Un eclipse en el alma (Hechizo nocturno) 18 #2
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—Sí. River Town es muy pequeño —contestó Silas—, y no hay lugar para la discreción, John. Ya lo sabes, y mejor que yo. Llevas viviendo aquí mucho más tiempo.

—No el suficiente. —Richmond suspiró.

La puerta se abrió. Silas desvió la mirada y los caballeros hicieron lo propio.

—Lamento interrumpir, hermano. Solo quería decirte que la comida está servida.

¿Querrán los caballeros acompañarte? —Rachel lucía radiante aquella tarde.

Llevaba el cabello negro recogido con esmero en un tocado con un sutil acabado floral y vestía un modelo sencillo color amarillo pálido con encaje blanco.

Tenía un rostro circular, de mejillas rosadas y labios carnosos.

Sus grandes ojos castaños se iluminaron al ver a Simon, que se levantó al instante. Ella murmuró su nombre.

«Como si le sorprendiera su presencia». Silas miró de soslayo a John, y rieron por lo bajo.

—Simon —le llamó Silas, serio—. Vuelve a tu asiento. —Puso la atención en Rachel—. Por supuesto que se unirán a nosotros en la mesa. Pero será después de que acabe nuestro cenáculo. Mientras —añadió—, avisa a la servidumbre que disponga algunos lugares para nuestros invitados.

Rachel asintió y se marchó, no sin antes echar un vistazo a Simon antes de salir. Silas mantuvo el rostro pétreo.

—Bien —dijo—. ¿Dónde nos quedamos?

Wyllas se sentó en la dura silla de madera y suspiró.

—Tienes un hogar precioso, William —observó.

Sus ojos centelleaban mientras recorría con ellos la estancia, los labios curveados en una permanente sonrisa.

«No ha cambiado casi desde la última vez que lo vi —pensó Will.

Wyllas, el magistrado de Azur, tenía la apariencia de un hombre de cuarenta y tantos que apenas peinaba una que otra cana—.

¿Cuántos años tendrá en verdad? ¿Ciento cincuenta?

¿Doscientos?» Daba igual. Esta no era la cuestión por la que lo había hecho venir al mundo exterior, como lo llamaba el pueblo hadúno.

—Gracias, Magistrado —dijo Will, cortés.

—No es necesario que me llames por mi título, William.

—La sonrisa desapareció. Un poco. Wyllas era bajo, como Rupert, de espalda amplia y pecho plano.

Su cabello era azul intenso con líneas plateadas.

Su barba, gris azulina. Su rasgo más destacado eran sus ojos: marrones, no jade verde o púrpura propio del pueblo hadúno, lo que sugería que por sus venas corría sangre común—.

Madon... Su Majestad el Rey... es mi amigo, y se jacta llamándome de ese modo incluso cuando estamos fuera de la vista de la corte. Es insoportable.

—Bueno, tienes el cargo más importante del reino de Azur después del propio Rey, Wyllas —sonrió Will—. Deberías estar orgulloso.

—Es así. —Wyllas mostró sus blancos dientes en una sonrisa—.

Pero este cargo me ha quitado valioso tiempo de lectura.

Con tantas obligaciones, apenas tengo algunos minutos para dedicar a mis investigaciones, o a leer; y cuando por fin retomo una de estas actividades, descubro que he perdido el hilo de la historia. .. y el interés.

—¿Por eso has aparecido a medianoche? —soltó, hosco, Frank Hornwood desde su asiento en la mesa, los brazos cruzados.

Wyllas soltó una risita.

—Qué va. ¿Alguna vez has visitado el Reino de Escarcha?

—No.

—Eso lo explica.

—¿Qué? —Frank plegó más el ceño; sus cejas eran negras y muy pobladas.

—En el Reino de Escarcha es mediodía —explicó el magistrado—. Debo confesar que olvidé tomar en cuenta la cuestión del horario cuando decidí presentarme aquí. Estuve a punto de cambiar de opinión tras invocar el hechizo de apertura. Pero decidí continuar de esa forma.

—¿Por qué? —quiso saber William; no fue el único al que la repentina llegada del magistrado había sacado de la cama.

—Me pareció más seguro. —Wyllas encogió un hombro—. No quería pasearme por River Town a la luz del día. Sé que aquí no está muy bien visto un hombre con el cabello azul como el mío. Habría podido recurrir a un filtro mágico, pero soy alérgico a ellos.

—¿Cuándo fue la última vez que hablaste con Rupert? —preguntó Will.

—¿No te lo dijo?

—Decirme, ¿qué?

Wyllas se enroscó un dedo en la barba y torció los labios.

—Bueno —comentó—, nos escribíamos de vez en cuando. Cotilleábamos como un par de viejas ancianas en una tarde de té. En su última carta, Rupert me contó sobre el nacimiento de tu pequeña. Lucy, creo recordar. Me aseguró que la idea del nombre fue suya. —Sonrió.

