18
CAMBIO DE ALMA
Silas siempre documentaba todo. Pasaba largas horas escribiendo sobre su vida detalle a detalle, cuando era necesario narrar algún hecho importante.
Como el desafortunado baile que había realizado durante el último solsticio de verano para conmemorar su nuevo asentamiento: la morada ancestral de los Katterblack.
O, al menos, esto esperaba que se convirtiera con el tiempo.
A veces pensaba que lo ocurrido fue su culpa.
La muerte de Margaret, la amada de Ben Holbrooke, era un recuerdo difícil de borrar.
Aunque el suelo de la sala común había sido baldeado con esmero por su nuevo personal, Silas aún podía evocar el reguero de sangre cada vez que bajaba la mirada.
«No fue mi culpa —se decía—. Bos Kado, o como quiera que se llame, hubiera podido asesinarla en cualquier momento o lugar valiéndose de una distracción.
Yo, simplemente, oficié una velada». Al terminar de escribir sobre el papel los acontecimientos de las últimas semanas en River Town, Silas bajó la pluma y levantó las manos.
Sus dedos estaban manchados de tinta negra, e hinchados por la ardua faena.
El estudio era amplio y acogedor, y una gran ventana dejaba entrar la abundante luz blanquecina desde la parte posterior de su asiento.
Olía a azafrán y menta, obra de un perfume que su hermana Rachel había esparcido por la estancia una noche antes.
—Huele a serrín —había dicho Rachel mientras salpicaba el suelo con aquella agua rosada y le indicaba a la criada dónde pulir—. Es asfixiante, Silas. De verdad, no sé qué harías sin mí.
—Tampoco yo —respondió él, con una sonrisa.
Hace tan solo un par de años, Rachel se casó con un hombre acaudalado que le doblaba la edad y acabó muriendo de fiebres tres meses después de haber contraído nupcias.
Esto la hizo acreedora de la enorme fortuna de su difunto esposo a los diecisiete años.
Asimismo, aumentó considerablemente la riqueza ya preexistente de los Katterblack, quienes siempre habían sido acaudalados —algunos más que otros, eso sí—, gracias a su empresa de construcción, entre otros diversos negocios similares.
Pero, ¿qué lo había traído a River Town?
Silas estuvo viajando a lo largo y ancho de Norteamérica en la busca de la tierra prometida de la historia para dormir que solía contarle su padre (una historia que se remontaba a varias generaciones de Katterblack, de hecho) cuando era infante.
El azar le había hecho poner sus ojos, y más tarde su corazón, en este lugar que ahora llamaba su hogar.
River Town. En ninguna otra parte había experimentado las sensaciones que tenía estando en este pueblo; había algo mágico, enigmático y poderoso, en estas tierras, una fuerza invisible que lo atraía, que lo hechizaba, que le hacía sentir que era este el lugar al que pertenecía.
El aire era siempre fresco. El sol radiante.
La oscuridad apenas la había rozado con sus garras.
Como tierra virgen. Con un secreto indescifrable. Un buen sitio para sentar cabeza.
Había empezado a hospedarse en el hostal del centro, frente a la biblioteca pública, hacia el final de las labores de construcción de su nueva morada.
Así conoció a su buen amigo John Richmond, cuando éste lo interrogó por la muerte del colega de Will Oakwater, quien había sido asesinado brutalmente por Bos Kado, uno de los sirvientes del clan Mormont.
Al inicio, Silas se había sentido ofendido e indignado por las sospechas en su contra.
«Por supuesto—pensó—. Soy el forastero; acabo de llegar, y la gente ha empezado a morir».
Silas se levantó del hermoso sillón de amplio respaldo y se volvió hacia la ventana, con vista al jardín.
El césped estaba parcialmente cubierto de blanco, lo mismo que los bien recortados arbustos.
Había pensado en agregar algunas esculturas de granito aquí y allá y, a lo mejor, una fuente de mármol en medio del laberinto que creaban los rectangulares arbustos.
Alguien tocó la puerta.
—Entre —dijo Silas.
La criada acató enseguida, dejando la puerta entreabierta.
—El alcalde Richmond, señor —anunció.
—Bien. Que pase.
La criada asintió y salió de la estancia.
Al poco tiempo, apareció Richmond. Era un hombre de pecho amplio y barriga aún más amplia.
Alto, de brazos gruesos y cabellos entrecanos.
Sus ojos eran azul acero. A Silas le había caído bien desde el primer momento que lo conoció.
John era elocuente y taimado, y aunque no era un seguidor de la luz o tenía sangre mágica, conocía todo sobre la magia, pues había sido criado por Robert Belwolf, un anciano seguidor de la luz que había combatido contra un centenar de Grandes Amos en su juventud y se había labrado un nombre en la historia mágica del continente americano.
El señor Belwolf había criado a John como si fuera uno de sus hijos cuando quedó huérfano tras una escaramuza perpetrada por servidores de la oscuridad en la que participó; Belwolf incluso se aseguró de instruirlo en algunas de las cinco disciplinas.
Una vez hubo entrado, con una espléndida sonrisa en los labios, unos jóvenes de pelo rojizo lo siguieron.
