21 #2
Kedr asintió solemne, la sonrisa imborrable en los labios. Empezó a alejarse hacia la salida.
—¡Espera! —lo llamó Ben.
Kedr paró, giró sobre sus talones y desanduvo los pasos que lo habían acercado a la puerta. La sonrisa intacta.
—¿Sí, mi señor?
Ben tenía que preguntar.
—¿Sabes si ha ocurrido algún acontecimiento en el pueblo en los últimos días? ¿Algo importante?
—Oh, sí, señor Ben. —Kedr, asintiendo, amplió la sonrisa—. Hace un par de noches asesinaron al señor Oakwater. Hoy será el velorio.
«Le di la espalda», pensaba Ben, en la oscuridad del interior del carruaje.
En realidad, no había dejado de repetirse aquellas palabras desde que supo la noticia.
William, su amigo de toda la vida, murió hace dos noches.
Ben inhaló profundo en un esfuerzo por reprimir las lágrimas.
No quería que lo vieran llorar. Era un Holbrooke, y debía mantener la cabeza en alto.
El mundo esperaba grandes logros del último Holbrooke, no sollozos ni lamentos.
Y, aun así, no podía dejar de pensar: «Le di la espalda; ahora está muerto».
También le había dado la espalda a Margaret.
Sienna, sentada en el otro extremo, corrió la cortinilla, y un caudal de luz parca se filtró al interior; la mano enguantada en seda de la joven permaneció aferrada a la suya.
Como si intuyera lo que estaba pensando en ese momento (aunque estaba seguro de que su cara no era capaz de mantener ningún secreto).
Era hermosa y comprensiva, y al enterarse de la muerte de Will se había echado a llorar en sus brazos.
Ben también lloró en los de ella. Poco después pensó que Margaret ya no era la única que lo había visto llorar, pues había sollozado frente a la mitad del pueblo cuando halló a Margaret muerta en los brazos de Alistair.
Entonces, qué más daba que Sienna lo viera hacerlo, o que quisiera consolarlo.
El carruaje traqueteó; Sienna metió la cabeza, dejando la cortinilla abierta para que la blanca luz diurna llenara el sombrío interior. Ben se enjugó rápidamente los ojos, y la joven Reedstter esbozó una tenue sonrisa.
—No debes sentir vergüenza —le dijo Sienna—. William Oakwater era como un hermano para ti, ¿no?, al menos eso he oído. —Se llevó la mano de Ben a los labios, y besó sus nudillos—. Eres un hombre fuerte, Ben.
«Ella me dijo lo mismo. Una vez. Ya me gustaría creerlo».
—No ahora —dijo Ben.
—Claro que sí —apremió Sienna—. Lo eres.
El coche traqueteó una vez más antes de detenerse.
Fuera, la voz del conductor gritó el nombre Oakwater.
Un segundo después, la puerta se abrió. Ben le ofreció su mano a Sienna, que lucía un pesado vestido negro con volantes de encaje, para bajar del coche.
Tenía la negra melena recogida hacia atrás y una redecilla que le cubría la mitad del rostro como una telaraña.
Dentro, la residencia Oakwater estaba rebosante de personas. William llevaba más de una década viviendo en River Town, y los Oakwater eran bien conocidos en la comunidad, sin mencionar que los Yellowfield, la familia de la viuda de Will, era una de las más antiguas de aquella región.
«Le di la espalda; ahora está muerto».
Divisó a Marie en el salón de estar, acompañada por la señora Belwolf y las hijas de esta, Berenice y Louise.
La viuda exhibía un vientre tan pronunciado que, al verlo, tuvo que recurrir a la asistencia de Berenice Belwolf para levantarse.
Ben tragó saliva mientras Marie se acercaba, junto a la joven Belwolf, quien se retiró acto seguido. Ben bajó la mirada, avergonzado.
—Le di la espalda —dijo, sin pensar—. Lo siento mucho.
—¿Qué? —susurró Marie.