«Así fue». Will también sonrió, memorando la imagen de Rupert sosteniendo a la recién nacida entre sus brazos y sonriendo por lo bajo para no despertarla. «Cómo te echo de menos, amigo», pensó Will.

Frank, adusto, se levantó de la mesa con los brazos aún cruzados sobre el pecho.

Damien, sentado al otro lado con expresión pensativa, se irguió de golpe.

Silas y John aún no se habían presentado; hace una hora que Will había enviado a un mensajero para convocarlos en su casa.

¿Les habría sucedido algo en el trayecto, o al mensajero?

El cielo era negro como el carbón. La luna llena, oronda, le había devuelto la mirada cuando Will abrió la puerta a Frank, su ex cuñado, que todavía se hospedaba en el hostal del pueblo a pesar de las insistencias de Will para que lo hiciera en la residencia Oakwater.

—Basta de naderías —gruñó Frank—. Vamos al grano. Julius Startclyde está bajo el poder de Mormont. Hechizado, tal vez. Lo que resulta tremendamente peligroso, dados los conocimientos y destrezas de Julius en las cinco disciplinas. Además, Cicero lo acompaña. Y a éste no hay que subestimarlo.

—Cicero Mormont está con él, ¿has dicho? —preguntó Damien Witheford, que hasta entonces no había dicho palabra desde su llegada. Su voz sonaba preocupada a la vez que sorprendida.

—Sí. ¿Por qué?

Damien miró a los demás. Y de nuevo a Frank.

—Nada —repuso—. ¿Alguna otra cosa extraña que notaras en Julius?

Frank caviló un instante, la mirada baja.

—Antes de que advirtieran mi presencia —dijo por fin—, Cicero llamó a Julius con el nombre de su hermano. Ni siquiera pareció caer en la cuenta de su error. Al menos mientras huían de la mansión de Katterblack.

Oyeron pasos que venían del recibidor, seguidos por un par de voces en susurro. Marie, abultada por el embarazo, apareció en el umbral, luciendo una bata de seda blanca que dejaba entrever la protuberancia de su vientre. Tras ella, John y Silas hicieron acto de presencia.

—Will —dijo Marie, con voz ronca—. Espero no encontrar a estos caballeros de pie en mi sala al amanecer.

—No, querida —aseguró Will; o eso esperaba.

—Bien.

Marie se despidió con un asentimiento con la cabeza y una sonrisa lo justo sutil.

—Llegan tarde —espetó Frank Hornwood a los recién llegados—. Como siempre.

Silas compartió una mirada con John, que se encogió de hombros.

—Estábamos en una celebración —dijo Katterblack.

—¿Celebración? —Frank pareció indignado.

—Simon pidió la mano de mi hermana.

—¿Se casarán? —Will no pudo evitar sorprenderse. Hacía apenas un par de meses que Simon Blackfell había arribado al pueblo, casi el mismo tiempo que llevaba de conocer a la hermana de Silas.

—Sí —sonrió Katterblack. Tal parecía que el compromiso de su hermana lo tenía muy entusiasmado; Will podía verlo en sus ojos y en la amplia sonrisa que esbozaba, mientras rodeaba con su brazo los hombros de Richmond. Will pensó: «¿Acaso están... ebrios?»—. En primavera.

—Ben Holbrooke —observó Wyllas. Un silencio sobrevino a la estancia—. Tampoco está presente—. ¿Acaso le ha sucedido algo? ¿Él está...?

—Está bien —atajó Will, suspirando—. Pero está atravesando un momento difícil.

—Le contó, sucinto en lo tocante a la muerte de Margaret Treddaway, lo ocurrido hace unos meses.

Wyllas se apoyó contra el respaldo de la silla, despacio, mientras atendía con horror a los acontecimientos en el baile del solsticio.

Mantuvo aquella expresión hasta que Will terminó de hablar.

—¿Así que Ben lo vio? A Julius, quiero decir —dijo Damien.

—También a Cicero —añadió Will. «Todo fue una trampa, arreglada para clavarle una estocada al corazón de Ben», pensó—.

Ben me dijo que intentó asesinar a Cicero, lanzando una daga.

El nigromante la esquivó. La daga acabó en la costilla de Julius.

Pero no lo hirió. Ni siquiera sangró, a decir de Ben.

—Ah, ¿no? —Wyllas estaba boquiabierto.

John eructó.

—Quizá ya esté muerto —dijo después—. Lo que está muerto no puede volver a morir.

—Es posible. —Wyllas asintió una o dos veces con la cabeza antes de fijar a Will—. ¿Sabes qué arma usó Ben?

— nuxus —contestó Will.

—¿Estás seguro? —William asintió, aunque sin mucha convicción—.

Tal vez no le hirió porque se trataba de un puñal forjado con metalúrgica mágica, investido por encantamientos de luz que impiden que los servidores de la oscuridad usen las armas de los seguidores de la luz en su contra. Eso, entonces, significaría que...

