Un eclipse en el alma (Hechizo nocturno) 19 #2
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—¿Shakespeare? —dijo John.

—Sí. —Sonriente, Silas cogió el tomo de Noche de reyes , un fino volumen de cubierta de cuero parduzco—.

Shakespeare. Todos ellos —indicó—. Pero, ¡cuidado!

Si coges el libro equivocado, podrías morir en un santiamén.

He ideado un cambiante sistema de códigos basado en los títulos de los libros.

.. que te explicaré más tarde... envuelto por un fuerte hechizo protector que te haría polvo el corazón en el pecho si cometes el error.

—Sacudió el libro que tenía en la mano—.

El hechizo neutraliza a cualquier criatura viva que intente cruzar el portal: sea de luz o de oscuridad, o incluso gente común.

—Vaya —dijo Jaime Greystar, impresionado.

—Sigo sin comprender. —John fruncía el ceño—. ¿Qué se supone que deba pasar ahora?

La vista de todos los presentes en el cenceño estudio estaba puesta en el estante repleto de volúmenes coloridos, todos de Shakespeare, a espaldas de Katterblack.

La cubierta de Hamlet era de rojo llamativo con la inscripción del título en letras doradas en el lomo.

«Tarda un poco —quiso decir Silas, sin convicción—.

Sé que funciona. Si no, ya estaríamos todos muertos».

Ladeó la cabeza para echar un vistazo a sus compañeros.

Simon tenía los puños apretados a los costados, los ojos brillantes, y los labios entreabiertos, húmedos.

Hardin, su hermano, fruncía el entrecejo y tenía los brazos cruzados sobre el robusto pecho.

Jaime Greystar esbozaba una sonrisa casi infantil en sus finos labios.

Richmond era el único que lo miraba directamente. Como si intuyera que algo iba mal.

—Silas.

—Espera, John.

Hubo un chirrido, los libros empezaron a oscilar en el estante.

El tañido que siguió fue mecánico. Hardin profirió una exclamación en latín, que Silas apenas comprendió, cuando el estante comenzó a deslizarse hacia un costado como una puerta corrediza que empujaba unas manos invisibles.

La vasta oscuridad se disipó cuando los candelabros del interior se encendieron por arte de magia como un fogonazo.

Simon se echó a reír; en cambio, Hardin, ceñudo, esbozó una mueca parecida a una sonrisa.

—Pero ¿qué...? —comenzó John, estupefacto.

—Lo llamo el Arsenal. —Silas sonrió satisfecho—. Ninguna sorpresa. Siempre quise una habitación solo para las armas.

—No sabía que estuvieras...

—Claro que no —le cortó Silas a John—. Era mi secreto mejor guardado; lo seguirá siendo. —Hizo un gesto con las manos para instar a sus compañeros a seguirlo. Silas entró de último, luego de dejar el volumen de Noche de reyes en su lugar.

El Arsenal era una amplia estancia con paredes de ladrillos rojos desnudos y suelo de mármol blanco con vetas doradas; la llama de los candelabros fulguraba aquí y allá, iluminando cada rincón.

Sobre las repisas de cristal, que flanqueaban la pared derecha y la izquierda, se exhibían distintas clases de armas mágicas y no mágicas: dagas largas y cortas, bastones illuminatus , látigos o Lagystux , ballestas, saetas, aljabas cargadas de flechas con filosas puntas de metal mágico.

Las espadas de Katterblack estaban en el estante frontal.

Silas siguió el paso a John, que avanzaba lentamente hacia ellas.

Se situó junto a él mientras los demás cogían esta o aquella arma, y jugueteaban entre risas y estocadas inofensivas.

Jaime hizo restallar un látigo; Hardin maldijo en latín, sobresaltado, y Simon rompió a reír.

Silas también rio.

—Niños —dijo, volviendo la vista hacia las espadas.

—Son hermosas —masculló John, los ojos abiertos como platos—. Esa tiene un brillo purpúreo... ¿o rojo?

