21
OSCURO DESPERTAR
El prado se extendía verde hasta donde alcanzaba la vista.
A la distancia se apreciaban los cabellos dorados de la joven que corría entre risas hacia el horizonte, emulando un alba en pleno apogeo.
Ben se la quedó mirando un instante, incapaz de creer lo que veía, antes de echar a correr en pos de ella.
—¡Margaret! —gritó.
El cenit parecía remarcado con un millar de relucientes cristales.
Atardecía; el cielo se teñía de azul violáceo, luego naranja ardiente, y rosado intenso al final; entre tanto, transcurrían los minutos en un ritmo lentísimo.
La joven seguía corriendo, sin volverse a mirarlo.
«Por favor, detente —pensó Ben, la respiración entrecortada—. Espérame».
—¡Margaret! —volvió a gritar.
Ella corría, dando saltos gráciles, los brazos extendidos a los lados como las alas de una mariposa a punto de emprender vuelo.
Se alejaba. Cada vez más. Ben sentía que estaba cerca de desfallecer, apenas podía respirar, tenía los ojos anegados de lágrimas.
Apenas lograba distinguir la vaga silueta de Margaret a una distancia imposible de llegar.
La joven estaba por desaparecer de su campo visual.
Ben pensó que no podía rendirse tan fácil, tan pronto.
.., no podía dejarla ir de nuevo. Cada paso que Ben daba (al menos esa era la impresión que tenía) lo alejaba más y más de ella.
Al final, se dejó caer de rodillas y estiró la mano; tenía ampollas rojas en los nudillos.
—¡Margaret! —llamó por última vez. Nada perdía. Sintió la garganta en carne viva y en los labios, el sabor amargo de las lágrimas. Ella seguía corriendo.
Y despertó; jadeaba, sobresaltado, con el cuerpo empapado de sudor de la cabeza a los pies.
El amasijo de sábanas que lo envolvía también estaba húmedo, cálido, y olía a esencia de clavo y lavanda.
La joven a su lado se movió. Por un instante creyó que se trataba de Margaret.
Uno breve, menos mal. «Sus cabellos eran dorados».
Sin embargo, la melena de la joven junto a él era negra.
Sienna se volvió despacio hacia Ben, y abrió sus soñolientos ojos.
Ben no sabría decir con exactitud de qué color eran. Daba igual.
—¿Estás bien? —preguntó ella, la voz tan suave como un ronroneo.
—Sí. —Ben se pasó la mano por la cabeza—. ¿Por qué?
—Sentí que te agitabas —dijo Sienna Reedstter—.
Esta cama es demasiado estrecha como para no hacerlo.
—Se incorporó; la sábana se le deslizó cuerpo abajo, dejando sus senos al descubierto.
Ben no pudo evitar mirarlos y sentir el deseo de poner sus manos en ellos, rozarlos con la punta de la lengua, besarlos. .. Esto, mientras pensaba en Margaret.
«¿Qué he hecho?»
Una mano lo tomó con dulzura por el mentón; Sienna lo instó a mirarla a los ojos.
Ella sonreía a la vez que fruncía el entrecejo levemente.
Era hermosa, sensual, con un cariz delicado como el de una fina porcelana, pero al mismo tiempo era una fiera que no se amilanaba con facilidad.
De riendas tomar, como quien dice. Sus ojos traslucían mucha decisión.
El cabello, tan negro como el telón de la noche, le caía hasta más abajo de la cintura, y Ben se había hecho devoto de acariciarlo con sus dedos.
Su rostro era un tanto alargado, también sus pestañas, y tenía labios carnosos que podría mordisquear suavemente durante horas.
La vela, sobre el escritorio, estaba por consumirse. Ben se deslizó fuera de las sábanas.
—No me has dicho aún —le preguntó a Sienna mientras sustituía la vela—. ¿Qué haces aquí, al otro lado del mundo?
—La verdad —dijo ella con picardía—, apenas cruzamos alguna palabra antes de acabar de esta forma.
—Lo miró de arriba abajo. Ben sintió vergüenza momentánea; estaba desnudo como el día de su nacimiento.
Tomó sus calzones, tirados a los pies de la cama.
Sienna profirió una risita—. Es demasiado tarde para cubrir lo que ya se ha visto —añadió.
—Lo digo en serio —insistió Ben, volviéndose—. ¿Por qué has venido?
—Mi padre —contestó Sienna.
—¿Tu padre?
—Sí. Me ha enviado.
—¿Por qué? —Ben no concebía una razón lógica por la que el despiadado señor Reedstter haría tal cosa. A menos que...
—Quiere que me case con el último Holbrooke —contestó ella, no tan sonriente—. De eso se trata. Y, siendo franca, nunca estuve más de acuerdo con mi padre en algo.
Ben no daba crédito; bajó la vista, atónito, incapaz de pensar con coherencia.
—Lo último que supe fue que el señor Reedstter casaría a su única hija con un Wolfgang —señaló Ben—. ¿Acaso ha cancelado el compromiso por mí?
Sienna sonrió.
—Es evidente. —Se apartó un mechón de cabello de la frente—.
Quería un mejor partido para su única hija casadera.
Como dije, yo estuve de acuerdo. Y lo seguiría estando una y otra vez —agregó—.
Además, ese no fue el único compromiso que mi padre rescindió.
Ni siquiera el último antes de enviarme a tus brazos.
—¿A qué te refieres?