—Le di... —empezó Ben. Calló en cuanto Marie le tomó por sorpresa por la barbilla recién afeitada para instarlo a que la viera a los ojos—. Lo siento. —Oscuros como amatistas e inyectados en sangre, eran los ojos de la viuda Oakwater cuando Ben se armó de valor para fijarlos—. Lo siento, Marie.
—No repitas lo siento. —Marie, si bien saltaba a la vista que estaba afligida, esbozó una sonrisa sin parecer forzada; luego, hizo el intento de abrazarlo, al menos lo que su abultado vientre le permitía—.
Eso no nos lo devolverá —le murmuró al oído antes de apartarse y echar un vistazo a Sienna, que seguía a su lado—. Tampoco a Margaret —añadió.
—Ella es... —recomenzó Ben.
—Sienna Reedstter —se adelantó Sienna, haciendo una pequeña reverencia—. Mis condolencias, señora Oakwater. William Oakwater ha dejado una huella imborrable en los corazones de todos nosotros.
—¿Le has conocido? —preguntó Marie.
—No en persona —admitió Sienna—. Pero he oído tantas historias de él, entre ellas la de su participación en la Guerra del Eclipse Rojo, que tengo la rara impresión de haberlo conocido.
—Sí, bastante rara —asintió Marie con el ceño levemente plegado; volvió la vista hacia Ben—. Silas Katterblack resultó herido en el enfrentamiento. Damien te pondrá al corriente de los debidos detalles en algún momento.
—¿Qué sucedió con Julius? —Según Kedr, el señor Katterblack había sufrido una terrible herida en la pierna, y su hermana y la hermana del propio Silas lo cuidaban con desvelo; al parecer, la magia sanadora hadúna no había surtido efecto en la herida.
Kedr también aseguró que ningún otro seguidor de la luz resultó herido o muerto en la contienda.
—Julius está bien —dijo Damien, que se acercaba a ellos con una turbada sonrisa. Tenía un arañazo en la mejilla izquierda, un moretón en la derecha, y una costra de sangre seca en el centro del labio inferior—. La hermana de Marie, Nadine, ha estado con él en todo momento.
—¿Es... él de nuevo?
—Sí —afirmó Damien—. Aunque no lo sabemos a ciencia cierta. El pobre no hace otra cosa que preguntar por «Lilian» y por «Nigel» en sueños. A veces también llama a una «Jane».
—Es él —asintió Ben.
—Nadine ha estado suministrándole una poción de ensueño para hacerle recuperar las fuerzas —añadió Marie en voz baja, ladeando la vista para asegurarse de que nadie los estuviera escuchando hablar de pociones y batallas nocturnas—. Dice que presenta indicios de fatiga.
—¿Recordará lo que hizo Rastus cuando estuvo en su cuerpo? —inquirió Ben.
—No hay forma de saberlo—dijo, en cambio, la voz de una mujer a su espalda—. Hay que esperar a que despierte. Si tuviera que adivinar, yo diría que sí.
Ben se volvió.
—Olivia —saludó.
—Ben Holbrooke.
—¿Ya se conocen? —preguntó Damien. Parecía desconcertado.
—Sí —asintió la señora Witheford, colocándose junto a su esposo—. En un baile de John Treddaway, hace algunos años.
Ben recordó.
—Sí, Jeffrey Greystar quería prometerme a su hija —dijo sin medir sus palabras—. Lamento la muerte de tu hermano Jason.
—Yo lamento la de Margaret. —Olivia miró de soslayo a Damien, y después, con el ceño fruncido, a Ben—. No sabía ese detalle del compromiso.
—No habría por qué —dijo Ben—. Tu padre nunca lo mencionó abiertamente, y yo le di a entender que estaba comprometido. Una mentirijilla.
—Y todos sabemos la razón —dijo Sienna—. Margaret Treddaway.
—Sienna Reedstter —murmuró Damien, confundido—. ¿Qué haces aquí?
Olivia, se fijó Ben, escrutó a la aludida con la mirada.
—La respuesta salta a la vista —dijo, al mismo tiempo que ladeaba los ojos hacia Ben con un aire sugerente—. ¿Dónde está tu hermano? ¿Ha venido Charles contigo?
