19
ALMA EN PEDAZOS
Lo llamaban el Salón-de-los-Viejos-Conjuros.
—¿Por qué? —preguntó Damien.
—Fue Ben —dijo Will—. Cuando descubrió que existía, olisqueó el aire y percibió en él rastros de una magia antigua. Eso dijo.
Tenía razón. El aire era denso, cálido, y olía a polvo, piedra, humedad.
Y a olvido. Las elevadas columnas con sus ángeles guardianes en el tope le conferían al lugar un aspecto tanto glorioso como siniestro.
La luz del día cruzaba a raudales los enormes vitrales multicolores con figuras religiosas, que hacían parte de la fachada trasera de la iglesia Saint Peter.
En aquellas partes, donde acababa la iglesia y las ventanas, reinaba una oscuridad remota, infinita; lo mismo del lado contrario.
Un lucero titilaba entre las sombras a la distancia.
—Sígueme —le dijo Will.
Damien lo hizo. Caminaron en la oscuridad, adentrándose hasta donde no llegaba el vasto fulgor que entraba por los ventanales, enfilando el rastro de luz que irradiaba el lejano lucero parpadeante.
Se trataba de una vela. Damien no tardó en descubrirlo.
Ben Holbrooke estaba sentado tras un escritorio, tan concentrado en el repaso de las páginas de un volumen (que por su aspecto parecía de la Edad Media), que no reparó en la presencia de Will y Damien en cuanto llegaron.
—Ben —llamó William.
Al oír su nombre, Holbrooke se puso en pie, corriendo la silla hacia atrás como si fuera un acto de reflejo.
Les daba la espalda. Tardó un instante en volverse hacia ellos.
Damien había escuchado muchas cosas sobre Ben Holbrooke a lo largo de los últimos quince años: de cómo venció a Cletus II Mormont y ganó la Guerra del Eclipse Rojo; de cómo perdió a su único hermano durante aquella contienda; de sus grandes dotes para la conjugación de hechizos, para el combate cuerpo a cuerpo, para los idiomas mágicos.
El hombre que tenía delante no se parecía en nada a la imagen mental que se había hecho Damien.
Ben parpadeó, perplejo.
—¿Él es Damien? —le preguntó a Will, sin despegar los ojos del aludido.
—Sí, señor Holbrooke. —Damien se adelantó, sonriente, y le estrechó la mano—.
Soy Damien Witheford, hijo de Elijah. Mi padre dijo que lo conoció aquella trágica noche en la residencia Wolfgang.
Mi tío, Edgard, luchó con los seguidores de la luz en la Guerra del Eclipse Rojo, y nos contó maravillas de ustedes dos. —Se giró para mirar de soslayo a Will.
—¿Tu padre no participó en la guerra? —inquirió Ben.
—No —dijo Damien—. Padre había sido herido días antes en una escaramuza contra los sirvientes del amo Goreen. Y yo... yo era demasiado joven, mi señor.
—¡Basta! —espetó Ben, frunciendo el ceño.
Damien lo miró atónito, confundido.
—¿Le he ofendido, mi señor?
Ben alzó las manos, airado, y les dio la espalda otra vez.
—¡Ahí va otra vez! —exclamó—. No me llames señor , Witheford.
Estoy seguro de que ni siquiera te doblo la edad.
Una vez vi a Elijah Witheford. Solo una, y fue esa noche en la mansión Wolfgang.
—Ben se giró. La luz de la vela arrancó destellos de sus ojos vidriosos, surcados de ojeras.
Estaba en los huesos, y muy pálido; su apariencia en general era deplorable, incluso en las sombras—.
Me pareció el más decente de los hombres que acompañaban a lord Wolfgang en ese momento.
Philip Blackfell estaba como una cuba, y Wolfgang no se quedaba atrás —añadió.
Sacudió la cabeza—. Will dijo que me traías un mensaje, ¿cierto?
—Sí, mi... —Damien se interrumpió de golpe, se aclaró la garganta, y continuó—: Se trata de Helio IV Mormont.
Como se sabe, sigue con vida, y está ocupando el lugar de su padre, gobernando a los Grandes Amos de clanes menores como los Thudor, los Noray y los Quarlac.
Lo último que supimos fue que un grupo de seguidores de la luz atacó el baluarte de Dur y asesinó al Gran Amo Arrow.
—¿Qué hay de su hija? —soltó Holbrooke, meditabundo.
—Cateryna Dur escapó, me temo.
—¿Quién perpetró el ataque? —preguntó Will.
—Mi padre sospecha de Hornwood.
—¿Frank? No es posible...
—Lo sé. Me refiero a su padre. El viejo Hornwood. Aunque no me sorprendería que el hijo estuviera al tanto de sus planes.
Will asintió, pensativo.
—¿Quién respaldó al viejo Hornwood?
—Nadie, creo. —Damien se encogió de hombros—.
El viejo ha pasado una larga temporada en su asentamiento, quizá planeando atentados contra los servidores de la oscuridad que participaron en la muerte de su nuera y su.
.. —Se calló al ver cómo Will enfocaba sus ojos en él—.
Lo siento —se disculpó. Hyacinth y Eugene, la hermana y el sobrino de William, habían sido asesinados por Helio V meses antes del eclipse rojo.
William Oakwater era conocido en la Comunidad Mágica como el hombre que vengó a su hermana y sobrino, asesinando al primogénito de Helio IV.
—Olvídalo. —Will le quitó importancia con un ademán—. Continúa.
