20 #2
—Tal vez. —Cicero soltó otra risita ácida—.
Pero ¿qué importa ahora? Mi primo Eneas viene en camino, y llegará a este insípido pueblo acompañado por una hueste insuperable de servidores de la oscuridad.
Lo hará como emisario de su padre, el Gran Amo del clan Mormont, para cumplir un propósito: venganza.
—Hizo una pausa—. Pero, ya que estamos aquí, podemos adelantarnos y terminar con esto de una vez por todas.
—¿Tú y cuántos más? —inquirió Will, desafiante.
—¿Yo? —Cicero carcajeó—. Otra vez te equivocas. Nunca he dicho que lo haría yo. —Echó un vistazo por encima del hombro a Julius. Volvió a mirar a Will—. Por cierto, en caso de que aún te lo preguntes, fue la viuda del barbero la que prendió fuego a la biblioteca.
En el momento en que Cicero Mormont revelaba al autor del incendio que arrasó con la biblioteca, los seguidores de la luz empezaron a salir de las sombras.
—No es justo —dijo Cicero. Sonaba divertido en vez de indignado—. Ustedes son seis y nosotros, solo dos.
—¿Justo? —Silas rio—. Ríndete y seremos justos contigo.
—Tú debes ser el más inteligente, sin duda.
—La sonrisa de Cicero se desvaneció como humo.
Avanzó un paso. La luna derramó sobre su rostro un chaco de luz parca, lo suficiente para develar del todo sus facciones anodinas, sus ojos tan negros como tizón—.
Julius los asesinará a todos cuando le dé la orden.
—¿Julius? —soltó Will. A su lado, Frank Hornwood, tenso como un palo, aferraba un par de daxarus —. Ya sabemos la verdad. Se trata de tu hermano. Rastus Mormont. No te atrevas a negarlo.
Si aquella afirmación sorprendió a Cicero, este no dio muestra de ello.
—No sé de qué estás hablando —dijo el nigromante con naturalidad y un amago de su perversa sonrisa—.
Si con esa excusa esperas conciliar el sueño luego de intentar asesinar a tu gran amigo, pues bien, hazlo.
—Bufó risueño—. Pero, vamos, ¿de verdad serías capaz de asesinar a Julius mirándolo a la cara?
Will no contestó; Damien advirtió cómo tensaba la mandíbula, las manos, la línea de los hombros.
—Yo creo que no —afirmó Cicero. Esbozó su sonrisa más terrorífica hasta ahora.
Alzó los brazos a los lados como un par de alas, dando la impresión de que la luz de la luna titilaba un par de veces como la llama de una vela rozada apenas por una tenue brisa.
La sombra que proyectaba el nigromante también se estremeció; acto continuo, de ella, se alzaron cerca de medio centenar de siluetas negras traslúcidas de hombres armados con puñales.
Cicero Mormont bajó los brazos. Dio la orden.
Damien ladeó la cabeza al escuchar a Jaime gritar « uxaxus »; el muchacho tensaba una flecha, cuya punta brillaba como un lucero nacarado (de hecho, todas las flechas del carcaj que llevaba a su espalda brillaban con la misma luz), y disparaba hacia los espectros que se lanzaban a la carga.
Silas había desenvainado una hermosa espada de hoja delgada, tan bruñida como una pieza de cristal.
« Tehlus », vociferó Katterblack, y la hoja se encendió con un fulgor tanto amedrentador como precioso.
A su lado, John Richmond empuñaba un par de nuxus que alguno de los seguidores de la luz debió haber invocado para él.
Frank Hornwood y Hardin Blackfell asían un par de daxarus , que despedían una luz rojiza.
Cicero Mormont soltó una carcajada que se superponía al fragor de la batalla que estaba a punto de empezar.
Los hombres sombras, arma en manos traslúcidas, corrían con andar torpe al encuentro con los seguidores de la luz.
Jaime a duras penas había conseguido liquidar un par de espectros de lo que, en opinión de Damien, era medio centenar o casi; era imposible saberlo con exactitud, pues podía haber más sombras sin origen dentro de las penumbras que se aunaban en la calle, allí donde la luz de la luna no alcanzaba a iluminar.
Damien extrajo un par de fraxs , e invocó su luz con apenas unos segundos de anticipación a su primer adversario.
Un espectro estalló cuando hendió la hoja a la altura de su cuello traslúcido.
Del torbellino subsiguiente, surgió otra sombra al ataque.
Damien, sin embargo, tenía la vista en otro objetivo que estaba a escasos metros de él: Cicero.
— ¡Ve a por él! —gritaba éste.
La orden era para Julius. Damien vio avanzar al poseso hacia el fragor de la pelea.
No alcanzó a ver a por quién iba (Oakwater, sin duda), pues tres sombras sin origen bloqueaban su campo visual.
A pocos metros, Jaime proyectaba flechas en una rápida sucesión, acertando en el pecho o en la cara a los espectros con un tino impresionante.
Nubes negras estallaban aquí y allá. Voces reverberantes.
El canto del metal mágico al hendir el aire.
