Un eclipse en el alma (Hechizo nocturno) 20
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ENCUENTRO NOCTURNO

«Ha llegado la hora», pensó Will, tiritando, mientras echaba un vistazo por la ventana de su habitación. La noche estaba en su apogeo.

Hacía mucho frío; ni siquiera el pesado capote de tela basta que acababa de ponerse había reducido aquella sensación que le calaba hasta los huesos.

Salió de su alcoba, caminó por el pasillo adyacente y se detuvo ante la puerta entreabierta del dormitorio de sus chiquillos.

El pequeño Ben y Jeremiah dormitaban en sus respectivas camitas: Ben con un libro en el regazo; Jere, desmadejado a más no poder con una pierna que le colgaba fuera de la cama.

Lucy, su dulce angelito, hacía pucheros con los ojos cerrados, los bracitos sobre el pecho que ascendía y descendía paulatinamente.

Will entró a la habitación, besó sus cabezas, y se los quedó mirando un minuto o dos antes de salir y cerrar la puerta.

Fuera, Olivia, que al aparecer acababa de salir de la alcoba para invitados en la que ella y su esposo pernoctaban desde hace unas semanas, lo tomó por sorpresa.

—Olivia —soltó Will, intentando disimular su sobresalto—. No sabía que estabas ahí. —Sonrió nervioso.

—Lo siento —dijo ella—. He venido a decirte que Damien ya ha partido. Me pidió que te diera cuenta antes de irse. Lo que se proponen hacer esta noche... es demasiado arriesgado. Debiste decirle a Marie.

—No —replicó Will, la voz baja—. La preocupación podría hacer que se le adelante el parto. Y eso también entraña demasiados riesgos.

—Pero... ¿y si despierta? —insistió Olivia.

—Marie duerme a pierna suelta —le aseguró William con una sonrisa—. Al menos durante los embarazos. Ella misma te lo diría. Para cuando despierte mañana, yo estaré tendido a su lado.

—O entonces descubrirá lecho vacío —añadió Olivia.

«Es posible».

—No te preocupes, Olivia. —Will enfiló las escaleras mientras hablaba a la mujer que le pisaba los talones con discreción.

Hacía un mínimo esfuerzo porque sus palabras sonaran llenas de convicción.

Al mismo tiempo era consciente del temblor en sus manos.

Sabía que no era solo el frío lo que las hacía temblar—.

Damien y yo estaremos de vuelta antes del amanecer.

O, con algo de suerte, puede incluso antes.

—Se detuvo en el recibidor, abrió la puerta y se caló la capucha del capote con soltura—. Confía.

Minutos más tarde, cerca del pueblo, Will volvió a mirar la noche sobre su cabeza.

El cielo era negro terciopelo, cubierto de estrellas luminosas que parecían devolverle la mirada.

El frío redoblaba esfuerzos. Le quemaba las mejillas, le helaba los párpados, y engarrotaba los dedos, aun cubiertos por guantes de cuero y piel.

Will exhaló; un vaho blanco manó de su boca y se disipó casi enseguida en el aire.

Continuó su camino por la calle que llevaba hasta el centro.

Extraño, pensó Will; la noche era fría, despiadada, pero no nevaba.

«¿Acaso es una señal? —se preguntó—. ¿Un mal augurio?

¿Uno bueno?» Will se metió las manos en los sobacos del abrigo y apretó los labios antes de que los dientes le empezaran a castañetear.

Quería tragarse el frío, los nervios, sus temores, todo aquello que bullía en su interior.

Hizo tripas corazón para contenerse. Siguió avanzando por el solitario camino enfangado, marcado por el paso de carruajes en horas previas.

Metió una mano en el bolsillo interno del capote y palpó la fría empuñadura de la Rhiptus . Como para infundirse valor.

El filo de la daga rozó su dedo pulgar. Will solo había usado una daga purificadora en una ocasión, hace mucho tiempo, para encontrar a su hermana y sobrino a través de un hechizo localizador (que consistía en verter tu sangre sobre un lienzo de piel de oveja en tanto se decían las palabras del hechizo; el corte debía hacerse con la Rhiptus ).

En aquella oportunidad había llegado demasiado tarde.

Esta vez no sería así, pensó. Puede que la daga estuviera afilada, pero no hacía falta hacer un corte profundo para que su magia purificadora surtiera efecto.

Con un pinchazo bastaría. Un leve rasguño, y el conjuro que anclaba el alma sombría de Rastus Mormont en el cuerpo de Julius se desvanecería en un instante.

Al menos eso dijo Wyllas que pasaría. La única referencia que existía sobre un suceso igual era aquella historia no verificada de Oskar Wolfgang. Nada más.

¿Y si era más complejo? ¿Y si hacía falta clavarla en el corazón? ¿Funcionaría?

Recordó la noche que usó la Rhiptus para realizar el hechizo localizador y hallar a su hermana y sobrino.