Se refería a la espada con una hoja larga y fina como de un sable. De todas, a decir de Silas, esa era la más hermosa. O al menos su favorita.

— Tehlus —dijo Silas, y John lo miró boquiabierto—. Es una espada familiar, muy, muy antigua. Se dice que fue forjada por el mismo gnomo que obró Excalibur .

—¿Dónde la has obtenido?

—¿Yo? —Silas rio.

—Sí.

—Yo no. —Silas bajó la voz—. Ha sido Katter el Negro, el primer Katterblack. La obtuvo de uno de los prosélitos de los Primeros Seguidores. Al menos eso cuenta nuestra leyenda familiar. Su verdadero nombre es Mortesa ...

John abrió mucho los ojos.

—Pero dijiste...

—Sí, sé lo que dije, John. —Silas le puso una mano en el hombro—. Esta espada es uno de los secretos mejor guardados de los Katterblack, y lo ha sido desde hace siglos. Eres el único a quien puedo confiárselo.

John asintió, volviendo la vista hacia la espada.

— Mortesa es el nombre de la espada de Isidora, la Madre de las Bestias —dijo Richmond en voz baja—. Eso recuerdo haber leído.

—En efecto —afirmó Silas—. En una ocasión, mi padre, Charles Katterblack, me dijo que Mortesa , más que una espada, es una llave.

—¿Una llave? —John lo miró inquisitivo—. ¿De qué?

Silas se encogió de hombros. Su padre nunca se lo dijo.

—Llevaré esta —dijo Simon, alzando una Omophorys con la mano derecha, la que aún conservaba los cinco dedos.

—Tú no lucharás —replicó Hardin, el hermano de Simon, con tono severo.

—Sí, lo haré. —Simon fulminó a Hardin con la mirada al mismo tiempo que ladeaba la hoja curveada de la daga, que centelleó—. He perdido tres dedos de la mano izquierda. Pero puedo luchar tanto bien con la derecha. Lo sabes, Hardin.

—Necesitas practicar —insistió éste—. Sé que puedes luchar con ambas, aunque te valías mejor con la izquierda.

—Hardin tiene razón —intervino Silas—. Simon, sé que te encantaría vengar a tus tres dedos perdidos. Pero no deberías luchar, al menos no en la batalla de esta noche. Ya vendrá la guerra, y mientras, puedes practicar.

—Bien. —Simon asintió de mala gana.

—Mi hermana te necesita completo.

Simon bajó la mirada. Sabía que su futuro cuñado estaba en lo cierto.

—He invitado a alguien más a unírsenos en la contienda —añadió Silas.

—¿Quién? —preguntó Hardin.

—Alistair Treddaway.

Más tarde, mientras el grupo salía del arsenal, Jaime Greystar se acercó a Silas.

Era un muchacho atractivo que aún no estaba en sus veinte.

Aferraba en sus manos un arco y un carcaj con flechas mágicas con una seguridad innegable.

Silas esperaba que el chico mantuviera aquella misma seguridad ante lo que estaba por acontecer esa noche.

Como fuera, Jaime le caía tan bien como su hermana Olivia.

—¿Crees que Ben se una a nosotros esta noche? —le preguntó Jaime.

—No lo sé. —A decir verdad, no tenía muchas esperanzas.

Will y Damien habían acudido ese día al salón de los Viejos Conjuros para poner al tanto a Holbrooke de los sucesos recientes y próximos, con la esperanza de que se una a ellos en la contienda para liberar a su amigo del maleficio.

Sin embargo, Silas no albergaba tal esperanza.

Ben no había puesto un pie fuera de su refugio desde hacía meses.

Al parecer, nada, salvo aquella investigación de la que nadie sabía su cometido, parecía importarle.

«Holbrooke tiene el alma en pedazos —pensó—.

Una vez se raja el cristal, no hay nada que pueda borrar su cicatriz».