Más flechas zumbando. El aroma del gélido aire nocturno se tiñó con el olor del hollín, el azufre y la sangre.
Silas vociferó una palabra ininteligible, y se arrojó al ataque, repartiendo tajos con su espada a diestra y siniestra.
Blackfell, Hornwood y Richmond, asimismo, luchaban espalda contra espalda mientras eran rodeados por un círculo de espectros.
Damien saltó en el aire, las fraxs reluciendo en sus manos, y las hendió con soltura, dejando una estela a su paso cortante.
Un par de espectros estallaron al mismo tiempo.
Damien casi pudo saborear la nube de hollín que lo envolvió como una niebla oscura.
Tres hombres sombras más se lanzaron al ataque; Damien se agachó, esquivó, hendió las dagas.
Los hombres sombras se evaporaron. Damien giró la cabeza.
La calle que se había convertido en un campo de batalla era un caos de hollín, espectros y destellos mágicos. Y, en éstas, ¿dónde estaba Will?
De súbito, un hombre sombra descomunal emergió ante él.
.. Damien trastabilló en tanto intentaba recular.
El espectro trató de herirlo en el cuello.
La hoja rozó su mejilla. El sobresalto le hizo soltar una de las fraxs .
Damien se tambaleó, dejando escapar el aire de sus pulmones.
Sintió una ráfaga de viento cerca de la oreja a la par que entreveía un destello que pasaba por su lado con el rabillo del ojo.
Cuando se fijó de nuevo en el espectro, una nuxus había aparecido incrustada en su pecho traslúcido. Damien se volvió.
—De nada.
Era Alistair Treddaway, que pasó por su lado, recobró su daga y se lanzó de nuevo a la carga.
Damien no recordaba haberlo visto con los demás.
Will, sin embargo, había dicho que el joven Treddaway se uniría a ellos esa noche.
Tal vez Alistair no estaba al tanto de cuándo empezaría la batalla; después de todo, no había estado cuando el resto ultimó los detalles de aquel encuentro.
Damien hizo lo propio: recuperó la fraxs perdida y recibió a la siguiente media docena de espectros con tajos y puñaladas. Vislumbró a William.
Combatía contra Julius.
Distinguió el fulgor dorado del arma que empuñaba como el de la Rhiptus. Parecía que aferraba en su mano un rayo de sol.
De pronto, un grito fracturó la tensión del combate.
Cicero apareció ante Damien, esgrimiendo una adamantus .
Damien neutralizó el ataque de perillas con ambas dagas; ladeó el brazo, alzó una pierna e hincó la rodilla en el estómago de Cicero, que reculó algunos pasos mientras se tambaleaba.
Enseguida, el nigromante se recobró y se lanzó de nuevo al ataque.
Damien le golpeó en la costilla; Cicero a él, en la mejilla; después, lo aferró por la muñeca.
Damien asió con fuerza las fraxs . Al cabo cayeron al suelo con un golpe ahogado.
—Le daré saludos de tu parte a la dulce Olivia —sonrió Cicero.
—¡No digas su nombre! —bramó Damien. Golpeó a Cicero en la garganta con la punta del codo; luego, descorrió algunos pasos para ganar terreno en tanto veía que Mormont no daba señales de ahogamiento.
En cambio, se erguía casi al instante, con la a damantus firme en la mano.
Pelearon con armas, golpes, tajos, maldiciones.
Al cabo, Damien consiguió clavar una de sus dagas en la muñeca de Cicero, la muñeca de la mano con la que aferraba su sable.
El cual salió despedido por el aire. Mormont, atónito, retrocedió.
Damien fue a por él, lanzó tajos con la daga que le quedaba; la otra seguía incrustada en la muñeca del nigromante.
Cicero los esquivó todos... menos uno...
El corte le desgarró el pecho desde el hombro izquierdo hasta el pectoral derecho.
Un chorro de sangre negra salpicó el antebrazo de Damien.
Cicero abrió mucho los ojos, se tambaleó hacia atrás.
Al final cayó de rodillas, con el rostro amoratado y lleno de venitas negras que latían bajo su piel cadavérica.
No sonreía. Todo lo contrario. Damien avanzó hacia él para darle la estocada final.
Y, de pronto, un torbellino oscuro empezó a formarse en torno al nigromante y al seguidor de la luz, con fuertes ráfagas que llevaban consigo el aroma de la muerte y la oscuridad.
Damien retrocedió al sentir que sus pies dejaban de tocar el suelo.
Casi al mismo tiempo, la nube oscura se evaporó, y con ella, Cicero Mormont.
Tehlus resplandecía. A su paso cortante, la espada dejaba una brillante estela azulada, rodeada por un rastro de humo que dejaban los espectros al esfumarse.
El frío, que hace un momento le calaba hasta los huesos, se había desvanecido en el fragor de la batalla.
Eran seis seguidores de la luz (incluido Alistair Treddaway, que había llegado un poco tarde a la contienda), y John Richmond, que era humano común, combatiendo contra una horda que casi los superaba diez a uno.