—No —replicó Sienna, secamente—. Como ves.
—Froy se casó con una Raystar, tengo entendido—siguió Olivia, mordaz—. Creía que tú estabas prometida al hermano de Mildred, Gareth.
—Lo estuve. Ya no.
—¿E imagino que la razón es Ben? —Olivia enarcó una ceja.
—Olivia. —Damien tomó con delicadeza a su esposa por el brazo y se la llevó al otro lado de la estancia.
Durante la conversación entre Ben y los Witheford, Marie había regresado con las Belwolf al sillón donde estaban sentadas.
Louise Belwolf no le quitaba los ojos a Ben, en tanto Berenice intentaba, sin éxito, que su hermana apartara su indiscreta mirada.
Ben recorrió con la vista la habitación lúgubre que en otro momento le había parecido una sala hermosa, cálida, familiar.
Hubo miradas peores que la de la joven Louise.
Por ejemplo, la de Andrew Yellowfield, el suegro de Will; o la de Bernard Belwolf, que apenas supo disimular su curiosidad o interés por Ben mejor que su hermana.
La señora Westwick, en cambio, lo vio con tristeza, y su esposo, Peter, ni siquiera llegó a saludarlo.
No vio a Frank por ningún lado. En cambio, los hermanos Blackfell lo saludaron y alabaron sus hazañas pasadas.
John Richmond y su esposa se acercaron y le contaron sobre el arresto de la señora Edna Abernathy, la esposa del barbero, quien confesó sin un ápice de remordimiento haber causado el incendio que devoró la biblioteca pública del pueblo.
Al parecer, Cicero Mormont había revelado dicha información a William la noche del enfrentamiento, tras lo que John se presentó en la casa de Abernathy para confrontarla.
—Edna culpa a Will de la muerte de su señor esposo —abundó Tanya Richmond, que parecía bien informada de lo ocurrido—. Sin embargo, no esperaba que las llamas también se cebaran con el establecimiento de su señor esposo, por lo que ni siquiera pudo sacarle ningún provecho.
—¡Tanya! —espetó John a su mujer—. ¡Qué cosas dices!
Más tarde, Ben se topó con Vallery Atwood, quien lo saludó con alegría apagada.
Había conocido a la esposa del difunto Rupert el año previo a la guerra del eclipse, cuando daba la opinión de que acabaría casándose con el magistrado de Azur, Wyllas; por entonces ambos eran inseparables.
Al verla, Ben se fijó en que Atwood no parecía especialmente triste por su propia pérdida ni por la de Will; todo lo contrario, sonreía y hablaba con animosidad, un rasgo propio de su pueblo.
—Estoy cansada —dijo Sienna, tomada del brazo de Ben—. ¿Podemos irnos ahora?
—¿Adónde? —Sienna se hospedaba en el hostal del pueblo, y Ben...—. ¿Quieres regresar al salón de los Viejos Conjuros? ¿A la oscuridad?
—Sí —dijo ella, con un suspiro—. Contigo.
«Le di la espalda; ahora está muerta». Ben, a decir verdad, también se sentía cansado.
—Está bien. —Le tendió su brazo. En cuanto se volvieron hacia la puerta principal, tanto el rostro como el cuerpo de Sienna se quedaron inmóviles del más puro asombro (aunque también había miedo y confusión en su mirada, se fijó Ben). Ben llevó la vista en la misma dirección que la de la joven.
Un hombre acababa de plantarse en la entrada. Era alto y nervudo. Cabello negro, ojos tan oscuros como su sombra y un gesto severo en el entrecejo. Una sonrisa inicua aleteaba en sus pálidos labios. Su presencia fue opacando la estancia a medida que se acercaba a ellos.
—Antes has dicho que no había venido —le dijo Ben a Sienna.
—Yo... yo creía... que no —balbuceó ella.
El hombre se cernió ante ellos como una sombra que cortaba la luz.
—Hermana —saludó Charles Reedstter.