empeñaba en llamar refugio todavía siguiera en pie.
Llevaba cinco años abandonada, o eso había dicho Cicero.
Este se había enterado por Kado de que la casona había sido construida por uno de los primeros colonos europeos que arribaron a las tierras que ahora se conocían como River Town.
El último dueño había enfermado y muerto, y su viuda y sus tres hijos partieron a Boston no mucho después.
Al menos eso indagó Bos Kado, quien había hecho de aquella casa abandonada su amparo antes de la llegada de Cicero.
«Hasta Bos tenía más sesos que tú, primo».
Bos Kado, su leal subordinado, había sido asesinado por Simon Blackfell durante el baile por el solsticio de verano poco después de haberle quitado la vida a Margaret Treddaway.
El retoño del borracho señor de los vinos había luchado con más bravura que Kado, a pesar de que éste lo aventajaba en fuerza y tamaño.
«Tal vez fue eso —se dijo para sus adentros—.
Tanta fuerza bruta le jugó en contra a Bos».
Según le había dicho Cicero, Bos Kado consiguió mutilarle tres dedos al imbécil de Blackfell antes de que este le diera la estocada final.
«Tres dedos», había pensado Eneas, indignado; al menos le hubiera arrancado la mano entera...
En fin. Bos estaba muerto, Rastus también (por una segunda vez, y todo por culpa del bruto de su primo), y Eneas tenía que idear una nueva estrategia sobre la marcha.
¿Qué diría su padre, el Gran Amo Mormont, del fracaso de Cicero?
«Nada —pensó Eneas mientras cruzaba la estancia hacia la ventana—.
Se limitaría a castigarlo con la muerte».
Eneas se acercó a la ventana. Fuera llovía a cántaros.
Evocó el cuerpo de Finn Goreen entre las sábanas, tan cálido, desnudo.
.. Ojalá hubiera podido traerlo con él, pensó. Y también a Cateryna.
La nueva ama del clan Dur sin duda habría sido una magnífica adhesión, aunque ahora estuviera compartiendo el lecho con Charles Reedstter, lo que la hacía mucho menos de fiar que el imbécil de Cicero.
—¿Qué piensas, primo? —preguntó Cicero, sentado en la oscuridad—.
Estás muy callado. Me recuerdas a mi hermano en el cuerpo de Julius Startclyde.
Él se sentaba en éste mismo mueble. —Palpó los brazos y una nubecilla de polvo brotó de ellos; Cicero esbozó una mueca de horror—.
Y me miraba, sí, me miraba fijamente como si quisiera matarme.
—¿Y sentías miedo?
—¿Miedo? —rio Cicero, nervioso—. Qué va. El idiota parpadeaba un par de veces, y volvía a ser él. Mi temor no radica en el silencio de sus labios, sino en el de su mente. Puede que el auténtico Julius hubiera estado presente en esos momentos, luchando por salir de su encierro y asesinarme.
—No lo creo. —Eneas suspiró contemplando el exterior por la ventana—. Mientras Rastus estuvo en su cuerpo, Julius estaba del todo muerto. Y los muertos no recuerdan.
—¿Alguna vez has estado muerto?
—No —respondió Eneas. «¿Y tú?», quiso decirle. Eso explicaría el seso faltante de Cicero.
Todd regresó con un par de copas de cristal sucias y una vasija metálica abollada, que contenía la sidra especiada.
En realidad, era sangre hadúna, la más fresca, provista por una ingenua con la que se topó en un pueblo cercano llamado Collin’s Meadow.
Sirvió. Eneas bebió con elegancia, y Cicero, hambriento, casi se tragó la copa entera de un bocado.
Todd le sirvió una más, y otra, y luego otra, y otra, hasta que no hubo más.
Entonces, Cicero pareció más lúcido, lleno de vida; su piel parecía haber perdido varios tonos de gris, y sus ojos, hace un instante vidriosos, volvían a relucir como dos perlas sobresalientes en su feo rostro afilado.
—¿Qué haremos con Sienna Reedstter?
La pregunta tomó a Eneas por sorpresa.
—¿Qué quieres decir? —inquirió, frunciendo el ceño.
—Sienna, como ya sabes, está aquí por Ben —dijo Cicero—. Puede echar abajo tus planes con el fin de impedir que el hombre que siempre ha amado caiga en tus manos. Además, Charles...
—Charles se encargará de su hermana —le interrumpió Eneas—. Sienna Reedstter no debe ser herida de ningún modo. No obstante, tienes razón en una cosa. Puede arruinarlo todo antes de que Charles interfiera.
—La mataré. —Cicero se puso de nuevo en pie—. Sí, la mataré.
—No.
—Sí.
—Recuerda quién es mi padre —replicó Eneas, furioso; hacía un enorme intento por contenerse—. Recuerda quién soy yo.
—Sé quién es tu padre. —Cicero se empinó desde su asiento.
Parecía extrañamente divertido y, si cabe, más valentón que hace un rato por efecto de la sangre hadúna—.
Sé quién eres tú. Tú eres su emisario. Solo serás Gran Amo cuando Helio IV muera, y puede que eso nunca suceda.
Eso te hace heredero de nada, primo. Y no tengo por qué obedecerte.
«Pagarás por lo que has dicho». Eneas miró directamente a los ojos de su primo.
Después, lanzó un vistazo a sus subordinados, que habían estado todo ese tiempo en las sombras.
No tuvo que gritar una sola palabra; Yett y Todd, a través del vínculo mágico que los enlazaba a Eneas, sintieron sus deseos.
Enseguida se arrojaron sobre Cicero como un par de fieras hambrientas.
Lo tomaron por los brazos y lo estamparon contra la pared.
Una copa de bronce cayó al suelo y rodó a los pies de Eneas.
Este vio el rostro de su primo, cubierto por una máscara de miedo, confusión.
—¿Qué... haces? —gritó Cicero, visiblemente asustado, tratando de zafarse de los brazos que lo apresaban—. ¡¿Qué haces?! Tu padre no lo permitirá...
—Mi padre no está aquí —dijo Eneas con suavidad. Dejó la copa sobre el alféizar de la ventana. Caminó hacia su primo, retenido a la fuerza por los subordinados—. Yett, su brazo.
Yett asintió. Retorció el brazo de Cicero hasta que su hueso se fracturó con un crac que habría hecho que cualquiera se estremeciera.
Eneas, en cambio, se regocijó. Su primo chilló a todo pulmón, y cayó de rodillas, gimiendo, sollozando lágrimas negras que le manchaban los labios.
El aire se tornó denso. Eneas contempló a Cicero desde arriba, y recordó aquel momento en el que Julius estuvo en su lugar, y demostró cien veces más valor que Cicero.
Su primo chillaba, imploraba, pedía perdón con la feúcha nariz llena de mocos.
«Tienes razón —pensó Eneas—. Soy heredero de nada.
Pero al menos puedo decidir si tú vives o mueres».
—Perdóname, Eneas —chillaba Cicero—. No... No quería...
«Es demasiado tarde».
Eneas echó una mirada a los subordinados; les dio una orden a través del vínculo.
Ellos cogieron a Cicero por los brazos y lo pusieron en pie.
El filo de la espada emitió un destello fino y sonoro cuando Eneas la sacó de la vaina y, rápida y certeramente, la hundió en la garganta de su primo.
Cuando la retiró, la sangre negra empezó a manar a borbotones de la hendidura.
Yett y Todd lo dejaron caer al suelo y el polvo se alzó a su encuentro.
—Heredero de nada —dijo Eneas—. No por mucho.