Había funcionado. Resultó que Hyacinth y Eugene estuvieron todo ese tiempo cautivos en la bóveda subterránea de la residencia de lord Hornwood.

Allí los encontró: su hermana tenía una hendidura sangrante a la altura de la garganta, y el pequeño Eugene tenía el cráneo hecho un amasijo de hueso, sangre, sesos.

Will se había dejado caer de rodillas ante la inminente oleada de pesar que embistió su pecho en ese momento, y en la rabia desmesurada que sobrevino después.

William tiritó. El frío aumentaba a medida que se acercaba al corazón del pueblo.

Partículas de nieve danzaban en el aire.

El lodo en las calles se congelaba. Otro vaho manó de su boca al suspirar.

El aire olía a hielo y a especias del mercado.

Olía a hollín. Con la mano metida en el capote, volvió a palpar la empuñadura de la daga como si tratara de infundirse un poco más de seguridad.

«Solo un rasguño —se dijo—, y Julius volverá a la normalidad».

Esperaba no tener que matar a Julius. Julius luchó a su lado durante la Guerra del Eclipse Rojo, estuvo cubriéndoles las espaldas a Ben y a él cuando Cletus Mormont se alzó sobre el campo de batalla a lomos de Sogor , su aterrador corcel alado.

Julius había liquidado a Casandra Mormont.

Julius había distraído a Helio V Mormont, el asesino de su hermana y sobrino, para que Will pudiera apuñalarlo por la espalda.

Esto, mientras Ben y Philip, no muy lejos, combatían contra Cletus y el primogénito de éste, Helio IV, en la fortaleza de los Mormont.

«Ojalá estuvieras aquí, amigo mío». Pensaba en Ben, que le había dado la espalda; que se había obsesionado en seguir con la investigación de Will para relegar el dolor de la pérdida de su amada; que estaba solo, en la oscuridad, reviviendo cada noche los últimos momentos de Margaret, gracias al oráculo del pasado.

Will alzó la mirada en busca del consuelo de la luna. No había rastro de ella a la vista.

Las calles, solitarias, parecían guardar un oscuro secreto.

«En River Town no hay lugar para los secretos», eso decían.

No había un alma a simple vista caminando aquel sendero de tierra lodosa, salvo Will; era evidente que nadie quería arriesgarse a cruzar su camino con el Destripador, que al presente había asesinado a once pobladores.

Su víctima más reciente había sido el hijo mayor de Peter Westwick.

Empero, todas las muertes que habían acontecido en River Town tras el baile del solsticio fueron cometidas por Cicero Mormont, y no por Bos Kado, al que originalmente se adjudicó el mote de Destripador.

Por debajo de cuerda, había quien decía que William Oakwater era el auténtico asesino.

Entonces allí estaba, ante las ruinas ennegrecidas de la primera biblioteca pública de River Town.

Donde todo empezó. Se quedó mirándolas, inmóvil, como si aquel frío atroz lo hubiese helado de pie a cabeza.

Y observó: los ladrillos que antes habían sido paredes, ahora eran un montón de restos lamidos por el fuego; la madera abrasada, que otrora había sido estantes, pasamanos, escaleras.

Entre los remanentes, además, lograba entrever cubiertas de libros medio carbonizados que alguna vez leyó, y lámparas de cristal resquebrajado, lamidas por las llamas.

Por fin ubicó la luna, que vertía una parca luz sobre lo que alguna vez fue su segundo hogar.

El fuego también se había llevado los edificios contiguos a la biblioteca, entre ellos la barbería de Abernathy, y un taller de zapatos.

No hubo heridos ni muertos. ¿Qué se habría propuesto Cicero con aquel incendio?

¿Causarle más dolor? ¿Enviarle algún mensaje? Daba igual.

Will recordaba las llamas asomando de las ventanas destrozadas, el humo negro que se elevaba en el cielo; los gritos, las toses, la desesperación, su propio desaliento. El fuego se había extinguido del todo hacia el atardecer.

—Una obra maestra, ¿no crees?

Will se dio vuelta de inmediato. Cicero, vestido de negro, estaba de pie en el centro de la calle.

Julius, a su lado como una sombra, se limitaba a mirar a Will sin expresión.

«No es Julius —se recordó Will—. Es Rastus».

Sacó sus manos de los sobacos y apretó los puños a los costados.

El frío remitió de su cuerpo. En su lugar, se avivó un fuego abrasador incitado por la cólera.

—Lo has hecho tú —soltó Will, la mandíbula tensa.

—¿Yo? —dijo Cicero con falsa indignación, y profirió una risita cargada de ácido—.

Aunque me encantaría llevarme el crédito, me temo que te equivocas.

¿Qué obtendría yo para la causa de Mormont incendiando una biblioteca?

Piénsalo. Ambos sabemos que lo que queremos los Mormont no se encontraba entre aquellas paredes y montón de libros. Oh, no. Yo no tuve nada que ver.

— ¡Mientes! —gritó Will.