Silas ya había conocido a Simon Blackfell, quien surtió a los asistentes al baile del solsticio con vino de la cosecha Blackfell, aquella trágica noche.
El joven que avanzaba a su lado se le parecía.
—Silas —saludó John—, gracias por recibirnos.
—¿Por qué no lo haría?
—No lo sé. —John esbozó una sonrisa ladina—.
Imaginé que estarías ocupado, tal vez organizando un baile para conmemorar el solsticio de invierno.
—Silas se limitó a sonreír ante el cáustico comentario mientras Richmond se volvía hacia sus acompañantes—.
Ya conoces a Simon, el joven que perdió los dedos asesinando a Bos Kado.
—Sí, por supuesto que lo recuerdo. —Silas miró a Simon, y ambos asintieron—. Veo que estás mucho mejor.
—Sí, mucho mejor —dijo el joven Blackfell, sonriendo y alzando la mano izquierda para que Silas pudiera ver su mejoría; le faltaban tres dedos—.
Tanto como es posible, dadas las circunstancias.
La señora Richmond cuidó de mí mientras estuve enfermo por una infección, pero me siento más saludable estos días.
Y su hermana... —Se calló de repente, bajó la mirada, y sus mejillas adoptaron el color rojizo de dos manzanas.
—Mi hermana también le tomó aprecio —repuso Silas—. Ya lo sé. No hay secretos entre Rachel y yo, Simon. —Observó al otro joven.
—Oh, por supuesto —soltó John alegremente—. Qué olvidadizo. Silas, este es Hardin Blackfell, el hermano de nuestro estimado Simon, que ha llegado hace unos días con la comitiva que te mencioné. Como ves, son muy parecidos.
Parecidos, sin duda. Ambos Blackfell compartían la misma cabellera rojiza, la tez pálida y mejillas sonrosadas.
Hardin tenía el rostro un poco más alargado y afilado, y era más atractivo que Simon, quien era un tanto más regordete.
Una maraña de pelo rojo cobrizo crecía en las patillas de Hardin y se le extendía por su mandíbula, y su cuello era largo y lleno de líneas rosadas.
Hardin Blackfell se adelantó e hizo un asentimiento con la cabeza.
—Señor Katterblack —dijo—. Es un gusto conocerlo por fin. Mi hermano me ha hablado de...
—Apenas conozco a tu hermano —atajó Silas, que llevó la mirada hacia Simon—. ¿Qué tanto podría hablarte de mí alguien que escasamente me conoce? Creo, más bien, que mi estimado Simon le ha hablado de mi hermana.
—Sí, señor. —Hardin miró de soslayo a su hermano.
—¿Señor? —Silas se echó a reír—. Tal vez Richmond lo sea; míralo, ya está para peinar canas.
—¡Cierra la boca, Katterblack! —espetó John.
—Yo aún no me he casado ni tengo hijos —siguió Silas—. Y no creo llevarles más de diez años, estimado Blackfell. ¿Cuál de ustedes es el mayor?
—Yo, se... —Simon se interrumpió—. Le llevó un par de años a Hardin. Todavía no entiendo cómo es que mi padre le permitió venir. —Miró de reojo a su hermano menor—. Es demasiado peligroso.
—No le di elección —replicó Hardin—. Padre quería prometerme a Frida Wolfgang, la viuda de Jason.
Le dije que no, por supuesto. La muerte del hermano de Olivia está muy reciente.
Padre lo puso como condición. Y, al final, tuve que acceder a regañadientes.
Una decisión que no nos hizo muy felices a ambos.
—Ha sido toda una aventura entonces, ¿no? —dijo John.
—En efecto.
—Bien, John —suspiró Silas; se sentó en la silla tras su escritorio e hizo un gesto con una mano a los caballeros para que se acercaran y asimismo tomaran asiento; John y Jaime ocuparon las enjutas sillas del frente, Hardin siguió de pie, sin decir palabra—.
Has mencionado que querías decirme algo importante.
—No, no lo he dicho —dijo Richmond, sonriendo. Sus ojos azules se aclararon al llevar la vista hacia la ventana, a espaldas de Silas—. Cicero Mormont ha acometido una vez más.
—¿Cicero? —Simon frunció el ceño—. ¿Otra vez?
—Sí. —Richmond miró al joven—. Al parecer, Holbrooke se reunió con Cicero y un tal Julius Startclyde, otrora seguidor de la luz, antes de que la joven Margaret fuera asesinada en la sala común durante el baile.
—¿Julius Startclyde? —murmuró el otro Blackfell—. Pero Julius desapareció hace algunos meses. De hecho, en otro baile.
—Ha vuelto, hermano —repuso Simon, sombrío—.
Y ahora está del lado oscuro. Creemos que Mormont le hizo a Julius lo mismo que a Tiberius Wolfgang.
Un hechizo para someterlo o algo parecido.
Hasta donde sabemos, ha estado arrimando el hombro a Cicero en las muertes que han acontecido estas últimas semanas.
Han pasado tres semanas desde la última muerte. Creímos que se habían marchado.
—Ha asesinado a uno de los hijos de Westwick —informó Silas.
—¿Ya lo sabías? —inquirió John, con el ceño fruncido.