—Corrían rumores de que el viejo Hornwood se había aliado con pequeños clanes de Servidores —siguió Damien—. También que asesinó a su hijo, Franklin. Aunque anoche descubrí que no era más que otra mentira sobre Hornwood. Se dice que los Reedstter tuvieron algo que ver en ello.
—Hornwood y Reedstter —murmuró Ben—. Algo no está bien. Robert y Hansel nunca se toleraron; Alana Weethaker estuvo destinada a casarse con Hansel Hornwood. Pero Robert la raptó, y cuando volvieron a ser vistos, ya eran señor y señora Reedstter, y estaban en la dulce espera de un bebé.
«Vaya —pensó Damien, sorprendido—. Una historia de la que no estaba al tanto». No podía esperar para contársela a Olivia.
—Pues bien —dijo—. Nos hemos desviado del tema.
Mormont está reuniendo a sus fuerzas para atacar la sede del Alto Gremio.
Si no lo ha hecho aún, es porque tiene asuntos que atender con anterioridad.
.. —Damien dejó la frase al aire, y buscó la mirada de Holbrooke a través de aquellas cortinas sombrías que se cernían sobre su rostro.
La luz de las velas titiló; estuvo a punto de apagarse, pero Ben se volvió e hizo un refugio con sus manos para que la brisa no se cebara con la llama.
¿Brisa? ¿De dónde? Damien sentía el tenue rumor en las orejas y el cuello.
Quizá eran corrientes de aire atrapadas allí, en aquel lugar olvidado, hace cientos de años.
—Mormont ha enviado a uno de sus subordinados, Bos Kado, a dejar la Marca Roja, anunciando su llegada —dijo Will—. Ya van once asesinatos, contando al hijo de Westwick.
—¿Creen que Mormont venga aquí? —«Qué tonta pregunta —se dijo Damien—. Por supuesto que vendrá. Aquí están los asesinos de su padre y de su hijo. Querrá vengarlos con sus propias manos».
—Tal vez —dijo Will, meditabundo—. O tal vez envíe a Edwin Goreen a acabar con nosotros. Para no ensuciarse las manos. Sería propio del hijo de Cletus.
—No —dijo Ben Holbrooke, sombrío—. Él vendrá; vendrá, y yo lo estaré esperando.
Will tenía intención de preguntarle a qué se refería; notó Damien. Pero permaneció en silencio; los tres guardaron silencio un instante prolongado. Oakwater hizo ademán de acercarse a revisar los papeles sobre el escritorio, pero Holbrooke le cortó el paso.
—Ben —dijo William, poniendo una mano en el hombro de su amigo—.
Wyllas nos ha ayudado a descifrar qué le ocurre a Julius.
Al parecer, está poseído por Rastus Mormont, a través de un conjuro de sangre llamado mutatio animarum .
Hay una forma de liberarlo de él con un arma para purificar su sangre. Rhiptus , Ben, ¡la Rhiptus ! —Sonrió.
Holbrooke lo miró inexpresivo. Se apartó de Will, le dio la espalda y se sentó en la silla tras el escritorio. Oakwater lo contempló con tristeza y confusión; quiso acercarse. Se detuvo antes de tocarle el hombro de nuevo.
—Tenemos un plan —dijo William a la espalda de su amigo—. Y lo llevaremos a cabo esta noche, frente a las ruinas chamuscadas de la biblioteca. Julius nos necesita. Debemos actuar antes de que sea muy tarde.
—Entonces ve —dijo Ben con frialdad—. Yo me quedaré aquí. No puedo abandonar mi investigación ahora que estoy tan cerca.
—Pero Ben... —empezó Will. No acabó la frase. Como si supiera que nada de lo que dijera haría cambiar a su amigo de parecer.
«¿Qué le ha pasado?» Damien seguía haciendo preguntas tontas; al menos esa no la hizo en voz alta.
Sabía perfectamente qué le había pasado a Ben Holbrooke.
La pérdida de su amada Margaret Treddaway, a manos del subordinado de Mormont.
«Yo estaría igual si algo le ocurriera a Olivia —pensó—.
Sin duda lo estaría». Se acercó a Will y le puso una mano en el hombro; éste se dio vuelta.
—Será mejor que lo dejemos —aconsejó Damien—. Apuesto a que lo que sea que esté haciendo Ben, es de gran importancia. Quizá más de lo que nos podamos imaginar. —O eso esperaba.
William asintió; se giró para mirar de soslayo a su amigo una última vez antes de partir. Cuando salieron de la iglesia Saint Peter, Will se detuvo y alzó la vista. Nevaba. Apenas una vaporosa cortina de copos blanquecinos que estaba a un buen trecho de distancia de una tempestad. Damien se acercó.
—Últimamente están todos de mal humor —comentó Damien, y sonrió nervioso.
—¿A qué te refieres? —preguntó Will. Los copos de nieve caían sobre su rostro, sobre los ojos cerrados, los labios. Parecía triste.
—Olivia ha tenido terribles cambios de humor.
—Damien se subió la capucha de la capa de tela basta; la nieve se le estaba derritiendo en el cabello y le corría agua fría por la frente—.
Nunca la había visto tan... enojada, distante.
Ni siquiera en nuestra noche de bodas, cuando apenas la conocía. Creí que ya habíamos pasado esa etapa.
—Sé de qué hablas. —Will abrió los ojos y trazó una amplia sonrisa en los labios al mirar a Damien—. Lo sé perfectamente. Porque Marie se comportaba igual cuando estaba embarazada del pequeño Ben.