Eso daba igual: los seguidores estaban venciendo.
Los espectros estallaban, algunos profiriendo gruñidos quedos que se desvanecían en el aire nocturno, en tanto Jaime Greystar disparaba flechas en un ritmo acelerado; John Richmond hendía un par de nuxus que Hardin había invocado para él; John era ágil, veloz, con una habilidad para el combate equiparable a la de los seguidores de la luz.
Sus tajos acertaban y explosionaban en nubes negras.
Un hombre sombra tan alto como él emergió de frente, y le lanzó zarpazos a un ritmo vertiginoso.
John resistió tanto como pudo... hasta que una de las dagas se le escapó de la mano.
Frank Hornwood parecía un bárbaro. Con una ferocidad incomparable a la de los seguidores de la luz que le acompañaban, dosificaba a los hombres sombras con tajos de sus dagas casi inhumanos; esto, mientras mantenía la mandíbula tensa, enseñando los dientes, profiriendo bramidos.
Silas desvió su atención hacia William, que luchaba contra Julius en ese momento, pasando por el caos de sombras y nubes de hollín que estallaban aquí y allá.
La Rhiptus era una daga de hoja mediana de acero revestido de oro y dotada del hechizo purificador del que solo los gnomos, artífices de las armas mágicas, conocían.
La daga daba la impresión de arrojar un destello dorado cada vez que Will contrarrestaba los golpes de adamantus que le propinaba Julius.
No había más prueba de su posesión que esa: un seguidor de la luz nunca podría blandir una de las armas de los oscuros, salvo que la oscuridad habitara en su interior.
— ¡Cicero ha escapado! —gritó alguien a la distancia.
Silas se giró. Se trataba de Damien, que se acercaba a él con una mejilla arañada y la frax a punto de caérsele de la mano.
Lucía agotado. «Como yo —pensó—. Me arde el pecho».
Había estado llevando la cuenta de los espectros que iba liquidando, pero dejó de contar cuando este número sobrepasó la media docena.
Eran demasiados. Tragó aire con fuerza. Un hombre sombra se abalanzó sobre Silas.
Casi lo tomó por sorpresa. A una velocidad asombrosa (incluso para él), hendió a Tehlus con todas sus fuerzas.
Sobrevino un estallido. Para entonces, Damien Witheford también había asesinado a un par de espectros con una frax .
También Hardin combatía con una sola daxarus; la severa expresión en su rostro le confería cierta ferocidad a sus ataques. De perillas, Jaime disparó una flecha brillante hacia un espectro que se alzó sigilosamente a espaldas de Blackfell.
«Extraño —pensó Silas—. ¿Por qué no se han esfumado?
» Era bien sabido que los hombres sombras seguían a su líder allá donde fuera por el oscuro vínculo que los unía.
Debieron haber huido a la par que Cicero.
Sin embargo, allí seguían. El aire olía a sangre, hollín y hielo, y el frío despiadado calaba los huesos y sacudía cada poro de sus cuerpos.
Silas alzó la vista. El cielo negro, cundido de estrellas, parecía a punto de tragarlos a todos.
Se escuchaban gruñidos, jadeos exhaustos, gritos distantes.
— ¡WILL!
El grito provino de detrás de Silas. De pronto, Damien Witheford pasó corriendo a su lado mientras Silas ladeaba la cabeza en la dirección a la que iba.
Vislumbró a William, tendido en el suelo, con el arma para purificar en la mano.
Silas fue hacia él; al mismo tiempo, repartió tajos con su espada para abrirse paso.
Emergió de dentro de una nube del último espectro que se cruzó en su camino.
Damien tenía la cabeza de Will en su regazo; los ojos del hombre seguían abiertos, la luz en ellos era cada vez más opaca.
.. Intentaba hablar: decía un nombre que Silas no conseguía entender.
Había una herida sangrante en su pecho; la sangre se esparcía a los lados, creando un charco escarlata en el suelo, a la luz de la luna.
Damien sollozaba. Frank Hornwood, a ojos vistas turbado, también se acercó hasta su cuñado.
«Julius», decía Will, agonizante. Por fin, Silas lo entendió.
Miró en dirección al último resplandor de los ojos de Will Oakwater y entrevió a Julius corriendo hacia las sombras de un callejón. Debía darse prisa, pensó Silas. Se inclinó y cogió la daga dorada.
—¡John! —llamó Silas. Richmond se volvió luego de hacer estallar a un espectro, y cogió en el aire la espada que le había arrojado Silas.
Al principio estupefacto, no tardó mucho en empezar a repartir tajos a diestra y siniestra, con el rostro lleno de orgullo y una alargada sonrisa en los labios.
«Seguro no ha visto a Will», pensó Silas al tiempo que se volvía hacia Damien.
—Ve —apremió éste—. Ahora. ¡Que no escape, o todo habrá sido en vano! —Will, en el regazo de Damien, cerró los ojos.
Silas no llegó a ver si los abría de nuevo; había echado a correr en pos de Julius Startclyde, Rhiptus en mano.