—Que aún hay esperanzas para Julius —atajó Will.

—En efecto. —El magistrado, sonriente, asintió—. La luz en el interior de Julius no se ha extinguido todavía. Quizá no le quede mucho tiempo.

Damien iba silencioso, meditabundo, de un lado a otro de la sala.

—¿Qué sucede, Damien? —Will se acercó y puso una mano en el hombro del joven Witheford, que se detuvo y lo miró directamente a los ojos.

—Oskar —dijo Damien.

—¿Oskar? —Will no entendía.

Wyllas se puso otra vez en pie.

—¡Por supuesto! —exclamó el magistrado—.

Oskar Wolfgang. Hace doscientos años más o menos, Oskar fue traicionado por su hermano, Niklas, quien se convirtió en servidor de la oscuridad vertiéndose el Conjuro Negro.

Se dice que, poco tiempo después, Niklas fue asesinado por Joseph Holbrooke.

Su amante, una nigromante del clan Goreen, lo trajo a la vida a través del cuerpo de Oskar.

Elin, la esposa de Oskar, fue la primera persona en caer en la cuenta de que algo extraño había ocurrido a su marido tras su último viaje.

Para entonces ya era muy tarde; el alma de su esposo se había perdido para siempre.

Dos mentes en un cuerpo, una mucho más fuerte que la otra, capaz de desplazarla por completo.

Una noche, Elin mató a su esposo al comprobar sus sospechas. A ella la colgaron por el crimen.

—¿Cómo se supo la verdad? —preguntó Will.

—El lord Wolfgang de aquel entonces ordenó a su hijo menor indagar el suceso, descubrir la verdad.

Al parecer, durante meses, Elin había estado contando a una de las criadas el extraño comportamiento de su esposo.

Así pues, el último heredero de lord Wolfgang descubrió lo que le sucedió a su hermano y a muchos otros seguidores de la luz, quién sabe cuántos, en años pasados.

El verdadero nombre del conjuro se desconoce.

Los Wolfgang decidieron llamarlo mutatio animarum.

«Cambio de almas», pensó Will.

—¿Se puede revertir? —dijo Frank. Por primera vez sonaba inseguro sobre sus palabras. Al mismo tiempo, saltaba a la vista un increíble interés por saber la respuesta de aquella cuestión.

—Puede que sea tarde —comentó Damien.

—No puede ser. —Will apenas daba crédito a la conclusión a la que acababa de llegar—. Rastus.

—Sí, Will. —Wyllas asintió con evidente pesar—.

Rastus Mormont, el hermano de Cicero, es el ente oscuro que habita el cuerpo de Julius.

En las Grandes Bibliotecas hay textos que hablan sobre el cambio de almas.

Es un conjuro que requiere de un gran poder.

.., y de sangre hadúna. La sangre se filtra por los poros de la piel de la víctima y sirve como ancla.

—¿Cómo podemos acabar con él? —inquirió, de nuevo, Frank.

—No lo sé —dijo Wyllas, ensimismado—. No creo que los Wolfgang intentaran descubrirlo.

—¿Tal vez desangrándolo? —soltó John.

—Sí. —Silas asentía—. Quizá con un arma para purificar la sangre.

—Un arma para purificar la sangre —repitió Will—. Existe tal arma.

— Rhiptus —indicó Damien.

—Sí —dijo Will—. Rhiptus .

De pronto, se produjo un silencio.

Transcurrió un minuto. Al cabo, mientras empezaban a fraguar el plan para liberar a Julius Startclyde del conjuro de Mormont y enviar de vuelta el alma de Rastus al Submundo para siempre, William se encargó de preparar sidra especiada para todos.

La bebida espabiló a Silas, que abrió mucho los ojos, al dar el primer sorbo.

Lo mismo le ocurrió al propio Will, que luego concibió el plan que finalmente llevarían a cabo.

Una vez la reunión tocó a su fin, uno a uno se marchó.

Salvo Damien, que subió a la habitación de la casa Oakwater donde lo aguardaba su esposa Olivia; ambos eran invitados de Will; también Jaime y Hardin, quien, tras emborracharse para celebrar el imprevisto compromiso de su hermano, había llegado directamente a su aposento.

Frank se fue como había llegado: sombrío, silencioso.

Richmond volvió a su hogar, y Silas partió hacia su regia mansión.

—Wyllas —dijo Will. Su amigo se estaba poniendo la vasta capa oscura—. ¿Adónde vas?

—Con Vallery —contestó Wyllas alegremente, al tiempo que se subía la capucha—. Quiero darle una sorpresa.

—Sin duda lo será—rio Will—. Ya son casi las tres de la mañana.

—Oh, William, no conoces a Vallery Atwood —aseguró Wyllas con una sonrisa—. Créeme; ella es difícil de sorprender. ¡Y ni siquiera le gustan las sorpresas!