—Tras tu repentina partida, mi padre arregló el matrimonio entre mi hermano Froy y Mildred, la que iba a ser la señora Holbrooke —explicó Sienna—. En cambio, a mí me prometió al hermano mayor de Mildred, Gareth Raystar. Entonces sucedió algo inesperado. Y el resto, como ves, es historia.
—¿Qué algo ? —Ben no comprendía. Un matrimonio significaba una alianza. Pero ¿qué tipo de alianza querría obtener el señor Reedstter de Lester Raystar?—. Creo que me has estado mintiendo. Que tu padre ignora tu paradero.
—No —soltó Sienna.
—¿Qué hay de Charles? —El primogénito de Robert era tan perverso y calculador como su padre.
Recordó la historia que Julius le contó aquella noche en el baile de Wolfgang.
Charles había dado a su hijo a la familia de su esposa cuando esta falleció, acusando al pequeño del asesinato de su madre—. ¿Él también vendrá?
—No, Ben —dijo ella, con notable seguridad—. Mi padre me ha enviado solo a mí. Quiere que el último Holbrooke forme parte de nuestra familia. Nunca ha existido tal unión de fuerzas, Ben; imagina un niño nacido con tus dones y los de mi familia: sería incomparable.
«No hablo del amor que siente el uno por el otro.
..» Ben se levantó, exasperado. Caminó de un lado a otro.
La tía Marcia le dijo en una ocasión que su padre nunca se fio de los Reedstter, que eran oscuros por dentro para mantener las apariencias en el exterior a fin de servir por debajo de cuerda a la oscuridad.
¿Y si el oráculo se refería a ese tipo de oscuridad cuando dijo aquello del Liberador?
¿Acaso estaba haciendo una referencia metafórica en vez de literal?
—¿Qué fue ese algo inesperado que hizo cambiar de opinión a tu padre, Sienna?
Ella no había contestado la pregunta; Ben tenía una idea próxima de la respuesta.
Sienna bajó la mirada, tal vez avergonzada.
—Margaret —dijo, por fin, con un hilo de voz.
«Entonces lo saben», pensó con profunda tristeza.
A pie enjuto, el señor Raystar se había reído a carcajadas al enterarse de la noticia de que habían asesinado a la mujer por la que dejaron plantada a su hija.
Se contuvo de echarse a llorar. No quería hacerlo y que Sienna lo viera.
Margaret había sido la última persona que lo había visto derramar lágrimas de pena, y lo había consolado.
.. ¿Lo consolaría Sienna? Bien mirada, la joven parecía dispuesta a hacer cualquier cosa por él.
—Lo siento —murmuró Sienna.
—No tienes por qué sentirlo. —Ben forzó una sonrisa—. Fue uno de los sirvientes de Mormont; la asesinó clavándole un puñal en el vientre.
Sienna murmuró algo entre dientes sobre el vientre en cuestión.
—¿Qué? —preguntó Ben.
—Nada. —Sienna, sonriente y desnuda, salió de la cama y fue hasta él—. Siempre soñé con el día en que acabaría en tus brazos. El día en el que me convertiría en la señora Holbrooke. Cuando mi padre me ordenó venir a por ti, también me dijo que te transmitiera su más sentido pésame.
«¿Y también te pidió que me calentaras el lecho?», quiso preguntarle Ben. Contuvo la lengua.
—¡Señor Ben! —gritó alguien, de pronto, desde la lejana entrada del salón—. ¡Señor Ben!
Ben reconoció al mensajero hadúno que le traía provisiones y alimentos.
Siempre con una sonrisa en los labios, y los ojos jade, relucientes; su cabellera era amarillenta como el plumaje de un crío de pollo, y su nariz, afilada como una lanza.
Era uno de los sirvientes de Silas Katterblack, quien personalmente lo eligió por su condición mágica, pues solo un ser mágico de noble corazón era capaz de encontrar por sí solo el camino al salón de los Viejos Conjuros.
(Si no se hubiera topado con Sienna fuera de la iglesia, tal vez habría sido capaz de averiguar qué tan puras eran las intenciones que la habían traído a River Town, pensó Ben.)
Kedr dejó las cestas tejidas en el suelo con mucho cuidado.
Eran dos: una con toda clase de alimentos frescos: frutas, carne seca, pan, galletas de arroz, de avena, trigo, sal, leche fermentada; la otra contenía ropa limpia, libros, pergaminos, tinta, plumas, velas. .. Ben asintió hacia el mensajero.
—Gracias, Kedr.
—Para servirle, señor —dijo Kedr, con una amplia sonrisa. Asintió e hizo ademán de enfilar el refugio de Ben en las sombras.
Ben se interpuso.
—¿Adónde vas?
—A cambiar el orinal, señor. —La sonrisa de Kedr era inquebrantable; si la actitud de Ben lo desconcertaba, no daba muestra de ello—. Si me lo permite.
«¿Y dejar que la veas desnuda en mi cama? —pensó—. No, claro que no».
—Ya lo he hecho yo, Kedr —mintió—. Además, he estado usando el cuarto de baño de la Iglesia a expensas del reverendo Jensen. No me siento cómodo con que cambies mis meados cada vez que vienes aquí.
—Para mí es un placer, señor.
«¿En serio?» Levantó las cejas.
—No tanto para mí —suspiró Ben—. De momento, eso es todo, Kedr. Puedes irte.